La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

El aura de Alaric palpitó peligrosamente y la temperatura bajó tanto que me estremecí.

—Cuidado —advirtió a Thorne.

Thorne lo ignoró.

—¿Crees que esto va a acabar bien? —me preguntó con un gruñido—. No tienes ni idea de lo que has vuelto a meter en tu vida. Espero que recuerdes este momento cuando todo se desmorone.

Se marchó y cerró de un portazo.

Me quedé inmóvil, con la mirada fija en el lugar por donde había desaparecido.

—¿Qué demonios habrá querido decir con eso?

Alaric me pasó el brazo por los hombros; su aura opresiva se disipó y su calor me envolvió. Agradecí el consuelo.

—Es un Alfa débil que intenta salvar su ego. No supone ninguna amenaza para ti. No lo permitiré.

Asentí, pero el peso enfermizo que notaba en el estómago no se movió un milímetro.

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—Mamá, ¿puedo salir a jugar? —preguntó Noah, con unos ojos ámbar suplicantes clavados en mí.

Lo había mantenido en casa y pegado a mí desde el ataque del asesino, dos semanas atrás, y, aunque mi hijo estaba acostumbrado a una vida más protegida y tranquila que los otros niños de su edad, hasta él había empezado a sentirse enjaulado.

Interrumpí mi trabajo. Había estado probando pociones nuevas con Alaric a diario, algunas con más éxito que otras. Él estaba en el mercado comprando ingredientes para que yo pudiera preparar otro lote.

—No sé… —Me aterraba la idea de otro ataque, no por mi propia seguridad, sino por la suya.

—¿Por favor? —Su carita se arrugó.

Se me encogió el pecho. Los últimos días habían sido más llevaderos para él: los ataques de la plaga de sombras eran leves e intermitentes.

Hoy las venas negras apenas se le notaban.

Miré hacia la ventana. Hacía un día precioso y cálido.

Tenía cuatro años. Necesitaba sol, aire fresco y espacio para correr.

Necesitaba que le dejaran ser un niño en lugar de tenerlo encerrado como algo valioso guardado en una caja. Dejé la mano del mortero.

—Está bien.

Se le iluminó la cara al instante.

—¿De verdad?

—De verdad. Pero tienes que quedarte donde yo pueda verte —le advertí.

—¡Lo haré!

Daba saltitos de emoción sobre las puntas de los pies.

—Venga, vamos.

La tarde era cálida y, tras unos minutos de tensión, me pregunté por qué me había resistido tanto.

Los asesinos lunetranos no iban a saltarnos encima a plena luz del día.

Noah corría por la calle adoquinada con su lobo de juguete, con el pelo rubio ceniza dando brincos y los ojos ámbar llenos de una alegría tal que me dolía el corazón.

—¡Soy el lobo más fuerte del mundo! —gritó mientras alzaba el lobo hacia el cielo.

Intentó aullar, y su vocecilla aguda chilló más como un ratón que como un lobo, pero me llenó de un calor que no tenía nada que ver con el sol.

Noah hacía saltar al lobo de un adoquín a otro y declaraba que las piedras más rugosas eran peligrosas y las más lisas, seguras. Chillaba de risa mientras hacía brincar al lobo de un lado a otro y luego intentaba seguir el mismo recorrido, saltando de un cuadrado de piedra al siguiente.

Me apoyé en la puerta de entrada y lo observé. Por una vez, me permití respirar y relajar los hombros. Si su salud seguía así, estaría lo bastante fuerte para viajar y podríamos irnos a algún lugar seguro.

Unas ruedas de carro traquetearon por la calle, desde la dirección del mercado.

—Cuidado, Noah —le advertí—. Ven a jugar a este lado.

Él pasó por delante de la casa justo cuando apareció un carro. Reconocí al instante el emblema del comerciante: era la tienda donde compraba los ingredientes de mis pociones. El carro se detuvo frente a mi casa.

—Entrega para Aria —dijo el carretero mientras leía un trozo de pergamino.

—¿Le ha enviado Alaric? —pregunté. Él había ido al mercado en persona.

—Sí, señora. —Se llevó la mano a la gorra—. Su chico me mandó por delante; dijo que tenía otros asuntos que atender.

Alaric no me había dicho nada al respecto, pero me encogí de hombros. El carretero bajó de un salto del pescante y empezó a descargar el pedido.

Miré a Noah. Seguía jugando tan feliz.

—Quédate aquí mientras meto el pedido en casa, ¿vale, cariño?

—Vaaale —respondió arrastrando la palabra, con la atención todavía puesta en el juguete.

Fui comprobando los cajones mientras el repartidor los descargaba y tachaba mentalmente los ingredientes de mi lista.

Estaba acumulando una reserva de pociones para Noah con vistas a un posible viaje, si su salud se estabilizaba, además de continuar mi búsqueda de una cura.

Varios de los ingredientes eran para la poción de Alaric, y harían que la siguiente versión fuera mucho más potente.

Me agaché para inspeccionar uno de los paquetes y luego miré por encima del hombro. Noah seguía entretenido con su juguete, a salvo en la calle vacía.

Me volví hacia el repartidor.

—Muy bien, está todo en orden.

—Perfecto, solo necesito que me firme el albarán —dijo, y volvió a rebuscar en el carro. Otra caja del pedido se desencajó y cayó al suelo. La recogí y se la tendí. Él la aceptó con una sonrisa de agradecimiento y apoyó el formulario encima de la caja para que lo firmara.

Repasé el formulario rápidamente.

—No creo que esto sea de mi pedido.

—Oh.

Recorrió la página con la mirada a toda prisa.

—Lo siento, ¿puede sostener esto un segundo?

Me devolvió la caja y fue pasando las hojas de papel. Encontró la correcta y volvimos a intercambiar la caja por el formulario. Lo firmé deprisa y el repartidor sonrió con timidez.

—Perdone, hoy es uno de esos días.

—No pasa nada.

Le devolví la sonrisa mientras él cargaba la caja de nuevo en el carro.

Dio la vuelta al carro y se alejó traqueteando calle arriba. Negué con la cabeza y cogí uno de los cajones de ingredientes, lista para llevarlo dentro. Me giré hacia Noah y encontré la calle vacía.

—¿Noah?

No estaba donde lo había dejado. Miré a un lado y a otro de la calle, pero no había ni rastro de su pelo rubio ceniza. Se me paró el corazón.

—¿Noah? —llamé más alto. Nada. Aceleré el paso—. ¡Noah!

Comprobé el callejón estrecho que había al lado de la casa. Estaba vacío. Se me heló la sangre y el cajón que llevaba se me escurrió de los dedos entumecidos; los carísimos ingredientes se desparramaron por el suelo.

Corrí calle arriba, machacando las hierbas bajo los pies. ¿Se habría escondido Noah detrás del carro mientras yo firmaba la entrega? ¿Habría seguido al repartidor por algún motivo?

Miré por todos los callejones que pasaba, me asomé a cada portal, y el corazón me daba un brinco con la esperanza de ver un destello de pelo rubio ceniza y se me caía a los pies cada vez que no había ni rastro de mi hijo.

El golpeteo de mis pies contra los adoquines resonaba demasiado fuerte mientras mi mirada iba de un lado a otro, y estaba tan concentrada que casi me choqué de lleno con Alaric.

Me sujetó por los hombros con un ramo de flores silvestres en la mano.

—¿Seraphina? ¿Qué ocurre? —preguntó con los ojos muy abiertos, apremiante.

—No encuentro a Noah. —Me temblaba la voz—. Quería jugar y… solo aparté la vista un minuto…

—No puede haber ido muy lejos —dijo Alaric. Levantó la cabeza y olfateó—. Por aquí.

Volvimos a toda prisa hacia la casa y fuimos llamándolo por el camino. Agucé el oído en busca del suave chillido de la voz de Noah, pero entre nuestros gritos solo me respondía el silencio.

Greta salió de su casa con cara de preocupación.

—Aria, ¿pasa algo? —preguntó.

—Noah ha desaparecido —le dije. Cada vez que lo decía, el miedo me mareaba.

Alaric siguió calle abajo con pasos lentos y decididos mientras olfateaba el aire. Se le tensaban cada vez más los hombros. Quise seguirlo, pero Greta me detuvo poniéndome una mano en el brazo.

—No te preocupes, querida —dijo con una sonrisa—. No ha desaparecido. Lo he visto hace apenas unos minutos bajando la calle con Thorne.

El corazón se me paró y un zumbido fuerte y agudo me llenó los oídos. El mundo entero pareció estremecerse y ladearse; el horror me dejó el cuerpo entumecido. Se me cerró la garganta. Se me secó la boca. Nada parecía real.

Por el rabillo del ojo vi que Alaric levantaba la cabeza de golpe.

Me volví hacia él mientras el mundo se movía a cámara lenta.

Thorne, celoso y rechazado, se había llevado a Noah.

Mi hijo no sabía que no podía confiar en el hombre que me había ayudado a criarlo.

Lo habría seguido encantado prácticamente a cualquier parte.

Thorne no habría tenido ni que forzarlo.

Una sonrisa amable, unas cuantas palabras, y Noah habría caído en sus manos.

—Alaric —grazné con la garganta cerrada.

Inspiró hondo por la nariz y los ojos le relampaguearon con un ámbar lobuno que se comió el blanco.

—Tengo su olor. No pueden andar lejos. Lo recuperaremos.

Cuando el corazón me volvió a latir, lo hizo con tanta fuerza que me dolió.

Había bajado la guardia. Había creído que Noah estaba a salvo de nuestros enemigos, que nadie tendría la osadía de atacar en pleno día.

Y el hombre en quien antes confiaba, el que había perdido el último motivo que tenía para ser amable, se había llevado a mi hijo.