La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

En el interior, el aire olía al dulzor del humo embriagador, a sudor y a demasiada gente apretujada en muy poco espacio.

Los Omegas hacían de sirvientes, en su mayoría mujeres, aunque algunos hombres se escurrían entre ellas, todos con los ojos clavados en el suelo y la espalda encorvada por el hábito de hacerse pequeños.

Los Alfas ocupaban las mesas, rodeados de Betas corpulentos, con una tensión palpable entre unas mesas y otras.

—Señores del hampa —murmuró Tristan.

Asentí, conforme, pero no presté atención a nada de aquello.

Toda mi atención estaba en el pequeño frasco de cristal expuesto bajo el farol, junto al escenario.

Descansaba entre varios otros objetos que se iban a subastar: armas que claramente habían sido arrebatadas al ejército nyxiano, un cuaderno antiguo y algunos objetos encantados.

Hombres altos con casi tantas cicatrices de batalla como yo guardaban la mesa, y a su lado se mantenía un Alfa con túnica bordada.

—¿Eres tú el subastador? —pregunté.

El hombre me miró de arriba abajo, evaluándome.

—Sí, soy el dueño de este establecimiento.

—Quiero inspeccionar la poción antes de pujar —dije.

—¿Y tú tienes el oro que hace falta para pujar por algo así? —preguntó.

Me convino saber que nadie reconocía al rey en mí. Saqué del interior de la chaqueta mi bolsa de cuero, repleta de monedas, y la agité. Como apenas quedaba hueco dentro, solo sonó un tintineo sordo.

El subastador me observó un instante antes de responder.

—Está bien, pero nada de jugarretas.

Asentí y cogí el frasquito. El líquido del interior era transparente, con un tenuísimo brillo entre verde y dorado.

Retiré el tapón y el subastador se tensó.

El aroma me golpeó de inmediato y la magia intensa se enroscó a mi alrededor.

Hierbas, un amargor tenue bajo algo más dulce.

Había similitudes con la poción de Seraphina para ocultar el olor.

Mis dedos se cerraron en torno al frasco.

Estaba muerta y, sin embargo, de pronto la tenía allí mismo, conmigo.

—La puja está a punto de empezar —dijo el subastador.

A regañadientes, volví a poner el tapón y devolví la poción a su lugar en la mesa.

Me volví hacia Tristan mientras nos alejábamos.

—No me marcho de aquí sin esa poción.

Asintió. Encontramos una mesa libre cerca de la parte delantera de la sala y nos sentamos. Deslicé la mano bajo la camisa y toqué la cadena que llevaba al cuello. De ella pendía el anillo chamuscado de Seraphina. Nunca me lo quitaba.

El subastador subió al escenario. Las armas nyxianas se vendieron primero, tras una feroz guerra de pujas entre varios señores del hampa. No les presté atención. Yo tenía un único objetivo.

La poción era la siguiente. No la necesitaba. No tenía motivo alguno para ocultar mi aroma ni mi aura.

—¡La puja empieza en quinientas monedas de oro!

Levanté la mano. Un hombre al otro lado de la sala hizo lo mismo. Llevaba encima suficiente oro como para anunciar a gritos que lo había conseguido con sangre.

—Seiscientas —gritó, y me lanzó una mirada que decía que no lo desafiara.

Casi se me escapó un bufido. No tenía ni idea de con quién se estaba metiendo. Un señor del hampa de los confines del reino no era rival para mí.

—Setecientas —dije arrastrando las palabras, sin dejarle ver hasta qué punto la deseaba.

—Mil.

Murmullos de sorpresa y admiración recorrieron a la multitud. Estaba claro que su fortuna los había impresionado. El hombre sonrió. Yo no tuve que hacerlo. Las arcas del palacio estaban a mi disposición y no iba a dejar que aquello se me escapara.

—Dos mil —anuncié con voz serena. Me sentía más vivo que en meses, quizá que en años. Mi dolor de siempre se había retirado a un segundo plano. Tenía un objetivo. Nada me haría cambiar de idea. Mi poder palpitó e incluso algunos de los Alfas más cercanos retrocedieron.

Tristan se inclinó hacia mí.

—No te hace falta esto.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué…?

—Dos mil quinientos —gritó el capo.

—Tres mil —dije sin perder la calma.

La sonrisa del capo se desvaneció.

—Cuatro.

—Cinco —repliqué.

A nuestro alrededor estallaron los murmullos. El hombre se me quedó mirando fijamente.

—Seis.

Golpeó la mesa con rabia y su poder manó de él como alquitrán espeso.

Lo miré directamente a los ojos y dejé que mi poder enfriara la sala hasta que los sirvientes Omega gimotearon.

—Diez mil.

El silencio cayó sobre la multitud. La cara del capo estaba de un rojo tan intenso y furioso que casi rozaba el morado. Respiraba con jadeos cortos y bruscos. Alcé una ceja, desafiándolo a pujar contra mí otra vez. No lo hizo.

—¿Alguna otra oferta? —chilló el subastador.

Nadie se atrevió a mover un músculo.

—Vendido.

El capo se puso en pie de golpe, el pecho agitado.

—Esto no ha terminado.

Me volví hacia él.

—Ya ha terminado.

Intensifiqué mi poder hasta que el aire se volvió irrespirable y el capo boqueó. Cuando aflojé, palideció y no fue capaz de sostenerme la mirada.

Me levanté y me acerqué al estrado, donde dejé una abultada bolsa de oro sobre la mesa del subastador. Él la aceptó con una amplia sonrisa. Me entregó el frasco y se guardó el oro en el bolsillo a toda prisa.

—Quiero conocer a quien lo fabrica —dije.

La sonrisa se le borró de la cara.

—Eso no es posible.

—Esa no es la respuesta que quiero oír.

Tragó saliva.

—No revelamos a nuestros proveedores. Es mal negocio, sin más.

Me incliné hacia delante.

—Tenerme contento te vale mucho más que tu negocio.

Metí la mano en la chaqueta, saqué una bolsa de oro más pequeña y la volqué sobre la mesa mientras dejaba que mi poder palpitara.

Lanzó una mirada al oro y luego a sus guardias. Le temblaban las manos cuando cogió la bolsa.

—Podríamos concertar un encuentro.

—Ahora —dije—. No me hagas repetirlo.

Asintió rápidamente.

—Por supuesto.

El subastador nos llevó por un pasillo estrecho hasta una habitación en la parte de atrás.

—Solo necesito un momento.

Asentí. Cuando se marchó, Tristan se volvió hacia mí.

—Vigilaré el pasillo. No me fío de él.

—Ni yo —dije.

Tristan se fue y esperé solo. Ya estaba perdiendo la paciencia cuando me llegó a la nariz un olor a hierbas.

Levanté la cabeza cuando la puerta se abrió.

Empujaron a una mujer al interior. Tropezó bajo el peso de una capucha oscura.

La sostuve antes de que cayera al suelo.

Su olor era limpio, intenso. Eucalipto, menta y tomillo.

Un fondo profundo y terroso, como la tierra reseca después de la lluvia.

El aroma más embriagador, dulce y meloso. Omega.

Dejé de respirar y mi lobo despertó de golpe.

«Compañera».

Era imposible. No podía ser Seraphina. El corazón me golpeó contra las costillas.

La mujer intentó apartarse. La agarré por la muñeca.

Me temblaban las manos. Le eché la capucha hacia atrás.

El cabello rubio ceniza se derramó sobre sus hombros.

Unos ojos azul hielo se encontraron con los míos.

Mi mirada recorrió con avidez sus rasgos delicados y se bebió la línea de sus pómulos altos, su cara con forma de corazón, cada milímetro de sus labios rosados de arco de Cupido, como si fuesen mi único sustento.

El mundo se detuvo. Seraphina estaba de pie ante mí. Viva. Mi compañera, mi esposa. Después de cinco años de luto, allí estaba. El vacío que llevaba en el pecho desde que di sepultura al cuerpo de mi compañera se estremeció de nuevo con la punzada aguda de la euforia.

Se me entumecieron los dedos en torno a su muñeca.

¿Cómo era posible, si había palpado sus huesos calcinados con mis propias manos?

Bajo la camisa, el anillo chamuscado que colgaba de mi cuello me quemaba la piel.

Era el mismo calor que recordaba de las ruinas.

El mismo infierno que había consumido todo lo que amaba.

Solo que ahora el fuego no anunciaba muerte, sino vida.

Mi lobo aulló de alegría mientras mi mente intentaba asimilarlo. No podía respirar. No podía moverme. Solo podía mirar fijamente a la mujer cuyos restos calcinados habían atormentado mis sueños.

Seraphina me devolvió la mirada, con los ojos muy abiertos y los labios rosados entreabiertos.

Después de cinco años de oscuridad infinita, había encontrado mi luz.