La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Y yo te he dicho que no lo hagas.

Apartó la mirada y soltó el aire con dolor.

Le puse la mano en el hombro.

—Amigos, Thorne. Es todo lo que puedo darte.

Tardó un momento en asentir. Su sonrisa suave regresó.

—Está bien.

Más tarde, a solas en mi habitación, abrí el antiguo tomo.

La verdad era más sencilla que todo lo que le había contado a Thorne. Nunca habría otro hombre. Nunca podría volver a amar. Alaric me había destrozado el corazón y, una vez que terminé de recoger los pedazos, lo guardé bajo llave para no dejarlo salir jamás.

Mi loba seguía llorando al compañero que nos había traicionado.

Ojalá sintiera solo rabia y odio hacia él, pero el tirón en el pecho persistía.

Todavía me despertaba cada mañana sintiendo el fantasma de los brazos de Alaric rodeándome, deseando por un breve segundo seguir en su cama.

Pensaba que a estas alturas se me habría pasado, pero tenía que enfrentarme a esa vergüenza glacial cada día.

Seguía anhelando al hombre que había matado a mi hermana.

A la mañana siguiente, Thorne se había marchado antes del desayuno y Noah se había recuperado de su episodio.

Le preparé gachas y le puse delante carboncillo y recortes de papel para que se entretuviera mientras yo trabajaba.

Tenía que preparar un lote de pociones para el boticario del pueblo y otro de la poción de Noah contra la plaga de sombras.

Se me estaban acabando los ingredientes para esa última.

Me centré primero en la poción de Noah. Llevaba dos años perfeccionándola, pero solo podía hacer ajustes mínimos.

Era demasiado pequeño y débil para arriesgarme a experimentar con él.

Hojeé el libro que me había dado Thorne.

No había nada directamente relacionado con la plaga de sombras, pero algunas de las pociones para aliviar el dolor y romper maldiciones parecían prometedoras. Probarlas era otra historia.

En las últimas páginas del libro, el autor hablaba de sus propios experimentos y detallaba los ensayos y quiénes habían sido sus sujetos de prueba.

Omegas. Había estado buscando una cura para una enfermedad que se parecía mucho a la que había sufrido mi madre, aunque la causa no se atribuía a haber dado a luz a gemelas Beta y Omega.

Negué con la cabeza. Ya tendría tiempo de averiguarlo; ahora debía centrarme en Noah. Ojalá pudiera conseguir Drevanth, pero era muy difícil de encontrar y, las pocas veces que lo había en los puestos del mercado, costaba mucho más de lo que yo podía pagar.

La mañana se me fue entre el trabajo y ya casi era mediodía cuando Thorne llegó a casa con el aura palpitando frenética, tirando de mí y empujándome hasta revolverme el estómago.

—Tienes que oír esto —dijo.

Levanté la vista de la mesa de trabajo.

—¿Qué ha pasado?

—Hay una subasta en el mercado negro. —Estampó un aviso doblado sobre la mesa con aire triunfal y se inclinó demasiado hacia mí—. Dentro de cinco días.

Ojeé el aviso. Prometía toda clase de mercancías ilegales y dudosas, pero sabía que Thorne no se entusiasmaba sin motivo.

—¿Qué venden?

Los ojos castaño rojizos le centellearon.

—Un cuaderno sobre venenos. Supuestamente lo escribió un mago de las sombras hace siglos.

El corazón empezó a latirme con fuerza.

—¿Plaga de sombras?

—Posiblemente. —Su hombro rozó el mío y el calor de su cuerpo me incomodó—. ¿No te alegras?

Me quedé mirando el aviso. Apreté el papel entre los dedos.

—¿Cuánto piden?

El entusiasmo de Thorne se apagó y se echó hacia atrás. Agradecí el aire fresco.

—La puja empieza en quinientos.

Se me cayó el alma a los pies. Era más dinero del que había visto en años. Más de lo que podría ganar jamás vendiendo mis pociones al boticario del pueblo y a clientes particulares. Pero Noah no tenía años.

Miré hacia el salón, donde Noah seguía dibujando. Llevaba dos años buscando respuestas. Dos años preparando, probando, fracasando y empezando de nuevo. No había encontrado una cura, solo un tratamiento. Pero había desarrollado otra poción, por si alguna vez teníamos que huir.

En mi laboratorio reposaba lo único que había creado y cuya existencia ningún otro alquimista del mundo conocía.

Una poción que no solo bloqueaba el olor de un Alfa, sino también su aura.

Bloquear el olor de una Omega era fácil, un simple ajuste biológico.

Los poderes de un Alfa eran mucho más fuertes.

Además de la enfermedad y los ojos de su padre, Noah había heredado su estatus.

Si alguna vez descubrían nuestras verdaderas identidades, huir no bastaría.

Tendríamos que desaparecer. Ocultar el estatus de mi hijo lo haría posible.

Un miedo helado me trepó por la espalda.

Renunciar a la poción significaba dejar a Noah indefenso, pero quizá pudiera servir para otra cosa.

La decisión me pesaba como unos gruesos grilletes en los tobillos. Estaría cambiando mi única defensa contra Alaric, por si algún día nos encontraba, por la posibilidad de hallar un tratamiento para mi hijo, o incluso una cura. Ambas opciones entrañaban riesgos enormes.

Me pasé las manos por la cara. Noah necesitaba ayuda ya; su estado no hacía más que empeorar con la edad. Alaric me había creído muerta durante cinco años. Una amenaza la tenía en la puerta de casa; la otra era una posibilidad terrorífica.

—¿La subasta sigue aceptando artículos? —Miré de reojo hacia el armario donde guardaba la poción.

Thorne alzó las cejas.

—No estarás pensando…

—Sí que lo estoy.

—Tardaste años en desarrollar esa poción.

Doblé el aviso.

—Y vale más que cualquier otra cosa que tenga. Se me ocurren mil motivos por los que al mercado negro podría interesarle algo así. —Volví a mirar hacia el salón—. Por Noah vendería mi alma.