La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Alaric

Estaba en lo alto del risco que dominaba el valle, con la sangre secándose sobre la armadura, mientras los últimos guerreros de Nyxia se retiraban más allá de la linde del bosque.

—La victoria es nuestra.

La voz de mi capitán recorrió las filas agotadas.

Tristan era joven para ser capitán, con veintiséis años, pero nadie en mi ejército lo igualaba en destreza en combate ni en táctica.

Dentro de unos años, lo veía capaz de asumir el puesto de comandante que Cedric Vane había dejado vacante al morir protegiéndome.

A mis espaldas estalló un clamor de júbilo. Apenas lo oí. Otras victorias habían sido más satisfactorias; esta se sentía extrañamente hueca.

Me dolían las extremidades y las heridas de la batalla me escocían mientras brotaba de ellas sangre fresca, pero no era nada comparado con el dolor del pecho. No podía dejar de pensar en Seraphina. Me la imaginaba esperando en el palacio, probablemente furiosa conmigo.

Me lo merecía.

La había dejado enfadada, asustada e insegura de mí. Debería haberle dado explicaciones en vez de despachar sus preguntas. Debería haber visto lo que necesitaba de mí.

Sin la niebla de la guerra ni la tensión del mal de las sombras, veía con claridad los errores que había cometido.

Podría haberme tomado un momento para explicarle por qué no tenía ningún motivo para preocuparse por la princesa Zinnia, o para entender por qué podía sentirse tan protectora con su laboratorio.

Hice rodar los hombros para aliviar la tensión. No sirvió de nada. Solo los dedos de Seraphina sabían cómo calmar mi sufrimiento.

Cuando regresara, lo arreglaría. Me sentaría con ella, la escucharía, le explicaría todo; después la rodearía con mis brazos y no dejaría que ninguno de los dos se marchara hasta resolver lo que se había interpuesto entre nosotros.

Ansiaba hundir la cara en su cuello y espantar aquel miedo amargo hasta que volviera a oler a las hierbas sosegadoras que me despejaban la cabeza y ataban mi corazón al suyo.

Mi lobo se agitó al pensarlo, con un anhelo cálido por nuestra compañera que se abrió paso por mi cuerpo maltrecho. No había recibido demasiados golpes directos, pero los arañazos de garra en la cara y los tajos de espada en las piernas cicatrizaban despacio por culpa del mal de las sombras.

El olor penetrante de la sangre aún llenaba el aire, perceptible incluso por encima del humo de las hogueras dispersas por el campo de batalla. Habíamos vencido, pero la victoria no era dulce. Sabía a ceniza y se pegaba como el alquitrán.

—Mi rey —dijo Tristan, situándose a mi lado—, ¿acampamos esta noche o emprendemos el viaje de vuelta?

—Quiero partir de inmediato —contesté. Ansiaba estar en casa, en el santuario de mi cama, con mi compañera pegada a mí—. El resto del ejército puede seguirnos.

—Muy bien. —Asintió—. Prepararé los caballos.

Íbamos a mitad de camino a casa cuando el golpeteo de unos cascos llegó a mis oídos. Un galope veloz que venía directo hacia nosotros. Detuve mi caballo y Tristan hizo lo mismo. Puse la mano en la espada, listo para desenvainar.

El jinete apareció a la vista, vestido con los colores de Rexia. Cabalgaba con tal ímpetu que su caballo iba blanco de espuma.

—Su Majestad —llamó, tirando de las riendas y frenando en seco. El caballo resollaba con fuerza.

—¿Qué ha ocurrido? —Tenía la piel tensa de pura anticipación.

Le costaba recobrar el aliento.

—Ha habido una explosión en el palacio.

Apreté las riendas con más fuerza.

—¿Ha habido heridos?

Tragó saliva de forma visible, con la piel pálida. Se me cayó el alma a los pies.

—Su Majestad… la reina.

Mi lobo se quedó inmóvil, en guardia como si esperara un ataque. El sonido se amortiguó y la luz del sol se apagó, como si alguien hubiera corrido una cortina gruesa sobre el mundo. Un silencio enorme y vacío me llenó el pecho.

—¿Qué pasa con ella?

Al mensajero le temblaban las manos.

—Estaba en la parte del palacio que se derrumbó.

Un zumbido me llenó la cabeza, más agudo que una colmena entera de abejas y cien veces más furioso. Mi lobo no solo aulló: gritó, y el sonido me desgarró el pecho y me rasgó los pulmones.

Resollaba más fuerte que el caballo del mensajero.

—Cabalga —gruñí, y sacudí las riendas. Tristan me siguió y dejamos al mensajero tragando polvo.

Cabalgamos hasta que los caballos apenas podían sostenernos y redujimos a la mitad el tiempo hasta el palacio, pero no fue ni de lejos suficiente.

El palacio aún humeaba cuando llegué. Los guardias intentaron detenerme en la entrada. Los aparté a empujones.

—¿Dónde?

—Su Majestad…

—¿Dónde está mi esposa?

Nadie respondió. Seguí el olor. Humo. Madera quemada. Sangre. Azufre. Productos químicos.

Rebusqué entre los olores acres el frescor herbal del aroma de Seraphina.

No lo encontraba, ni siquiera cuando mi lobo se alzó con toda su fuerza.

No había ni rastro del eucalipto que despeja la cabeza ni del consuelo del tomillo.

Nada dulce entre la destrucción. Mi lobo exigía que la encontráramos, pero no había ningún rastro que seguir.

El torreón entero que albergaba el laboratorio de pociones estaba destruido, convertido en escombros esparcidos por los terrenos del palacio.

Llegué a las ruinas del laboratorio y caí de rodillas.

Empecé a cavar con las manos, invocando cada gramo de la fuerza de mi lobo, sin importarme el esfuerzo de los músculos ni las protestas de las articulaciones.

—¡Alaric! —La voz de mi madre me llegó, pero no le hice caso—. ¡Que alguien lo detenga! No es seguro.

Unas manos se posaron en mis hombros y aparté a su dueño de un empujón, con un gruñido.

Lo único que importaba era encontrar a Seraphina.

Cavé entre las piedras gruesas de los muros derruidos del palacio hasta que encontré el cobre retorcido de ollas y calderos.

Cristales rotos. Madera quemada. Ceniza. Lo aparté todo a manotazos.

Mis dedos se cerraron sobre algo distinto. Hueso.

Una descarga me recorrió el cuerpo y el hielo me llenó las venas. Despejé los escombros que rodeaban el cuerpo, rezando a la Diosa de la Luna para que fuese algún guardia o sirviente desafortunado. Los restos estaban calcinados. Pequeños. Una sirvienta, quizá. Por favor, que sea una sirvienta.

Registré el cadáver, decidido a encontrar pruebas de que la persona que yacía allí era cualquiera menos ella. No permitiría que fuera ella. El destino no podía ser tan cruel.

Apenas quedaba nada reconocible. La ropa y la carne, reducidas a cenizas. Salvo el anillo.

Su anillo de boda. Negro, carbonizado, pero reconocible. Inconfundible.

Lo retiré de los restos esqueléticos y lo sostuve en la palma. Lo contemplé y le exigí a mi cerebro otra explicación.

—Hijo.

Mi madre se había colocado a mi espalda.

No me levanté ni me volví para mirarla.

—¿Falta alguien más?

—Todos los demás están localizados.

Su aura de Alfa trató de calmarme, pero me la quité de encima. No quería sentirme mejor.

Me puse en pie y cerré la mano en torno al anillo con tanta fuerza que se me clavó en la piel.

Me volví hacia mi madre. Seguía impasible, como siempre.

Detrás de ella, Eliza se abrazaba el cuerpo, temblorosa, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

Los guardias permanecían más atrás, sin atreverse a mirarme.

—¿Por qué estaba en el laboratorio? —pregunté con la voz áspera y quebrada.

Madre negó con la cabeza y volvió la mirada hacia Eliza. Eliza dio un paso adelante.

—Solo sé que estaba trabajando en algo para usted.

Alcé la vista al cielo gris y parpadeé a toda prisa.

El anillo se me hundía en la palma y lo apreté aún más.

Una de las últimas cosas que le había dicho tenía que ver con la cura.

La había presionado, me había puesto a la defensiva y había sido exigente con ella cuando estaba claro que algo la atormentaba.

¿Cómo había podido reducir sus inquietudes a simples celos? No debería haberme preocupado por la ceguera de mi enfermedad cuando el verdadero ciego había sido yo con ella. Me había marchado furioso después de dejarla aterrorizada.

Había muerto intentando salvarme. Mi corazón se desmoronó como las ruinas del torreón.

El vínculo de pareja, que se había convertido en lo único constante de la oscuridad de mi vida, era de pronto una herida abierta en carne viva. Mi lobo se desplomó dentro de mí y el aullido lastimero que no era capaz de soltar me retumbó en la cabeza.

No podía respirar. No podía pensar. Seraphina ya no estaba. Mi compañera estaba muerta. Y yo no había estado allí. La había abandonado. Sabía que estaba alterada, que algo no iba bien. Había sido irritable y desdeñoso con ella, y me había largado a caballo.

El rey que debía proteger a su pueblo no había sabido proteger a la única persona que de verdad importaba.

Los músculos de las costillas se me tensaron y se contrajeron en espasmos; el dolor se extendió por la columna, me atenazó la base del cráneo con dedos como garras y me bajó disparado por las piernas. Me doblé por la mitad.

Alguien pidió a gritos a los médicos.

—Apartaos de mí —gruñí.

Otra oleada me atravesó de parte a parte. La columna era una línea ardiente de agonía que se irradiaba hasta el último nervio, como si cuchillos invisibles me rajaran la carne desde dentro.

La negrura se colaba por los bordes de mi visión y no me quedaban fuerzas para combatirla. El palacio, la gente, el cielo, todo desapareció detrás de un velo. Oír sí podía. Cada paso. Cada latido asustado. Cada orden susurrada. Y por debajo de todo ello, el duelo de mi lobo.

Apreté la mano con más fuerza en torno al anillo.

—Le fallé.

Nadie respondió. Tampoco lo esperaba. El dolor fue a peor. Se me agarrotaron los músculos. Los dedos se me curvaron hasta que las garras se me clavaron en las palmas y la sangre me goteó entre los nudillos.

—Llevadlo a sus aposentos.

La voz de mi madre. Tensa de preocupación.

—¡Rápido!

Fue Tristan quien me agarró por los hombros.

Lo reconocí por el olor. No me resistí; dejé que me guiara por encima de los escombros, escalinatas arriba y a través de los pasillos serpenteantes.

Supe que estábamos cerca de mis aposentos cuando me llegó a la nariz el leve aroma a eucalipto.

Seraphina ya no estaba, pero su olor seguía allí.

Me sacudí las manos de Tristan de encima en cuanto crucé el umbral.

—Eso es todo —le dije.

—Mi Rey…

—Nadie entra aquí, ¿entendido? —dije con voz rasposa. Él titubeó y solté un gruñido bajo de advertencia—. ¿Entendido?

—Sí, mi Rey —respondió.

Esperé hasta oír cerrarse la puerta antes de arrastrarme a duras penas hasta la cama. La plaga de sombras siempre había sido cruel. Aquella noche fue despiadada.

Me reptaba por las venas como fuego líquido, me quemaba bajo la piel y se hundía después en lo más profundo de mi cuerpo. Cada respiración me raspaba las costillas. Cada latido me mandaba otra descarga de agonía por los nervios.

No podía ver, no podía tenerme en pie, no podía escapar de mi propio cuerpo. Me revolví entre las sábanas que olían a mi amada sin aire suficiente ni para aullar por la pérdida.

Antes de que Seraphina entrara en mi vida, creía haber renunciado a la esperanza de encontrar una cura, pero aquello no era nada comparado con el abismo en el que me hundía ahora. Esto no tendría fin.

Ya no estaba. Aunque nunca hubiera encontrado una cura o un tratamiento que sirviera, mi compañera había sido la luz que me guiaba y hacía soportable la oscuridad. Ahora se había convertido en parte de ella.

Soporté el episodio solo. Me quedé tumbado en la penumbra de mi alcoba con un puño cerrado en torno al anillo de Seraphina, sin soltarlo ni un instante.

Mi mano y el vínculo la buscaron a la vez y solo encontraron vacío.

El dolor llegaba en oleadas. A veces abrasador.

A veces punzante. A veces tan profundo que parecía que se me quebraran los propios huesos.

Recuperaba la vista unos segundos, solo para perderla de nuevo. El sudor me empapaba la ropa. Los músculos se me contraían sin aviso. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

No hubo ninguna mano que me apretara los puntos de presión de las sienes ni dedos frescos que me deshicieran los nudos de los hombros. Lo aguanté sin su voz suave diciéndome que respirara.

Hundí la cara en su almohada e inhalé su aroma; no merecía el consuelo que me daba, pero me aferré a él con egoísmo. No podía controlar la manera en que mi cuerpo buscaba su alivio y su consuelo, igual que no podía controlar la enfermedad que me devastaba.

Solo podía acurrucarme en su lado de la cama y asumir que seguiría frío para siempre. Merecía ese dolor.

Quería que la oscuridad se lo llevara todo. ¿Para qué me servían mi reino, mi corona o mi fuerza sin ella?

Había pasado años creyendo que podía sobrevivir a cualquier cosa. Al asesinato de mi padre y a ceñir la corona a los quince. A la maldición, al dolor y a la ceguera. A la guerra y a la traición. Lo había soportado todo.

No sabía si podría soportar esto, y tampoco estaba seguro de querer hacerlo. Seraphina era mi ancla, mi luz. Mi compañera. Y le había fallado.