Capítulo 25 #2
—No te culpo por pensar lo peor —dijo—. Aquel día partí a la batalla sin reconciliarme contigo y lo he lamentado desde entonces.
Ahora lo lamento aún más. Si me hubiera detenido un instante a ver tu angustia, si te hubiera preguntado qué te ocurría en lugar de dar nada por supuesto, quizá nada de esto habría pasado.
—Eso no es culpa tuya —dije.
—Si debo aceptar eso, tú también tienes que aceptar que tampoco fue culpa tuya. Los acontecimientos, y personas que aún desconocemos, conspiraron contra nosotros.
Me escocieron los ojos.
—Está bien.
—Probaremos las pociones conmigo —dijo—. Y encontraremos una cura para Noah.
Asentí. Pero había algo más que me rondaba la cabeza. Retiré la mano y eché de menos al instante el calor de la piel de Alaric.
—Quiero que Noah te conozca como padre, pero…
—Ahora mismo hay demasiada agitación —terminó Alaric la frase por mí—. Yo también quiero que sepa la verdad, pero es frágil, y sé de sobra que las emociones intensas pueden desencadenar episodios de plaga de sombras.
De puro alivio, casi me fallaron las piernas.
—Gracias por entenderlo. Se lo diremos cuando hayamos acabado con las amenazas.
—Ansío ese día más de lo que puedas imaginar —dijo, con la voz ronca de emoción.
Dejé a Alaric descansando y solo cuando estuve en mi habitación con la puerta cerrada me permití por fin doblegarme bajo el peso de cinco años de dolor.
Me tapé la boca para amortiguar el sollozo que me brotó del pecho.
No me había permitido sentir la pérdida de Alaric, de mi compañero.
Llorarlo me había parecido una traición después de lo que creía que había hecho.
Otro sollozo me sacudió el cuerpo. Lloré por el hombre al que había dejado atrás. Por el padre que nunca había conocido a su hijo. Por cada noche que había pasado creyéndome muerta. Y por los cinco años que había perdido porque había tenido demasiado miedo de descubrir la verdad.
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A la mañana siguiente, me puse a trabajar para dar con una cura.
Entre los conocimientos que había adquirido tratando a Alaric y después a Noah, y el viejo tomo sobre venenos, tenía una idea bastante clara de por dónde empezar.
Aún me quedaban hilos que seguir, como una nota al margen del tomo que hablaba de experimentos terribles con Omegas y que me revolvía el estómago.
Al parecer, al viejo mago que había escrito el libro le interesaba la magia de sangre, y describía una enfermedad muy parecida a la que había afectado a mi madre después de que Lyra y yo naciéramos.
Curiosamente, las mujeres con las que había hecho sus pruebas obtenían mejores resultados cuando tenían hijos Omega.
Pero yo pensaba ceñirme a las opciones más seguras antes de empezar a jugar con la magia de sangre.
Por la tarde, el laboratorio olía a raíces amargas y hojas machacadas. Alaric estaba sentado frente a mí mientras yo vertía la nueva fórmula en un vial. Gracias a las hierbas que él había enviado en aquella caja de madera, tenía de sobra para probar muchas fórmulas.
—Esta es la versión más potente hasta ahora —dije.
Sus ojos ambarinos siguieron clavados en los míos.
—Confío plenamente en ti.
Se bebió la poción sin titubear y torció el gesto por el sabor.
Durante varios minutos no ocurrió nada.
—Puede que me haya equivocado con las proporciones —dije, inquieta.
—Tú nunca te equivocas cuando se trata de pociones —dijo, con la convicción pintada en sus ojos ámbar—. Ya has conseguido más de lo que jamás lograrían los mejores médicos del reino. Dale tiempo para que haga efecto.
Asentí, reconfortada por su fe inquebrantable.
Al cabo de diez minutos, se le aflojaron los hombros. Inspiró despacio y giró el cuello como si hubiera olvidado lo que era no tener que luchar contra su propio cuerpo a cada segundo del día.
—Noto que está funcionando —murmuró.
Un destello de esperanza me recorrió.
—¿Nivel de dolor? —pregunté.
—Bajo.
Sonrió y se puso en pie, con el cuerpo por fin relajado. Mejoró de color y las mejillas se le llenaron de vida.
—Esto es increíble.
—¿Algún signo de ceguera?
Me daba demasiado miedo ilusionarme. Acertar al primer intento era enormemente improbable, aunque llevara los dos últimos años investigando a fondo la plaga de sombras.
—Ninguno.
Se levantó la camisa y se bajó el vendaje. Esa sería la verdadera prueba. Yo podía aliviar los síntomas, pero una cura auténtica le devolvería la curación veloz propia de un Alfa, la que nunca debería haber perdido. La herida seguía igual.
—De todos modos, es un buen comienzo.
Paseó por mi laboratorio con movimientos más fluidos y las articulaciones menos rígidas.
—Creo que esta es la más eficaz de todas…
Se le atragantaron las palabras y palideció. Las rodillas le fallaron y se agarró a mi mesa de trabajo antes de caer. Corrí a su lado y lo ayudé a sentarse.
—¿Estás bien? —pregunté, escrutándole el rostro.
—Sí —dijo con voz entrecortada—. De repente me ha dado un mareo muy fuerte.
Le busqué el pulso, intentando ignorar el calor de su piel y lo seductor de su aroma especiado. Lo tenía rápido y algo débil.
—Vértigo. Tengo que añadir a la poción algo que te fortalezca la sangre.
—Hazlo. Quiero probarla de inmediato —dijo, ya con mejor color—. Al principio los efectos han sido asombrosos, pero ya estoy volviendo a quedarme rígido. El dolor está regresando.
Bajé la vista a mis notas.
—Necesito aumentar la concentración.
El siguiente intento llevó horas. No estuvo lista hasta después de acostar a Noah, pero, una vez que se quedó dormido, Alaric y yo nos sentamos en mi laboratorio y él probó la versión más reciente.
Cuando por fin la bebió, el resultado fue inmediato. Se repitieron los mismos efectos de antes, pero esta vez duraron más y no sufrió vértigo. Al cabo de unos minutos, su respiración cambió y sus pupilas se dilataron. El calor parecía desprenderse de su piel.
—Algo va mal —dije.
Negó con la cabeza y, cuando habló, tenía la voz ronca.
—No, me siento de maravilla.
—¿De verdad? —pregunté mientras me acercaba a él.
Le tomé el pulso. Era rápido, pero fuerte. Su aroma especiado se intensificó y llenó la habitación con la cálida densidad del clavo, la canela y el almizcle.
Me sostuvo la mirada con la misma intensidad con la que solía mirarme antes de llevarme a la cama.
Sus feromonas se intensificaron hasta que toda la habitación quedó saturada de él.
Me hormigueaba la piel por la necesidad de que me tocaran.
Mi loba ronroneó dentro de mí y respondió a las feromonas de Alaric con una honda necesidad de reconectar con nuestro compañero; el vínculo aún sin consolidar tiraba dentro de mi pecho. Bajé la mano y retrocedí un paso.
—Esto es un aumento del flujo sanguíneo —dije, obligándome a estudiar mis notas—. Y una mayor producción de feromonas.
—Entonces tu poción funciona —dijo con voz de terciopelo.
—No exactamente como yo pretendía.
Bajé la mirada sin poder evitarlo. El bulto en sus pantalones era evidente. Me contraje de deseo.
Se acercó y me acorraló contra la mesa de trabajo.
—Deberíamos hacer otro ajuste —susurré, aunque cada vez me costaba más preocuparme con mi compañero tan cerca, tan dispuesto.
—Sí.
Pero ninguno de los dos se movió.
Su mirada descendió hasta mi boca. Se me trastabilló el pulso.
—Seraphina.
Cerré los ojos. No había sentido el contacto de un hombre en cinco años.
Incluso cuando lo creía un asesino, seguía deseando solo a mi compañero.
Y ahora estaba allí, frente a mí, vivo, cálido, con el olor de todo lo que mi loba había anhelado siempre.
La poción no podía obligarnos a nada, solo intensificar las feromonas y la excitación de Alaric, pero en aquella mezcla embriagadora de su aroma seductor y el calor de su cuerpo tan cerca ya no era capaz de aferrarme a las razones por las que no deberíamos hacerlo.
Sus dedos rozaron los míos. Debería haber apartado la mano. En lugar de eso, la volví bajo la suya y entrelacé nuestros dedos. Se le cortó la respiración. La distancia entre nosotros desapareció. Esta vez, cuando me besó, no lo detuve.
Abrí la boca a sus labios insistentes y me deleité con la sensación.
Cuando sus manos encontraron mis caderas, me apreté contra ellas.
Tenía la piel ardiendo, afectada por su poderosa aura.
Yo quería aquello. Lo había querido incluso antes de que la poción hiciera efecto y, con sus labios deslizándose sobre los míos y su lengua adentrándose en mi boca, no se me ocurría una sola razón para rechazarlo.
Le recorrí el pecho con las manos por encima de la ropa y sus músculos poderosos se tensaron bajo mi contacto.
Él se pegó más a mí y su dureza se apretó contra mi vientre.
Un calor húmedo creció entre mis piernas y supe el instante exacto en que percibió el olor de mi excitación.
Sus besos se volvieron frenéticos, me devoraron mientras sus manos subían por mis costados y encontraban mis pechos a través de la ropa.
Su aroma especiado me rodeó, se filtró en mis poros, me hizo suya. El ronroneo entusiasmado y satisfecho de mi loba retumbó en mi pecho y Alaric respondió con un gruñido profundo que sentí hasta lo más hondo de mí.
Su contacto me encendió por dentro y reavivó un fuego que creía perdido.
Gemí contra su boca cuando me apretó los pechos.
Descargas de placer me recorrieron la espalda.
Deslizó la pierna entre las mías y aquellos músculos gruesos y firmes presionaron contra mi sexo.
Mis caderas se mecieron por voluntad propia y él bebió mis gemidos, con el pecho retumbando de satisfacción lobuna.