La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 25
74%

Capítulo 25

Seraphina

Los gritos de Noah me despertaron. Me levanté y llegué junto a su cama antes de ser del todo consciente de haberme movido, con una mano ya tendida hacia el frasco de la mesilla.

Su cuerpecito se encogía sobre sí mismo y sus dedos arañaban las mantas mientras otra oleada de espasmos del mal de las sombras lo desgarraba por dentro. Tenía la cara blanca bajo el pelo rubio ceniza y los ojos ambarinos apretados con fuerza.

Había empeorado en los últimos días. Puede que hubiera dormido durante el ataque del asesino cuatro noches antes, pero, aunque no le conté los detalles, sabía que algo había pasado.

—Estoy aquí, cariño.

Le puse la palma en la frente.

—Mamá está aquí.

Le acerqué la poción a la boca, pero tenía la mandíbula tan apretada que oía el rechinar de sus dientes. Se atragantó en seco y apartó la cara.

—Noah, por favor. Solo un poco.

Tenía las manos firmes. No podía ser de otra manera. Pero por mucho que lo intenté, no quiso —o no pudo— abrir la boca. Solo logré colarle algo de poción entre los dientes apretados y esperar que surtiera efecto.

Alaric apareció en la puerta del dormitorio; venía de la planta de abajo.

Dormía en la salita, aunque la habitación de Thorne había quedado libre desde aquella noche.

Thorne supuestamente tenía negocios fuera de la ciudad, pero yo tenía la firme sospecha de que simplemente no quería compartir casa con Alaric.

Era un alivio no tener que aguantar los pavoneos de los dos alfas.

—¿Puedes calmarlo? —pregunté.

Alaric entró en la habitación, más despacio de lo normal. La herida de cuchillo aún no había cicatrizado, y él tenía que lidiar con sus propios ataques nocturnos del mal de las sombras. Estaba pálido, pero su expresión seguía tallada en piedra.

—Por supuesto.

Su aura de alfa inundó la habitación mientras yo le trabajaba a Noah los puntos de presión, intentando aflojarle la mandíbula y relajarle los músculos en espasmo.

Las oleadas calmantes de su poder me apaciguaron el pulso acelerado, y su aroma denso, de alcohol especiado, me reconfortó.

Por lo general, Noah reaccionaba a ella.

Su cuerpecito se relajaba y el terror cedía bajo el peso del poder de su padre.

Esa noche no sirvió de nada. Noah se agitaba en la cama y se sacudía mis manos de encima. Se le arqueó la espalda en una curva tan extrema que ni la presencia calmante de Alaric pudo frenar el pánico nauseabundo que me atenazó el corazón. Si se doblaba un poco más, iba a romperse la columna.

Noah volvió a gritar; el alarido penetrante le salía de entre los dientes. Se me cerró la garganta mientras intentaba alcanzarle de nuevo los puntos de presión.

—Ven, deja que yo…

Alaric se subió a la cama, sin hacer caso de la herida del costado, y atrajo a nuestro hijo contra su pecho.

Le apoyó su enorme mano en la nuca para sujetarle la cabeza, que se sacudía y bamboleaba, mientras Noah pataleaba y agitaba los brazos.

Alaric cerró los ojos y su aura se retiró: replagó las oleadas de poder y las concentró hacia dentro.

—¿Qué haces? —susurré.

—Es de mi sangre —dijo Alaric con voz ronca, cerrando los ojos con fuerza.

Tomó aire de golpe y los brazos y las piernas de Noah pasaron de las sacudidas a un simple temblor.

—Puedo quitárselo.

Observé con los ojos muy abiertos cómo Noah se calmaba y Alaric se quedaba rígido. Los brazos se le cerraron con más fuerza alrededor de Noah mientras el rostro se le contorsionaba y todos los músculos de su cuerpo se tensaban bajo el esfuerzo. El dolor pasaba de Noah a Alaric.

En el instante en que la mandíbula de Noah se relajó, le vertí el resto de la poción en la garganta, una dosis doble. Siguió temblando, pero los temblores disminuyeron.

La respiración de Alaric se volvió superficial.

El sudor le perló la frente. Los dedos le temblaban allí donde se apoyaban en la cabeza de Noah.

Nuestro hijo mejoraba; ahora era por Alaric por quien temía.

Una mancha de un rojo oscuro se extendía por su camisa, sangre fresca que manaba de la herida de cuchillo.

Le puse la mano en el brazo.

—Para. Vas a ponerte peor.

—Es mi hijo —jadeó con voz tensa—. No me importa lo que me cueste.

El cuerpo pequeño y frágil de Noah se relajó poco a poco. Los puños se le abrieron. La respiración se le niveló. El temblor de los brazos y las piernas cesó.

Alaric respiraba a bocanadas entrecortadas, una tras otra, y se tragaba la agonía que hubiera pasado de nuestro hijo a él.

La mancha de sangre de su camisa crecía.

Se me retorció el corazón. Había pasado años creyendo que aquel hombre había asesinado a mi hermana.

Había repasado cada gesto amable que me había dedicado y solo había visto cálculo.

Y sin embargo ahí estaba, apenas capaz de sostenerse en pie, abrazando a nuestro hijo como si nada en el mundo importara más. No me cabía duda de que Alaric habría muerto si con ello hubiera podido aliviar el sufrimiento de Noah.

Las manos le temblaban mientras sostenía a nuestro hijo, sacrificando su propia salud por un niño cuya existencia ignoraba hasta hacía un mes.

No prestaba la menor atención a la herida de cuchillo reabierta; solo se concentraba en Noah.

Sentí como si se hubiera levantado un velo de niebla espesa y viera a ese hombre con claridad por primera vez.

La vergüenza me inundó como un ácido. ¿Cómo podía creer que el hombre que tenía delante había hecho cosas terribles y fiarme de un trozo de papel antes que de sus actos?

Mi loba, aunque preocupada por nuestro cachorro y nuestro compañero, gruñó con una satisfacción que me calentó el pecho.

Alaric cuidaba de nosotros como debía hacerlo un compañero, y usaba su fuerza de alfa no solo para proteger y luchar, sino para aliviar el sufrimiento de nuestro hijo.

Me enjugué una lágrima que se me había escapado.

El vínculo de sangre de Alaric y mi poción actuaron de forma conjunta para ayudar a Noah. En cuestión de minutos, se le niveló la respiración y su cuerpo quedó libre de tensión. Con manos temblorosas, Alaric volvió a tumbar a Noah en la cama y se incorporó con las rodillas flojas.

Arropé a Noah con las mantas y le aparté el pelo de la frente húmeda. El ataque había pasado y dormía plácidamente.

Cuando me di la vuelta, Alaric seguía de pie, con una mano apoyada en la pared.

—Gracias —susurré.

Sus ojos ambarinos encontraron los míos, con un brillo vidrioso de fiebre. Tenía la camisa empapada.

Abrí el armarito que había junto a la cama de Noah y saqué otro frasco de poción, el último hasta que pudiera preparar más. Se lo tendí.

—Necesitas esto.

Él negó con la cabeza.

—Noah lo necesita más.

—Te duele —insistí, temiendo que se desplomara en el suelo como la primera noche que conoció a Noah.

Se irguió, pero vi lo que le costaba.

—Puedo soportarlo.

—No tienes por qué.

Su mirada se posó en nuestro hijo, que dormía.

—Sí —dijo en voz baja—. Sí que debo.

Me mordí el labio. Si yo estuviera en su lugar, tomaría la misma decisión. Era lo que hacían los padres: poner a los hijos por delante.

—Entonces deja que al menos te ayude a bajar —dije.

Asintió despacio. Le pasé el brazo por la cintura y bajamos despacio la escalera hasta el salón. Lo ayudé a acomodarse en el sofá y me dediqué a trabajarle los puntos de presión para aliviarle algo de dolor. Era lo mínimo que podía hacer.

—No he dejado de buscar una cura —dije mientras le presionaba los hombros con los dedos—. Hay fórmulas que todavía no he probado.

Clavó los ojos en los míos con un interés encendido.

—¿Y por qué no?

Seguí bajando por sus brazos, evitando el cuello y manteniendo las distancias.

La última vez que había hecho aquello, nos habíamos besado.

Aún notaba el fantasma de su caricia y el hormigueo en los labios.

Incluso ahora, la atracción hacia él era intensa, pero había que mantener la cabeza fría. Estaban pasando demasiadas cosas.

—Porque no están probadas. Puedo hacerme una idea bastante aproximada de lo que harán, pero Noah tiene cuatro años. Es demasiado pequeño. Demasiado frágil.

Hundí los nudillos en el grueso bíceps de Alaric y su puño apretado se relajó.

—Si me equivoco, podría hacerle daño.

—Entonces pruébalas conmigo.

Detuve las manos y me quedé mirándolo. Lo había dicho como si fuera la solución más sencilla del mundo.

—Alaric, tu estado ya está…

—Lo sé —me interrumpió, y puso su mano sobre la mía, que seguía apoyada en su brazo.

—Podrías empeorar —le advertí.

En mis tiempos en el palacio, mis fórmulas habían sido una lotería. Una poción le alivió el dolor, pero le agravó la ceguera; otra se lo quitó, pero lo dejó completamente ebrio. Volveríamos a tentar a la suerte.

Su expresión no cambió.

—Entonces empeoro. Vale la pena si sirve para ayudar a Noah.

Miré con otros ojos al hombre que tenía sentado delante. Había pasado cinco años creyéndome muerta, me había encontrado de nuevo solo para descubrir un hijo cuya existencia desconocía, y aun así había puesto las necesidades de Noah por delante de las suyas.

Durante todos esos años había creído que protegía a mi hijo manteniendo a Alaric lejos. Quizá lo único que había conseguido era robarnos a todos el amor y una familia.

Se me cerró la garganta.

—Lo siento.

—¿Por qué? —preguntó él, y apretó los dedos en torno a mi mano.

—Creía que habías matado a Lyra. Creía que me querías muerta. Creía que todo lo que hacías tenía algún propósito perverso.

Se me quebró la voz.

—Eres maravilloso con Noah, y él ya te adora. Debería haber crecido contigo como padre. Deberías haber estado ahí desde el principio. Mi desconfianza os arrebató eso a los dos.

Me acarició la mano y dejó escapar una oleada apaciguadora de su poder que me calentó por dentro, como una bebida especiada en pleno invierno.