Capítulo 13
Alaric
Apreté más la correa de cuero de mi armadura. Se me clavó en los músculos, sacudidos por los espasmos. Respiré hondo para sobrellevar el dolor que me desgarraba el costado. Hoy las costillas me dolían a rabiar, pero no tenía tiempo de ceder a la debilidad.
Hacía apenas media hora había recibido un informe de la frontera: Nyxia nos había atacado por sorpresa. Fuera retumbaba el pesado golpear de las botas mientras mi ejército se formaba, y el sonido me vibraba en los huesos con una incomodidad punzante.
Nyxia creía que, por nuestras malas relaciones con Lunethra, éramos presa fácil. Pronto descubrirían la auténtica ferocidad del poder de Rexian.
Mi lobo no dejaba de dar vueltas, inquieto, muy consciente de mi estado. Las limitaciones de mi cuerpo habían ido empeorando sin tregua desde que me envenenaron con la plaga de sombras. Todavía recordaba cada instante de aquella batalla. También había sido contra Nyxia.
Se me tensó el estómago. Ahora, cada campo de batalla que pisaba entrañaba el mismo riesgo. Si mi dolencia escogía justo ese momento para derribarme, mis enemigos me matarían sin esfuerzo.
Antes era un riesgo que no me importaba demasiado. Ahora tenía a Seraphina. Dejar a mi compañera en este mundo mortal sin mí era un destino peor que la muerte.
La cabeza me dio vueltas y me apoyé con ambas manos en la mesa hasta que la habitación se quedó quieta. La oscuridad había empezado a reptar por los bordes de mi visión, un velo negro que amenazaba con tragárselo todo. Mi lobo se rebeló contra la oleada inminente de mi enfermedad.
Sonaron los cuernos de guerra, seguidos por los gritos de mis comandantes mientras preparaban el batallón. Cada sonido me atravesaba el cráneo como una lanza y se quedaba allí, clavado y palpitante.
Mi pueblo estaba amenazado. No me quedaba más opción que apretar los dientes y seguir adelante.
La puerta se abrió y Seraphina entró. Su presencia me destensó los hombros, pero el alivio duró poco. Tenía el rostro de una palidez mortal y la boca y los ojos crispados de preocupación. No era de extrañar: nunca me había visto con la armadura puesta.
—Nyxia ha atacado nuestra frontera —dije.
Su olor a miedo me alcanzó, agrio y punzante.
—¿Vas a entrar en combate?
Asentí con rigidez.
—Partiré enseguida.
Al dar un paso hacia ella, lo único que deseaba era tomarla en mis brazos y calmarle el miedo. Tenía en la punta de la lengua las palabras para decirle que no se preocupara ni por mí ni por la invasión de Nyxia, pero ella dio un paso atrás brusco, fuera de mi alcance.
Mi lobo, ya exaltado y listo para el combate, se erizó ante su rechazo. El calor me recorrió bajo la piel y ansié el tacto fresco de sus manos sanadoras.
«¿Por qué no me deja abrazarla? Ya esta mañana en la cama se había mostrado esquiva».
Sus ojos me recorrieron con movimientos rápidos y bruscos, y luego se fijaron en mi rostro.
—¿Estuviste en mi laboratorio?
—Sí. —Fruncí el ceño—. Te buscaba. No estabas allí. —Cerré la última hebilla sobre el pecho—. ¿La poción que tenías al fuego era una nueva versión de la cura?
—No.
La frustración me quemó por dentro. La última poción había reducido el dolor, pero también había empeorado la ceguera. Necesitaba que me calmara el dolor sin dejarme ciego.
Cabalgar hacia la batalla medio ciego no era una opción. Esta maldita enfermedad ya me ponía en demasiada desventaja. Ya no solo protegía mi reino; protegía a mi compañera. Tenía que estar al máximo de mis fuerzas.
—Necesitamos algo más fuerte —espeté, y la frustración me lamió la piel como llamas—. Ya estoy perdiendo demasiado terreno frente a esta enfermedad.
—He estado trabajando todo lo que puedo —dijo ella con los ojos entornados, mientras la amargura se colaba aún más en su olor apagado.
No tenía tiempo de preocuparme por si estaba enfadada por la intromisión; eso podía resolverlo más tarde. Lo que más importaba era mantenerla a salvo.
—¿Y la poción que preparaste la semana pasada? —pregunté—. Esa mantenía a raya la ceguera.
—No ayudaba tanto con el dolor —respondió ella con sequedad.
Un espasmo me bajó por la espalda.
—El dolor puedo soportarlo. —Un gruñido se me colaba en la voz—. ¿Dónde está?
Ella cruzó la habitación sin decir palabra y abrió el armario donde guardaba algunas de sus cosas, aunque la mayor parte de su ropa seguía en sus aposentos privados. Dentro había frascos de pociones, todos cuidadosamente etiquetados. Siete en total, uno por cada día de la última semana.
Sacó uno con un brillo azulado y me lo tendió con la mano temblorosa. Nuestros dedos se rozaron, y aquel contacto leve bastó para calmar parte de mi energía inquieta. Ella retiró la mano de golpe antes de que yo pudiera cerrar los dedos en torno a los suyos y atraerla hacia mí.
Habría cambiado la poción por un solo instante con mi compañera entre los brazos. Me la bebí de un trago.
Sin hacer caso del ardor en la garganta, volví a tenderle la mano. Intentaba ocultar su miedo, eso estaba claro. Solo deseaba que me dejara consolarla, pero otra vez esquivó mi contacto.
—Seraphina, por favor.
Si me dejara tocarla, si me permitiera hundir la cara en su cuello y marcarla con mi aroma hasta que ambos nos calmáramos, cualquier tensión que hubiera entre nosotros se desvanecería. Ella negó con la cabeza y puso más distancia entre los dos.
—¿Rebuscaste entre mis cosas cuando estuviste allí? —preguntó con una frialdad inusual.
Fruncí el ceño, desconcertado por la acusación implícita de que había hecho algo mal. Mi lobo se alzó dentro de mí, angustiado por la repentina distancia entre nosotros y nuestra compañera. Trató de alcanzarla a través de mí y soltó una oleada cálida de feromonas para calmarla.
Su cuerpo menudo se tensó para resistir mi poder. Su olor seguía cargado de miedo amargo, pero había algo más rico debajo, una dulzura tenue. No supe qué pensar de aquello.
Me zafé del control de mi lobo. No iba a forzar a Seraphina a una calma química solo para mi propio consuelo. Confiaba en él para protegerme en la guerra y abatir a mis enemigos, pero este dormitorio no era un campo de batalla, aunque mi propio cuerpo lo pareciera.
—Buscaba la poción —dije, y agité el frasco que acababa de vaciar. La oscuridad de los bordes de mi visión retrocedió, pero el dolor seguía igual de agudo—. ¿Cómo supiste que estuve allí?
—¿Aparte de que me movieras las cosas? —preguntó ella—. Dejé un marcador. Alga Luminiscente. Con el activador adecuado, pude seguir tus huellas hasta aquí.
Se me erizó el pelo de la nuca y mi lobo gruñó dentro de mi pecho. No le había dado ningún motivo para desconfiar de mí, y sin embargo me miraba como si le estuviera escondiendo algo.
—¿Por qué tienes un marcador?
—Por si alguien entra en mi laboratorio sin permiso.
Le tembló la voz y tenía los ojos, de un azul hielo, muy abiertos y vacíos.
—No necesito permiso; este es mi palacio —gruñí.
Dio un paso atrás.
—Solo quería saber por qué…
—Y ya te he dado mi respuesta —espeté.
Me arrepentí de mi reacción al instante. No tenía la cabeza en condiciones de ser tan delicado como Seraphina merecía. A pesar de la discordia que nos separaba, seguía deseando abrazarla, enterrar la cara en su cuello y marcarla con mi aroma.
Si hubiera podido, habría usado mi aura protectora de alfa para aliviar sus preocupaciones y consolarla.
Pero, aunque hubiera podido desviar mi atención de la guerra hacia mi compañera, temía que Seraphina volviera a rechazar mis acercamientos.
Era mejor retirarme y afrontar las consecuencias más tarde.
—No tengo tiempo para esta conversación. —Cogí la espada—. Nyxia ha cruzado la frontera. Parto en menos de una hora.
Salí a zancadas de la alcoba, pero Seraphina me siguió y tuvo que andar al doble de rápido para seguirme el paso.
—¿Y qué hay de Lunethra? —preguntó.
Seguí caminando.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Existía el plan de que te casaras con la princesa Zinnia para asegurar una alianza con Lunethra? —Su tono era duro y acusador.
Mis pasos vacilaron.
—¿Cómo te has…? —Sacudí la cabeza. No importaba cómo se hubiera enterado. No podía lidiar con celos mientras invadían mi reino—. Sí, mis consejeros querían que me casara con ella. Pero cumplí la promesa que le hice a tu padre.
—¿Es esa la única razón por la que me elegiste a mí en lugar de a ella? —Me miró fijamente, con los hombros erguidos y su olor herbal y apagado mezclado con el humo acre de la ira.
El dolor me subió a zarpazos por el cuello hasta la base del cráneo. Me habrían venido muy bien las manos de mi compañera en ese momento, pero estaba claro que eso quedaba descartado. Fuera lo que fuera lo que le pasaba por la cabeza, no podía resolverlo ahora.
—Lo hablaremos cuando regrese. —Seguí caminando. Ella me siguió.
—Pero habría sido mejor para el reino que lo hubieras hecho —insistió.
El dolor se trasladó detrás de los ojos, como una hoja afilada que me apuñalaba y cuya punta golpeaba la parte de atrás del cráneo. Desaté una oleada de poder para intentar combatirlo. Estalló desde mi interior y las sacudidas hicieron temblar las ventanas.
Seraphina se estremeció y retrocedió a trompicones.
Se me cayó el alma a los pies y el estómago se me revolvió.
Alargué la mano hacia ella, contuve mi poder e intenté calmarla.
El aroma herbal del que había llegado a depender quedó completamente sepultado por el amargo olor del terror.
Hasta aquella nueva nota intensa que no lograba identificar costaba de percibir.
Me observaba con los ojos muy abiertos y llenos de miedo, como si fuera a golpearla en lugar de consolarla. La mano se me quedó colgando, inútil, y mi poder volvió a latir y se intensificó sin que yo lo quisiera.
Mi compañera retrocedió y dejó la garganta al descubierto por puro miedo. Caer sobre mi propia espada me habría dolido menos. No pretendía que quedara atrapada en el fuego cruzado de mi poder; solo intentaba dominarme a mí mismo. Cerré las manos en puños y las garras me rompieron la piel.
No podía fiarme de mí mismo para consolarla. Estaba demasiado descontrolado. La guerra y la plaga de sombras eran una mezcla nociva: solo iba a hacerle más daño a mi compañera.
—Merezco respuestas —dijo ella con voz temblorosa.
—He dicho que lo hablaremos más tarde. —Mi voz salió más dura de lo que pretendía. Estaba furioso conmigo mismo, no con ella.
Se le cortó la respiración de miedo. Quise retirar mis palabras.
En cambio, otra oleada de dolor me atravesó el cráneo.
No estaba en condiciones de afrontar esto.
Apreté la mandíbula. Estaban atacando mi reino.
Mi pueblo me necesitaba. Hoy no podía ser rey y marido a la vez.
Tiraban de mí en demasiadas direcciones.
Lo mejor para Seraphina era que me alejara de ella y eliminara la amenaza contra el reino.
Le di la espalda.
—Quédate en el palacio.
—Alaric…
—Por favor. —Esa palabra me costó más de lo que debería.
Me dirigí hacia los guardias que aguardaban. Detrás de mí no oí nada. Bien. Estaba a salvo. Era lo único que importaba. Ya me ocuparía de sus preguntas y de lo que se le hubiera metido en la cabeza cuando regresara.
Monté a caballo antes de que la siguiente oleada de espasmos musculares me dejara luchando por respirar. Si mi estado empeoraba, tendría que afrontar el ataque sin las manos de Seraphina para aliviarme.
Sacudí la cabeza. Tenía que apartar todo lo demás de la mente. Me volví hacia el palacio y vi a Seraphina, que me observaba desde una ventana. Desde allí no podía distinguir la expresión de su rostro pálido, pero me imaginaba la inquietud y la angustia con las que la había dejado.
No había logrado resolver aquello que se había interpuesto entre nosotros.
Debería haberme disculpado, pero ya no podía volver.
Si caía en el campo de batalla, ella nunca sabría cuánto lamentaba mis actos, ni cuánto la amaba.
Jamás había pronunciado esas palabras, pero ahora que me marchaba las sentía con la misma intensidad que el dolor punzante en la cabeza.
El pecho me dio un espasmo y el corazón se me retorció de dolor.
La nuca me ardía con la advertencia del peligro y mi lobo, aunque estaba listo para la guerra, de pronto no deseaba otra cosa que quedarse cerca.
El lugar más seguro para nuestra compañera era a nuestro lado.
Pero la amenaza estaba lejos y no podía ceder al instinto.
Invoqué mi poder de alfa y dejé que adormeciera mi agonía y me despejara la mente. Si quería arreglar las cosas con Seraphina, primero tenía que sobrevivir.