La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Seraphina

Cinco años después

No le quitaba ojo a mi hijo mientras atravesábamos el bullicioso mercado.

La plaza del pueblo estaba abarrotada de puestos pegados unos a otros, donde se vendía de todo: comida, ropa, objetos mágicos, plantas, armas.

A las tierras fronterizas iba la gente que quería pasar desapercibida o esconderse de la ley.

No era lugar para un niño de cuatro años, y menos para uno enfermo.

También era el único lugar donde podía esconder al hijo del rey.

Me había suplicado que lo llevara conmigo a comprar lo imprescindible. Pan, carne y verdura llenaban mi bolsa; ya solo me faltaban los ingredientes para las pociones.

Noah miraba el mercado con los ojos muy abiertos, llenos de curiosidad.

Ámbar, igual que los de Alaric. Pero no era su condición de Alfa ni sus ojos de sangre real lo que llamaba la atención, sino las tenues venas negras que le reptaban bajo la piel.

Alaric había podido ocultar esas venas negras y ramificadas bajo la ropa; en su caso se concentraban alrededor de la herida original. En Noah estaban por todas partes.

Al pasar por delante de una tienda de ropa llena de abrigos oscuros y prácticos jerséis de lana, una niña un año o dos mayor que mi hijo se quedó mirándolo sin disimulo.

—¿Qué le pasa a ese niño? —preguntó a su madre, señalándolo.

La mujer, con aspecto cansado y agobiado, tiró de su hija hacia sí a toda prisa.

—Está enfermo. No te acerques a él.

Le lancé una mirada fulminante y me llevé a Noah de allí a toda prisa.

Era mejor cuando Thorne venía con nosotros: su aura de Alfa hacía que la gente se lo pensara dos veces antes de reaccionar abiertamente.

Nos había acompañado al mercado, pero, como mercader ambulante, tenía sus propios asuntos que atender.

Thorne se había convertido en un buen amigo en los cinco años que habían pasado desde que lo conocí.

—¿Mamá? —dijo Noah, y se rodeó con los brazos—. ¿Por qué no le gusto a la gente?

Bajé la vista hacia él y el corazón se me encogió de dolor. Era demasiado pequeño para tener que cargar con el sufrimiento de su enfermedad y con la ignorancia que la rodeaba.

—La gente teme lo que no entiende —intenté explicarle, y le apreté con suavidad el hombro delgado. La plaga de sombras le robaba las fuerzas y lo dejaba débil y frágil.

—¿Me tienen miedo? —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Pero yo no he hecho nada.

—Lo sé, cariño. —Me tragué mi propia pena, algo que hacía a diario. Tenía que ser fuerte por él—. No es justo, pero la culpa es de ellos, no tuya.

Sorbió por la nariz mientras las lágrimas le corrían por las mejillas, pero el sonido ahogado que vino después no tenía nada que ver con el llanto. La intensidad de sus emociones le había provocado un episodio de plaga de sombras.

—Tranquilo, cielo. Mírame. —Acaricié el pelo de mi hijo.

Los dedos de Noah se aferraron a mi manga. Se había quedado pálido y su cuerpecito se tensó contra el mío cuando otro espasmo lo recorrió. Me dejé caer de rodillas, sin importarme que estuviéramos en medio del mercado atestado.

—Respira conmigo —dije, manteniendo la voz baja y serena.

—No puedo —jadeó.

—Sí que puedes —lo animé con dulzura. Le puse la mano en el pechito y froté en círculos lentos para aliviar el espasmo que le atacaba las costillas.

Sus ojos ámbar encontraron los míos y el pecho se le ensanchó al aspirar una bocanada temblorosa.

—Ahí estás. —Metí la mano en el morral y saqué el pequeño frasco azul que llevaba siempre encima.

Noah había heredado la enfermedad de su padre, aunque, por suerte, no toda su crueldad. Sus ataques eran más cortos. Más leves. Pero ver sufrir a mi hijo de cuatro años bastaba para que quisiera destrozar el mundo entero si con eso le ganaba aunque fuera un minuto de alivio.

Descorché la poción y se la acerqué a los labios.

—Solo un sorbo.

Tragó. Seguí frotándole el pecho y la tensión fue abandonando su cuerpo poco a poco.

—Así, muy bien. —Le aparté el pelo húmedo de la frente—. Buen chico.

—¡Aria! —Thorne se abrió paso entre la multitud. Dejó caer los paquetes que llevaba y se agachó junto a nosotros; su expresión pasó de relajada a preocupada en un instante—. ¿Qué ha pasado?

—Un ataque leve —le expliqué.

Posó la mano en la espalda de Noah.

—Hola, lobito. Estoy aquí.

Noah se apoyó en él. Thorne le frotó los hombros en círculos lentos y me miró.

—Deberías haberme llamado; sabes que estaba cerrando un trato con el librero, ahí mismo.

—Lo tenía controlado. —Negué con la cabeza.

—Lo sé. —Sonrió con dulzura—. Siempre lo tienes todo controlado, pero a mí me gusta sentirme útil.

—Tengo que llevarlo a casa —dije, mientras me ponía en pie y recogía mis cosas.

Thorne reunió sus paquetes y alargó la mano hacia los míos.

—Yo los llevo.

—Puedo arreglármelas.

—Pero no tendrías que hacerlo. —Sus ojos rojizos destellaron cuando volvió a sonreír.

Le entregué mis cosas y cogí a Noah en brazos.

Cinco años me habían enseñado muchas cosas.

Una de ellas, que no todos los Alfas estaban cortados por el mismo patrón opresor.

Thorne había estado ahí cuando yo no tenía nada.

Había compartido su comida conmigo cuando me moría de hambre, me había ayudado a sobrevivir en las tierras fronterizas y había cuidado de mí cuando estaba demasiado avanzada de embarazo para trabajar.

Y lo más importante: había cuidado de Noah desde el momento en que lo conoció, incluso cuando la plaga de sombras se manifestó, cuando Noah tenía casi dos años.

Thorne evitó que me desmoronara mientras yo me desvivía por tratar a mi hijo y asimilaba que Alaric no solo me había arrebatado a mi hermana e intentado matarme, sino que además le había dejado a mi hijo una enfermedad terrible.

No es que Thorne conociera los detalles. Ni siquiera sabía mi verdadero nombre. Thorne era un buen amigo y el Alfa más tranquilo y paciente que había conocido nunca. Jamás me había hecho sentir vergüenza por ser una Omega.

Emprendimos el camino a casa con Noah acurrucado contra mi pecho.

Ya estaba medio dormido; el efecto sedante de la poción empezaba a notarse.

Era un problema que aún no había logrado resolver: preparar una poción que le quitara el dolor sin dejarlo adormilado.

Pero, a diferencia de Alaric, a Noah le daba igual que le diera sueño, y acabar con la agonía de mi hijo era mi prioridad absoluta.

Thorne caminaba a mi lado, cargando nuestras bolsas como si no pesaran nada. Pasamos junto a nuestra vecina, la anciana Greta, que barría la entrada de su casa. Levantó la vista al vernos pasar.

—¡Ahí estáis! —exclamó.

Me detuve y ella nos sonrió de oreja a oreja.

—Los tres parecéis una familia de verdad.

Suspiré con buen humor. A Greta siempre le había desconcertado mi relación con Thorne.

Se echó a reír.

—Aria, más te vale pescarlo antes de que te lo quite otra.

Thorne se rio entre dientes y yo puse los ojos en blanco.

—No le des alas.

Me agitó la escoba delante de la cara.

—Tengo ojos en la cara, muchacha. Ese es un buen hombre.

Sonreí con cortesía.

—Lo es.

Mientras seguíamos por el camino, noté los ojos de Thorne clavados en mí.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

Su sonrisa se ensanchó.

Siempre se ponía así cuando alguien nos tomaba por una familia. Volví a suspirar.

Para cuando llegamos a casa, Noah dormía profundamente.

Lo llevé arriba y lo metí en la cama; me quedé el tiempo suficiente para asegurarme de que su respiración recuperaba el ritmo habitual.

La leve arruga entre sus cejas había desaparecido y la tensión había abandonado aquel cuerpecito.

Le di un beso en la frente antes de cerrar la puerta.

Cuando volví a bajar, Thorne estaba de pie junto a la mesa de la cocina. Tenía un paquete en las manos.

—¿Qué es eso? —pregunté.

Me lo tendió.

—Para ti.

Fruncí el ceño al cogerlo. Fuera lo que fuese, pesaba lo suyo. Aparté el papel de estraza y descubrí un libro grueso. La cubierta de cuero era antigua, suavizada por los años, y el broche estaba recién pulido. Lo abrí con cuidado.

Se me cortó la respiración.

—No.

La boca de Thorne se curvó con picardía.

—Sí.

Saqué el antiguo tomo del envoltorio y recorrí con los dedos las letras desvaídas del lomo. Llevaba años buscando ese libro.

—¿Dónde lo has encontrado?

—Sabes que es mejor no preguntar.

Levanté la vista. Thorne ya no era el simple vendedor que había conocido al principio. Oficialmente, se hacía llamar mercader. Extraoficialmente, tenía tratos con el mercado negro y hacía de intermediario entre lo respetable y lo que no lo era tanto.

—Es casi imposible de encontrar.

—El mes pasado conseguí una pista, pero no quería decir nada hasta tenerlo en las manos —dijo con los ojos brillantes de felicidad.

Agarré el libro con fuerza, con el estómago encogido a pesar de la noticia increíble.

—¿Cuánto te ha costado?

Se encogió de hombros.

—Menos de lo que vale.

—Esa no es una respuesta.

—Es un regalo. El precio no importa —dijo, y se colocó a mi lado.

Me quedé mirando el libro. Llevaba tantísimo tiempo soñando con encontrarlo. Contenía recetas de pociones antiguas. Métodos olvidados. Conocimientos que me habrían llevado años desentrañar por mi cuenta, si es que lo lograba alguna vez.

—No tenías por qué hacer esto.

La culpa me cerró la garganta. Sabía que cosas así solían costar algo más que oro.

—Quería hacerlo.

Puso su mano sobre la mía, cálida y pesada. Su voz se suavizó.

—Y también quiero otras cosas.

Ya veía venir lo que seguía. Saqué la mano de debajo de la suya.

—Thorne…

—Te quiero a ti, Aria.

Se me encogió el pecho y cerré los ojos un instante.

—Mereces a alguien que sepa quererte como es debido —dijo mientras se inclinaba hacia mí—. Sé que te han hecho daño y sé que cuesta volver a abrirse, pero yo puedo ser eso para ti; sabes que puedo.

Me tensé y me aparté un paso de él.

—Me importas —dije en voz baja, incapaz de mirarlo a los ojos—. Más de lo que puedo explicar. Pero no quiero una relación contigo.

Apretó la mandíbula.

—Ya te he dicho que estoy dispuesto a esperar.