Capítulo 23
Seraphina
Coloqué la última poción en mi cesta y me abroché la capa.
Me tocaba la entrega semanal a la botica del pueblo: sobre todo pociones analgésicas para dolores corrientes y pociones para detectar embarazos.
Los pedidos semanales eran bastante modestos, dado el tamaño del pueblo, pero daban lo suficiente para que Noah y yo no pasáramos hambre.
Greta estaba cuidando de Noah, algo que encantaba a los dos.
A Greta le gustaba consentir a mi hijo con las galletas que horneaba, y Noah se las comía con ganas.
Normalmente me alegraba dejarlo a su cuidado, pero su salud había estado tan inestable últimamente que cualquier momento lejos de él me tenía en vilo.
Tener a Alaric en el pueblo tampoco ayudaba.
De momento cumplía su palabra, pero no podía confiar en él, por mucho que mi loba o mi corazón quisieran lo contrario.
Salí a la calle adoquinada y giré a la derecha, hacia el mercado. La luz de la mañana aún no había llegado a los huecos entre las casas apiñadas, y el aire estaba frío.
Respiré hondo, esperando que el aire fresco me despejara la cabeza, pero la nariz se me llenó de una mezcla de humo y plumeria empalagosa. Había algo familiar en ese olor. Se me erizó la nuca.
Una mano se cerró alrededor de mi brazo. Me giré de golpe y la mano se me fue al cuchillo escondido bajo la capa.
Allí estaba la princesa Zinnia, con las uñas clavadas en mi brazo, vestida de seda y joyas como si las tierras fronterizas fueran un salón de baile real en lugar de un lugar fangoso y manchado de carbón donde la gente luchaba por sobrevivir.
Llevaba una capa de terciopelo prendida al cuello.
Su aura se extendía por la calle, pesada y expectante, y exigía sumisión no solo a mí, sino a cualquiera que estuviera en su presencia.
Me resistí y me mantuve erguida pese al galope de mi corazón. Me soltó, pero la satisfacción en sus ojos me dijo que lo que buscaba era sobresaltarme.
—¿Qué quieres? —pregunté, respirando por la boca para no inhalar más de su denso perfume floral.
—He pensado que deberíamos hablar, de mujer a… —Sus ojos me recorrieron de arriba abajo y frunció el ceño—. …mujer.
—No tengo nada que decirte —bufé.
Me di la vuelta, aunque mi loba me advirtió que no diera la espalda a un enemigo. Cualquiera que fuera el juego al que intentaba jugar, no me interesaba. Caminé hacia el mercado. Ella avanzó a mi lado.
Su resoplido de irritación casi me hizo sonreír, pero no se daba por vencida. Estábamos casi al final de la calle, con los primeros rayos de sol colándose por fin entre el nido de edificios, cuando aceleró, se me plantó delante y me bloqueó el paso.
Al girarse, su capa de terciopelo se movió y algo centelleó en su garganta.
Los diamantes atraparon el débil sol de la mañana y enmarcaron un conjunto de piedras de luna pálidas.
Me quedé sin aliento. Era el collar que Alaric me había abrochado al cuello antes del banquete, hacía cinco años, la primera vez que había visto a Zinnia.
El recuerdo del tacto de los dedos de Alaric me recorrió el cuello como un fantasma y desató un calor que me atravesó entera, a pesar de todas las razones que tenía para temerlo.
Aquella noche me había acostado con él por primera vez. Mi loba gruñó por dentro.
Zinnia tocó el collar con dedos delicados.
—Pensé que quizá lo reconocerías.
Se me tensó el estómago.
—¿Te lo regaló él?
Sus labios se curvaron en una sonrisa de autocomplacencia.
—Lo había pensado para su reina.
Se me cayó el alma a los pies, pero me negué a dejarle ver que había dado en el blanco. Mantuve el rostro impasible. Al fin y al cabo, no era más que un collar, aunque guardara los recuerdos de estar con mi compañero antes de encontrar las órdenes de ejecución.
Inclinó la cabeza y expuso la curva elegante de su cuello. Tenía una marca de mordisco ya cicatrizada en la unión del cuello con el hombro, justo donde Alaric solía hundir la cara cuando estábamos juntos. Me quedé sin aire. Una marca de vínculo.
Me subieron las náuseas y el cuello me dolió con el dolor fantasma de un mordisco que debería haber sido mío.
El corazón de mi loba se hundió junto con el mío, y su presencia dentro de mí se quedó quieta como una presa que intuye al depredador.
Olfateé el aire: su aroma floral y a ceniza me quemó las fosas nasales.
Por debajo se percibía el ozono del inmenso poder de Alaric, señal de que de verdad se habían vinculado, pero tenía un filo químico, como si la naturaleza no quisiera tener nada que ver con esa unión impía.
Me recordó a mi primer intento de poción para enmascarar aromas.
Zinnia observó mi cara y soltó una risa suave, compasiva.
—Ay, no pongas esa cara de sorpresa. Seguro que sabías que no podía renunciar a una alianza con Lunethra por una Omega insignificante de las tierras fronterizas, aunque hubieras sido reina.
Apreté los puños hasta que las uñas, cortas, se me clavaron en la carne.
Alaric casi me había engañado para que le creyera.
Otra vez. Había ayudado a Noah. Me había creído cuando nadie más lo hizo.
Se había acordado de los ingredientes que necesitaba.
Había prometido que no volvería a irrumpir por la fuerza en nuestras vidas.
Y una parte estúpida e ingenua de mí había empezado a preguntarse si me había equivocado con él.
Ahora odiaba esa parte de mí. La chica que había amado a un monstruo. La compañera a la que no valía la pena serle leal ni fiel.
Zinnia volvió a tocar la marca, casi con cariño.
—Alaric es un rey Alfa. Necesita una reina que fortalezca su reino, no una que se esconda en el barro y juegue a ser curandera.
Me ardía la garganta.
—Entonces deberías estar contenta. Si te ha elegido a ti —dije sin alterarme—, no tienes nada que temer de mí.
Su sonrisa se afiló.
—Esa es la diferencia entre nosotras. Tú todavía crees que esto va de elegir.
La miré fijamente. Los caninos de Zinnia destellaron a la luz de la mañana.
—No va de eso. Va de cuánto vales.
El estómago me ardía de ácido y de un odio incandescente.
—Apártate de mi camino.
La esquivé y seguí hacia el mercado. Tenía preocupaciones más importantes que el complejo de superioridad de la princesa Zinnia o las mentiras incesantes de Alaric. La tristeza de mi loba me escocía en los ojos, pero parpadeé para contener las lágrimas.
Detrás de mí, sus pasos me seguían, y su aura se extendía hacia mí para intentar frenarme. Avancé con todas mis fuerzas. No iba a dejar que me controlara.
Se adelantó corriendo y me bloqueó físicamente la entrada al mercado, con una mueca de desprecio en la cara.
—¿Por qué sigues aquí? —le pregunté.
—¿No quieres saber lo de la noche en que Alaric me dio la marca?
—Antes me arrancaría los ojos —dije, y pasé por su lado de un empujón.
Su aroma a flores y humo creció con una oleada de su poder, tan espeso que casi me asfixió.
Estuvo a punto de ahogar el ozono de Alaric, pero el olor químico permaneció.
Fruncí el ceño. Eso no cuadraba. Alaric era un Alfa más fuerte que ella, y el aroma combinado del vínculo debería haber predominado.
Ese olor químico… era igual que la base con la que había construido mi poción para enmascarar aromas.
Mi loba dio un salto de esperanza, pero no me atreví a ceder a los sentimientos blandos.
Ya me habían llevado por mal camino demasiadas veces.
Seguí camino al mercado, pero me llamó a voces.
—Ese niño con el que te he visto. Es muy pequeño y débil para ser un Alfa.
Trastabillé y el corazón se me paró. Se me heló la sangre. Sabía lo de Noah. Mi loba se alzó ante la amenaza que representaba y anuló mi miedo. Me di la vuelta y encaré a la alta princesa Alfa.
—Él no tiene nada que ver con esto —gruñí. Quería borrarle esa sonrisita de un bofetón.
Ella se rio, con un sonido chirriante y agudo.
—Si crees que ese cachorrillo te va a servir de algo con Alaric… —se acarició la marca de la mordedura del cuello—, te equivocas. No lo permitiré.
Di un paso adelante, sin dejarme intimidar por ella.
—Si te atreves siquiera a mirar a mi hijo, te…
—¡Seraphina!
La voz de un hombre me llamó la atención.
Alcé la cabeza de golpe. Alaric avanzaba hacia nosotras a grandes zancadas y la bulliciosa multitud matutina se abría a su paso como si fuera una fuerza de la naturaleza.
Quizá el destino me odiaba de verdad. Desde luego, parecía empeñado en apuñalarme una y otra vez para luego retorcer el cuchillo.
—Alaric, cariño —dijo Zinnia con voz melosa; toda la malicia de su expresión y de su cuerpo se había desvanecido de golpe.
—¿Qué haces aquí? —le ladró él, con los ojos saltando de una a otra. Probablemente le molestaba que ella hubiera desvelado su secreto y arruinado su plan para engañarme.
—No podía quedarme lejos —respondió ella, y se ajustó la capa de terciopelo sobre los hombros.
Él bajó la mirada hacia los diamantes y las piedras de luna que Zinnia llevaba en la garganta y luego la alzó hasta su rostro.
La temperatura cayó y la multitud, que se había vuelto a cerrar en torno a nosotros, se dispersó de pronto y dejó un amplio espacio libre. Apreté la cesta contra mí.
—¿Qué es eso? —soltó con brusquedad.
Zinnia tocó el collar con gesto posesivo.
—Mi collar.
Los ojos de Alaric se endurecieron.
—No es tuyo.
—Ese collar lo lleva la reina de Rexian —dijo ella, con el aura Alfa crepitando con violencia—. Da igual que Lyra o Seraphina o como se llame haya vuelto de entre los muertos: la próxima reina de Rexian soy yo, ¡y esto me pertenece!
Él me lanzó una mirada fugaz.
—Sea lo que sea esto —dije, y retrocedí con las manos en alto—, dejadme fuera. He terminado con los juegos.
—¿Qué juegos? —quiso saber él, con un destello peligroso en los ojos ambarinos.
—Fingir que te importo y luego regalarle el collar a Zinnia, darle la mordedura de vínculo —espeté, aunque el corazón me golpeaba las costillas como un conejo asustado—. Usar a Noah como un peón.