Capítulo 26
Seraphina
Solo nuestras respiraciones alteraban el silencio del laboratorio, irregulares y poco a poco más calmadas.
Todos mis nervios vibraban aún por lo que acabábamos de hacer.
Mi loba se acurrucó en lo más profundo de mí con una satisfacción que no había sentido desde antes de perderlo, ronroneando como si aquellos cinco años de soledad nunca hubieran existido.
El vínculo de compañeros palpitaba en mi pecho y resonaba por todo mi cuerpo con la sensación de que así debía ser; aún no se había consolidado, pero estaba lo bastante cerca para no tener que tirar de mí hacia él, porque ya estaba allí, junto a mí.
Era como si hubiera tomado una poción para embotarme los pensamientos y los miedos, que quedaban en segundo plano, fuera de la vista, mientras me deleitaba con el calor glorioso del cuerpo relajado de Alaric y con el zumbido residual del placer.
Alaric tenía la cara enterrada en mi cuello, frotándose contra mí para impregnarme de su olor. Otra oleada de perezosa plenitud me recorrió: mi biología aceptaba lo que mi cabeza no podía. Mi compañero estaba conmigo; por fin reunidos de verdad.
Alaric suspiró y una bocanada cálida me hizo cosquillas en la piel, pero su respiración se quebró un instante. Los músculos de sus hombros se contrajeron y la suave presión de sus manos sobre mí se volvió más pesada. Sus feromonas intensificadas se desvanecieron y mis pensamientos se agudizaron.
El efecto de la poción se estaba pasando. Le pasé la mano por la espalda y noté cómo se le tensaban los músculos. No era una cura, y los efectos de la poción duraban poco.
Suspiré mientras la realidad se imponía de nuevo sobre nosotros. Puede que volviera a confiar en él, pero había más cosas que tener en cuenta.
—¿Alaric? —Me aparté y él levantó la vista hacia mí con unos ojos tan tiernos que casi me deshicieron.
—¿Sí? —preguntó él, retirándome el pelo de la cara.
Resistí el impulso de apoyar la cara en su mano.
—Deberíamos vestirnos —dije.
Eché de menos su calor en cuanto se apartó y me dejó en el suelo. Recogí mi ropa y me la puse, aún con los miembros flojos de placer. Alaric me ayudó a abotonarme la blusa con un tacto lento, delicado y lleno de cuidado. Eso casi lo hizo más difícil.
—Cinco años he pasado sin esto —suspiró él, alisándome la camisa—. Casi había olvidado que mi cuerpo podía sentir placer y no solo dolor.
Me tragué la felicidad que intentó brotar en mi interior. Me reconfortó saber que no había estado con nadie más, pero necesitaba ser práctica. Habría tiempo para permitirnos eso cuando estuviéramos a salvo.
—Yo tampoco he… —Sacudí la cabeza e ignoré la sonrisa suave de Alaric ante mi confesión—. Necesito que entiendas algo.
Sus ojos ambarinos se posaron en los míos y su expresión se volvió seria.
—Lo que sea.
—No estoy preparada para volver de golpe a una relación —dije. Él apretó la mandíbula, pero no discutió—. Podrían venir más asesinos de Lunethra. Seguimos sin saber quién mató a Lyra, quién falsificó esas órdenes o por qué alguien me quería muerta.
—Lo sé. —Se le formaron unas líneas de tensión alrededor de los ojos.
—Hasta que entendamos lo que pasó, no puedo simplemente… —Hice un gesto de impotencia que nos abarcó a los dos.
—¿Confiar en mí? —La luz renovada de sus ojos se apagó.
—No es eso —suspiré—. Cuando estoy contigo, todo parece mejor. Me olvido de todo lo demás. Hay demasiado en juego para arriesgarme a distraerme.
Permaneció en silencio varios segundos antes de buscar mi mano. Dejé que la tomara.
—Tienes razón —dijo él.
Lo miré parpadeando, sorprendida. Esperaba que intentara convencerme de cambiar de opinión.
—Aunque no quiero pasar otra noche sin ti… —Su pulgar se movió despacio sobre mis nudillos—. …querer algo no lo vuelve seguro. Protegerte a ti y a Noah es mi prioridad absoluta, y no te pediré que me elijas mientras tengas miedo.
Se me cerró la garganta. Podría haber impuesto condiciones. El Alaric que conocí cinco años atrás quizá lo habría hecho.
—Si vamos a tener un futuro —continuó—, quiero que camines hacia mí porque así lo eliges. No porque te haya acorralado.
Mi loba casi se derritió. Me tragué el nudo de la garganta y aparté la mano antes de que ella complicara más las cosas.
—Gracias —dije. Respiré hondo, intentando librarme de aquella blandura. Pensar en asesinos y en mi hermana ayudó—. ¿Crees que Lunethra mató a Lyra? Si Zinnia no tuvo reparos en enviar asesinos a por mí, puede que intentara matar a Lyra antes de la boda.
Él lo pensó un segundo.
—Lo dudo.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque quien la mató tenía acceso a lugares de mi palacio a los que la mayoría de los de fuera no habría podido acceder.
—Recogió la camisa y se la puso, de modo que tapó las líneas oscuras y rabiosas de la maldición de la plaga de sombras—.
El polvo de piedra de luna era de uso exclusivo de la casa real.
El asesino sabía dónde encontrarlo, sabía cómo entrar en los aposentos privados y conocía el palacio lo suficiente para no dejar casi ningún rastro.
—Entonces hay dos amenazas —dije—, y persiguen el mismo objetivo.
Se me encogió el estómago de angustia. Dos grupos poderosos me querían muerta.
El ámbar de sus ojos se transformó en azufre incandescente.
—Pienso hacer que ambos paguen.
Apreté los labios un momento.
—Tengo que seguir trabajando en esa cura.
Volví a mi mesa de trabajo y sentí la mirada de Alaric sobre mí como si fuera un roce físico. Ninguno de los dos dijo otra palabra.
❦ ❦ ❦
A la tarde siguiente, mientras Noah dormía la siesta, estaba en la cocina con Alaric cuando se abrió la puerta principal.
Oí la voz de Thorne antes de verlo.
—¿Seraphina?
Se me encogió el estómago. Había estado fuera tres días por un viaje de trabajo, y su ausencia me había librado de tener que lidiar con la incomodidad entre él y Alaric.
Me sequé las manos con un paño y le lancé a Alaric una mirada de advertencia.
No quería más alardes ni peleas. Alaric se encogió de hombros como diciendo que el problema no era él.
Thorne dobló la esquina y se detuvo, con la mirada yendo y viniendo entre los dos. Palideció. Inspiró y se le dilataron las fosas nasales.
—Hola, Thorne —dije, con la cabeza bien alta. Sabía lo que podía oler. Llevaba el olor de Alaric por todo el cuerpo, incluso después del baño.
Esperaba decepción. Thorne había dejado más que claros sus sentimientos por mí. Lo que no esperaba era que los ojos le relampaguearan de un rojo ardiente ni que los labios se le torcieran en un gruñido horrible.
—¿Te lo has follado? —dijo, y su olor se agrió de pura repugnancia.
El calor me subió por el cuello, pero le sostuve la mirada.
—Eso no es asunto tuyo.
Thorne soltó una risa corta e incrédula.
—Creo que lo que pasa bajo mi techo, después de haberte mantenido durante años, sí que es asunto mío.
Alaric dio un paso adelante y su aura de Alfa ahogó la de Thorne, tan densa que la cálida tarde se volvió gélida.
—No le hablarás de ese modo.
Thorne desvió los ojos hacia él; el sudor le perlaba las sienes.
—¿Y quién eres tú para decirme cómo puedo hablarle? El hombre del que ella huyó, embarazada y sin nada.
—Es mi compañera —gruñó él, y el aire se llenó de ozono.
Thorne se tensó, abrió mucho los ojos y curvó el labio, dejando los dientes al descubierto. Me miró, esperando una negativa. No tenía ninguna que ofrecerle.
Apretó la mandíbula y volvió a centrar su atención en Alaric.
—Ella era mía mucho antes de que tú volvieras a aparecer en su vida.
Algo en mi interior se revolvió ante la certeza de su voz. Se lo creía de verdad.
El aura de Alaric palpitó peligrosamente y la temperatura bajó aún más.
—Nunca fue tuya.
Thorne dio un paso adelante, con un movimiento trabajoso, luchando contra el poder superior de Alaric. Su olor se volvió húmedo y rancio, como un sótano cargado y lleno de humedades.
—No sabes nada de lo que he hecho por ella. —Cerró las manos en puños—. ¿Te crees que puedes volver a su vida después de cinco años y arrebatármela sin más?
—No. —Alaric inclinó la cabeza—. Creo que nunca fue tuya como para arrebatártela.
Thorne clavó la mirada en mí.
—Seraphina. —Ahora había algo de súplica bajo la rabia—. Díselo.
Fruncí el ceño.
—¿Decirle qué?
—Dile lo que significo para ti, lo que he hecho por ti —dijo, y levantó el mentón con tanta arrogancia que me pregunté si era el mismo hombre al que había conocido estos últimos cinco años. No quedaba nada del Alfa amable en el que un día confié.
—Me ayudaste cuando no tenía adónde ir, es verdad —dije, y erguí la espalda—. Si no hubiera sido por ti, no sé qué habría sido de Noah y de mí. Te agradezco todo lo que hiciste por mí, Thorne.
Su expresión se ablandó durante un latido.
Entonces continué:
—Pero después de que naciera Noah, yo también trabajé. Pagué la mitad de esta casa. Cociné y limpié. Ni una sola vez me quedé de brazos cruzados dejándote trabajar mientras yo no hacía nada. Y, lo más importante, nunca fui tuya. —Se le tensó el rostro—. Y nunca prometí serlo.
—No hacía falta. —Cada una de sus palabras goteaba amargura—. Yo esperé.
—Y yo no dejé de decirte que no lo hicieras —le espeté—. ¿Cuántas veces tenemos que tener la misma conversación? Dejé claro desde el principio que no quería una relación. Que no me creyeras es tu problema, no mío.
El silencio llenó la cocina. Thorne me miró como si le hubiera dado una bofetada. Luego desvió la mirada hacia Alaric y algo turbio le cruzó la cara.
—¿Así que esto es todo? —escupió.
—Si no eres capaz de aceptar que elijo mi propia vida, entonces sí —dije, y puse la mano en el brazo de Alaric. Se me habían acabado las delicadezas con Thorne.
Frunció el entrecejo.
—¿Tirarías por la borda todo lo que hemos tenido por él?
—Lo que teníamos era una amistad, y la termino por tu culpa —dije—. No quiero a mi lado a alguien que cree que ayudarme significa poseerme. No quiero pasarme el resto de la vida sintiéndome culpable porque tú decidiste que mi gratitud era una promesa.
Su respiración se agitó.
—Estás cometiendo un error. ¿Crees que él puede protegerte?