Capítulo 18 #2
Yo solo sentí náuseas por aquella pena podrida que llevaba cinco años enquistada dentro de mí. Debería haber podido confiar en él, pero había matado a mi hermana e intentado matarme a mí. ¿Qué clase de lobo enfermo y retorcido intenta matar a su propia compañera?
Tomé aire de forma temblorosa, intentando serenarme.
Zinnia lo miró con incredulidad.
—¿Tu compañera?
La presencia de Alaric crepitó, peligrosa.
—Me has oído.
—Pero nuestro compromiso…
—Es irrelevante.
Ella se quedó boquiabierta.
Alaric no aflojó la presión de su poder ni siquiera cuando ella bajó la mano. Gruñó:
—Es mi esposa. Le mostrarás el respeto que exige su posición.
La gravedad de su aura aumentó de golpe: los curiosos se quedaron sin aliento y bajaron la mirada en señal de sumisión. Incluso a Zinnia le fallaron las rodillas; su poder Alfa no era rival para el de Alaric. A todos les afectó menos a mí.
Se me revolvieron las entrañas. Quería saborear esas palabras.
Quería creer que el hombre que se interponía entre una princesa Alfa y yo era el mismo al que había amado.
Mi loba gimoteó por dentro, y la atracción que sentía en el pecho hacia él era tan fuerte como si un arpón se me hubiera clavado entre las costillas y tirara de mí.
Pero ya había confiado en él antes, y no podía cometer el mismo error dos veces.
Resistirme a aquel tirón dolía tanto como partirme las costillas, pero no podía hacer otra cosa.
La gente seguía mirándonos. Los susurros ya corrían de boca en boca. La incomodidad me subió por la espalda como arañas que me trepaban por la piel.
No podía quedarme allí. No con la gente observándome como si fuera un espectáculo, ni con el aroma especiado y reconfortante de Alaric rodeándome, llamando a esa parte de mí que había pasado cinco años intentando silenciar.
Las paredes se me cerraban encima y aquella sensación nauseabunda que me erizaba la piel iba en aumento.
Retrocedí con cuidado, sin hacer ruido al pisar. Él seguía concentrado en Zinnia: era mi oportunidad. Mi loba aulló tras mis costillas. Quería quedarse con él. La ignoré.
Me di la vuelta y corrí tan rápido como pude. Mis únicas ventajas eran el factor sorpresa y conocer aquel pueblo mejor que Alaric. Elegí un camino sinuoso, volví sobre mis pasos y pasé por la curtiduría y la herrería para intentar enmascarar mi olor.
Cuando llegué a mi calle, aún me temblaban las manos. Me concedí un instante para recomponerme. Tenía que recoger a Noah en casa de Greta, hacer el equipaje y marcharnos. No podía permitir que mi hijo me viera asustada. Tenía que ser fuerte por él.
Inspiré hondo, con un estremecimiento. Todos los recuerdos de mi compañero que había pasado cinco años enterrando intentaban abrirse paso a zarpazos hasta la superficie.
Él seguía interpretando su papel de compañero devoto, y yo no quería recordar lo que era estar entre sus brazos y sentirme a salvo cuando todo había sido una mentira.
Sacudí la cabeza para despejar las ideas. Tenía que actuar, no lamentarme. Thorne estaba de viaje de negocios. Noah solo me tenía a mí, y yo tenía que bastarle.
Podía llevarme a Noah y desaparecer al otro lado de la frontera de Lunethra antes de que Alaric averiguara adónde habíamos ido.
Podía buscar otro sitio. Otro pueblo. Otro nombre.
Ya había sobrevivido una vez; podía volver a hacerlo.
Ojalá tuviera el dinero de la subasta, pero no me habían dado mi parte antes de que el subastador me metiera de un empujón en la habitación con Alaric. Ya no importaba. No debía importar.
Ya más entera, llegué a la casa de Greta y llamé a la puerta. Ella se había quedado con Noah mientras yo estaba en la casa de subastas.
Fruncí el ceño cuando Greta no abrió. Volví a llamar. Nada.
Con el corazón desbocado, entré.
—¿Greta? ¿Noah?
—¡Aria! —La voz frágil de Greta me llegó desde una habitación del fondo—. ¡Ven rápido! ¡Noah está teniendo un ataque!
Corrí. Encontré a Noah hecho un ovillo en la cama de Greta, con el cuerpecito rígido, la cara contraída de dolor y la mandíbula trabada.
La voz le salió ahogada y asustada.
—¡Mamá!
Greta le frotaba la espalda, pero no servía de nada. Me puse a su lado al instante.
—Estoy aquí.
Sus dedos se agarraron a los míos. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no derrumbarme al verlo así.
—Me duele —sollozoó mientras las lágrimas le corrían por la cara.
—No sabía qué hacer —dijo Greta con voz débil y temblorosa.
—Ya me encargo yo —dije, y busqué los puntos de presión en el cuerpecito de Noah. Empecé por los de la base del cráneo y seguí por el cuello y los hombros. Trabajé lo más rápido que pude.
—Lo sé, cariño —dije para tranquilizarlo—. Relájate.
La rigidez de la mandíbula cedió y saqué del bolsillo la poción de emergencia que siempre llevaba encima. Ahora tenía las manos firmes. Tenían que estarlo.
—Abre la boca para mamá.
Obedeció, pero vi lo que le costaba: los ojos apretados de dolor. Le administré la poción y volví a presionarle los puntos familiares de las sienes y el cuello.
—Respira conmigo.
Lo intentó, pero le dio un espasmo en los pulmones y el cuerpo se le rebeló. Respiré despacio hasta que su pechito empezó a seguir mi ritmo.
—Eso es. Muy bien.
Greta rondaba junto a la cama, impotente.
—¿Se pondrá bien?
—Sí.
La respuesta salió sola. No sabía si era verdad. Pero no podía permitirme pensar en eso.
Mi hijo gimoteó otra vez y lo apreté contra el pecho.
—Te tengo.
Su cuerpo empezó a relajarse poco a poco. Le apoyé los labios en la frente húmeda.
Y no solo me asustaba que la plaga de sombras fuera a peor. Si Alaric descubría que tenía un hijo, no sabía qué haría, y no quería averiguarlo.
No podía huir, por mucho que lo deseara. Noah no sobreviviría al viaje en ese estado. Estaba demasiado débil para pasar noches al raso ni para aguantar el ritmo duro del camino. Y, huyendo, no podría prepararle las pociones que necesitaba.
Con mi hijo apretado contra el pecho, supe que solo me quedaba una opción: quedarme y confiar en que Alaric no nos encontrara. De momento, Noah no saldría de casa.
Cerré los ojos y recé a la Diosa de la Luna por primera vez desde la muerte de Lyra. A Lyra no la había protegido, pero quizá sí protegiera a mi hijo.