La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Espoleé al caballo y lo lancé al galope. Cada segundo que pasaba lejos de mi compañera y de mi hijo era como una cuchilla clavada entre las costillas. Pero volvería con un ejército, y entonces traería a Noah a casa.

El puesto rexiano estaba a media hora a caballo, y cada sacudida de la silla me arrancaba punzadas de dolor en las extremidades. Cuando llegué, no desmonté por miedo a no poder volver a subir. No era momento para debilidades. Reuní rápidamente al pequeño contingente de tropas.

Para cuando regresé con los soldados, tras tomar un camino tortuoso por el bosque para que los lunetranos no nos vieran, había caído la noche.

Los hombros y el cuello me quemaban como el fuego, y el dolor punzante de la cabeza me obligaba a entornar los ojos ante el brillo de la luna en cuarto.

Veinticuatro hombres esperaban detrás de mí.

Había vaciado la guarnición de la frontera.

Iban armados para el combate y habían recibido instrucciones sobre nuestra misión. No habría clemencia.

Seraphina nos recibió en el linde de los árboles. Sus ojos recorrieron a los soldados.

—¿Tenemos suficientes?

—Harán que Cassian se arrepienta de despertarse mañana —dije, aunque no estaba seguro. No sabíamos cuántos soldados ocupaban el puesto lunetrano.

Le tembló la boca. Fue lo más parecido a una sonrisa que le había visto desde que Noah desapareció.

Desmonté y solté un gruñido ahogado cuando el fuego me estalló en las articulaciones. Por la preocupación de sus ojos, Seraphina sabía que lo estaba pasando mal, pero no dijo nada delante de los hombres.

Sus dedos se cerraron con fuerza en la correa del morral.

—He estado haciendo planes mientras no estabas.

Nos llevó más adentro del bosque, donde había montado un laboratorio de pociones improvisado.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—El principio de un arsenal —dijo, con los ojos azules más fríos que nunca—.

Con lo que traje en el morral tengo ingredientes suficientes para hacer una docena de pociones ácidas capaces de abrasarle la carne hasta al lobo más fuerte, y puedo fabricar trampas explosivas. También tengo alguna otra idea.

La miré fijamente, y mi lobo ronroneó tan profundamente que el sonido me vibró en todo el pecho.

La mayoría de la gente creía que las omegas eran blandas y débiles, pero allí estaba Seraphina, demostrando no solo que era listísima, sino que poseía una capacidad estratégica superior a la de casi cualquier alfa del continente.

Si no fuera por el peligro, por el miedo que sentía por Noah y por la agonía que me recorría el cuerpo, quizá la habría empujado contra un árbol y la habría reclamado allí mismo.

Mi compañera era un genio del mal, y me encantaba.

En cambio, me subí las mangas.

—¿Cómo puedo ayudar?

Ella se acercó y bajó la voz.

—Deberías estar descansando.

Negué con la cabeza sin hacer caso del dolor que volvía a estallarme detrás de los ojos.

—No voy a tumbarme mientras tú trabajas y nuestro hijo pasa la noche con sus captores.

Me miró fijamente un buen rato.

—Vale, pero tómate una poción. Tengo suficientes para Noah, así que no discutas.

—Ni se me ocurriría —resoplé con suavidad.

Me puso la poción en la mano y me la bebí de un trago. El sabor amargo no me molestó, y los efectos fueron rápidos, aunque no completos. Atenuó el dolor y me aclaró la mente. No me libró de los síntomas de la maldición, pero era suficiente.

Las horas siguientes se convirtieron en un torbellino de viales de cristal, hierbas machacadas, trampas de metal y el olor penetrante de los productos químicos.

Seraphina trabajó sin descanso. Convirtió ingredientes inofensivos en cosas capaces de cegar, incapacitar o quemar.

Diseñó cables trampa que provocarían una explosión en cuanto alguien los pisara, y bombas de humo que ocultarían a nuestras fuerzas y nos darían el factor sorpresa.

Había visto a generales preparar una guerra con menos determinación.

—Pásame eso.

Le di el frasco; la vista se me nublaba.

—El más pequeño.

Le pasé otro, y las punzadas me volvieron a la cabeza. Estábamos ya bien entrados en la madrugada, y el efecto de la poción se estaba pasando.

Apenas me miró.

—Gracias.

Y volvió al trabajo.

La observé durante varios minutos.

—No has comido nada.

—Comeré luego.

Se colocó el pelo detrás de la oreja y se mordió el labio, concentrada en lo que tenía entre manos.

Me agarré al borde de la mesa porque la cabeza me daba vueltas. Seraphina lo notó al instante.

Me cubrió la mano con la suya.

—Estás temblando.

—Sigue trabajando. —Negué con la cabeza—. No hay tiempo para mi debilidad.

—No es una debilidad —dijo ella, y me apretó la mano—. Es una enfermedad.

Me encogí de hombros y me arrepentí al instante: el cuello y los hombros se me contrajeron en un espasmo.

La oscuridad me invadía los bordes de la visión.

Mi lobo gruñía bajo la piel, inquieto y furioso.

Había salido de batallas sangrientas con menos sufrimiento que este.

Pero no podía abandonarla. No mientras luchaba por nuestro hijo.

Así que cogí el siguiente manojo de hierbas.

—¿Qué necesitas?

Ella parpadeó.

—Alaric…

—¿Qué. Es. Lo. Que. Necesitas? —dije con los dientes apretados.

Vaciló, pero al final habló.

—Muele esto.

Lo hice. El mortero se me escurrió cuando una oleada de dolor me atravesó la mano.

Seraphina fue a cogerlo.

—Lo hago yo.

La agarré por la muñeca; mi mano temblorosa y llena de cicatrices hacía que la suya pareciera diminuta. Su piel fría era un bálsamo contra la fiebre de la plaga de sombras.

—No. Todavía puedo ayudar.

No volvió a discutir. Se limitó a acercarme el cuenco y se puso a medir los siguientes ingredientes mientras yo los molía, con las manos firmes y seguras.

Trabajamos así durante horas. Cada pocos minutos, la vista se me oscurecía; a veces por completo.

Cuando ocurría, ella movía las cosas en silencio hasta ponerlas al alcance de mis manos.

Nunca armó un escándalo. Nunca me dijo que estaba demasiado enfermo.

Nunca me miró con lástima. Por alguna razón, eso lo hacía todo más llevadero.

El cielo había empezado a palidecer cuando Seraphina por fin dejó de trabajar.

Se sentó a mi lado bajo los árboles, con la espalda contra el tronco y la cabeza inclinada hacia mi hombro.

Por primera vez en toda la noche, estaba quieta.

Le olía el agotamiento. Y el miedo. Nunca se había ido.

Lo había escondido tras la determinación, tras las pociones, los cálculos y las trampas, pero yo lo olía cada vez que respiraba.

Le pasé un brazo por los hombros.

—Se pondrá bien.

Se quedó callada un momento.

—Eso no lo sabes.

—No. —Miré hacia el puesto avanzado, a lo lejos—. Pero conozco a mi hijo. Es cabezota.

Se le escapó una risita.

—Eso lo ha heredado de ti.

—Iba a decir que de ti. —Le di un golpecito con el hombro.

—Tú eres mucho más cabezota —dijo, y me puso la mano en la rodilla y apretó.

Sonreí un instante, hasta que la preocupación de siempre volvió a instalarse.

Al cabo de un momento, volvió a hablar con voz baja y tensa.

—Tendría que haberlo dejado dentro.

—Seraphina —murmuré, y la atraje hacia mí. Ella siguió rígida.

—Le di la espalda —susurró—. Debería haber…

Le cogí la barbilla y le giré la cara hacia mí.

—No hiciste nada mal.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Le pasé el pulgar por debajo de uno de ellos antes de que la lágrima cayera.

—Eres la mejor madre que he visto en mi vida.

Ella apartó la mirada.

—Apenas me conoces como madre.

—Te he visto dedicar cada hora del día a mantenerlo con vida y quedarte en vela durante sus ataques cuando tú misma apenas podías tenerte en pie. —Tragué saliva—. Y te he visto luchar por él cada segundo desde que se lo llevaron.

Se le desmoronó la expresión.

—Lo es todo para mí. Todo mi corazón.

—Lo sé. —Apoyé la frente contra la suya—. Para mí también lo es todo.

Durante unos segundos de silencio, ninguno de los dos se movió.

—¿Y si no lo recuperamos? —susurró.

Mi lobo retrocedió ante esas palabras.

—Lo recuperaremos.

—Pero…

—Lo recuperaremos. —La estreché con más fuerza—. Ya te perdí una vez. Pasé cinco años creyendo que te había perdido para siempre. —Mi voz se volvió ronca—. No voy a perder a nuestro hijo.

Cerró los ojos. Le besé la frente.

—Pase lo que pase cuando salga el sol, quédate detrás de mí.

Abrió los ojos de golpe.

—No. Yo también puedo luchar. Deja de intentar ponerme detrás de ti.

La estudié un momento. Ahí estaba. Mi mujer imposible. Lo bastante menuda para caber contra mi pecho. Lo bastante fuerte para discutir con un rey mientras preparaba armas para un ejército.

—Está bien —dije—. A mi lado.

Ella curvó los labios.

—Mejor así.

El momento duró apenas unos segundos. Un movimiento me llamó la atención. Alguien salía del puesto avanzado, dando tumbos hacia el camino. Me había puesto en pie antes de darme cuenta.

—Quédate aquí.

Seraphina se levantó a mi lado.

—Alaric…

—Es Thorne.

Ella se quedó inmóvil.

Una figura solitaria cojeaba por el camino, sin carruaje a la vista, y su olor húmedo y rancio impregnaba el aire frío de la madrugada, agrio de humillación. Incluso con la luz mortecina del amanecer, distinguí los moratones de su cara. Sus murmullos entre dientes apenas se oían.

—…nunca debí confiar en un lunetrano… después del riesgo que corrí… puta realeza…

Hice una señal a dos soldados. Nos movimos en silencio. Cuando Thorne se dio cuenta de que no estaba solo, ya tenía mi cuchillo en la garganta, mi mano tapándole la boca y dos espadas apuntándole al abdomen.

Lo arrastré hasta los árboles y le até las muñecas mientras forcejeaba.

—¡Suéltame! —gritó, y espantó a los pájaros que dormían en las ramas.

Lo agarré por la nuca y le estrellé la cara contra un árbol: le rompí la nariz en un chorro de sangre. Soltó un gemido profundo y dolorido.

—Vuelve a hacer ruido y te mato —le gruñí al oído.

Tuvo la sensatez de obedecer.