La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Se sentó en el sofá a mi lado y alzó las manos para masajearme el cuello.

Su contacto me provocó cosquilleos cálidos por todo el cuerpo, a pesar de la frialdad de sus dedos.

Había echado tanto de menos sus caricias reconfortantes que no pude contener el gruñido de satisfacción en el pecho.

La comisura de sus hermosos labios rosados se curvó en una media sonrisa.

Encontró los puntos de presión como si sus tratamientos nocturnos nunca se hubieran interrumpido. Mis músculos se derritieron bajo sus manos y el alivio me dejó los miembros pesados. Cerré los ojos, concentrado en la suavidad de su piel allí donde me tocaba y en el calor que me inundaba el cuerpo.

El vínculo de compañeros tiró dentro de mi pecho y cobró vida ahora que por fin estábamos cerca. Nunca había tenido ocasión de formarse ni de fortalecerse mientras Seraphina reprimía a su loba Omega, pero ya no quedaban barreras.

—Si sigues así, acabaré demasiado relajado para volver a casa andando —murmuré, casi sereno, tanto por el tratamiento de Seraphina como por su cercanía.

Abrí los ojos. Estaba mucho más cerca que antes y, incluso con esa luz tan tenue, vi lo dilatadas que tenía las pupilas. Respiré hondo; la dulzura de su aroma se había intensificado.

No podía apartar la mirada, y ella tampoco bajó la suya.

La distancia entre nosotros pareció desaparecer bajo el tirón del vínculo de compañeros.

Se balanceó hacia mí y la sujeté, con las manos apoyadas en su cintura.

Sus dedos se cerraron sobre mi camisa y los últimos cinco años se desvanecieron.

¿Cuántas noches había sido esa nuestra rutina?

Seraphina me aliviaba el dolor y yo la llevaba a la cama para demostrarle lo agradecido que estaba.

Bajé la cabeza y ella alzó el mentón para encontrarme.

Nuestros labios se unieron y fue como volver a casa.

Mi lobo se agitó con fuerza, el corazón me latía desbocado y el calor se concentró entre mis piernas.

Le rodeé la cara con una mano y le acaricié la mejilla con el pulgar mientras nuestros labios se deslizaban sensualmente.

El inicio de su excitación me llegó a la nariz como el más dulce de los perfumes.

La atraje aún más hacia mí y apreté el cuerpo contra el suyo.

Ella se tensó y me empujó el pecho, apartándose del beso, con los ojos azul hielo nublados de terror.

—No.

Seguía pensando que yo era un peligro. La solté al instante, aunque me costó un esfuerzo enorme. No quería volver a dejarla marchar nunca.

Se puso en pie, respirando con dificultad, los labios entreabiertos.

—No puedo.

Asentí, aunque cada instinto en mí exigía que volviera a acortar la distancia. No podía hacerle eso: forzarla a una cercanía y demostrarle que era el monstruo del que había huido. Cerré los ojos un momento para recobrar la compostura.

—No te diré que lo siento —dije, levantándome también—. Pero respeto tu decisión, aunque volvería a hacerte mía sin pensarlo dos veces.

Inspiré de forma temblorosa, y ella acababa de abrir la boca para hablar cuando la puerta de entrada se abrió. Thorne entró.

Clavó la mirada en Seraphina y en mí, y se le dilataron las fosas nasales. La dulzura desapareció de su rostro.

—¿Qué haces aquí?

—Mis asuntos no son de tu incumbencia —dije, y un gruñido de advertencia subrayó mis palabras.

Se acercó a Seraphina y mi lobo se revolvió. Me puse delante de ella.

—No lo hagas.

—Esta es mi casa —dijo él, cuadrando los hombros y enderezando la espalda.

—Basta. —Seraphina me esquivó y se plantó entre los dos—. Los dos.

A Thorne se le tensó la mandíbula.

—Yo solo…

—Sé muy bien lo que estabas haciendo. —Su voz era gélida—. Y estoy harta.

La sorpresa le abrió los ojos de par en par, y eso me hizo sonreír con suficiencia.

Cuando Seraphina se volvió hacia mí, su voz se suavizó.

—Alaric, deberías irte.

Incliné la cabeza y decidí ser el más maduro de los dos.

Estaba ganando terreno con Seraphina, y presionarla ahora solo significaría alejarla.

Habría preferido echar a Thorne a patadas y llevarme a mi compañera a la cama, pero aquello seguía siendo un paso en la dirección correcta. Una pequeña victoria.

—Por supuesto. —Me marché sin decir nada más, solo con una mirada que se demoró en Seraphina.

El aire nocturno me golpeaba la cara, frío, mientras bajaba por la carretera, y enfrió el calor que había encendido el beso de Seraphina.

Reinaba un silencio extraño, sin el habitual zumbido de los insectos nocturnos ni el canto ocasional de algún pájaro de la noche.

Aminoré el paso y mi lobo se puso alerta.

Un olor tenue flotaba en el viento. Humo y azufre. Peligro.

Me di la vuelta y volví a grandes zancadas hacia la casa de Seraphina. Al doblar la esquina, vi a dos figuras vestidas de oscuro colándose por su puerta principal. La luz de la luna arrancó un destello al metal. Hojas de plata.

Mi lobo irrumpió en la superficie y tomó el control. Corrí. Se me estrechó el campo de visión. Habían venido a por mi compañera.

El grito de Seraphina desgarró la noche. Casi arranqué la puerta de los goznes al irrumpir dentro.

El primer asesino apenas tuvo tiempo de girarse antes de que mi puño le impactara en la mandíbula.

El hueso crujió. Salió volando por la habitación y se estrelló con fuerza contra la pared, junto al lugar donde Thorne permanecía inmóvil, con los ojos como platos.

El aire abandonó el cuerpo del asesino en un resoplido de dolor.

Thorne miró más allá de mí, con los ojos puestos en el segundo objetivo. Retrocedió, alejándose del cuerpo y del segundo asesino. Alejándose de Seraphina y Noah.

Me giré y fijé la atención en mi siguiente objetivo. Se lanzó hacia Seraphina, cuchillo en mano. Ella estaba cerca de la cocina y se encogió ante el ataque.

—¡No! —Atravesé la habitación a zancadas; mis pies retumbaron sobre el suelo de madera.

Demasiado lento. La hoja relampagueó hacia ella.

Me lancé entre ambos. La plata se hundió en mi costado.

El dolor estalló en mi interior, ardiente y salvaje, pero mi mano se cerró en torno a la muñeca del asesino.

Mi poder Alfa detonó como una bomba. El hombre cayó de rodillas bajo la fuerza aplastante de mi aura.

Le rompí la muñeca con un chasquido sonoro y le arranqué el cuchillo.

Thorne seguía al otro lado de la habitación, al margen de la pelea incluso entonces, y su olor resinoso de Alfa apestaba a miedo. Clavé al asesino su propio cuchillo en la garganta. Se desplomó con un gemido gorgoteante.

Jadeando, me volví hacia Seraphina mientras me apretaba el costado.

—¿Estás bien?

Ella abrió la boca para responder, pero sus ojos se clavaron en algo detrás de mí.

—¡Alaric!