Capítulo 20
Seraphina
Esperé a que la respiración de Noah se acompasara antes de permitirme mirar a Alaric.
La cálida seducción de la canela y el clavo inundaba la habitación y me mantenía el pulso estable.
Su poder, que había calmado a Noah con tanta eficacia, también estaba surtiendo efecto en mí, por mucho que intentara resistirme.
A pesar de mis esfuerzos, su aura me bañó como la caricia de un amante. Mi loba se tumbó panza arriba, con el cuello y el vientre expuestos, por más que yo le exigiera que se levantara. Estábamos en peligro.
Seguía arrodillado junto a la cama. La manita de mi hijo se había cerrado alrededor de uno de sus dedos.
Algo se me retorció en el pecho. Noah no sabía lo suficiente para tenerle miedo.
Mi loba sí, pero la presencia de Alaric la apaciguaba igualmente, incluso sin esa aura de Alfa que nos envolvía como el agua caliente del baño después de un día largo.
Desde el momento en que Alaric cruzó la puerta, mi loba no había dejado de dar vueltas bajo mi piel y de tenderse hacia él con un anhelo que me daba ganas de gritar.
Con toda la fuerza de voluntad que me quedaba, la ignoré, y con ella esa calma forzada que impedía que se me erizara el pelaje y que el corazón me latiera desbocado.
Aquella calma impuesta no conseguía hacerme olvidar que estaba en la misma habitación que un asesino y que él acababa de descubrir que teníamos un hijo.
Volví a guardarme el frasco de la poción en el bolsillo. Pronto tendría que preparar otro lote, pero para eso hacía falta poder pagar los ingredientes.
—No creía que esta enfermedad pudiera ser aún más cruel. —Sacudió la cabeza y aspiró una bocanada temblorosa—. ¿Siempre es así de grave?
No le debía ninguna respuesta a Alaric. Debería haberlo echado de mi casa y haber salido corriendo lo más rápido posible, pero a Noah no se lo podía mover y Alaric no hacía ningún amago de quitármelo. Todavía.
—No, si consigo mantener sus tratamientos —dije, y tragúe saliva, avergonzada.
Quería darle una vida mejor, pero los tiempos eran duros y las tierras fronterizas los volvían aún más duros.
—La poción ayuda, pero no siempre consigo los ingredientes que necesito. Cuando el efecto se pasa, los ataques vuelven con más fuerza. A veces hacen falta varias dosis antes de que consiga aliviarlo.
Alaric apretó los dientes y se le crispó el músculo de la mandíbula.
—Y has llevado esta carga tú sola.
No quería su comprensión ni su compasión. Todo era fingimiento o manipulación, y ya había bebido antes de ese pozo envenenado. Sabía el peligro que entrañaba dejarlo entrar. Pero no podía negar que, sin su ayuda esa noche, Noah seguiría sufriendo un dolor atroz.
Se levantó despacio y aflojó la presión calmante de su poder. El corazón se me aceleró cuando el miedo volvió a abrirse paso en mí.
—Dijiste que te marchabas del pueblo —dije, interponiéndome por instinto entre Alaric y Noah—. Supongo que fue solo otra mentira.
—Mi única mentira —respondió él—. No podía dejarte aquí sin protección.
Era casi admirable con qué firmeza se ceñía a su versión.
—No te creo. He visto las órdenes de ejecución y, el mismo día que las encontré, un asesino me atacó mientras tú estabas en la frontera. Muy oportuno.
—¿Qué? —gruñó, de pronto más lobo que hombre.
—No me insultes fingiendo que esto es una novedad para ti —espeté—. Si no hubiera sido capaz de defenderme, no solo me habrías matado a mí, ¡habrías matado a tu hijo!
Tuve que respirar hondo para controlar el miedo y la rabia. Noah estaba sedado, pero demasiado ruido aún podía despertarlo.
—¿Qué ocurrió cuando te atacaron? —preguntó, con los ojos muy abiertos y rodeados de sombras oscuras. Tenía la boca apretada en una línea fina.
—Fui más lista que él —dije, irguiéndome.
Lo recordaba todo borroso, pero estaba orgullosa de cómo me había manejado.
—Y entonces me di cuenta de que podía hacerte creer que lo habías conseguido, así que fingí mi muerte y escapé.
Alaric se llevó la mano al pecho; los dedos se le deslizaron bajo la camisa negra y juguetearon con algo que llevaba colgado de una cadena al cuello.
—Entiendo que no me creas. —Inclinó la cabeza—. Pero quiero que sepas que yo te creo a ti.
—¿De qué estás hablando?
Me quedé mirándolo. Levantó una mano temblorosa para secarse una gota de sudor de la sien.
—Tenías razón —cada palabra le salía en un jadeo forzado— en que alguien de mi corte asesinó a tu hermana.
—Sus ojos ámbar destellaron de ira y las ojeras se le oscurecieron de forma visible—.
No tenía ni idea de la existencia de la cámara secreta.
—El pecho le subía y bajaba a toda prisa—.
Le ordené a Tristan que la investigara. La sala no se había usado desde la época de mi padre.
—Tragó saliva con dolor, los ojos brillantes y febriles—.
Estaba vacía, salvo por restos de polvo de piedra de luna en el suelo.
Dices que encontraste documentos de mi puño y letra, pero yo no di esas órdenes.
—Le tembló la voz—. No descansaré hasta averiguar quién los falsificó.
Habría sido tan fácil creerle. Hablaba con una sinceridad que me encogía el corazón, y mi loba tiraba de mí en un constante tira y afloja. Ella solo sentía a nuestro compañero, por fin reunido con nosotras tras cinco años de soledad. Confiaba en él a pesar de las pruebas.
Yo no podía. Había demasiado en juego y demasiadas pruebas que decían lo contrario.
Alaric dio un paso hacia mí. Retrocedí hasta chocar con la cama y él se detuvo de inmediato. Me volví a mirar a Noah, para asegurarme de que no lo había despertado. Mi hijo era lo único que importaba allí. Haría cualquier cosa por mantenerlo a salvo.
Alaric siguió mi mirada.
—Quiero hacerte una promesa. Varias, en realidad.
No esperaba que las cumpliera, pero sentía curiosidad.
—Adelante.
Su expresión era tan seria como el día que partió a la batalla, o como cuando me defendió de Zinnia en el banquete.
—No te lo quitaré.
Se me cortó la respiración. Después de todo este tiempo, aún me leía como un libro abierto.
—Te mataría si lo intentaras.
Se le arquearon las comisuras de la boca.
—No lo dudo. Siempre fuiste más fuerte que yo en lo que de verdad importaba. Seguiré investigando. Encontraré a quien mató a Lyra.
Apreté los puños.
—¿Y entonces?
—Lo llevaré ante la justicia. —Su promesa rezumaba amenaza de violencia y sus ojos ámbar llamearon con una sed de venganza lobuna. Me miró largo rato—. No te pediré que vuelvas al palacio. Pero tampoco voy a renunciar a ti.
Mi loba prácticamente ronroneó. Quise decirle que se callara. El problema era que yo recordaba muy bien lo que era dormir plácidamente en sus brazos y sentir que nada podía alcanzarme. Conocía esa dicha única de tenerlo entre mis piernas y sus labios sobre mi boca.
Pero el hombre que había engendrado a mi hijo quizá siguiera siendo el más embustero que había conocido jamás, y más peligroso aún por lo sincero que parecía.
Porque también recordaba el golpe helado y devastador de ver aquellas órdenes de ejecución escritas de su puño y letra, y el miedo cuando el asesino irrumpió en mi laboratorio.
—Si quieres que te crea —dije, esperando que mi apuesta diera resultado—, te marcharás.
Él palideció, pero asintió.
—Lo entiendo.
Se dio la vuelta y dio un paso vacilante hacia la puerta. Se agarró al borde de la mesa para sostenerse.
Fruncí el ceño.
—¿Alaric?
—Estoy bien.
Lo dijo seco, automático. No lo estaba. Tenía los hombros rígidos y un temblor leve le recorría el brazo. Me puse a su lado. El ámbar de sus ojos brillaba de un modo extraño, casi febril.
Se apartó de la mesa y dio otro paso, pero las piernas no lo sostuvieron. Se agarró al marco de la puerta con un gruñido, respirando entre dientes apretados.
Le fallaron las rodillas y cayó al suelo con un golpe sordo que hizo vibrar las tablas.
Me lancé hacia delante y me arrodillé a su lado.
Estaba ardiendo. Siempre había tenido el cuerpo caliente, pero ahora la piel le desprendía calor como un horno.
Se le bloquearon los músculos cuando otra oleada de dolor lo atravesó.
Se le desenfocó la mirada.
—Maldita sea.
Se me cayó el alma a los pies. Había forzado su poder de Alfa lo suficiente para calmar a Noah y ahora el mal de las sombras le cobraba la deuda. Respiraba en jadeos cortos, intentando dominar el dolor.
Por costumbre, alargué la mano hacia los puntos de presión del cuello, pero él se apartó de mi contacto con una inhalación brusca.
—Solo soy yo —dije, con más dulzura de la que merecía. Sus ojos iban de un lado a otro, desorbitados, mirando más allá de mí—. ¿Ves algo?
Volvió la cabeza hacia mi voz.
—No —dijo con voz ronca.
Mi loba gruñó dentro de mí, exigiendo que ayudáramos a nuestro compañero. En realidad no había elección: no podía dejar a nadie en semejante estado, fuera lo que fuese lo que hubiera hecho.
Se le arqueó la espalda de pronto y los músculos se le contrajeron con más violencia de la que le había visto nunca. Cuando huí, el estado de Alaric no era ni de lejos tan grave. Se había deteriorado muchísimo desde entonces, y ayudar a Noah lo había empeorado. Solo con eso me bastaba para actuar.
Encontré los puntos de presión en la base del cráneo y apreté.
Me hormiguearon las puntas de los dedos, que recordaban todas las veces que había hecho aquello y también lo que era tocar a Alaric de otras maneras.
Estar entre sus brazos había sido mi lugar favorito del mundo, y el recuerdo físico de su peso sobre mí mientras le dibujaba figuras sin sentido en la piel afloró a pesar de mi resistencia.
De pronto mi loba estaba al borde de escapárseme del control, y su deseo de acurrucarse junto a él me mareaba.
La digitopresión apenas sirvió —ya estaba demasiado mal—, pero bastó para acabar con lo peor del espasmo. Se desplomó de nuevo en el suelo, con el pecho agitado, intentando respirar.
—Toma —dije, y saqué la poción del bolsillo—. Bebe.
Le acerqué la boca del frasco a los labios. Él levantó la mano de golpe y sus dedos se cerraron sobre los míos. Apretaba con una fuerza sorprendente. Su contacto me encendió la piel.
—Seraphina. —Tenía los ojos vidriosos, desenfocados, pero de algún modo me encontraron—. No te vayas.
Mi corazón traidor se encogió.
—No voy a ninguna parte.
Tiró de mi mano y se la apretó contra la mejilla ardiente. Me quemó los dedos, frescos y manchados de pociones, como si los hubiera acercado demasiado al fuego.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Por todo. —Se le quebró la respiración—. Debí protegerte.
No supe qué responder. No se parecía en nada al rey despiadado que me había traicionado. Parecía un hombre que llevaba años librando la misma guerra invisible y que, por fin, se había quedado sin terreno al que retirarse.
—Bebe la poción —susurré.
Obedeció, y la garganta se le movió como si le doliera tragar.
Tapé el frasco y me lo guardé en el bolsillo.
Sus manos arañaban el suelo en busca de un asidero.
Su olor tenía un dejo agrio: le dolía tanto que el dolor se le escapaba por los poros.
Mi loba gimió ante la agonía de nuestro compañero.
No podía tratarlo como a un enemigo, ni siquiera como a un desconocido.
No cuando su dolor me retorcía el corazón como si fuera mío.
Tomé sus manos entre las mías y él las apretó con fuerza.
—Creía que no volvería a verte —murmuró. Se llevó mis manos a la cara otra vez y se apoyó en ellas, con las fosas nasales dilatadas, inspirando hondo. Pareció consolarlo un poco. Su aroma especiado se volvió cálido y fragante, ya no agudo ni angustiado—. Mi corazón murió contigo.
Inspiré con fuerza, pero no me aparté. No habría podido ni aunque lo hubiera intentado: me sujetaba con demasiada fuerza.
La respiración se le fue calmando poco a poco.
La terrible tensión empezó a abandonarle el cuerpo, músculo a músculo.
Aflojó los dedos y conseguí liberar una mano para apartarle el pelo húmedo de la frente.
—Eso es —dije. La poción estaba haciendo efecto.
—Seraphina… —murmuró.
—Estoy aquí.
Aflojó aún más la mano, que iba perdiendo fuerza mientras el sedante empezaba a arrastrarlo hacia el sueño.
—¿Puedes levantarte? —pregunté. Era mi oportunidad de moverlo; si no, pasaría la noche en el suelo, en el umbral.
Asintió despacio. Con mi ayuda y unos cuantos intentos fallidos, se puso en pie. Se balanceaba como un barco en mar embravecido. Le pasé el brazo por encima de mis hombros y lo sujeté lo mejor que pude, abrazándole la cintura.
—Solo unos pasos por aquí —dije, y lo guie. Pesaba mucho y se movía sin coordinación, con los miembros aún sacudiéndose al azar, pero mi habitación estaba justo al otro lado del pequeño pasillo.
Lo llevé hasta mi cama y, más que tumbarse, se derrumbó.
Inspiró hondo y volvió la cabeza hacia la almohada.
Se relajó en mi cama y hundió la nariz en la almohada como antes hacía en mi cuello.
Se le alisó el ceño y se le acompasó la respiración mientras se quedaba dormido.
Mi olor llenaba la habitación y a él le servía de consuelo.
Se me encogió el corazón con una punzada de dolor.
Incluso inconsciente, su lobo me reconocía.
Lo tapé con la manta y me senté en el borde de la cama.
Debería haber tenido miedo. Nada había cambiado.
En realidad, no. Pero, mientras su aroma especiado se enredaba sin remedio con el mío, impregnaba mis almohadas y reclamaba mi habitación, mi loba ronroneaba absolutamente victoriosa.
Ahí estaba el peligro. No podía permitir que mi loba, tan desesperada a su manera omega por que él la cobijara, me ablandara frente a él.
Mantuve la mirada clavada en las tablas del suelo, debajo de la cama, donde seguían escondidas las órdenes de ejecución.
Mi compañero dormía por fin en mi cama y yo nunca había corrido tanto peligro.