La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Seraphina

Alaric ya había desaparecido de mi vista hacía rato, pero su poder alfa seguía pesando en el corredor, frío y asfixiante. Me rodeé el cuerpo con los brazos e ignoré los lamentos lejanos de mi loba en mi cabeza.

A ella le preocupaba la ira de nuestro compañero. A mí me preocupaba que fuera un asesino.

Regresé hacia el laboratorio y me llevé las manos al bajo vientre, donde crecía una vida diminuta. Se me cerró la garganta y tuve que parpadear para contener las lágrimas. Quería esconderme en la seguridad de los brazos de Alaric, pero esa seguridad era una ilusión que no podía permitirme.

Me presioné las sienes con los dedos. No tenía ninguna prueba concluyente más allá de las órdenes de ejecución.

No podía dejar que el miedo decidiera por mí.

Había admitido que se había hablado de una alianza con Lunethra mediante un matrimonio con la princesa.

Solo eso ya resultaba bastante incriminatorio.

Y, sin embargo, el modo en que me trataba cuando estábamos a solas resultaba tan auténtico, tan… cariñoso.

No podía decidir la culpabilidad de Alaric por unos cuantos papeles, pero tampoco podía decidir su inocencia por lo que sentía. Necesitaba hechos, no emociones.

Doblé la esquina y estuve a punto de chocar de frente con Arabella. Me agarró del brazo.

—Querida, se te ve angustiada.

—Estoy bien —contesté automáticamente.

Lo último que necesitaba era que alguien husmeara en mis sospechas.

Su expresión se suavizó en una mueca de compasión.

—Debe de ser difícil saber que Alaric cabalga hacia la batalla. —Me apretó el brazo, con un aura alfa casi tan densa y opresiva como la de su hijo. El olor punzante a hierro frío se propagó por el pasillo—. Pero es fuerte. No tienes por qué preocuparte.

Retiré el brazo.

—Gracias —dije, aliviada de que no conociera el verdadero motivo de mi inquietud—. Creo que volveré a mi laboratorio. Me ayudará a tener la mente ocupada.

—Por supuesto. —Su mirada se demoró en mí—. Permíteme acompañarte. Me vendría bien la compañía.

Sin ningún motivo para negarme, solo pude asentir.

No llené el silencio con charla mientras serpenteábamos por los corredores y subíamos las escaleras hasta la torre que albergaba el laboratorio.

No me gustaba tener a nadie allí dentro, y menos ahora que sabía que Alaric había rebuscado en el lugar sin que yo estuviera delante. Era como una violación.

—¿En qué estás trabajando? —preguntó mientras caminaba despacio entre mis mesas de trabajo.

Me ceñí a la verdad todo lo que pude.

—En una cura para Alaric.

Enarcó las cejas.

—Sí, mi hijo lo mencionó. Me sorprende tu aptitud para estas cosas.

—Como ya dije, Seraphina me enseñó mucho. —Tragué saliva y empujé el nerviosismo hacia el mismo lugar donde estaba atrapada mi loba. Tenía que mantenerme alerta.

—Es evidente —comentó.

Me acerqué a mi mesa de trabajo mientras ella deambulaba por la sala y su mirada recorría los estantes de ingredientes.

—Has usado lunaria.

La miré de reojo. Tenía el dedo suspendido junto a uno de los tarros que había utilizado antes. No lo había tocado hasta ese día. Se me tensaron los hombros.

—Sí —confirmé.

Era evidente que faltaba parte de las hojas secas del tarro; mentir al respecto solo me habría delatado.

—Tenía entendido que la lunaria se usaba sobre todo en pociones para detectar embarazos —comentó con despreocupación—. No sabía que pudiera servir para la plaga de sombras.

Se me revolvió el estómago y, al mismo tiempo, se me encogió el corazón.

Me hundí las uñas en las palmas para encontrar algún tipo de equilibrio.

Ella me miraba fijamente, esperando una respuesta.

No podía permitir que nadie descubriera que estaba embarazada.

Busqué a toda prisa una explicación convincente, mientras mi loba se revolvía protectora y empujaba contra los límites de la poción enmascaradora de olores.

—Intento pensar más allá de lo evidente —dije, luchando por mantener la voz firme—. Nadie ha encontrado una cura hasta ahora. Puede que la solución exija algo que nadie haya considerado.

Arabella esbozó una leve sonrisa.

—Puede ser. —Se quedó un momento más antes de dirigirse hacia la puerta—. Te dejo con tu trabajo.

—Gracias.

La puerta se cerró tras ella. Esperé hasta que sus pasos se apagaron antes de soltar el aire.

Necesitaba pensar. Mi laboratorio ya estaba impecable.

No quedaba nada que ordenar, nada que pudiera recolocar para ocupar las manos.

Así que alcancé un caldero limpio. Preparar pociones era mejor.

Cuando medía ingredientes, veía los líquidos cambiar de color y oía el borboteo tranquilo sobre la llama, la mente siempre parecía serenarse.

Aquel día necesitaba algo que silenciara el ruido.

Empecé a preparar mi poción enmascaradora de olores.

Había hecho una tanda hacía poco, pero al menos me mantendría ocupada.

No solo me asedíaban el miedo y la confusión, sino también la preocupación por un compañero que cabalgaba hacia la batalla cuando ni siquiera estaba segura de poder confiar en él.

Las horas pasaron sin que me diera cuenta. Estaba mirando el interior del caldero, esperando a que la mezcla alcanzara la temperatura adecuada, cuando la cabeza se me venció hacia delante. Desperté con un sobresalto. A la poción le faltaba un último ingrediente. Alargué la mano hacia el tarro.

Se me erizó la nuca y mi loba, incluso en su jaula enterrada, se puso en alerta.

La puerta saltó hacia dentro. Apenas tuve tiempo de girarme antes de que un hombre vestido de negro y con una máscara se lanzara hacia la mesa de trabajo. Tiró el caldero de un golpe. El líquido salpicó el suelo. Trastabillé hacia atrás.

—¡Alto!

No se detuvo. Lanzó la mano hacia mi garganta.

Me aparté a tiempo, pero me atrapó el hombro y cerró los dedos en torno a él.

Me preparé para sentir sus garras hundiéndose en mi carne, pero no llegaron.

Me arrastró hacia él con tal fuerza que me tambaleé.

Su brazo se cerró alrededor de mi cuello y apretó.

Levanté las manos de golpe, lo arañé e intenté liberarme, pero me sujetaba con firmeza. Le lancé una patada y le acerté en la rodilla. Su brazo se aflojó lo suficiente para que lograra escurrirme. Solo conseguí dar dos pasos antes de que su mano me agarrara del pelo y me arrastrara de vuelta.

—Ven aquí, perra.

Gruñó y levantó la otra mano; el cristal reflejó la luz.

Sostenía un pequeño frasco. Con un movimiento del pulgar lo destapó y unos vapores agrios y acres me golpearon las fosas nasales.

La vista se me nubló y sentí una presión en la cabeza.

Alguna clase de veneno. Potente. Administrado solo mediante vapores.

Contuve la respiración y forcejeeé contra la mano que me sujetaba el pelo; intenté patearlo otra vez, pero fallé.

—Quédate quieta —siseó—. No debo dejar marcas.

Volvió a tirarme del pelo, sin aflojar la mano.

Los pulmones protestaron, sacudidos por espasmos ante la necesidad de respirar. Me vi obligada a tomar un sorbo de aire, y los vapores del veneno me quemaron la garganta. Tosí, con los ojos llorosos. Con cada exhalación, la mente se me nublaba un poco más.

Mi loba aullaba en mi interior, se lanzaba contra la jaula de la poción enmascaradora e intentaba liberarse para prestarme su débil poder. No quería morir. No quería que mi bebé muriera, aunque el padre fuera un asesino.

Con una fuerza que no sabía que tenía, me zafé de las manos de mi asesino. Choqué contra la mesa de trabajo y la madera se me clavó en el pecho. Parpadeé y busqué a tientas algo, cualquier cosa…

Ahí.

Agarré el vial más cercano y se lo lancé a la cara; el cristal estalló en esquirlas y lo salpicó con la savia ácida de Madera Oscura.

Mezclada con néctar de hibisco creaba un potente antiinflamatorio, pero sola era corrosiva.

La piel expuesta alrededor de los ojos oscuros del hombre se llenó de ampollas al instante; aulló de dolor y retrocedió de un respingo.

No esperé. Le di una patada al brasero y las llamas corrieron por la poción derramada. El asesino soltó una maldición y se alejó a trompicones del fuego. Agarré dos tarros.

—No lo hagas.

Se lanzó de nuevo hacia mí.

Estrellé los tarros contra el suelo, donde rugía la poción encendida.

Las llamas se alzaron como serpientes furiosas y retorcidas, con destellos verdes y azules.

Retrocedí a tropezones. El fuego ascendente alcanzó los vapores del veneno que él tenía en la mano y el vial estalló.

Las esquirlas de cristal se le incrustaron en las manos y en la cara, y el veneno le pasó directamente a la sangre.

Se quedó inmóvil. Abrió mucho los ojos y se desplomó.

Retrocedí hasta la pared del fondo, con el corazón desbocado. Me cubrí la nariz y la boca con la capa mientras la sala se llenaba del olor amargo de los compuestos que había arrojado al fuego.

Miré el cuerpo. Había venido a matarme.

Mi mente voló de inmediato a la orden que seguía escondida en mi capa. Alaric había ordenado mi muerte, y ahora había un asesino en mi laboratorio.

Me tapé la boca con una mano temblorosa y ahogué un sollozo que nació de lo más hondo de mi alma.

Se suponía que era mi compañero. ¿Cómo había podido hacer esto?

Incluso sabiendo lo que había hecho, la idea de hacerle daño me provocaba un escalofrío de repulsión. ¿De verdad tenía el corazón tan negro?

Se me revolvió el estómago. Era real. Me quería muerta. La mano se me fue instintivamente al vientre. Mi bebé.

Me quedé helada y entumecida de la cabeza a los pies. No podía quedarme. Pero si huía, no me cabía duda de que Alaric me perseguiría. Observé las llamas bailar cerca del cuerpo del asesino, ya a punto de quedarse sin combustible. El anillo de boda destelló a la luz.

Una idea tomó forma. La única manera de asegurar mi huida sin que Alaric me persiguiera era hacerle creer que su asesino había tenido éxito.