La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Alaric

Me agarré al borde de la mesa de banquete vacía mientras la negrura me devoraba los bordes de la visión del gran salón.

El vacío constante que Seraphina había dejado en mi pecho me ardía.

El vínculo de compañeros seguía tendiendo hacia ella, incluso después de todo este tiempo.

Apenas lograba concentrarme con el palpitar que me martilleaba la cabeza; las voces de mi madre y de Zinnia no eran más que un zumbido sordo.

Intenté aliviar la punzada que me atravesaba el costado, pero moverme solo lo empeoró.

El ácido me reptaba por las venas: nacía en la herida por donde la plaga de sombras me había envenenado la primera vez y se extendía desde allí.

Me bajé las mangas para esconder las venas negras que ya me llegaban a los antebrazos.

Aún no era mediodía y la maldita enfermedad ya se estaba cobrando su tributo. Así eran ya casi todos los días, pero la mayoría de ellos no tenía que aguantar una conversación sobre los preparativos de una boda.

—Hablemos de la decoración —dijo Zinnia.

Eliza, la ayudante de mi madre, tomaba notas.

—Sé que habíamos hablado de guirnaldas de ciprés, pero ese verde ya no me gusta. Prefiero eucalipto.

Me incorporé tan rápido que me dio vértigo, pero ni la visión borrosa ni la cabeza embotada pudieron frenar el gruñido que me brotó del pecho.

—No.

No iba a casarme con otra mujer rodeado del aroma de mi compañera muerta. Bastante malo era ya haber accedido a esto.

Zinnia me miró fijamente desde el otro lado de la mesa.

—¿Qué quieres decir con «no»?

—Creo que está bastante claro —gruñí.

Mi madre me lanzó una mirada de advertencia, pero la ignoré.

—Estos cambios de última hora tienen que acabar. Ya está todo encargado.

Frunció los labios en una línea fina y disgustada.

Me recosté en la silla y obligué a mis dedos a soltar el borde de la mesa.

Los músculos del antebrazo habían empezado a temblar otra vez.

Lo ignoré. Igual que ignoraba el ácido que me quemaba las entrañas cada vez que pensaba en mi inminente boda con Zinnia.

No la quería. De hecho, había pasado los últimos cinco años resistiéndome a todos los intentos de concertar ese matrimonio.

Pero con mi enfermedad cada vez peor y Nyxia cada vez más envalentonada, mis opciones eran sacrificar mi reino y permitir que tanto Nyxia como Lunethra invadieran, o sacrificar los últimos restos de mi sosiego.

Volver a casarme me parecía una traición a Seraphina, aunque en realidad la había traicionado ya en el momento en que partí hacia la frontera nyxiana aquel día fatídico.

Si me hubiera quedado, o simplemente no la hubiera presionado para encontrar una cura, quizá aún estaría viva.

—Quizá podamos llegar a un término medio —sugirió mi madre—. ¿Te servirían los helechos, querida?

Zinnia bufó, molesta, y su aroma a humo y frangipani se volvió empalagoso.

—Está bien, pero necesitamos que la celebración sea impresionante.

Dio unos golpecitos con el dedo en el pergamino que había entre nosotros. Estaba cubierto de bocetos elaborados de flores, candelabros, fuentes y nuevos uniformes de gala para el ejército rexiano, con bordados de oro.

—Has planeado una celebración de tres días —dije en tono plano—. Setecientos invitados. Flores importadas. Fuegos artificiales. Un banquete que podría alimentar a este reino durante un mes.

—Nuestra boda es un acontecimiento político importante —replicó con un resoplido desdeñoso—. Es el matrimonio del rey de Rexian con la princesa de Lunethra. Debería parecerlo.

Miré hacia la ventana. Más allá del cristal, a lo lejos se distinguía el gremio de curanderos del palacio. Su ala más reciente seguía en construcción.

—El dinero estaría mejor invertido ahí.

Había fundado el gremio de curanderos en memoria de Seraphina, aunque no estaba oficialmente dedicado a ella. Habría tenido que usar el nombre de Lyra y eso no me parecía correcto.

La expresión de Zinnia se endureció.

—¿Prefieres desperdiciar tu dinero en eso antes que en hacer feliz a tu nueva esposa?

Mi lobo reaccionó al desafío y concentró su poder a nuestro alrededor como un sudario. Ella le desagradaba tanto como a mí.

Mi madre intervino antes de que pudiera obligar a Zinnia a someterse. Puede que fuera una princesa Alfa, pero no era más poderosa que yo.

—Me temo que mi hijo siempre ha llevado la responsabilidad y el deber como una carga —dijo, y me puso la mano en el brazo en un intento de apaciguarme, sin saber que hasta la presión de su mano me quemaba—.

Tal vez tú seas una buena influencia para él, Zinnia.

Enséñale que gobernar trae consigo ciertos privilegios.

El deber era precisamente la razón por la que había accedido a todo esto.

No se trataba solo de la seguridad del reino, aunque, en última instancia, esa era mi principal preocupación.

Los médicos no estaban seguros de que llegara a viejo y el consejo estaba preocupado por la sucesión.

Penroy y Brenner, en especial, vivían angustiados.

Tenía que darle al reino un heredero, o Rexian estaría condenada.

La idea de intimar con alguien que no fuera Seraphina me erizaba la piel, y pensaba imponer las mismas condiciones que le había impuesto a Seraphina después de la boda.

Solo de nombre. Pero había formas de conseguir un embarazo sin el acto.

Los granjeros lo hacían a diario. Mi lealtad a mi compañera permanecería intacta.

Sonó un golpe en la puerta. Tristan entró e hizo una reverencia.

—Su Majestad, ¿un momento?

—Tengo que atender esto —me excusé, y me puse en pie con las piernas rígidas.

Salí de la sala con Tristan detrás de mí.

Cuando ya nadie podía oírnos, le hice un gesto con la cabeza.

—Ha llegado un mensajero de las tierras fronterizas.

—¿Y? —lo apremié.

Tenía agentes repartidos por todo el reino, pendientes de todo lo que la corona pudiera necesitar saber.

—Trae noticias de una subasta del mercado negro —explicó—. Dentro de tres días se subastará una poción capaz de suprimir por completo el aroma y el aura de un Alfa.

Alcé las cejas. Para que una poción pudiera suprimir el aura de un Alfa, tenía que tratarse de una magia extremadamente poderosa.

Lo primero que debería haber pensado eran las implicaciones de semejante poción y el uso que espías y asesinos podrían darle contra nosotros.

En las manos equivocadas, algo así resultaría peligroso.

Pero no podía pensar como un rey cuando el vacío del pecho me latía como una herida recién abierta.

En mi mente se agolparon las imágenes de mi compañera de pie en su laboratorio, antes de la explosión.

Había tenido un talento enorme. Suficiente para ocultarme su aroma de Omega, suficiente para preparar pociones que aliviaban mi sufrimiento interminable.

Era exactamente el tipo de cosa que Seraphina habría sabido crear.

Casi podía oler el fantasma de su aroma, ese tónico fresco y herbal que se había desvanecido de mis sábanas en la semana siguiente a su muerte y que llevaba añorando desde entonces.

Cerré los puños con tanta fuerza que me dolieron los nudillos.

—Dicen que quien la prepara tiene una habilidad excepcional —continuó Tristan—. Algunos aseguran que es capaz de tratar dolencias que otros sanadores no han logrado ni rozar.

Hacía muchísimo tiempo que no sentía esperanza. Incluso ahora me llegaba como a través de un velo frío, nunca lo bastante cerca para tocarla.

—Prepara mi caballo —dije—. Me acompañarás.

No me había quedado otra opción que confiarle mi secreto a Tristan. Unos años atrás, un ataque me había derribado mientras luchaba en otra escaramuza fronteriza. Guardó mi secreto y demostró que era digno de confianza.

—Sí, mi rey —dijo, e hizo una reverencia antes de girar sobre sus talones y marcharse.

Volví a la sala de banquetes a grandes zancadas, sin hacer caso del dolor que me atravesaba las piernas. La cabalgada hasta la frontera sería dolorosa, pero había soportado dolor suficiente como para que me diera igual.

—Me marcho unos días —dije—. Hay un asunto del que debo ocuparme.

Zinnia se puso en pie tan rápido que la silla se arrastró con estruendo por el suelo de piedra.

—No puedes marcharte sin más. La boda es dentro de un mes.

—Volveré a tiempo —aunque no tenía ninguna gana de volver.

Mi madre se levantó con más elegancia.

—¿Adónde vas?

—A las tierras fronterizas —dije, ya dándome la vuelta.

—¡Alaric! —gritó Zinnia.

No le hice caso.

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El capitán Tristan y yo llegamos a las tierras fronterizas a última hora de la tarde del día de la subasta.

Durante el viaje le confié la verdadera identidad de Seraphina y por qué me interesaba tanto aquella poción.

Le había confiado el secreto de mi mal de sombras, así que sabía que también podía confiarle lo de mi compañera.

Vestidos con ropas sencillas, sin insignias reales ni adorno alguno, nos reunimos con el agente en una taberna cuyos mejores días habían pasado hacía mucho tiempo: un lugar cargado de humo que hedía a alcohol y a la sangre vieja de las reyertas.

Nos indicó dónde estaba la casa de subastas y cobró por la información.

Con Tristan guardándome el flanco, recorrimos las calles de tierra entre edificios de dos plantas construidos casi todos de madera.

Algunas zonas del pueblo eran más prósperas que otras, pero todas compartían ese aire agotado de la vida dura.

Encontramos la casa de subastas tal y como la había descrito el agente: un edificio estrecho y sin ventanas, encajado entre una carnicería y un garito de juego, con la entrada vigilada por hombres que parecían más acostumbrados a romper dedos que a recibir invitados.

Tristan dejó la mano cerca de la espada.

—Esto no me gusta —murmuró.

Dentro, varios aromas de Alfa se disputaban el dominio, pero, aun con mi dolencia, no les tenía miedo.

—Tú mantente alerta —le advertí, aunque me importaba mucho más encontrar a quien había elaborado la poción y un posible tratamiento que la amenaza de los bajos fondos.