La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Me saqué el anillo y sorteé con cuidado las llamas vacilantes.

Procurando mantener la nariz cubierta por si el veneno seguía activo, levanté la mano inerte del asesino y le puse mi anillo en el dedo.

Entraba justo, pero eso no importaba. Aún me quedaba polvo de piedra de luna en las puntas de los dedos y parte se le quedó en la piel.

Resultaba extrañamente apropiado, después de que el polvo de piedra de luna hubiera ocultado el veneno que mató a Lyra.

Recorrí el laboratorio y reuní solo lo que necesitaba para crear la ilusión.

Con los ingredientes adecuados y un cálculo preciso de los tiempos, podía crear un compuesto explosivo.

Cuando detonara, no quedaría nada identificable.

El cuerpo del asesino quedaría calcinado hasta resultar irreconocible. Era una suerte que no fuera alto.

Causaría suficiente destrucción como para que todos creyeran que había muerto allí.

Coloqué el caldero en la mesa de trabajo y añadí combustible al fogón. Cuando alcanzara la temperatura adecuada, en unos diez minutos, todo el lugar quedaría destruido.

Recorrí el laboratorio con la mirada una última vez. Había sido feliz allí. Intentar curar a Alaric me había dado un propósito. Lo había amado.

Cerré los ojos para contener el dolor desgarrador que me crecía dentro.

Lo había amado.

Pero ese amor se fundaba en una mentira. Los hados que nos habían declarado compañeros, quienesquiera que fuesen, habían cometido un error terrible. Había matado a mi hermana y estaba intentando matarme a mí. No podía ser mi compañero.

Algo me tiró por dentro del pecho, buscando a Alaric incluso ahora. Mi loba intentaba clavarme los pies en el suelo. No quería dejarlo.

El sentimentalismo no iba a detenerme, ni siquiera mientras la cabeza se me llenaba de recuerdos antaño felices, ahora profanados y arruinados.

Podía oler el eco de su aroma especiado, el que antes me calmaba; podía sentir el calor de su abrazo y lo segura que me sentía acurrucada contra su pecho.

Era como descubrir que aquel dulzor que convertía el pastel de chocolate en mi comida favorita era justo lo que contenía el veneno.

Volví a tocarme el vientre. Quizá algo bueno pudiera salir de todo esto.

—Lo siento —susurré.

A mi bebé, a mí misma, a Lyra.

Me di la vuelta y huí. No podía llevarme mis pertenencias.

Cualquier cosa que faltara podría despertar sospechas.

No podía llevarme mis provisiones de pociones ni siquiera la poción bloqueadora de aroma que había protegido mi secreto durante tanto tiempo.

Tenía que desaparecer como Seraphina. Tenía que dejar que creyeran que el asesino había cumplido su cometido.

Me colé por el pasadizo de los sirvientes y, por suerte, lo encontré vacío. Era ya muy tarde.

Salí del palacio y crucé los terrenos a la carrera. Llegué al camino y anduve tan rápido como mis piernas me lo permitieron. El frío me mordía las mejillas y me recordaba que nunca volvería a sentir el calor de las caricias de Alaric.

El estruendo de la explosión me dio un vuelco el corazón. Miré atrás justo a tiempo para ver cómo se derrumbaba el torreón y, con él, cualquier prueba de mi huida. Ni siquiera fui capaz de sentir una satisfacción amarga. Solo necesitaba alejarme.

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Después de tres días caminando, tenía los pies llenos de ampollas y me dolía cada músculo del cuerpo. No tenía dinero. Ni comida. Ni provisiones. Solo la ropa que llevaba puesta y la vida que crecía dentro de mí.

Viajé hacia el norte, en dirección contraria a la frontera a la que Alaric había partido a la guerra, y seguí caminos secundarios siempre que pude.

El hambre me desgarraba el estómago. Las pocas bayas y raíces que había conseguido recolectar no bastaban.

Me rodeé el vientre con las manos y le envié toda mi fuerza al bebé, con la esperanza de que bastara hasta que encontrara algo mejor que comer.

Más adelante asomó un pueblo pequeño. El alivio me aflojó las piernas, pero seguí adelante.

La calle principal del pueblo albergaba unos cuantos negocios: una herrería, una taberna y una panadería.

La gente me miraba al pasar. Bajé la vista hacia mi ropa.

Estaba inmunda y las telas, antaño finas, estaban ahora ásperas y rotas.

Estaba acostumbrada a las miradas despectivas de quienes me consideraban inferior.

En casa lo había vivido a diario. La Omega inútil cuya sangre débil había matado a su propia madre.

Y volvía a ser una Omega: la poción enmascaradora de aroma se me había pasado el primer día.

Entré primero en la panadería. El estómago vacío se me retorció con el olor del pan recién hecho y al ver los bollos dulces relucientes de mermelada. Me acerqué a la dependienta, una Beta delgada con ojos de halcón que atendía detrás del mostrador.

—Buenas tardes —dije con la voz áspera tras tres días sin hablar. Tenía la boca seca. Llevaba horas sin beber nada.

—¿Qué quieres, Omega? —preguntó ella, y arrugó la nariz.

Tragué saliva.

—Busco trabajo. Y un vaso de agua, si fuera tan amable.

Ella se rio.

—Aquí no. Si no tienes dinero, lárgate.

Salí con la espalda recta y la barbilla alta, sin dejarme amedrentar a pesar de mis circunstancias.

Luego probé en la taberna. Estaba bastante tranquila, con solo dos mesas ocupadas. Un Beta anciano estaba sentado a una mesa cerca de la barra, y un Alfa de unos veinticinco años, al fondo. El tabernero, detrás de la barra, me clavó una mirada pesada.

—Disculpe, señor —dije—. Me preguntaba si necesitaría una moza de cocina.

—Ya tengo una —gruñó él.

—¿Tiene algún otro trabajo disponible? Aunque solo sea lo justo para pagarme una comida —pregunté.

Me miró de arriba abajo.

—Se te han puesto feas las cosas, ¿eh?

La vergüenza me quemó por dentro, pero no dejé que se me notara.

—Algo así.

—Eres pequeña, incluso para una Omega —resopló—. Pero no estás nada mal de ver, si te dieras un baño. Una Omega solo sirve para unas pocas cosas: limpiar, cuidar críos y follar. Ya te lo he dicho: criada ya tengo. Y no tengo hijos.

Retrocedí un paso con el corazón desbocado. El hombre era un Beta, pero era alto y lo bastante corpulento como para dominarme sin esfuerzo.

—No.

No estaba tan desesperada.

—Venga, hasta te doy un plato de comida después —sonrió con suficiencia.

Me di la vuelta y fui hacia la puerta. La risa del tabernero me siguió. Quizá alguien en el pueblo siguiente fuera más amable.

Fuera, en la calle, el sol no calentaba.

El invierno llegaría pronto y me daba pavor pensar qué sería de mí si para entonces no encontraba trabajo.

Y no solo tenía que preocuparme por mí. Llevaba un bebé creciendo dentro.

Me rodeé con los brazos. Las lágrimas me quemaron los ojos, pero no dejé que cayeran.

Un carro pasó con estruendo, los dos caballos a buen trote. El carretero tiró con fuerza de las riendas para esquivar un bache. El carro dio un bandazo violento y yo trastabillé hacia atrás para apartarme. Se me fueron los pies y caí de espaldas con un golpe que me dejó sin aire.

—Oye, ¿estás bien? —sonó una voz suave y apremiante.

Alcé la vista hacia un hombre de cabello castaño rojizo y ojos de un pardo oscuro que casi tiraba a rojo. Me tendió la mano. Se la cogí y dejé que me pusiera en pie. No le costó nada: estaba aún más delgada después de tres días casi sin comer, y él era un Alfa.

—Gracias —murmuré mientras me sacudía la tierra de la ropa.

Su aura palpitó y me preparé para la ráfaga fría y la presión asfixiante a las que estaba acostumbrada cuando Alaric usaba su poder. Pero no llegó. Al contrario: era suave, como una mano en la espalda que me guiaba y me señalaba el camino, sin empujar, cuando me había perdido en la oscuridad.

—Soy Thorne —se presentó con una sonrisa amable.

—Yo soy… —No me atreví a usar mi nombre real—. Aria.

—Es un placer conocerte.

Sus ojos me recorrieron, pero no había en ellos juicio ni asco, ni me hizo sentir como un pedazo de carne.

—Parece que te vendría bien un poco de ayuda, Aria.