La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Alaric

Seraphina y Noah esperaban en la entrada de la plaza del mercado.

Los vi entre el gentío antes de que ellos me localizaran y me permití unos segundos para contemplarlos. Seraphina sostenía la manita de Noah, con el rostro tenso y crispado. Noah miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos, lleno de curiosidad, pero se encogía al paso de la gente.

Había cabalgado hacia innumerables batallas, me había enfrentado a enemigos fuertes y violentos y me había medido de igual a igual con otros reyes poderosos, pero ninguno de esos momentos se comparaba con los nervios que me golpeaban el corazón mientras miraba a mi familia.

Esta era mi oportunidad de conocer a mi hijo y de forjar con él la relación que tanto anhelaba.

Y también de ganarme la confianza de Seraphina.

Ya había pasado demasiado tiempo entre las sombras, y nunca he sabido quedarme de brazos cruzados. Avancé entre la multitud hacia mi familia, con la postura relajada y conteniendo el poder de mi aura todo lo posible. El niño ya desconfiaba de los extraños; lo último que quería era asustarlo.

Me exigió toda mi concentración, pero, por mi hijo y mi compañera, no era ningún sacrificio. Nada lo era, cuando se trataba de ellos.

Seraphina apretó la mano de Noah cuando me acerqué, pero sentí alivio al ver que mi hijo no se apartaba de mí. El sol estaba alto, apenas pasado el mediodía, e iluminaba el pelo de Seraphina y de Noah como si llevaran coronas de oro tejidas de luz radiante.

Lo primero que hizo Noah fue quedarse mirándome. Sus enormes ojos ámbar me seguían bajo una mata de pelo rubio ceniza, y arrugaba el pequeño ceño como si intentara resolver un acertijo especialmente difícil.

—¿Qué? —pregunté.

Me señaló con el dedo.

—Eres muy grande. ¿Eres un Alfa?

Seraphina soltó a mi lado un sonido ahogado que bien podía haber sido una risa.

—Lo soy —confirmé—. Igual que tú.

Se mordió el labio mientras pensaba, igual que su madre.

—Pero yo no soy grande.

—No, pero aún te queda mucho por crecer —le dije, con el corazón encogido.

Quería estar allí para verlo. No quería volver a separarme nunca de mi familia, pero para eso tenía que ganarme la confianza de Seraphina y encontrar al verdadero asesino.

Estando aquí no podía investigar, pero tampoco podía dejarlos solos.

Tenía que quedarme en las tierras fronterizas, para gran disgusto de mi madre, según la carta que me había enviado.

Estaba muy enfadada conmigo por haber roto el compromiso con Zinnia, pero yo nunca me había sentido tan aliviado.

—¿De verdad crees que algún día podría ser tan grande como tú? —Noah abrió mucho los ojos.

Seraphina le apretó el hombro.

—Quizá, si te comes la verdura.

Noah se cruzó de brazos con un mohín que me hizo reír entre dientes.

Entonces fue Seraphina la que se quedó mirándome. No me reía muy a menudo. Su mirada me encendió la piel, pero ignoré el tirón que me empujaba hacia ella y me centré en conocer a Noah. Los quería a los dos en mi vida.

—¿Qué quieres ver primero? —le pregunté.

Recorrió con la mirada el mercado abarrotado, los puestos, las telas de colores vivos y los cestos de fruta.

—Todo.

Seraphina sonrió con dulzura.

—Te dije que era curioso.

—Ya lo veo —dije—. Muy bien, Noah. Guía tú.

Seguí de cerca a Noah mientras se abría paso entre la escasa multitud de la tarde.

Seraphina llevaba mi mismo paso, lo bastante cerca para que su aroma a hierbas y su dulzura me inundaran los sentidos.

Todavía me estaba acostumbrando a esto: a su plena gloria de Omega, sin nada que la contuviera.

Si no hubiera usado la poción para enmascarar su aroma mientras vivía en el palacio, quizá nunca la habría dejado salir de la cama.

El primer puesto al que Noah se acercó como atraído por un imán estaba repleto de dulces. Masa frita bañada en miel, hojaldre crujiente relleno de una mezcla de frutos secos y especias, bollos cubiertos de chocolate y muchos más, todos expuestos en cajas de madera.

A Noah se le iluminaron los ojos de emoción.

—Mira, mamá.

—Ya lo veo —dijo ella, con un matiz de vacilación en la voz. Se volvió hacia mí y bajó la voz—. No suelo traerlo a esta parte del mercado. Solo compro lo imprescindible.

Entendí lo que no estaba diciendo. La vida era dura y el dinero escaseaba. Mi familia nunca debería haber tenido que vivir así. El sitio de mi hijo y de mi compañera era el palacio, conmigo, con cada necesidad y cada deseo cubiertos.

—¿Puedo coger uno? —preguntó Noah.

—No sé, cariño… —Seraphina se mordió el labio, igual que había hecho Noah antes. Me pregunté si había algo de mí en Noah, aparte de los ojos y su rango.

—¿Uno pequeñito? —negoció él.

Antes de que Seraphina pudiera responder, intervine.

—Invito yo, pero solo si tu madre dice que sí.

Miré a Seraphina y esperé su permiso. Si dependiera de mí, ya le habría comprado el mercado entero, si eso era lo que quería. Mi lobo retumbó en mi pecho; el impulso de proveer era fuerte también en él.

Ella parecía debatirse, y yo esperé su respuesta. Al final, asintió.

—Está bien.

—¡Sí! —Noah dio saltitos.

—¿Cuál quieres? —pregunté, y lo alcé en brazos para que pudiera verlo todo.

—Mmm, ese —señaló—. No, ¡ese! —Recorrió la mesa con la mirada una vez más—. En realidad, quiero ese.

Le compré los tres. El vendedor metió los tres dulces en bolsas de papel separadas y se las entregó con una sonrisa mientras yo pagaba.

Noah abrazó las tres bolsitas contra el pecho.

—Gracias.

—De nada. —El pecho se me hinchó de orgullo.

Dio un mordisco y cerró los ojos de felicidad.

Deambulamos por el mercado otra hora más. Noah se detenía en cada puesto que le llamaba la atención.

En el puesto de juguetes, Noah se paró tan de golpe que casi choqué con él. Entre los animales tallados había un lobo de madera, con las cuatro patas firmes bajo una espesa melena. Noah alargó la mano hacia él y luego la retiró.

Lo cogí.

—¿Este?

Asintió.

Me volví hacia el dueño del puesto.

—¿Cuánto?

Seraphina negó con la cabeza de inmediato.

—Alaric…

—Yo me encargo.

Volvió a morderse el labio y asintió.

Noah me agarró la mano.

—Gracias —susurró.

Se me encogió el corazón y, cuando me soltó, eché de menos la leve presión de sus dedos.

Le entregué el lobo. Lo sostuvo con cuidado, como si fuera algo muy valioso.

—¿Crees que me ayudará como lo hiciste tú? —preguntó mientras apretaba el lobo contra el pecho.

—¿Qué quieres decir? —Fruncí el ceño.

—La otra noche.

Juntó las cejas, como si le costara recordar algo.

—Me dolía muchísimo, pero entonces estabas tú. Hiciste que la sensación mala se fuera.

Seraphina se tensó y sus ojos azul hielo se llenaron de tristeza. Solo podía imaginar lo que debía de ser tener que verlo así todo este tiempo. Y era culpa mía. Mi sangre portaba esta enfermedad maldita, y se la había transmitido.

Me agaché frente a él.

—Me acuerdo. Espero que el lobo te ayude a tener menos miedo, y yo estaré aquí para ayudarte.

Noah me observó la cara con atención.

—¿De verdad?

Miré a Seraphina. Se estaba mordiendo el labio otra vez, y su aroma estaba ahora teñido de una tristeza terrosa. Me dolía el pecho y, por una vez, no era por la plaga de sombras. Esto era mucho peor: la pena y la injusticia de que alguien tan pequeño tuviera que sufrir así.

—Siempre te ayudaré —dije.

Noah sonrió y deslizó su manita en la mía.

Seraphina se aclaró la garganta.

—Deberíamos volver a casa.

—Os acompaño —respondí, y asentí.

Quería saborear cada instante con mi familia. Noah no me soltó la mano en todo el camino. Cuando llegamos a su casa, el sol ya estaba bajo en el cielo y Noah bostezaba.

—Debería despedirme.

No le solté la mano.

Me apretó los dedos con los suyos.

—No, no te vayas —dijo con los ojos azules llenos de súplica.

Miró a Seraphina.

—Mamá, ¿puede quedarse Alaric a cenar? ¿Por favor?

Miré a Seraphina, esperando su permiso aunque lo único que quería decir era que sí. No estaba acostumbrado a seguir las decisiones de otro, y no me resultaba nada cómodo, pero le había hecho una promesa y no iba a romperla.

Su silencio mientras lo pensaba se alargó tanto que empecé a perder la esperanza. Respiró hondo.

—Puedes quedarte.

Dentro, entretuve a Noah mientras Seraphina cocinaba y, cuando la cena estuvo lista, nos sentamos juntos a la mesa pequeña. Aquello no tenía nada que ver con el salón de banquetes al que estaba acostumbrado. Esto me gustaba más.

Noah se sentó a mi lado en la mesa y, mientras comíamos, me contó una historia sobre el lobo de juguete que le había comprado y sobre cómo dicho lobo vivía en la luna. Escuché cada palabra, asentía y le hacía preguntas.

Noté más de una vez que Seraphina me miraba fijamente, pero no dijo nada.

Al terminar la cena, cuando ya había caído la noche y el dolor de siempre había empezado entre los hombros, Noah parpadeaba somnoliento.

—Hora de dormir, Noah —dijo Seraphina.

Estaba tan agotado que ni protestó. Pero se acercó a mí y me dio un abrazo largo y fuerte. Le acaricié la espaldita de arriba abajo. Mi hijo. Me había perdido cuatro años de esto. No me perdería otro.

Después de acostar a Noah, Seraphina bajó de nuevo. Yo la esperaba en la sala de estar, apenas iluminada, intentando aflojar la tensión de los hombros y el cuello. En unas horas, el dolor volvería a ser, probablemente, incapacitante, pero no quería marcharme.

—¿Noah sufre ataques nocturnos como yo? —pregunté cuando Seraphina entró en la sala.

—Por suerte, no —respondió negando con la cabeza—. Sobre todo cuando consigo mantener su régimen de pociones. A veces cuesta conseguir los ingredientes; ahí es cuando las cosas se ponen mal. Ya le he dado su dosis, dormirá profundamente.

—Me alegro —dije.

Eso era un consuelo. El cuello me dio un espasmo y siseé sin poder evitarlo.

—Espera —dijo, y se acercó—. Deja que te ayude.