La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Volví al Salón Azul y golpeé la pared con los nudillos. Me respondió un sonido hueco.

Se me aceleró el pulso. Busqué por el panelado hasta que los dedos encontraron una diminuta hendidura oculta bajo la moldura dorada. Presioné. Algo hizo clic. Una sección de la pared se abrió hacia dentro.

Al otro lado había oscuridad. Encendí una vela y entré.

La cámara era pequeña, sin ventanas y abarrotada de papeles. Unos mapas cubrían una de las paredes.

Me acerqué. Se me tensó el estómago. No eran mapas de Rexian, sino de Lunethra. Rutas. Fortificaciones. Pasos fronterizos.

En el otro extremo de la pared falsa, una mirilla me ofrecía una vista del Salón Azul. Aquella habitación oculta no servía solo para guardar documentos delicados; servía para observar lo que ocurría en la sala contigua.

Me acerqué al escritorio y cogí una carta.

El sello estaba roto, pero distinguí el escudo lunetrano: una luna creciente atravesada por una espada.

El polvo de piedra de luna brillaba en el sello incluso a la luz mortecina de la vela.

No iba dirigida a nadie, pero el nombre al pie era inequívoco. Rey Cassian.

Leí la carta.

«Una alianza entre nuestros reinos nos beneficiaría a ambos. Si los linajes reales de Lunethra y Rexian se unieran, quedaría forjado para siempre un vínculo entre nuestros dos reinos».

No estaba fechada, pero solo podía haberse escrito antes de la boda.

Al hojear los papeles del escritorio, encontré dos cartas más, estas con el sello personal de Alaric. Una abierta, otra aún cerrada. Se me helaron los dedos al levantar la que estaba abierta. La letra de Alaric era inconfundible.

«Por orden del rey, Lyra Vane ha de ser ejecutada antes de la ceremonia nupcial, empleando cuantos subterfugios sean necesarios».

Se me heló la sangre. La vela casi se me escurrió de entre los dedos. No conseguía tomar aire; los pulmones se negaban a expandirse.

Esa misma mañana había intentado llevarme otra vez a la cama. Me había despertado con sus brazos rodeándome, como cada mañana, a salvo en su fuerte abrazo. ¿Cómo podía haber hecho algo tan frío y tan cruel?

Mi loba aulló de agonía; la traición nos desgarraba el corazón a las dos.

—No —jadeé.

No podía creerlo.

Volví a leerla. Las palabras no cambiaron. Me costaba respirar y las piernas, como de gelatina, apenas me sostenían en pie.

Con manos temblorosas, abrí la otra carta, que presumiblemente nunca se había enviado. El polvo de piedra de luna me volvió plateadas las puntas de los dedos.

La letra de Alaric se desparramaba por la página. Tardé un segundo en poder enfocar la vista, como si mi cuerpo se rebelara contra la realidad que tenía delante.

«Por orden del rey, Seraphina Rexian ha de ser ejecutada».

Las rodillas me fallaron. Me agarré al escritorio. No podía ser cierto. Alaric nunca… No tenía ningún motivo…

Me llevé la mano al pecho, intentando frenar la respiración acelerada y el corazón desbocado. Era su sello y era su letra, pero no tenía ningún sentido. Él había sido quien propuso el matrimonio a Lyra; nadie lo había obligado a hacerlo.

Tomé otra bocanada temblorosa de aire. No había dado la menor señal de querer detener la boda cuando aparecí en el lugar de mi hermana, y su sorpresa al descubrir que yo era Seraphina había sido auténtica.

Si tanto había deseado una alianza con Lunethra como para matar a mi hermana en lugar de retractarse de su promesa, ¿por qué me defendió de Zinnia en el banquete y echó por tierra las conversaciones con Lunethra antes de que siquiera empezaran?

Pero el sello era suyo. Lo había visto en su dormitorio. La letra era suya; eso era innegable.

De pronto, cada gesto amable cobró otro sentido. Cada pregunta. Cada promesa de ayudarme. ¿Me había estado desviando de la verdad? ¿Poniéndome a Brenner y a Penroy delante como señuelo?

Me quedé mirando las órdenes hasta que las palabras se desdibujaron.

Quería romperlas en pedazos. Quería creer en el hombre que conocía y…

amaba. Pero la prueba estaba en mis manos, aunque no encajara con todo lo que había vivido con Alaric.

Me trataba bien, me hacía sentir segura, era mi compañero.

Mi loba, embotada, gimió en lo más hondo del pecho como un animal herido al borde de la muerte, tan angustiada y confundida como yo. Ni siquiera ella sabía qué pensar.

Si Alaric me quería muerta, había tenido ocasiones de sobra. Nunca había entendido por qué no se había producido otro atentado contra la vida de «Lyra». Solo Alaric conocía la verdad. Y si la carta era auténtica, había escrito la orden de matarme y no la había llevado a cabo.

Me guardé las cartas bajo la capa, salí de la habitación oculta y cerré la puerta tras de mí. Regresé a mi laboratorio casi en trance, con el estómago revuelto por unas náuseas que nada tenían que ver con la prueba de embarazo que me esperaba.

En la relativa seguridad de mi laboratorio, me dejé caer en la silla y hundí la cabeza entre las manos temblorosas. Tenía pendiente preparar el siguiente lote de la cura experimental contra el mal de sombras. ¿Sería por eso por lo que Alaric me mantenía con vida?

Le había demostrado mi utilidad mi segunda noche en el palacio y después le había prometido curarlo. Los tratamientos iban bien. Quizá estuviera esperando a que diera con la cura antes de enviar la orden de ejecución que en ese momento llevaba escondida bajo la capa.

Me tragué la bilis y levanté la cabeza. La poción de la prueba de embarazo estaba lista. Necesitaba saber si llevaba en el vientre al hijo de Alaric antes de hacer cualquier otra cosa.

Me dolía el pecho. Dejé la poción sobre la mesa de trabajo y cogí una aguja. Me pinché el pulgar izquierdo, uno de los pocos dedos sin restos de polvo de piedra de luna. Solo necesitaba una gota de sangre. Apenas sentí el pinchazo.

Sostuve el pulgar sobre la poción y dejé que la sangre cayera en el caldero. Esperé; mis pulmones se negaban a tomar aire. Si la poción cambiaba de color, estaba embarazada. Si seguía igual, no lo estaba.

No sabía qué resultado deseaba.

El líquido transparente adquirió un intenso verde menta. Resultado positivo.

Cerré los dedos sobre el borde de la mesa.

Cerré los ojos. Una euforia afilada me atravesó.

Llevaba dentro al cachorro de mi compañero.

La sola idea me inundó de una calidez tan ardiente que dolía.

El júbilo de mi loba era casi insoportable.

Habíamos conseguido lo que toda Omega anhelaba: una nueva y preciosa vida crecía dentro de nosotras.

Una hora antes, aquello habría sido una buena noticia.

Ahora era una complicación gravísima. Ya no era solo mi vida la que estaba en juego.

Todas las pruebas apuntaban a que mi compañero era un asesino.

El padre de mi hijo había escrito una orden de ejecución para mi hermana y para mí.

Me atenazó una náusea que nada tenía que ver con el malestar matutino del embarazo.

Respiré tan hondo como pude y abrí los ojos. Tenía que mantener la calma y pensar con lógica. ¿A qué podía dar más crédito? ¿A las cartas escritas con la letra de Alaric o al comportamiento del propio Alaric? Mi corazón quería decidir, pero no podía permitírselo. Era demasiado importante.

Me entretuve en recoger la poción, en busca de algo de orden. La vacié en el fregadero y limpié el caldero de cobre. ¿Era Alaric un asesino?

Secé el caldero y lo devolví al armario de suministros. Deseaba con todas mis fuerzas poder confiar en él. Abrí el armario donde guardaba los instrumentos de metal y todas las versiones de los experimentos de la cura del mal de sombras, en una hilera ordenada de viales.

Salvo que la ordenada hilera estaba descolocada.

Se me entumecieron los miembros. Alguien había entrado aquel día en mi laboratorio.

Con el corazón desbocado, cogí el frasco pulverizador de agua salada y lo rocié sobre la línea de polvo de Alga Luminiscente junto a la puerta.

Estaba removida. Por todo el laboratorio se iluminaron huellas de botas que iban hacia el armario de suministros, mi mesa de trabajo y la puerta. Eran mucho más grandes que las mías.

Abrí la puerta de golpe y rocié más agua salada. En el suelo se iluminaron huellas que se alejaban. Las seguí. Fuera del laboratorio, escaleras abajo, tras la esquina, a lo largo del corredor. Las huellas aparecían dondequiera que el suelo de piedra tuviera polvo suficiente para revelarlas.

Supe adónde conducían antes de llegar al último recodo; recorría ese camino todos los días. Directas al ala de Alaric.

Se me retorció el estómago. Seguí el rastro y esquivé a los guardias que corrían por los pasillos. El palacio era un hervidero de actividad, más de lo habitual. Fuera se oían gritos y pisadas de botas. Pero, fuera lo que fuese, lo ignoré. Solo tenía un objetivo.

El rastro terminaba ante el dormitorio de Alaric.

Me quedé allí, mirando la puerta. Detrás estaba el hombre al que amaba. El que me había abrazado mientras dormía. El que me había prometido ayudarme a encontrar al asesino de mi hermana. El hombre cuyo sello y cuya letra figuraban en una orden que dictaba su muerte. Y la mía.

Me ceñí la capa. No podía enfrentarme a él abiertamente. Si aquellas órdenes eran auténticas, ya no estaba investigando un asesinato: estaba intentando sobrevivir a uno.

Respiré despacio y alcé el mentón. Haría preguntas. Preguntas cautelosas. Le observaría el rostro. Escucharía sus respuestas y le daría todas las oportunidades para decirme la verdad.

Y si se le escapaba algo o intentaba manipularme… lo sabría.

Levanté la mano y abrí la puerta.