La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Me giré. El primer asesino se había recuperado y había pasado junto a Thorne sin que este hiciera el menor intento de intervenir.

Cargó contra mí con un gruñido. Lo recibí de frente.

Me golpeó el hombro. Apenas lo sentí. Mi lobo ya estaba destrozando a aquel hombre, con todos los instintos reducidos a una sola orden: proteger.

Le abrí el abdomen con las garras y la sangre salpicó. No me bastó. Necesitaba destruirlo. Lo agarré por el cuello de la ropa y lo estrellé contra el suelo una y otra vez hasta que la columna le crujió y dejó de moverse.

Durante un instante, lo único que oí fue la sangre rugiéndome en los oídos y mi propia respiración pesada.

Me volví y revisé la habitación, aunque ya hubiera eliminado todas las amenazas.

Seraphina estaba ilesa. Thorne seguía a unos pasos de distancia, con una expresión de estupor en el rostro.

Un Alfa… y no había hecho nada. Patético.

—Alaric, estás herido —dijo Seraphina.

Bajé la vista hacia la sangre que empapaba mi camisa. La herida ya empezaba a arder con aquella sensación familiar y malsana del mal de las sombras. Mi cuerpo no sanaba como debía; no lo haría en mucho tiempo.

Seraphina me buscó la camisa con manos apresuradas y temblorosas, y la levantó para dejar al descubierto el tajo en mi costado. Examinó la herida con los ojos muy abiertos y llenos de preocupación, los dedos frescos y suaves sobre mi piel ardiente. Venas oscuras rodeaban el corte.

—Un poco más profundo y esto te habría matado —dijo con voz trémula.

—Habría valido la pena si era para protegerte. —Puse mi mano sobre la suya. Ella me sostuvo la mirada, sin palabras.

Thorne soltó un bufido a nuestras espaldas, y Seraphina retiró la mano de la mía.

—Debería ir a ver a Noah.

Asentí y la vi marcharse. Thorne le dio un toque con la punta del zapato al asesino que yacía cerca de él, para comprobar que el atacante estuviera realmente muerto. Sacudí la cabeza, ignoré el dolor del costado y dirigí mi atención al cuerpo que tenía a mis pies.

Me agaché junto al asesino y le registré la ropa.

No llevaba nada aparte del cuchillo. Examiné la hoja.

Me resultaba familiar, pero no tenía las marcas delatoras de los herreros rexianos, que plegaban el metal de tal modo que dejaban leves líneas blancas en la plata.

Aquella hoja tenía también otra forma: recta, mientras que las nuestras solían ser curvas.

Le di la vuelta para examinar la empuñadura.

Un relieve tenue brillaba en la penumbra. Un escudo de armas.

Tragué saliva. Aquella hoja venía de Lunethra y, con una factura tan fina, solo se me ocurría una persona capaz de enviar asesinos lunetranos tras Seraphina.

Zinnia. Maldije entre dientes.

—¿Alaric? —preguntó Seraphina mientras bajaba otra vez la escalera.

Me levanté. El costado me palpitaba donde la cuchillada seguía sangrando. Había roto el compromiso en público. La había humillado e insultado a su familia al romper la alianza sin la menor diplomacia. Y ahora venían asesinos a por mi compañera.

—¿Cómo está Noah? —pregunté.

—Está bien; ha dormido de principio a fin —dijo, aunque conservaba la tensión de la preocupación en torno a los ojos—. ¿Qué pasa? ¿Has encontrado algo?

—Lo siento —dije—. Esto es culpa mía. Creo que los asesinos los ha enviado Zinnia. Son lunetranos.

Thorne dio un paso hacia mí.

—¿La princesa Zinnia? ¿Por qué iba a importarle Aria?

Lo ignoré.

—Jamás debí ponerte en esta situación —le dije a Seraphina.

Se quedó mirando la sangre que me resbalaba por el costado.

—No lo sabías.

—Debería haberlo sabido. —Apreté los puños—. Te vienes conmigo. Tú y Noah: aquí no estáis a salvo.

Se le endureció la expresión.

—No. No está lo bastante fuerte para viajar. Y necesito mi laboratorio. Necesito ingredientes. Sus pociones son lo que mantiene los ataques a raya, y la mitad de lo que necesito es carísimo, aun cuando consigo encontrarlo.

—Entonces los compro yo.

Entrecerró los ojos.

—Todo —dije—. Cada ingrediente. Cada material. Lo que necesites.

—No puedes, así sin más…

—Sí puedo. —Me acerqué y bajé la voz—. Si no puedo llevaros a los dos a un lugar seguro, no os dejaré aquí sin protección.

Algo cambió en su mirada.

—¿Te quedarías?

—Me quedaría. —No volvería a perderla de vista nunca más.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó, como si el tiempo contara.

—Todo el que estéis en peligro. Puedes abastecerte, dejar que Noah recupere fuerzas, y luego os llevaré a un lugar seguro, donde Zinnia no pueda alcanzaros. Antes te fallé. No volveré a cometer el mismo error.

—Un momento —dijo Thorne, que se acercó mucho más de lo que me resultaba cómodo. Le gruñí y retrocedió. Ni siquiera eso me supo a nada—. No puedes instalarte aquí sin más. ¡Yo puedo proteger a Aria y a Noah!

—No hiciste nada —bramé, y mi poder estalló de nuevo. Trastabilló hacia atrás—. Te quedaste ahí plantado como un maldito idiota. ¡Si no hubiera vuelto sobre mis pasos, ahora mismo estaría muerta!

—¿Alaric? —Seraphina me puso la mano en el brazo. Me volví para mirarla—. Me gustaría que te quedaras.

Mi lobo se calmó. El peligro no había pasado, pero mi compañera me dejaba por fin ponerme a su lado. No volvería a permitir que nadie se acercara lo suficiente para amenazarla.