Capítulo 22
Seraphina
Las manos me temblaban cuando la puerta se cerró tras Alaric. El aire de la cocina seguía cargado de su poderoso ozono, afilado por el olor a té quemado de Thorne. Un enfrentamiento entre alfas era lo que menos necesitaba.
Sentía la piel tensa de ansiedad, como si los dos poderes alfa enfrentados siguieran tirando de mí en direcciones opuestas.
—¿Estás bien? —preguntó Thorne, acercándose a mi lado.
—Estoy bien —solté.
Alargó la mano para tocarme, pero pareció pensárselo mejor y la bajó.
—¿Quién era ese?
Era la pregunta que temía. Proteger mi identidad y los detalles de mi pasado no había sido una elección si quería seguir a salvo de Alaric, pero él me había encontrado de todos modos. ¿Entendería Thorne que le hubiera mentido?
—Un hombre de mi pasado —dije. Era parte de la verdad, la suficiente para no invitar a preguntas.
Thorne entrecerró los ojos y miró hacia la puerta.
—¿Tu ex?
Cerré los ojos un instante. Eso no se acercaba ni de lejos a describir a Alaric.
—Algo así —murmuré.
—Toma —dijo, y apartó una silla de la cocina—. Deberías sentarte. Ya has tenido bastantes emociones por hoy.
Me puso la mano en el hombro e intentó empujarme hacia ella con tanta fuerza que casi me fallaron las rodillas. El brazo todavía me escocía donde me había agarrado.
—Soy capaz de decidir cuándo necesito sentarme —espeté, zafándome de él por segunda vez esa mañana.
Su mano quedó suspendida en el aire. La sorpresa le cruzó el rostro, pero desapareció bajo esa sonrisa amable que tan bien conocía.
—Por supuesto. Solo intentaba ayudar.
Me sentí mezquina y me senté. En realidad, mi enfado no iba dirigido a él. No del todo.
Alaric había irrumpido de nuevo en mi vida, y su sola presencia era una amenaza para Noah y para mí, y encima actuaba como si tuviera derecho a protegernos cuando él era quien había ordenado mi muerte y había matado a mi hermana. Nada de aquello tenía sentido.
Cerré los ojos un momento; el agotamiento tiraba de mí como un peso colgado del cuello. No había dormido bien, y no solo porque me hubiera acurrucado con Noah en su camita. Tener a Alaric allí despertaba demasiadas emociones, y lo peor era que no todas eran malas.
Mi loba estaba encantada de tener a nuestro compañero de vuelta y no atendía a razones ni a pruebas. Seguía tirando de mí, queriendo seguir a Alaric calle abajo.
Thorne se acercó a la encimera y sirvió un vaso de agua. Lo dejó delante de mí y se quedó plantado encima, cerniéndose sobre mí.
—Bébete el agua.
Lo cogí porque negarme habría sido infantil, aunque algo en el gesto me irritaba. Se quedó mirando hasta que bebí, de pie tan cerca que me bloqueaba la salida.
—Ese hombre tiene un aura peligrosa —dijo en voz baja, inclinándose tanto que sentí el calor que irradiaba su cuerpo—. No me sorprende que tuvieras que huir de él.
Hubo algo en su forma de decirlo que me tensó los hombros, y una defensa automática de Alaric casi se me escapó de los labios.
Estar atrapada entre dos alfas me tenía la cabeza dando vueltas.
No ayudaba que Thorne se hubiera interpuesto entre nosotros al instante, como si mi lugar fuera detrás de él.
Me froté la frente.
—Thorne, agradezco todo lo que has hecho por nosotros. No sé qué habría sido de nosotros de no ser por ti…
La expresión de Thorne se suavizó.
—Me importáis los dos.
—Lo sé. Pero eso no te da derecho a decidir a quién dejo entrar en mi casa. Necesito que respetes mis decisiones.
Apretó la mandíbula y el rojo de sus ojos se volvió más intenso.
—Solo lo hice porque me importas. Tú no puedes percibir en él lo que percibo yo. Los alfas sabemos estas cosas.
—Y yo sé lo que pienso —dije, apretando los dedos alrededor del vaso.
Siempre se había mostrado deseoso de cuidar de mí. Aquello me había reconfortado cuando estaba embarazada y vulnerable. Thorne había sido un soplo de aire fresco después de Alaric: nunca presionaba, nunca me abrumaba. Simplemente nos mantenía a salvo a Noah y a mí. Ahora sí presionaba.
Thorne se sentó a mi lado y respiré más tranquila al dejar de tenerlo acorralándome contra la mesa… hasta que posó la mano sobre la mía. Retiré la mía y la dejé en el regazo.
—Siempre he sido bueno contigo, ¿verdad? —preguntó. Sus iris enrojecieron—. Tienes muchos muros, Aria, y he esperado con paciencia a que los bajaras. Ahora entiendo por qué eran tan altos. Ese hombre es un peligro.
—Thorne… —suspiré—. Ya lo sé, ¿vale?
Su aura palpitó. Antes me parecía una mano suave en la espalda que me señalaba el camino. Hoy parecía más bien un empujón.
—Entonces sabes por qué deberíamos marcharnos.
Empujé la silla hacia atrás.
—No puedo.
—Tenemos que irnos. Esta noche. —Torció la boca—. Cuanto antes nos alejemos de ese hombre, mejor. —Se inclinó hacia mí—. Hay otros pueblos. Mejores. Lugares donde no te encontrará.
La preocupación nunca se había parecido tanto a unos grilletes.
Lo miré con incredulidad. Él sabía lo frágil que era Noah.
—No nos vamos a ir. —Le sostuve la mirada, negándome a ceder a su presión. Nada estaba por delante de mi hijo, ni siquiera mi propia seguridad. Las preocupaciones de Thorne, o incluso mi gratitud por su ayuda en el pasado, no entraban en la ecuación; solo Noah.
—Aria…
—No. —Me puse en pie, con la adrenalina chispeando por todo el cuerpo como si estuviera en peligro.
Su expresión se endureció durante medio segundo antes de que volviera la dulzura.
—Solo pienso en lo que es mejor para ti.
Algo dentro de mí retrocedió. ¿Cuándo se había vuelto Thorne tan avasallador?
—Noah está demasiado enfermo para viajar —espeté con los puños apretados.
—Podría recuperarse por el camino —argumentó con una voz tan serena y razonable que me dieron ganas de hacer algo muy poco razonable. Como darle un sartenazo en la cabeza.
—Moverlo ahora podría matarlo —gruñí. Mi loba nunca había estado tan a flor de piel—. Sé qué es lo mejor para mi hijo y, ahora mismo, eso es quedarnos donde estamos.
Miré hacia las escaleras. Mi hijo estaba en su habitación, durmiendo para recuperarse del peor ataque que había visto nunca. No iba a arriesgar su vida porque dos Alfas no soportaran estar en la misma habitación.
Thorne asintió despacio.
—Bien, lo que tú quieras.
Pero la mirada de sus ojos me decía que no estaba de acuerdo. Estaba esperando.
❦ ❦ ❦
Noah se despertó justo antes de la comida, débil y tembloroso. Conseguí que se tomara un plato de gachas antes de que volviera a quedarse dormido. Me senté en el borde de la cama y le acaricié el pelo un largo rato antes de levantarme.
Bajé y me entretuve en reorganizar mis hierbas y apuntar lo que se me estaba acabando. La lista de cosas que necesitaba reponer era demasiado larga para el oro que llevaba en el bolsillo.
Hice una lista nueva, esta vez con todo lo que podía preparar con los suministros que me quedaban y el precio al que podría venderlos en el mercado.
Un golpe en la puerta rompió mi concentración. Me acerqué a la puerta con el ceño fruncido. No esperaba visitas y confiaba en que no fuera Alaric buscando otra pelea. No olía su aroma especiado. La decepción de mi loba me hundió el estómago.
Abrí la puerta y me encontré con un anciano al que había visto por el pueblo. El dueño de la posada que lindaba con el mercado.
—Un mensaje para usted —dijo—. Y esto.
Miró por encima del hombro antes de entregarme un sobre sellado y ponerme en las manos una cajita de madera.
—¿De parte de quién? —pregunté. ¿Desde cuándo el posadero repartía mensajes? La caja pesaba mucho para su tamaño.
—Un cliente. —Se encogió de hombros—. No sé por qué no podía venir él mismo, pero me pagó una buena suma por traérselo.
Se llevó la mano al sombrero y me dejó de pie en mi propio umbral, con un vacío cada vez mayor en el estómago. Tenía la sensación de saber quién lo había enviado. ¿Qué se proponía Alaric?
Cerré la puerta y llevé la carta y la caja a la cocina. Abrí primero la caja. Dentro había manojos de hierbas envueltos con cuidado en papel encerado. Se me cortó la respiración. Vid lunar. Raíz de escarcha. Hoja de plata. Y más Drevanth del que había crecido nunca en el herbario del palacio.
El olor intenso de las hierbas me golpeó la nariz y los recuerdos me inundaron la mente.
Las noches que había pasado tratando a Alaric, administrándole las pociones y viendo cómo se le movía la garganta mientras se bebía sin preguntar nada de lo que le daba.
Lo llevaba a su cama, y el rey Alfa obedecía mis instrucciones y se entregaba a mi merced.
La forma en que su cuerpo fuerte y musculoso se derretía bajo mis caricias.
Incluso en lo peor del dolor, su cuerpo reaccionaba ante mí con confianza y deseo.
Sacudí la cabeza para librarme de los seductores recuerdos de aquellas noches de pasión que tantas veces desembocaban en mañanas sensuales y en besos con sabor a pociones. Pero, aun mientras ahuyentaba esos pensamientos carnales, mi corazón traidor se encogió.
Él lo recordaba. Alguna vez había comentado en voz alta las pociones contra la plaga de sombras que preparaba para Alaric.
Decir mis pensamientos en voz alta me ayudaba a ordenarlos.
No tenía ni idea de que él le hubiera prestado atención.
Todas las hierbas que me había enviado eran ingredientes de la poción más eficaz que le había hecho contra la plaga de sombras.
Hacía cinco años que no veía la mayoría de esos ingredientes. Eran raros, sobre todo en las tierras fronterizas, y muy, muy caros.
Cerré la caja y abrí la carta. Aunque lo esperaba, el corazón me dio un vuelco al ver su letra. Las letras eran tan contenidas como el hombre mismo, cada trazo preciso y comedido. Igual que las órdenes de ejecución.
Con un leve temblor en las manos, leí la carta:
Seraphina:
Respetaré tu decisión. No me abriré paso a la fuerza en tu vida y no te pediré que vuelvas al palacio. Pero nunca renunciaré a ti ni a Noah.
He tomado una habitación en la posada. Si el estado de Noah empeora, mándame recado. Puedo ayudarlo, y os protegeré a los dos todo el tiempo que me lo permitas.
Las hierbas son las que me dijiste que necesitabas cuando te ocupabas de mi enfermedad. Espero que sean suficientes para tratar a Noah. Si necesitas cualquier otra cosa, removeré cielo y tierra para conseguírtela.
Tuyo, por siempre y para siempre,
Alaric
Tragué saliva para deshacer el nudo de la garganta.
Recorrí con el dedo las letras de la página, siguiendo las líneas firmes y precisas de su caligrafía.
Arriba guardaba dos órdenes de ejecución con esa misma letra contenida, cada trazo de su pluma idéntico.
Mi sentencia de muerte y la salvación de mi hijo entregadas por la misma mano.
¿Cómo podía ser este el hombre que había matado a mi hermana y que casi había logrado matarme a mí? ¿A qué estaba jugando?
Doblé con cuidado la carta de Alaric y la dejé junto a la caja.
Subí al piso de arriba. Noah seguía dormido.
Tenía las mejillas demasiado pálidas, y eso hacía que incluso sus pestañas claras parecieran oscuras contra la piel.
Tenía una manita apoyada por encima de la cabeza, con los dedos enredados sin fuerza en la manta.
Me senté a su lado. Las hierbas valían más de lo que yo podría llegar a permitirme nunca.
Suficientes para preparar varias tandas de la poción, una versión mejorada que quizá hiciera que los ataques de Noah fueran menos graves.
Podían salvarle la vida. Y Alaric las había enviado sin más, sin exigir nada a cambio ni intentar colarse otra vez en mi vida.
Era tan distinto de Thorne. Antes pensaba que eso era un punto a favor de Thorne.
Últimamente ya no estaba tan segura. Los cuidados de Thorne empezaban a parecerse a una jaula de oro, y sus exigencias y expectativas eran cada día menos sutiles.
Decía que le importaba, pero no dejaba de oponerse a mis decisiones.
Yo tenía pruebas de la traición de Alaric y, sin embargo, él actuaba con respeto.
Mi loba se agitó bajo las costillas, suave y esperanzada. Cerré los ojos.
La lógica y los hechos decían una cosa. Era mi corazón el que empezaba a vacilar.
Si usaba esas hierbas para Noah, estaría aceptando un regalo del hombre que había asesinado a mi hermana. También le estaría dando a mi hijo la mejor oportunidad de tener una vida normal, pero ¿a qué precio?