La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Alaric

Quería seguir a Seraphina. Cada instinto en mí lo exigía.

Mi lobo me arañaba las costillas, desesperado por seguir el rastro de nuestra compañera antes de que la multitud se lo tragara.

No podía perderla otra vez. Me adelanté de un tirón, un paso a medias, mientras el instinto y la razón peleaban dentro de mí.

Había visto cómo me miraba. El miedo en sus ojos cuando me acerqué a ella. El modo en que había retrocedido ante mi contacto. Si la seguía ahora, solo le daría la razón en lo que ya creía de mí.

Me obligué a quedarme donde estaba, rodeado de curiosos congregados para presenciar el espectáculo, mientras Zinnia me miraba como si hubiera perdido la cabeza. Aún no podía ir tras Seraphina, pero sí podía arreglar esto.

—Hemos terminado —le dije—. No habrá boda.

—¿En serio vas a abandonarme a mí y a la alianza por esa zorra inútil? —dijo ella, con el rostro retorcido en una fea máscara de odio.

Necesité toda mi fuerza de voluntad para no golpearla por insultar a Seraphina. Mi lobo quería sangre.

Miré hacia la calle por donde había desaparecido Seraphina. No podía empeorarle las cosas.

—Mi esposa está viva. Aunque quisiera casarme contigo, que no es el caso, no podría. Hice un juramento ante los ojos de la Diosa de la Luna y ante la ley.

Los ojos ambarinos de Zinnia se volvieron de hielo.

—Te arrepentirás de esto.

—De lo único que me arrepiento es de haber contemplado siquiera este acuerdo desde el principio.

Detrás de ella divisé a cuatro guardias de Lunethra que, sin duda, había traído consigo al seguirme.

—Estás lo bastante cerca de tu frontera para regresar sin peligro. Tus guardias te acompañarán. Haré que envíen tus pertenencias a Lunethra.

Su risa fue cortante, sin un ápice de humor.

—Tu consejo nunca lo aceptará.

—Mi consejo no gobierna Rexian.

Mi aura palpitó con poder letal y la multitud retrocedió, atemorizada.

—Yo soy el rey, y tú sigues en mi reino. Lárgate, o te obligaré a hacerlo.

Zinnia entornó los ojos y supe que me había ganado una enemiga para toda la vida, pero me daba igual. Mi compañera estaba viva. Nada más importaba.

Giró con brusquedad y se encaminó con paso firme hacia sus guardias. Los observé hasta que se perdieron de vista. Solo entonces me permití respirar.

Me volví hacia Tristan.

—Localiza a mi agente en el pueblo —dije, con la rabia de no poder ir tras Seraphina como quería—. Que averigüe dónde vive Seraphina. Dale una descripción física y dile que es una elaboradora de pociones excepcional. Que se reúna con nosotros en la taberna.

Tristan asintió y partió de inmediato. Yo regresé a la taberna, pese a la insistencia de mi lobo de que fuera yo mismo a buscar a nuestra compañera. Tenía que andarme con cuidado. Ella me creía un asesino. Solo eso bastaba para hacerme vacilar. Tenía mucho por descubrir.

El peso de las miradas de los lugareños me siguió. Habíamos montado una buena escena en la calle, frente a la casa de subastas. Incluso cuando me senté en una mesa apartada de la taberna, noté el aumento del interés.

Flexioné los dedos para intentar librarme del dolor. Con la euforia y la adrenalina de haber encontrado a Seraphina, lo peor de mi maldición de sombras había quedado en segundo plano, pero ahora que no tenía nada con lo que distraerme, intentaba imponerse de nuevo.

Tristan volvió a la taberna en menos de una hora con el agente a su lado.

—¿Lo has conseguido? —pregunté.

—Sí —respondió Tristan—. Resulta que tiene cierta fama en el pueblo por sus pociones.

El agente me entregó un trozo de papel con la dirección anotada.

Cerré el puño alrededor del papel e ignoré el dolor agudo que me subió por el antebrazo hasta el hombro.

Quería ir a su encuentro. Quería derribar cada muro entre nosotros y abrazarla hasta que cinco años de pesadillas dejaran por fin de atormentarme.

Pero me había mirado como si fuera un monstruo. Así que le daría espacio.

Escribí una nota breve: «Me marcho del pueblo. No te obligaré a verme».

Firmé con mi nombre y le tendí la nota a mi agente.

—Entrega esto en su dirección.

—Vámonos —le dije a Tristan.

Me aseguré de que aquellos ojos siempre atentos siguieran puestos en nosotros mientras recogíamos los caballos y salíamos del pueblo.

Si Seraphina preguntaba a alguien o los rumores le llegaban, sabría que había cumplido la promesa de mi nota.

Cada sacudida de la silla me encendía la columna como un fuego.

A la salida del pueblo, cuando ya no teníamos público, aminoré el paso del caballo.

—Voy a dar media vuelta.

—¿Mi señor? —preguntó Tristan.

—No voy a dejarla ahora que acabo de encontrarla —dije—. Quiero que regreses al palacio sin mí. Tengo dos tareas para ti. Primero, informa al consejo de que mi compromiso con la princesa Zinnia Lunethra queda anulado. Quiero que el contrato se retire formalmente y se destruya.

Tristan asintió brevemente.

—Segundo, investiga las acusaciones de Seraphina. Yo no escribí esas órdenes, pero alguien lo hizo. Busca en el Salón Azul la cámara oculta de la que habló.

—Sí, Su Majestad.

—Y una cosa más, Tristan. —Esperé hasta que me sostuvo la mirada—. No le cuentes a nadie lo que estás haciendo. Si Seraphina tiene razón, hay una conspiración en mi palacio que ha pasado inadvertida demasiado tiempo, y yo he ido demasiados pasos por detrás. Eso se acaba. Ahora.

—No os fallaré —dijo él.

Cuando se marchó, me cambié de ropa y me calé la capucha para ocultar el rostro. Saqué del bolsillo la poción de Seraphina para bloquear el aroma de Alfa y bebí un pequeño sorbo. Me bajó por la garganta quemando como fuego.

Los efectos fueron inmediatos. Un velo se tendió entre mi lobo y yo, amortiguó nuestra conexión y me alejó de mi poder.

Incluso mis sentidos se atenuaron, sobre todo el olfato.

Aún sentía mi poder al acecho, y tuve la impresión de que, si tiraba de él con suficiente fuerza, podría romper la magia de la poción.

No quedaría indefenso si de verdad lo necesitaba, pero, por ahora, ante todos parecía un simple Beta.

Di media vuelta y tomé una ruta distinta por el pueblo hasta encontrar una posada aceptable.

Me registré con un nombre falso y cogí la última habitación que les quedaba, y disimulé el temblor de mis miembros hasta quedarme solo.

El ataque nocturno no fue el peor que había soportado.

De hecho, hacía muchos meses que no venía sin ceguera y sin un dolor de cabeza que me daba ganas de arrancarme los ojos.

Puede que la conmoción y la alegría de saber que Seraphina estaba viva hubieran frenado temporalmente el avance de mi mal.

Me arrastré hasta la ventana. El azul negruzco de la noche devoraba el cielo. Seraphina estaba en algún lugar de la ciudad, allí abajo. Viva. Mi compañera estaba viva. Dedicaría cada aliento que me quedara a demostrarle que nunca había tenido motivos para temerme.

A la mañana siguiente, tras tomar otro sorbo de la poción enmascaradora de Alfas, localicé la dirección que me había dado mi agente y me acerqué todo lo que me atreví. Seraphina no podía saber que seguía en la ciudad, pero necesitaba verla.

Observé a mi esposa desde las sombras. No lo bastante cerca para que me viera.

Solo lo bastante cerca para saber que estaba a salvo.

Con su poción en el cuerpo, no podía olerme.

Aunque eso me privaba de percibir su hermoso aroma a hierbas desde la distancia, era un precio muy pequeño por saber que estaba a salvo.

Se movía por la ciudad con la cabeza alta, comprando provisiones en el mercado y hablando con los comerciantes con una fuerza y una cautela que no le conocía. No sabía cómo había sido su vida desde que se marchó, pero dudaba que hubiera sido fácil.

Estaba más pálida de lo normal y, incluso desde lejos, distinguía la tensión en los ojos y la fina línea de la boca.

Era una tortura mirarla y mantenerme al margen.

Incluso bajo el velo de la poción, el impulso de mi lobo de protegerla era afilado como un cuchillo.

Quería irrumpir allí y llevármela lejos de aquel lugar lúgubre y de lo que fuera que la inquietaba.

Pero, a sus ojos, yo era el enemigo, y acercarme solo la alejaría más.

Así que esperé, con la inquietud vibrando bajo la piel y aquel dolor constante en el pecho.

Cada vez que alguien la miraba demasiado tiempo, mi lobo se removía con instinto protector y la piel se me erizaba por la necesidad de actuar.

Había estado sola, sin nosotros para cuidarla, demasiado tiempo, y cada interacción me parecía una amenaza.

Quería reclamarla, sacudirme los efectos de la poción y marcarla con mi aroma hasta que todo el reino supiera que era mía.

Los dedos me pedían el tacto de su piel suave, los labios me hormigueaban por la necesidad de apoyarlos en su cuello, y mi lobo me gruñía y me lanzaba dentelladas por mantenerme lejos.

Cuando regresó a casa, la observé desde tan cerca como me atreví, sin entrar siquiera en su calle por temor a que me viera. Solo cuando estuvo dentro me permití respirar.

Tres días transcurrieron igual, aunque ella nunca pasaba mucho tiempo fuera de casa.

Cada noche me retiraba a la posada, atrancaba la puerta y soportaba los episodios de la plaga de sombras; de la tregua de la primera noche no quedaba ni rastro.

La cuarta tarde, cuando el sol empezaba a declinar, unos golpes secos sonaron en la puerta de mi habitación alquilada.

Abrí y me encontré al posadero con un mensaje sellado en la mano.

—Acaba de llegar por mensajero —dijo.

Lo cogí. Una vez cerrada la puerta, rompí el sello y reconocí al instante la letra de Tristan y la clave que solo él y yo conocíamos. Había sido listo al cifrar el mensaje.

Leí la carta: