La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

«Tu contrato de compromiso ha quedado anulado.

He registrado el Salón Azul y he descubierto la cámara oculta.

Estaba vacía, salvo por un rastro de polvo de piedra lunar en el suelo.

Al revisar los archivos del palacio, pude confirmar que la cámara se utilizó durante el reinado de tu padre.

Con algunas preguntas prudentes, lo único que he podido averiguar es que, desde entonces, nadie la había usado ni sabía de su existencia».

Apreté el papel con fuerza. Seraphina había tenido razón años atrás.

El asesino de Lyra era alguien de mi corte, quizá incluso de mi consejo.

Penroy y Brenner también habían servido a mi padre.

Si había sido uno de ellos… La furia me quemaba las venas como fuego.

No tendría piedad con quien hubiera hecho aquello.

Mi compañera había pasado cinco años creyendo que yo era su enemigo, y yo había pasado cinco años creyendo que no había sabido salvarla.

Si quería descubrir quién estaba detrás de todo esto, no podía, no iba a hacerlo solo.

Se había acabado esconderme en las sombras.

Atravesé los últimos efectos de la poción con un rugido, la sangre latiéndome con fuerza. No me acercaría a ella con engaños.

Salí de la posada y recorrí el camino ya familiar hasta la casa de Seraphina mientras el sol desaparecía detrás de los tejados.

Era un edificio modesto de madera, de dos plantas, encajado en una hilera de casas muy parecidas.

Todo el barrio había conocido tiempos mejores, pero tampoco era la zona más turbia de la ciudad.

Incluso desde fuera percibía su delicioso aroma a hierbas, aunque mezclado con el de sus vecinos y el de la gente que pasaba por la calle.

A mi lobo se le erizó el pelaje por los olores de Alfa que flotaban en el aire.

Uno en particular me molestaba: un olor resinoso y húmedo que me puso en guardia de inmediato.

Estaba por todas partes, impregnaba el aire y señalaba que aquel era su territorio.

Golpeé con los nudillos su puerta azul. La pintura estaba desconchada y desvaída. Debería haber cuidado de ella todo ese tiempo. Quien hubiera matado a Lyra y falsificado las órdenes de ejecución tenía muchísimo que pagar.

No hubo respuesta. Volví a llamar, más fuerte.

—¿Seraphina?

Extendí los sentidos y mi lobo se erizó. Estaba dentro. Olía su dulce aroma a hierbas. El aroma que había poblado mis sueños durante cinco años. Escuché, buscando los latidos de su corazón. Encontré dos, los dos acelerados.

Un grito atravesó la casa. Mi lobo se lanzó antes de que me diera tiempo a pensar. Embestí la puerta con fuerza suficiente para astillar la cerradura.

—¡Seraphina!

Otro grito me respondió. Seguí el sonido y subí las escaleras de dos en dos. Seguí su aroma hasta cruzar un umbral, incapaz de procesar aquel olor a jengibre y cítricos, nuevo y a la vez de algún modo familiar, que la acompañaba.

Me detuve en seco en el diminuto dormitorio. Un niño pequeño se retorcía en la cama, con el cuerpecito atenazado por la agonía. Tenía la cara empapada de lágrimas y los miembros se le sacudían con violencia mientras Seraphina luchaba por mantenerlo quieto.

—Por favor, Noah. Por favor, cariño. Bébete esto.

El vaso le temblaba en la mano. El niño se retorció para apartarse; los espasmos le impedían controlar las extremidades. Se me quedó el cuerpo helado y mi lobo afloró a la superficie, y algo primario, que no supe nombrar, llamó a mi alma.

El aroma me golpeó otra vez. Especiado y fresco a la vez, con un fondo regio de leche y miel.

Evocaba días cálidos de otoño en el palacio, aquellos pocos meses preciosos que había pasado con mi compañera.

Su dulzura y mi especia, y algo totalmente nuevo.

No era solo familiar. Era sangre de mi sangre.

Mi lobo se estrelló contra mis costillas con tal violencia que un dolor me atravesó el pecho.

Mío.

Mi lobo retrocedió con un rugido desgarrado de dolor y un zumbido me llenó la cabeza. Se me saltó un latido. Y otro. El corazón se me contrajo y se rebeló, como si mi propio cuerpo se negara a aceptar la realidad de lo que tenía delante.

Me quedé mirando al niño. Cuatro años, quizá. El pelo rubio pálido de Seraphina. Ojos ámbar que relampagueaban bajo los párpados temblorosos. Mis ojos. Mi sangre. Mi hijo.

Me faltó el aire; la plaga de sombras me retorcía los pulmones igual que le retorcía el cuerpo al niño.

Líneas negras recorrían su piel y se ramificaban por las venas como un veneno nacido de dentro.

Le cubrían todo el cuerpo, pero eran iguales que el alquitrán tóxico que se extendía por mi costado.

Reconocí las señales. Mi maldición se había heredado.

Seraphina estaba embarazada cuando se marchó. Recordé su aroma aquel último día. Entonces no había entendido el cambio, pero ahora sí.

Lo había criado ella, sin mí. Yo la había llorado solo en un palacio vacío mientras ella criaba a nuestro hijo en la miseria. No había podido darles nada. El dolor debería haberme doblado las rodillas allí mismo. No fue así. Porque mi hijo volvió a gritar y todo lo demás dejó de existir.

Me acerqué a la cama.

—Déjame a mí.

Seraphina se giró de golpe hacia mí y el terror le cruzó el rostro.

—Alaric…

—Necesita ayuda.

Me arrodillé junto a la cama. El niño se sacudió con más violencia cuando otra oleada de dolor se apoderó de él. Mi lobo emergió con fuerza y solté mi presión de Alfa. No la suficiente para hacerle daño. Solo la justa para envolverlo.

«Tranquilo». No pronuncié la orden en voz alta, pero llenó la habitación.

Los movimientos del niño flaquearon. El cuerpecito se le estremeció. Suavicé aún más mi presencia y la extendí a su alrededor como un escudo invisible. Con el esfuerzo me temblaron las manos y me recorrieron la espalda espasmos que amenazaban con derribarme, pero aguanté firme. Me necesitaba.

—Eso es —murmuré—. Estás a salvo.

Al niño se le fue calmando la respiración. Seraphina me miraba fijamente. Yo no aparté la mirada de mi hijo.

—Ahora —la animé. El dolor me estallaba detrás de los ojos por el esfuerzo de mantener el poder bien sujeto.

A ella le temblaban las manos mientras le acercaba la poción a los labios.

—Bebe, Noah.

Esta vez tragó. La poción actuó rápido y los espasmos empezaron a ceder. No aflojé el poder: seguí proyectando una calma apaciguadora.

Tenía un hijo. Quienquiera que hubiese participado en la conspiración para matar a Lyra y arrebatarme a Seraphina también me había robado esto.

El gruñido de mi lobo reverberó dentro de mi cráneo y me hizo ver chispas.

Cuando acabara con quien nos había traicionado, suplicaría que la muerte lo liberara.

Pero antes me ocuparía de mi familia.