La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Lo empujé al suelo y dos de mis soldados le apuntaron con las espadas. Estaba claro que los lunetranos le habían dado una buena paliza. El trato que tuviera con ellos no le había salido bien. Merecía algo mucho peor.

—¿Dónde está mi hijo? —pregunté, y cada palabra destilaba violencia.

Thorne apretó la mandíbula.

—Creo que ya lo sabes.

—Si le has hecho daño…

—No le he hecho nada —dijo con desdén.

Seraphina se colocó a mi lado y Thorne abrió los ojos de par en par; su olor se volvió espeso, resinoso.

—¿Por qué te lo llevaste? —quiso saber ella, con la mirada cargada de puro desprecio.

A Thorne se le ablandó la expresión y la mirada se le volvió suplicante.

—Intentaba salvarte.

Ella lo miró fijamente.

—¿De qué?

—De él. —Me señaló con la cabeza—. Por fin eras libre. —Su voz se fue encendiendo—. Te habías construido una vida sin él. Tenías a Noah. Estabas a salvo. Y luego volvió él, y todo cambió.

Estuve tentado de reventarle otra vez la cabeza contra el árbol y no parar hasta dejarlo hecho papilla, pero me contuve. Se estaba abriendo con Seraphina, y cualquier información que soltara nos sería útil.

—¿Y pensabas que secuestrar a mi hijo lo arreglaría? —preguntó ella, con el dolor de la traición claro en la voz.

Thorne se estremeció.

—Sabía que Noah te mantendría atada a Alaric para siempre. Jamás serías libre de verdad mientras tuvieras a su hijo.

Cerré las manos en puños y las garras se me clavaron en las palmas con tanta fuerza que me hicieron sangre.

Seraphina tenía la misma cara de querer matar que sentía yo por dentro.

—¿Cómo has podido? Ayudaste a criarlo; Noah confiaba en ti.

La miró desde el suelo y en sus ojos rojos relampagueó una especie de devoción retorcida. Había sabido que Thorne era una amenaza desde el instante en que puse los ojos en ese bastardo, pero no había imaginado hasta dónde llegaba ese amor retorcido.

—No le harán daño —se apresuró a decir, y se lanzó hacia Seraphina.

Desaté una descarga de mi poder y él volvió a estrellarse contra el suelo; se le escapó el aire de golpe.

—Seraphina, por favor, tienes que entenderlo. ¡Ni siquiera fue idea mía! —balbuceó sin aliento—. ¡Zinnia me utilizó! Vino a buscarme después de que sus asesinos fracasaran; ¡dijo que solo quería una baza para presionarlo! ¡Para obligarlo a dejar el trono!

—¿Y si me negaba? —pregunté.

Se volvió hacia mí con una sonrisa enfermiza.

—Entonces mueres en la batalla; de un modo u otro, Lunethra se queda con Rexia por el camino.

Seraphina palideció.

Él volvió a mirarla y su voz se tensó de nuevo, suplicante.

—No iba a entregarles a Noah. Se lo dije. Pero entonces te noté su olor por todo el cuerpo. —La voz se le afiló—. Apestabas a ese asqueroso olor especiado. Supe que te había follado…

Di un paso adelante, listo para partirle el cuello, pero Seraphina alzó la mano para detenerme.

—…y que jamás te librarías de él si yo no tomaba medidas drásticas. ¿No lo ves? ¡Cuando él esté fuera de escena, te devolverán a Noah!

—Eres un necio, Thorne —dijo ella, y negó con la cabeza, asqueada.

Se le descompuso la cara. Resultó casi tan satisfactorio como estrellarlo contra el árbol.

—Y si alguna vez te importé algo, responderás a todas mis preguntas.

—Haría cualquier cosa por ti —dijo, y se inclinó hacia delante—. Siempre te lo he dicho.

Su obsesión con mi compañera me daba náuseas, y mi lobo bullía bajo la piel con el deseo de arrancarle la garganta y eliminar la amenaza de una vez por todas, pero dejé que Seraphina llevara las riendas.

—¿Cuántos soldados hay en el fuerte? —preguntó ella.

—No los conté, pero diría unos cincuenta —respondió él sin dudar.

Teníamos todas las de perder, pero no estaba dispuesto a desanimarme por eso.

—¿Viste al rey Cassian? —preguntó ella.

—Sí, vino a reunirse con Zinnia y a volver con ella al palacio lunetrano —dijo, y sus ganas de agradar resultaban evidentes incluso bajo la sangre que se le secaba en la cara.

—¿Qué más dijeron? —preguntó ella—. ¿Algo sobre sus planes?

Se quedó pensando un momento.

—La oí decir algo sobre una persona con la que había hablado en el palacio rexiano, algo de asegurarse de que Alaric no tuviera un heredero a menos que fuera con otra alfa poderosa como ella. ¿No lo ves? Ellos no te valoran como yo, Aria. A mí no me importa que seas una omega.

—¡Cállate! —espetó Seraphina.

Pareció desconcertado.

—Y mi verdadero nombre es Seraphina —siseó con veneno—. Alaric es mi compañero, y nunca te perdonaré lo que has hecho.

Sus ojos saltaron de uno a otro, relampagueando de rabia. Volvió a lanzarse hacia delante y esta vez lo agarré por el pecho y lo empujé contra un árbol. La cabeza impactó con un golpe seco y ensordecedor, y se quedó inerte, inconsciente.

Desvié la mirada hacia Seraphina y vi cómo encajaba las piezas. Estaba pensando lo mismo que yo. Los hilos empezaban a unirse. Quien hubiera matado a Lyra e intentado matar a Seraphina trabajaba con Lunethra.

—Átalo —ordené a uno de los soldados—. Que uno de vosotros monte guardia. Matadlo si intenta escapar.

Me volví hacia Seraphina. El sol empezaba a salir.

—Es la hora.

Asintió.

Desenvainé la espada. A nuestro alrededor, los soldados empezaron a prepararse. Habíamos pasado la noche trazando el plan. Ahora tocaba ejecutarlo. Mi hijo esperaba detrás de aquellos muros, y yo destruiría el reino entero de Lunethra para recuperarlo.