La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Seraphina

Arranqué la mano de la de Alaric y retrocedí trastabillando. La habitación era demasiado pequeña; las paredes se cerraban sobre mí mientras buscaba la puerta con la mirada.

Tenía que huir de allí antes de que volviera a intentar matarme.

Mi daga de plata no bastaría para defenderme de un Alfa como Alaric.

Tenía que escapar lo más lejos y lo más rápido posible, antes de que Alaric descubriera la existencia de Noah, aunque eso significara cruzar la frontera y enfrentarme a los peligros de Lunethra.

A ciegas, tanteé en busca de la puerta a mi espalda. Sabía de sobra que no debía dar la espalda a una amenaza. El corazón me latía con tanta fuerza que me dolía.

—Seraphina.

Al oír su voz, las rodillas casi me fallaron. Mi loba, desesperada por nuestro compañero, se abalanzó hacia aquel sonido con tal violencia que el dolor me atravesó el cuerpo.

Apreté los dientes y me resistí a su anhelo dolorido de acurrucarse contra aquel pecho.

Su aroma especiado me llenó la nariz: la canela y el clavo de las bebidas de pleno invierno que reconfortaban el corazón y evocaban hogar y refugio.

Quería abandonarme a ese aroma especiado que todavía rondaba mis sueños y me hacía despertar con una necesidad húmeda entre las piernas.

Incluso ahora, con el miedo apretándome el corazón, me atraía como la llama a la polilla, y con idéntica condena.

Alaric dio un paso hacia mí. Parecía mayor de lo que justificaban los cinco años transcurridos. Tenía las arrugas de los ojos más marcadas, hebras plateadas en el pelo oscuro y algo vacío detrás de aquellos ojos ámbar que antes no estaba.

Pero seguía siendo Alaric. Descomunal y musculoso como siempre, seguía siendo el hombre cuyo cuerpo había cubierto el mío una vez.

Mi piel lo recordó antes de que mi mente pudiera impedirlo.

El calor de sus manos. Su peso. El sonido de su respiración contra mi garganta. Mi loba gimoteó de necesidad.

Lo odiaba. Odiaba que alguna parte traidora de mí todavía lo reconociera como hogar.

—Creía que estabas muerta —dijo con la voz quebrada, los ojos recorriéndome como si le hubieran negado el cielo durante cinco años y por fin volviera a ver aquel azul profundo—. No me lo puedo creer.

Alargó las manos hacia mí; aquellas manos enormes me cubrieron los hombros y me atrajeron hacia él. Bajó la cara hacia la mía, en busca de un beso que me aceleró el corazón y me revolvió el estómago a la vez.

Lo empujé con las dos manos y grité:

—¡No te atrevas a tocarme!

Retrocedió tambaleándose y me soltó, conmocionado y confundido. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.

—Seraphina, por favor —dijo con la mano extendida, como si esperara que recibiera su caricia de buen grado, que lo deseara—. ¿Qué pasa?

Metí la mano en la capa y agarré la empuñadura de la daga, lista para pelear con él si hacía falta.

—Sé que estás comprometido —escupí, con el estómago revuelto de repulsión—. Con la princesa Zinnia.

Ese había sido su plan: matarme y asegurar su reino. Lo único sorprendente era que hubiera tardado cinco años en conseguirlo. Puede que los insultos y las amenazas que le había lanzado cuando me defendió de ella para ganarse mi favor le hubieran complicado cortejar a su princesa Alfa.

Cuando me llegó la noticia de que el rey se casaría de nuevo, la traición me revolvió las entrañas, pero no me sorprendió.

No había sido capaz de mirar a otro hombre con cariño ni con deseo desde que me marché; mi loba seguía suspirando por un compañero que había intentado matarme.

Pero si era capaz de intentar matarme, no había razón para pensar que nuestro vínculo le impidiera tomar otra esposa.

—Solo es una alianza política —dijo con el rostro contraído de dolor—. Lo siento. Ella no significa nada para mí. Solo acepté para proteger mi reino.

Casi me reí, pero el único sonido que escapó de mi garganta cerrada fue un bufido quebradizo. Por supuesto que no significaba nada para él. No tenía corazón; solo fingía tenerlo.

—Contigo todo es política —escupí—. Es lo único que te importa. Tu reino. Tu deber. Tu corona.

Lo había visto antes destrozado por el dolor, con la plaga de sombras devorándolo de dentro afuera. Su rostro nunca había parecido tan desolado como en aquel instante. Era un actor excelente.

—Seraphina...

Su anhelo dolorido sumió a mi loba en un frenesí de angustia, y se lanzó contra mis muros una y otra vez, sin importarle cuánto nos dolía a las dos.

—No tienes derecho a pronunciar mi nombre así.

Apreté con más fuerza la empuñadura de la daga. La biología no tenía voz ni voto en esto. No iba a permitir que mi necesidad de Omega —caer a los pies de mi compañero y hacer cuanto pudiera por complacerlo— me pusiera en peligro.

Le temblaban las manos, pero no volvió a tenderlas hacia mí.

—Cuéntame qué pasó —dijo—. ¿Cómo es que estás viva? ¿Dónde has estado?

Apreté los dientes. Interpretaba bien su papel, pero no pensaba tragármelo.

—Sé que mataste a mi hermana.

Retrocedió de golpe.

—¿Qué?

—Encontré las órdenes de ejecución en esa cámara secreta del Salón Azul.

Me preparé para defenderme si me atacaba en cuanto se diera cuenta de que su farsa se desmoronaba.

—No intentes negarlo. Estaban escritas de tu puño y letra, con tu sello.

—¿De qué estás hablando? —Frunció el ceño.

—No me insultes haciéndote el tonto —siseé—. Ordenaste la muerte de Lyra y la mía.

Se había quedado pálido.

—Seraphina, yo no...

—Me da igual lo que digas.

Odiaba que me temblara la voz. Puede que hubiera encerrado el corazón bajo llave, pero nunca había sanado de verdad, y todo ese dolor volvió a brotar dentro de mí.

—No puedes volver a engañarme. Ahora sé quién eres. Solo me mantuviste a tu lado porque te resultaba útil, pero cuando los tratamientos dejaron de bastar y no encontré una cura lo bastante rápido, decidiste cortar por lo sano.

Me preparé para su ataque, pero él se quedó allí plantado, mirándome.

—Yo no... Yo jamás...

Giró la cabeza bruscamente hacia la puerta, con las fosas nasales dilatadas. Me agarró y me puso detrás de él justo antes de que la puerta se abriera de golpe.

Me sobresalté y retrocedí a trompicones hasta dar con la espalda en la pared.

Zinnia estaba de pie en el umbral, con los ojos entornados y los dientes al descubierto. Su aura inundó la habitación con un calor tan intenso que era como estar junto a un incendio forestal, y el aire cargado de un humo invisible. Mi loba gimió, pero me negué a dejar que me hiciera sentir pequeña.

Tristan, a quien recordaba como el capitán de confianza de Alaric, estaba detrás de ella con una expresión preocupada.

—Lo siento, mi rey. He intentado detenerla —se apresuró a decir.

Zinnia no le prestó la menor atención; su mirada fue directa a Alaric y a mí. Las mejillas se le enrojecieron de furia.

—Tú —gruñó—. Tú tendrías que estar muerta.

—Siento decepcionarte —dije arrastrando las palabras, aunque el corazón me latía desbocado.

—¿Qué haces aquí? —ladró Alaric, todavía protegiéndome con su cuerpo. Si creía que ese numerito de Alfa protector iba a funcionar conmigo, estaba muy equivocado.

—Te he seguido —dijo ella, y se volvió hacia él—. Quería saber qué podía ser más importante que nuestra boda.

Se me retorció el estómago. Tenía todo el aspecto de la mujer despechada, y yo no quería tener nada que ver con aquello. Me dirigí hacia la puerta.

—Me voy.

—No, no lo hagas —dijo Alaric, pero yo ya me estaba abriendo paso entre Zinnia y Tristan.

Huí por el laberinto de pasillos traseros de la casa de subastas y salí a la calle, pero unas pisadas pesadas me siguieron.

—¡Seraphina, por favor! —gritó Alaric a mi espalda, y atrajo la atención de los transeúntes.

Me encaré con él.

—No me llames así. Ahora me llamo Aria —siseé. No era solo una amenaza para mí si de verdad quería matarme: era una amenaza para toda la vida que me había construido aquí.

Zinnia también lo había seguido hasta la calle, con una expresión igual de tormentosa.

—¿Te marchas tan pronto? —dijo ella, con la voz afilada como un latigazo—. ¿Después de intentar robarme a mi prometido?

Le lancé una mirada fulminante.

—No tengo ningún interés en robarte nada.

Ella arqueó una ceja con aire imperioso.

—¿Y esperas que me lo crea? —Su mirada recorrió mi ropa gastada hasta llegar a las botas.

Se le dilataron las fosas nasales—. No sé cómo sigues viva, pero has caído muy bajo.

Mírate. Viviendo en la miseria en las tierras fronterizas y oliendo a Omega.

Me imagino que por eso desapareciste. Nunca entenderé qué vio Alaric en ti.

Su aura palpitó, amenazante, y mi loba se encogió, pero mantuve el gesto sereno. La gente de alrededor nos miraba ya sin ningún disimulo. Dos Alfas poderosos habían acorralado a una Omega. Probablemente esperaban un baño de sangre.

Alaric le lanzó una mirada de advertencia que ella ignoró, incluso cuando el poder de él vibró y el aire se llenó de olor a ozono.

Le sostuve la mirada y esperé que sintiera cada gramo de mi desprecio.

—Y, sin embargo, pareces sentirte muy amenazada por mí.

Un murmullo recorrió la multitud que se había congregado.

Zinnia dio un paso hacia mí.

—Tú no tienes ningún lugar a su lado.

—No recuerdo haber pedido ninguno —dije, y volví a agarrar la daga. Si se lanzaba sobre mí, pensaba llevármela conmigo.

Gruñó y levantó la mano, igual que había hecho en el salón de banquetes de Alaric tantos años atrás.

La agarré por la muñeca y empleé todas mis fuerzas para impedir que aquella Alfa poderosa me golpeara.

—¡Basta! —bramó Alaric, y su poder arrasó el de ella como un trueno.

La multitud quedó en silencio, salvo por algunos gemidos de sumisión.

Alaric se interpuso entre nosotras, con los hombros cuadrados, y su presencia creció hasta que el aire mismo pareció espesarse.

—No te atrevas a hablarle así a mi compañera.

Se me vació el aire de los pulmones mientras mi loba se lanzaba hacia él con tanta fuerza que llegué a tambalearme. Nos estaba protegiendo como debe hacerlo un compañero. Mi loba estaba exultante.