La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Alaric

Recobré la consciencia despacio, en calma. El aroma fresco y herbal de Seraphina me envolvía, tan intenso y dulce como la primera noche que hicimos el amor. ¿Se le habría pasado otra vez el efecto de la poción que le ocultaba el olor?

Estiré las piernas y no sentí más que músculos relajados y el dolor fantasma del ataque de plaga de sombras de la noche anterior.

Aún tenía los párpados pesados de sueño y ninguna prisa por despertar.

Respiré hondo: las costillas se ensancharon sin protestar y bebí el aire perfumado por mi compañera.

Mi miembro palpitó y sonreí. Mis obligaciones podían esperar.

Me giré y alargué la mano hacia Seraphina. Pensaba tenerla en la cama toda la mañana, darle placer hasta que la habitación se llenara del intenso aroma de su gozo y cada centímetro de su cuerpo oliera a mí.

La mano no encontró más que sábanas frías y aire. ¿Ya se había levantado? Intenté recordar si me había dicho que estaría en el laboratorio esa mañana o si Eliza tenía alguna cita programada, pero lo único que recordaba era un dolor atroz.

Abrí los ojos y se me aceleró el pulso. No vi el familiar dosel de mi cama ni la amplitud de mis aposentos. Estaba en una habitación sencilla, apenas amueblada, en una cama pequeña. Me incorporé de golpe y me preparé para la protesta del cuerpo, pero no llegó. Me sentía mejor que en años.

Los recuerdos de la noche anterior afloraron como a través de una niebla espesa.

Durante un breve instante de dicha había olvidado los últimos cinco años y me había creído de vuelta en casa con mi compañera, antes de creerla muerta, antes de que la enfermedad empeorara hasta niveles de sufrimiento inconcebibles que, aun así, palidecían ante el dolor de la pérdida.

Pero Seraphina no estaba muerta, y tenía un hijo del que acababa de enterarme. Se me hizo un nudo en el estómago.

Me puse de pie y el mundo no giró. La poción que me había dado había funcionado bien. Casi había olvidado lo que era sentir alivio. La magia de las pociones de Seraphina era más poderosa de lo que recordaba.

Paseé la mirada por la habitación. Estaba tan ordenada que parecía deshabitada, sin un solo toque personal. Mi compañera había llevado una vida dura sin mí. No iba a permitirlo ni un día más.

Al salir de la habitación me detuve un instante en el pequeño pasillo.

El niño, Noah, seguía profundamente dormido en su cama.

Era tan pequeño y tan pálido. Una agonía peor que cualquier cosa que la plaga de sombras pudiera lanzarme me atravesó el cuerpo, como si me abrieran en canal desde el ombligo hasta la garganta y me dejaran las entrañas derramadas en el suelo.

Ese niño era mi sangre, cada maldita gota de ella, y yo no había estado allí para acompañar a mi compañera en el parto ni para sostenerlo cuando respiró por primera vez.

Me había perdido su primera sonrisa y su primera risa, sus primeros pasos y sus primeras palabras.

Mi lobo vibraba de pena y desesperación.

Era nuestro cachorro, y no lo conocíamos.

Me quedé demasiado tiempo en el umbral, respirando su aroma.

Jengibre, cítricos y familia. Era un Alfa que aún no había despertado a su poder, y tenía mis ojos.

A pesar de la maldita enfermedad que le había transmitido, era perfecto.

La mezcla más desgarradora de Seraphina y de mí.

No podía marcharme sin más. Necesitaba saber más de él.

Bajé las escaleras en silencio para no despertarlo. Encontrar a Seraphina fue fácil en una casa tan pequeña. Incluso sin mis sentidos de lobo, habría dado con ella en la cocina sin problema.

Levantó la cabeza de golpe de la mesa de trabajo y me sostuvo la mirada con los ojos fríos y entornados.

—Ya te has levantado.

No era la cálida bienvenida que habría deseado, pero después de todo lo que había descubierto no podía culparla. Fuera cual fuese la conspiración en marcha, para Seraphina yo era el enemigo. A mí me tocaba demostrarle lo contrario.

—Gracias por la poción —dije, aunque las palabras se quedaban muy cortas para lo que había hecho por mí. Me sentía renovado.

—Parece que ha surtido efecto.

Me examinó de arriba abajo con frialdad calculadora.

—Sí, me siento mucho mejor —confirmé.

Cada parte de mí, desde el lobo hasta el hombre, quería cruzar la poca distancia que nos separaba y tomarla entre mis brazos. Necesitaba marcarla con mi olor, recordarle que ella era mía y yo era suyo. Físicamente puede que hubiera mejorado, pero seguía sufriendo igual.

—Bien, entonces ya puedes irte —dijo ella con toda la autoridad de una reina.

—Creo que antes tenemos algunas cosas de las que hablar —dije.

No iba a permitir que me apartara, ni iba a comportarme como el culpable. Había tenido mi parte en todo aquello y le había fallado, pero nunca la convencería de mi inocencia si me mantenía alejado.

Se cruzó de brazos y reconocí aquel gesto terco de la mandíbula.

—No tengo nada que decirte.

Mi pequeña Omega se conducía con la fuerza de un Alfa, pese a no tener el poder físico para respaldarla.

Se notaba cómo la maternidad la había cambiado.

No era solo por las diferencias de su cuerpo —las caderas, antes estrechas, ahora algo más anchas; los pechos pequeños, ahora más llenos—, sino por la forma de plantarse, con la energía de un animal salvaje dispuesto a luchar hasta la muerte para proteger a su cría.

No quedaba ni rastro de la muchacha a la defensiva que se escondía en mi palacio. Ante mí había una mujer, una loba dispuesta y decidida a proteger a su cachorro costara lo que costara. Dios, estaba radiante.

—Quiero hablar de Noah —empecé, sin saber muy bien qué preguntar primero.

—Anoche dijiste que no me lo quitarías. ¿Eso también era mentira? —dijo ella con una desconfianza que me heló la sangre. Esperaba lo peor de mí, y tenía que convencerla de lo contrario.

—No era mentira.

Levanté las manos.

No poder calmarla me dolía, y mi lobo daba vueltas inquieto bajo mi piel.

Quería saber más de mi hijo, pero había algo más que me molestaba.

El olor de Alfa que había percibido la noche anterior impregnaba la casa entera, tan fuerte que me distraía.

Hacía que deseara marcar a Seraphina con mi aroma aún más de lo que ya lo deseaba.

—Si tu ataque de plaga de sombras ha pasado, tienes que irte —dijo, mirando de reojo hacia la puerta.

Tenía el cuerpo en tensión, tirante como un resorte. Lo único que yo quería era acariciarla con la nariz hasta que se relajara, dejar que mi aura de Alfa la calmara, pero no me engañaba: me lo reprocharía.

No estaba acostumbrado a andar con tanto cuidado. Un rey Alfa no tenía por qué ser sutil ni demostrar nada. Pero por mi compañera haría cualquier cosa para recuperar su confianza y mantenerla a salvo.

El olor de aquel Alfa ajeno me arañaba por dentro. Se posaba en los muebles como polvo grasiento y se filtraba en las paredes como el moho. Resina, musgo de roble y té negro. Chocaba con el aroma ligero y herbal de Seraphina, pero no la tocaba.

—¿Vive alguien más aquí? —Miré alrededor en busca de señales de otra persona, pero la casa estaba tan desnuda que no permitía sacar ninguna conclusión.

—Eso no es asunto tuyo. —Entornó los ojos.

Había abierto la boca para discutir. Quienquiera que rondara a mi compañera y a mi hijo era precisamente asunto mío, pero un ruido en la calle me llamó la atención.

La gente hacía su vida cotidiana —los vecinos de Seraphina iban y venían del trabajo o del mercado—, pero unas botas pesadas destacaban sobre el resto.

Y ahí estaba ese olor denso y terroso, que entraba serpenteando por la ventana.

—Alaric… —empezó a decir Seraphina cuando la puerta trasera se abrió. Un hombre de cabello castaño rojizo y ojos de un marrón rojizo entró como si aquella casa fuera suya. Y no era un hombre cualquiera, sino un Alfa, que traía consigo su olor a humedad rancia.

Se detuvo en seco y me sostuvo la mirada, evaluándome.

—¿Quién demonios eres tú? —Miró a mi compañera—. ¿Aria? ¿Qué significa esto?

Dio un paso hacia ella y se interpuso entre mi compañera y yo. Se me erizó el pelo de la nuca y mi lobo ya empujaba contra los límites de mi control. Pero lo que me importaba era Seraphina, no aquel intruso. Ni siquiera conocía su verdadero nombre; ¿qué derecho creía tener?

—Yo soy… —empecé a decir, pero Seraphina me interrumpió.

—Ya se iba. —Me lanzó una mirada elocuente.

Tal vez habría aceptado su indirecta, que de sutil no tenía nada, a pesar de las protestas de mi lobo, pero el hombre se le acercó e invadió el espacio personal de Seraphina como si tuviera derecho a estar allí, ajeno o indiferente a que ella se apartara de él.

Di un paso al frente y él la agarró del brazo y le hincó los dedos con demasiada fuerza. Seraphina intentó soltarse.

—Thorne —siseó ella, sin dejar de forcejear para soltarse.

El gruñido que brotó de mi pecho era más primitivo y antiguo que la parte animal de mí. Era el viento rugiente de un huracán, el estruendo y la furia de un maremoto, el crujido de un terremoto cuando la tierra se parte en dos.

La temperatura de la habitación cayó bajo cero cuando desaté mi poder y aplasté al Alfa más débil que tenía delante.

—Aléjate de ella —bramé.

Se echó atrás con un respingo y soltó a Seraphina. En su piel pálida había una marca roja de lo fuerte que la había agarrado. Mi lobo quería arrancarle la garganta, pero retiré mi poder ahora que mi compañera estaba libre de sus manos.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Pero el otro Alfa se había recuperado de mi poder abrumador y empujó a Seraphina hacia atrás, la hizo trastabillar y la escudó con su cuerpo.

Sus ojos de un marrón rojizo relampaguearon con un desafío y un chisporroteo de ozono recorrió el aire.

—No te atrevas a hablarle —ladró; los colmillos se le alargaban.

Seraphina se agarró a la encimera y soltó el aire de golpe.

Las garras me brotaron de las puntas de los dedos.

—Vuelve a tocarla y te entierro.

Seraphina salió de detrás del intruso con el rostro convertido en una máscara de tormenta.

—¡Basta! ¡Los dos!

El hombre fue a agarrarla del brazo otra vez y yo me lancé hacia delante, dispuesto a arrancarle la cabeza del cuerpo. La palma abierta de Seraphina me golpeó el centro del pecho y me detuvo, no por fuerza física, sino por pura voluntad.

—Lo digo en serio, Alaric —dijo ella, con una advertencia clara en la voz. Luego se volvió hacia el hombre que se creía con derecho a tocar a mi compañera—. Y tú también cálmate, Thorne.

Lo miré con furia por encima de la cabeza de Seraphina, dejándole claro que, si daba un paso en falso, no dudaría en matarlo. Su olor se agrió de rabia, pero cuando le habló a Seraphina lo hizo con una voz dulce como el almíbar:

—Solo intento protegerte.

—La única amenaza aquí es esta estúpida pelea territorial —le espetó ella.

Sonreí con suficiencia, triunfal, pero me duró poco.

Ella se volvió hacia mí sin nada más que furia y miedo en los ojos.

Me quedé sin aire en los pulmones, como si todos los escombros de la torre derruida que una vez creí que había sepultado a mi compañera me hubieran caído encima.

Yo la aterraba. Todo el poder Alfa que había estado conteniendo se quebró en pedazos al instante.

—Tienes que marcharte. Si no es por mí, hazlo por Noah. Está demasiado débil para esto.

Se me cayó el alma a los pies. Lo único que había conseguido era demostrarle a Seraphina que era la amenaza violenta que ella creía.

Levanté la vista hacia Thorne. La leve sonrisa que le tiraba de los labios casi bastó para que quisiera matarlo, pero no podía ceder a la ira.

Seraphina tenía razón. Por mucho que despreciara a aquel lamentable remedo de Alfa, pelear solo iba a empeorar las cosas para todos.

Dejé escapar los últimos restos de mi poder y el calor volvió a la pequeña cocina.

Obligué a mis garras a retraerse mientras mi lobo se resistía; el dolor de esa lenta retirada no era nada comparado con lo que sentía en el corazón.

Haría cualquier cosa por mi compañera, incluido esto.

No podía soportar un instante más que me mirara con repulsión.

Di un paso atrás y mi lobo rechinó los dientes en protesta.

Me temblaban los músculos por el esfuerzo.

Los dos seguíamos queriendo arrancarle la garganta a Thorne, pero Seraphina me importaba demasiado para ceder a mis instintos más básicos.

No confiaba en él, pero sí confiaba en Seraphina, y tenía que demostrarlo.

—Me voy —dije, aunque me doliera. Dejar a mi compañera a solas con otro Alfa que se creía con algún derecho sobre ella era como tirarme de cabeza a un incendio—. Pero cada palabra que dije anoche iba en serio.

Seraphina apretó los labios y asintió.

Le dediqué una última mirada feroz a Thorne, para que supiera que solo me retiraba porque ella lo había pedido. Mi único consuelo era que, pese a que su olor impregnaba la casa, no se mezclaba con el de Seraphina. Fueran lo que fueran el uno para el otro, no eran amantes.

Salí a la calle adoquinada, y cada paso me alejaba del lugar donde sabía que debía estar. Odiaba dejarla, sobre todo con Thorne aún dentro de la casa, pero respetaría los deseos de mi compañera y protegería a mi frágil hijo, costara lo que costara.

Me alejé a grandes zancadas y dejé mi corazón con ella. Había encontrado de nuevo a mi compañera, a mi familia. Los recuperaría, aunque tuviera que negar mis instintos. Seraphina, y ahora Noah, eran mi mundo entero. No volvería a fallarles.