Capítulo 12
Seraphina
La luz de la mañana se colaba entre las cortinas, de un dorado pálido, y templaba las sábanas a nuestro alrededor. Tenía la mejilla apoyada en el pecho de Alaric y su brazo me pesaba en la cintura.
Algunos días me costaba creer que esa fuera mi vida. El feroz rey Alfa de Rexian, temido por medio continente, yacía a mi lado con el pelo revuelto y una expresión dulce.
Nuestras noches seguían empañadas por los ataques del mal de sombras, aunque gracias a mis pociones eran mucho menos virulentos.
Pero por las mañanas, cuando su dolor era mínimo y la única tensión de su cuerpo era la forma en que me abrazaba, la calma nos envolvía como una manta gruesa.
Hoy su aroma especiado era tan intenso que casi me quemaba la nariz.
Su pulgar se movió con pereza contra mi cadera.
—Deberíamos levantarnos.
Me apoyé en un codo para incorporarme.
—¿No podemos quedarnos aquí todo el día?
El cansancio me pesaba en todo el cuerpo, pero estar en brazos de Alaric ayudaba. Había trabajado sin descanso para perfeccionar la cura del mal de sombras ahora que tenía acceso a muchos más ingredientes gracias a él. El herbario era una fuente casi inagotable de posibilidades.
—No eres capaz de estarte quieta más de diez minutos. —Se rio entre dientes—. No aguantarías ni una hora en la cama sin hacer nada, y mucho menos un día entero.
—Bueno, yo no estaba pensando en no hacer nada…
Sonreí con picardía. A pesar del cansancio, lo seguía deseando con una necesidad casi física. Era vital para mí.
Me agarró por la cintura y me atrajo de nuevo contra él. El corazón me dio un brinco cuando me acarició el pelo. Me encantaba esto. El silencio. El calor. Él. Me besó.
Lo amaba.
No debería haberme sorprendido. Era mi compañero, la persona que el destino había designado literalmente para mí. Pero esos sentimientos cálidos, esa sensación de seguridad y plenitud que llevaba semanas creciendo, me habían pillado desprevenida entre la investigación y la búsqueda de una cura.
Me quedé rígida en sus brazos y apenas moví la boca contra la suya. ¿Sentiría él lo mismo? Se me encogió el estómago.
—¿Todo bien? —preguntó él, y se apartó para mirarme con el ceño fruncido por la preocupación.
—Alaric, yo…
El estómago me dio un vuelco y la boca se me llenó de una saliva fina y ácida. Me incorporé de golpe y me tapé los labios con la mano cuando las náuseas me asaltaron de repente.
Él se sentó a mi lado, con todo el cuerpo en tensión.
—¿Qué te pasa?
Negué con la cabeza y me levanté de la cama a toda prisa. Llegué al baño justo a tiempo, antes de vomitar el escaso contenido de mi estómago.
—¿Seraphina? —llamó al otro lado de la puerta.
—Dame un minuto —grité sin aliento.
Otra oleada de náuseas me sacudió y volví a doblarme; el estómago vacío se me retorcía de dolor. Tuve unas cuantas arcadas más hasta que la sensación cesó y me quedé cubierta de un sudor frío. Me puse de pie con las piernas temblorosas, me enjuagué la boca y volví con Alaric.
—¿Estás enferma? —preguntó, y me rodeó con los brazos y me besó la frente.
—No lo sé.
Las náuseas ya se me estaban pasando, pero el agotamiento seguía ahí.
—Hoy quédate en la cama —dijo con firmeza—. Haré que los sirvientes te traigan caldo.
Me ayudó a volver a la cama, aunque no lo necesitaba. Poco después llegaron los sirvientes con el caldo prometido y unas galletas saladas. Al principio, el olor del caldo me revolvió el estómago, pero en cuanto conseguí comerme una galleta, el apetito volvió con fuerza y pude comer.
Llamaron a Alaric a una reunión y, a la hora del almuerzo, ya me sentía casi normal, solo un poco cansada. Pasé la tarde en mi laboratorio y, a la hora de la cena, casi había olvidado el asunto.
A la mañana siguiente, Alaric ya estaba levantado y vistiéndose cuando volvieron las náuseas.
Logré retener el escaso contenido de mi estómago hasta que salió de la habitación.
No pude ni mirar la comida hasta el almuerzo, cuando el apetito volvió con más fuerza que nunca y comí el doble de lo habitual.
Igual que el día anterior, el resto de la jornada no sentí más que un ligero cansancio.
Al día siguiente ya estaba preparada.
—¿Adónde vas? —preguntó Alaric, parpadeando con sueño mientras yo salía sigilosamente de la cama.
—Tengo una idea para una nueva poción contra el mal de sombras y quiero ponerme con ella —dije.
Ni siquiera era mentira. Alaric no tenía por qué saber que quería quitarme de en medio antes de volver a sentirme mal. A veces su preocupación resultaba abrumadora y solo conseguía estresarme más.
—¿No puede esperar? —preguntó, y alargó la mano hacia mí, con los ojos entornados llenos de calidez y deseo.
El sexo matutino era una de nuestras actividades favoritas, pero esa extraña enfermedad intermitente nos lo estaba estropeando.
—Lo siento —dije a toda prisa, con las náuseas ya en aumento.
Me puse la ropa a toda velocidad y salí corriendo de la habitación. Conseguí llegar al laboratorio antes de vomitar en uno de los calderos.
No pude trabajar hasta la tarde, cuando las náuseas se calmaron, aunque el cansancio persistió. Me quedé de pie ante mi mesa de trabajo con el mortero en la mano, moliendo ingredientes. El olor nunca me había molestado, pero hoy apenas lo soportaba.
Me senté en la silla, lejos de la mesa. Ninguno de mis síntomas coincidía con ninguna enfermedad que conociera. Unas náuseas intermitentes y algo de cansancio no eran motivo de alarma, pero resultaba extraño.
Me mordí el labio mientras repasaba mentalmente todo lo ocurrido. ¿Se me escapaba algo?
La única otra anomalía que se me ocurría era lo de la tarde anterior, cuando Alaric me había llevado a la cama: tenía los pechos tan sensibles que no soportaba más que el roce más leve. Él había aprovechado al máximo esa sensibilidad y casi me había llevado al límite solo con jugar con mis pezones.
Me ardieron las mejillas al recordarlo. Aunque unos pechos sensibles tampoco eran señal de enfermedad.
A menos que…
Se me cayó el alma a los pies. Había un síntoma clarísimo que se me había pasado por alto.
Lyra siempre se burlaba de mí porque la regla me pillaba por sorpresa cada mes.
Ella sabía cuándo esperar la suya, pero yo perdía la cuenta constantemente.
Ahora que lo pensaba, no me había venido la regla en todo el tiempo que llevaba en el palacio.
El corazón se me aceleró. Mis sospechas no bastaban. Necesitaba estar segura. Una prueba de embarazo requería solo unos pocos ingredientes sencillos, si no recordaba mal. Saqué mi libro de pociones y busqué la página a toda prisa. Allí estaba: ya tenía todos los ingredientes en el laboratorio.
Medí el primer polvo y lo eché en el cazo de cobre con manos temblorosas, pero un resultado positivo no me asustaba, pese a la sorpresa. Al contrario: una felicidad extraña me florecía bajo las costillas. Si estaba embarazada, llevaría dentro al hijo de Alaric. De mi compañero.
Mi loba se regodeó con la idea, encantada ante la perspectiva de que un hijo estrechara nuestro vínculo con Alaric.
Los dedos se me fueron instintivamente al vientre. Nunca había pensado demasiado en tener hijos. Hasta que conocí a Alaric, nadie me quería. Lyra era la que recibía toda la atención romántica, la que había soñado con tener una familia propia.
La alegría se quebró y el corazón se me retorció de dolor. Todavía no había encontrado a su asesino. No podía pensar en construir un futuro mientras el asesino de Lyra caminaba libremente por el palacio. Tenía que encontrarlo antes de estar en una posición demasiado vulnerable para hacerlo.
Seguí preparando la prueba, agradecida de no tener que encargar los ingredientes ni bajar al herbario. Nadie, aparte de Alaric, podía saber que quizá estaba embarazada. No sería seguro.
Mientras removía la poción, concentré el pensamiento en cómo resolver el misterio.
Teníamos algunos sospechosos, pero nada concreto.
Quizá tuviera que enfocarlo desde otra perspectiva.
Sabía cómo se había administrado el veneno, pero no conocía los detalles de cómo había recibido Lyra la caja con las joyas nupciales y los cosméticos.
¿Qué era lo que había dicho Arabella en el herbario el otro día? Se habían reunido en el Salón Azul.
Entonces lo había descartado como un detalle más sin importancia. Pero aquel día Lyra se había reunido con los consejeros de la corte: Brenner y Penroy.
Me quedé mirando la poción, que burbujeaba en silencio ante mí. Había estado buscando en la dirección equivocada. Volver sobre los últimos pasos de Lyra quizá me dijera algo más.
Me limpié las manos y cogí la capa. La poción necesitaba otra hora a fuego lento antes de que pudiera hacerme la prueba. Tiempo más que suficiente para explorar.
Encontrar el Salón Azul fue tan sencillo como preguntarle a un sirviente. Situado en el ala sur, se hallaba entre otras salas de recepción, cada una con el nombre de su color. El ala estaba tranquila y entré en la elegante estancia donde mi hermana pudo haberse reunido con su asesino.
Las paredes estaban cubiertas de seda azul, interrumpida por molduras doradas y altos ventanales que daban a los jardines. Una mesa pulida ocupaba el centro, rodeada de sillas suficientes para una docena de personas. Nada parecía sospechoso.
Recorrí la estancia despacio. No sabía qué esperaba encontrar, pero la sala no me reveló nada. Probablemente la habían limpiado más de una docena de veces desde que Lyra estuvo allí.
Deslicé los dedos por el borde de la mesa, preguntándome si a Lyra le habrían servido té. Pasé cerca de la chimenea, donde un montón de leña esperaba a que alguien la encendiera. La habitación no me decía nada.
Retrocedí, dispuesta a marcharme derrotada, pero mis pasos vacilaron. Algo no encajaba.
Fruncí el ceño mirando las paredes. La sala parecía más pequeña de lo que debería. Medí con la vista la distancia entre las ventanas, luego salí al pasillo contiguo y conté los pasos entre esta estancia y la siguiente. Las proporciones no coincidían.