La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Deslicé las manos por su espalda, lo atraje hacia mí y clavé los dedos en su camisa.

Soltó mis labios solo para besarme la mandíbula y bajar por el cuello.

A los labios siguieron los dientes, que me mordisquearon la piel y nos enloquecieron a mi loba y a mí.

Me acarició el cuello con la nariz y me marcó con su aroma hasta que mi loba quedó aturdida y salvaje por la satisfacción lujuriosa de ser suya.

Si me hubiera dado la mordida de apareamiento en ese momento, la habría recibido con gusto. En cambio, se apartó.

—Te necesito —dijo, restregando la erección contra mí.

—Sí —siseé, tirando ya de su ropa.

Con un gruñido, se arrancó la camisa. Tenía aún más cicatrices que la última vez que habíamos estado juntos, y recorrí con los dedos las líneas blancas que le cruzaban el pecho y el vientre, esquivando la herida de cuchillo que aún no había sanado del todo.

Incluso con las venas oscuras de la plaga de sombras recordándome su dolor, era magnífico.

Lo toqué con una avidez primitiva que era puro instinto, siguiendo la forma de sus músculos y hundiendo las manos en el vello áspero de su pecho con puro deleite sensorial.

Su miembro palpitaba contra mí a través de la ropa y otro gruñido animal vibró en el fondo de su garganta.

Me arrancó la ropa hasta que quedé ante él completamente desnuda.

Mi loba se pavoneó bajo su mirada cargada de deseo; le destellaban los ojos en un ámbar profundo y hambriento, más de lobo que de humano.

Me agarró por la cintura y me subió al banco de trabajo.

Me separó las piernas con esas manos enormes y me amasó los muslos.

Se lamió los labios al verme brillar a la luz de las velas.

Bajó la cabeza, hundió la cara entre mis piernas y me acarició con la nariz mientras el pecho le retumbaba en un gruñido bajo y posesivo.

La barba incipiente me raspaba la piel sensible de la cara interna de los muslos, marcando mis partes más íntimas con su aroma al tiempo que él se cubría del mío.

Me lamió el punto más sensible y gimió profundamente al saborearme; las piernas me temblaron.

Me recorría con la lengua sin pausa, apretándome los muslos con las manos.

Solo cuando noté diminutos pinchazos en la piel me di cuenta de que había sacado las garras.

No sabía si era la poción lo que había hecho emerger a su lobo o simplemente la euforia de volver a estar juntos, y no me importaba. Solo sabía que lo deseaba.

Como si percibiera mi necesidad, se irguió con la cara húmeda de mi excitación.

Se abrió los pantalones y liberó su gruesa erección.

Me contraje de deseo. No me hizo esperar: ocupó el lugar que le correspondía entre mis piernas y se hundió en mí con una sola embestida.

Me agarré al borde del banco, arqueé la espalda y el placer estalló por todo mi cuerpo.

No esperó a que me adaptara: se retiró y volvió a empujar sin más. La cabeza me daba vueltas de pura dicha; mi loba salió a la superficie junto a su lobo y su gemido agudo vibró en mi pecho.

Espoleado por mi reacción, me rodeó con los brazos y atrapó mis labios en un beso ardiente.

Me probé a mí misma en sus labios y en su lengua, en un beso lleno de necesidad primitiva.

Agarrada a su cuello, le rodeé la cintura con las piernas y lo atraje cada vez más mientras me movía al encuentro de sus embestidas profundas.

Nunca había estado tan cerca de mi loba, con su deseo salvaje fundido con el mío mientras Alaric nos reclamaba.

Todo lo demás desapareció. No tenía preocupaciones, ni responsabilidades, ni pensamientos de conspiraciones, traiciones y asesinos. Solo existían mi compañero y el éxtasis glorioso que me daba.

Me aferré a él mientras el placer crecía y el borde del precipicio se acercaba a toda velocidad.

Gemí en su boca y me contraje a su alrededor.

Él empujó más fuerte, más hondo, más rápido, restregándose contra mí y alcanzando puntos tan hermosos y sensibles que, si no hubiera estado ocupada besándolo, habría aullado.

Mi orgasmo llegó como una explosión alquímica: una serie de detonaciones que me recorrieron el cuerpo en descargas de placer intenso.

Arqueé la espalda, se me curvaron los dedos de los pies, me convulsioné en torno a él.

Fue algo profundo y primitivo, y él se bebió cada gemido, cada quejido y cada grito con un ronroneo posesivo hasta que no me quedó nada.

Gruñó, bajo y animal, y las caderas le perdieron el ritmo constante al derramarse dentro de mí.

Solo entonces se sintió mi loba verdaderamente completa, con una satisfacción que chispeaba como electricidad bajo mi piel.

Lo recibí todo, cada embestida cada vez más débil, hasta la última palpitación en mi interior.

Nos quedamos abrazados largo rato, sin más que respirar y sentirnos, con la piel resbaladiza de sudor. Quedaba mucho en lo que pensar, mucho de lo que preocuparse, pero por un momento me permití disfrutar de aquello. De él. De mi compañero.