La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Alaric

Sentado al escritorio, estiré los brazos por encima de la cabeza y me eché hacia atrás en la silla hasta que la espalda me crujió y la tensión entre los omóplatos cedió un poco.

Mi lobo estaba inquieto hoy. Lo había estado toda la semana, desde el viaje a Meadowyn. Cada instante lejos de Seraphina lo pasaba contando los minutos que faltaban para volver con ella. No podía pasar un segundo más sin ella.

Me puse en pie e informé a mi ayuda de cámara de que me tomaría libre el resto del día y que, a menos que hubiera una emergencia de verdad, el consejo tendría que esperar hasta mañana para hablar conmigo.

Tenía algo que mostrarle a Seraphina. Llevaba pensando en ello desde nuestro regreso y no iba a permitir que nada más me lo retrasara.

Recorrí los pasillos del palacio con la piel hormigueándome ante la expectativa de ver a mi compañera. No tenía que adivinar dónde estaba. Aunque no conociera sus costumbres, el tirón de nuestro vínculo me habría llevado hasta ella.

Me había pasado toda la semana atrapado en reuniones; las exigencias de mi cargo me mantenían lejos de donde de verdad quería estar. Con ella.

Lunethra dominaba todas las conversaciones con mis consejeros. Todo comercio con ellos había cesado después de que defendiera a Seraphina frente a Zinnia, y nos había llegado la noticia de que Cassian había ordenado el envío de más soldados a nuestra frontera.

No lo lamentaba. Iría a la guerra por mi compañera diez veces por mucho menos de lo que Zinnia había intentado hacerle.

Uno de nuestros informantes había oído incluso el rumor de que Lunethra estaba considerando una alianza con Nyxia, lo cual sería nefasto para Rexian.

Nyxia volvía a amenazar nuestras fronteras.

Sin embargo, a pesar de la tensión y la preocupación por mi reino, me sentía mejor que en años. No eran solo las pociones de Seraphina; era Seraphina misma. Mi compañera había traído luz a mi vida, donde antes solo había oscuridad y deber.

Su tenue aroma me llegó a la nariz al acercarme a mi destino.

Ya lo reconocía al instante: ese olor a hierbas amortiguado en el que ojalá hubiera podido sumergirme.

Cada vez que se inyectaba la poción para enmascarar el aroma, me entraban ganas de arrancársela de las manos y poder oler así su verdadero y hermoso aroma de Omega, pero no podía. Todavía no.

Lo único que me apaciguaba era que ahora ella también olía a mí. La marcaba cada mañana y cada noche. Aun así no bastaba. Cada momento que no estaba a mi lado, en mis brazos, cada momento que no estaba enterrado dentro de ella, era demasiado.

La encontré en su laboratorio, donde pasaba la mayor parte del tiempo cuando no estábamos juntos.

Levantó la vista de la mesa de trabajo y una suave sonrisa le adornó los labios al verme.

Creía que mi corazón permanecería cerrado para siempre, pero de algún modo ella lograba que diera un brinco, se acelerara y se me ensanchara en el pecho.

—¿Estás en medio de algo? —pregunté—. Tengo una sorpresa para ti.

Frunció el ceño, perpleja, y me pareció adorable.

—¿Qué clase de sorpresa?

—Decírtelo le quitaría toda la gracia. —Me apoyé en el marco de la puerta.

Ella se levantó.

—Solo estaba esperando a que se enfriara el último lote de poción para enmascarar el aroma antes de embotellarlo. Tengo tiempo.

Al salir, cerró con cuidado la puerta del laboratorio. Le ofrecí el brazo y la llevé por el palacio hasta los jardines de la parte de atrás.

La temporada de cosecha estaba a punto de acabar, pero los árboles seguían aferrados a sus hojas rojas y naranjas. Pronto llegaría el invierno y la nieve cubriría las montañas del norte.

—Aquí fuera es todo precioso —dijo Seraphina, y me apretó el brazo.

Nunca me había detenido a apreciar los terrenos del palacio, pero tenía razón. El césped ondulado estaba lleno de las últimas flores silvestres de la estación y los melocotones maduros pendían pesados de las ramas.

Oculto detrás de un seto de hoja perenne se alzaba un gran invernadero de cristal. Entré con Seraphina.

—Este es el herbario real —le dije—. Aquí se cultivan hierbas de todo el reino, y de más allá.

—Es increíble —dijo ella, y miró a su alrededor con emoción.

El pecho se me llenó de una cálida satisfacción.

—Puedes venir aquí cuando quieras. Ya he informado al encargado de los jardines de que tienes acceso ilimitado, de día y de noche. Lo que necesites para tus pociones, si está aquí, es tuyo.

—Alaric. —Le brillaban los ojos cuando me tomó las dos manos—. Gracias.

—No es nada —respondí, pero le alcé una mano y le besé los nudillos, demorando los labios en ellos.

Ahora que me había dejado entrar, no me cansaba de ella. Mi lobo nunca había estado más satisfecho. Teníamos a nuestra compañera y la reclamábamos casi a diario, aunque, si de mi lobo y de mí dependiera, habría sido mucho más a menudo.

Sonrió y me soltó las manos, impaciente por explorar. La seguí mientras se maravillaba con las hierbas y plantas raras de las que solo había leído en libros. Al llegar al fondo, se volvió hacia mí.

—¿Tenéis una sección de venenos? —preguntó con la cabeza inclinada.

Asentí.

—Cultivamos nuestras hierbas medicinales y los venenos para el ejército en el norte, pero el palacio guarda aquí una pequeña reserva por si hiciera falta.

—Entiendo —dijo, y caminó despacio junto a las hileras de plantas peligrosas—. Acónito, serpentaria, cicuta… —Se detuvo en seco frente a una planta de un púrpura intenso—. ¿Cultiváis Ruda del Crepúsculo?

—No conozco todas las plantas que hay aquí, pero por lo visto sí —dije, al comprender su cambio de humor. Era el veneno que había matado a su hermana.

—¿Quién más tenía acceso al herbario? —preguntó.

—Las mismas personas que tenían acceso a la piedra de luna, me temo.

Ojalá hubiéramos avanzado más en la investigación de la muerte de Lyra.

Pero, salvo interrogar a cuantos habían intervenido en la preparación de las joyas nupciales de Lyra, algo que nos delataría antes de dar resultados, estábamos en un callejón sin salida.

Quería ser prudente, por si el asesino iba tras Seraphina.

Ella suspiró y asintió. La frustraba no tener respuestas. Seguimos nuestro paseo por el herbario y pasamos a la sección medicinal.

—¿Tenéis Drevanth? —dijo, y corrió hacia una planta de hojas verde pálido cubiertas de minúsculos pelillos plateados.

—¿Qué es el Drevanth? —pregunté.

—Es un analgésico y relajante muscular. No puedo creer que nunca se me haya ocurrido añadirlo a tu poción contra la Plaga de Sombras.

Llevo tiempo buscando la forma de aumentar la potencia de la poción —dijo con entusiasmo—.

Me alegra muchísimo que me hayas enseñado el herbario; esto me ayudará a intentar encontrar la cura.

—Me alegro, de verdad, pero no te he traído aquí por mi propio beneficio.

Al decirlo, comprendí que era cierto. No había pensado en mí en ningún momento, solo en ella.

—Solo… quería hacerte feliz.

—Soy feliz. —Sonrió y se estiró para rodearme el cuello con los brazos.

Bajé la cabeza y le atrapé los labios en un beso.

Como siempre, se volvió apasionado en cuestión de segundos.

Deslicé las manos por su figura esbelta.

Nunca me cansaba de sus curvas suaves ni de cómo su cuerpo menudo encajaba a la perfección contra el mío.

Despertaba en mí una pasión y un instinto protector que me sorprendían cada día.

La acorralé contra la pared de cristal sin dejar de besarla. La deseaba. Ya.

Deslicé una mano entre nuestros cuerpos, le cubrí el sexo por encima del vestido y me bebí su gemido ansioso. ¿Aguantaría el cristal si la reclamaba contra él? Correría el riesgo.

La puerta del herbario se abrió y me quedé petrificado, con el vello de la nuca erizado. Mi lobo gruñó por lo bajo en mi pecho, listo para destrozar al intruso.

—¡Oh! —sonó la voz de mi madre—. Mis disculpas.

Cerré los ojos un instante y la violencia que se había acumulado en mí se fue disipando. «Diosa de la Luna, dame fuerzas».

Me separé de Seraphina, carraspeé y me estiré la camisa para disimular el bulto del pantalón.

—Madre —dije volviéndome hacia ella—. ¿Qué haces aquí?

—Solo necesitaba algo para preparar una infusión contra el dolor de cabeza —respondió con su aplomo habitual—. No pretendía interrumpir… Buenas tardes, Lyra.

Seraphina salió de detrás de mí con el rostro encendido de vergüenza.

—Buenas tardes, Su Majestad.

—Cojo mis hierbas y os dejo tranquilos —dijo Madre.

Recorrió la hilera en la que estábamos en busca de lo que necesitaba.

Luego levantó la vista hacia mí—. Alaric, me alegra que el matrimonio te siente tan bien, pero quizá convendría algo más de discreción, si estabas tan…

distraído… que no me has oído ni notado llegar.

Apreté los labios. Tenía razón. Debería haber estado más atento. Normalmente lo estaba, pero Seraphina monopolizaba todos mis sentidos cuando la tenía cerca.

Incluso en el gran salón, rodeado de nobles, mis oídos buscaban los latidos de su corazón y mi lobo seguía su leve rastro.

Había llegado a odiar su poción para enmascarar el aroma.

Mi lobo se agitaba bajo mi piel, y su frustración por no poder percibir el verdadero olor de nuestra compañera superaba a veces incluso el dolor casi constante de la Plaga de Sombras.

Pero, si dejaba de tomarla, su verdadera identidad quedaría al descubierto.

—Supongo que no te he percibido como una amenaza, Madre —contesté.

Ella se limitó a inclinar la cabeza mientras se agachaba a coger unas hojas.

Seraphina carraspeó.

—Disculpe, Su Majestad, pero, si le duele la cabeza, ¿me permite sugerirle una mezcla de Menta Lunar y jengibre? La matricaria que ha cogido no tiene propiedades analgésicas fuertes.

La mano de Madre se cerró en torno a las hojas que acababa de recoger.

—No sabía que entendieras tanto del tema. Tenía la impresión de que la pobre Seraphina era la gemela que dominaba las pociones.

Puse la mano en la parte baja de la espalda de mi esposa para ofrecerle un apoyo silencioso cuando se le disparó el pulso.

—Mi hermana me enseñó mucho —respondió Seraphina con voz tensa.

Quería empujarla de nuevo detrás de mí y protegerla de las preguntas de mi madre, pero eso solo habría llamado más la atención. Me acerqué hasta que su hombro tocó mi pecho.

—Entiendo. —Mi madre se acercó a las hierbas que Seraphina había sugerido y cogió también unas cuantas—.

Cuando nos vimos en el Salón Azul antes de tu boda, fuiste bastante modesta al hablar de las habilidades de Seraphina.

¿Cuáles fueron tus palabras exactas? —Esperó a que Seraphina las completara, pero mi esposa solo pudo quedarse mirándola, con el cuerpo tan tenso que lo notaba a través de la mano que mantenía en su espalda.

Madre continuó—: Creo que dijiste que no tenías cabeza para esas cosas y que preferías materias como la historia.

Acaricié la espalda de Seraphina y respondí por ella.

—Lyra es tan inteligente como humilde. Y, como ya ha dicho, no recuerda gran cosa de aquel día después del trauma de perder a su hermana de forma tan repentina.

La tensión de mi compañera cedió, y la satisfacción de ser yo el motivo bastó para reavivar el fuego de mi deseo. Estaba impaciente por poner fin a la conversación y llevarme a Seraphina a nuestro dormitorio.

—Por supuesto —contestó Madre, pero entornó los ojos con esa mirada perspicaz que se le ponía cuando daba con un hilo y no pensaba dejar de tirar de él.

—Deberíamos irnos —dije, mientras ya conducía a Seraphina hacia la salida.

—Alaric, ¿puedo hablar contigo en privado? —preguntó Madre.

Deslicé la mano por la espalda de mi esposa y asentí.

—Adelántate, iré en un momento.

Seraphina pareció más que encantada de librarse de la mirada penetrante de mi madre. Mi madre esperó a que mi esposa se perdiera de vista antes de hablar.

—Es un asunto delicado, pero estoy muy preocupada —dijo, bajando la voz—. Lyra es muy distinta de la muchacha que conocí antes de la boda.

Si alguien iba a descubrir que Seraphina se hacía pasar por Lyra, sería mi madre.

Era lista, observadora y me había ayudado a proteger el reino desde el momento en que me convertí en rey, cuando todavía era demasiado joven para gobernar.

Pero, además del juramento que le había hecho a Seraphina de guardar su secreto, que me impedía decir la verdad, también sabía que mi madre no sería tan comprensiva como yo con que Seraphina se hiciera pasar por su hermana.

—El duelo cambia a las personas, lo sabes bien —dije.

Ella negó con la cabeza.

—Eso no explica el cambio que he visto en ti.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, y se me tensó la espalda.

—Destruiste una posible alianza con un reino muy poderoso para defender a Lyra de un insulto absurdo —dijo con expresión grave.

Sentí un estallido de ira ardiente.

—No fue un insulto: fue una amenaza.

—Lo entiendo —dijo, posando su mano delgada en mi antebrazo—.

Solo estoy preocupada… después de lo que ocurrió con tu padre.

—Tragó con dificultad—. Te digo que esa chica ha cambiado por completo desde que la conocí.

No quiero que a ti te pase lo mismo. No podría soportarlo. Tenemos que estar siempre en guardia.

Reprimí la necesidad de defender a Seraphina con la misma voluntad de hierro que me permitía sobreponerme al dolor cuando hacía falta, y reuní mi poder a mi alrededor.

Mi madre tenía todos los motivos del mundo para mostrarse cautelosa y protectora después del trauma de que mi padre muriera a manos de alguien en quien confiaba.

Y también tenía razón: Seraphina no era Lyra.

Lo que no entendía, ni podía entender, era que mi esposa no representaba ninguna amenaza.

—No estoy siendo imprudente —expliqué, aferrándome a la calma con uñas y dientes—. Mi esposa me importa y confío en ella ciegamente. De hecho, me está ayudando a buscar una cura para mi afección.

A mi madre se le abrieron los ojos de par en par. Le ocultaba mi afección a casi todo el mundo por una muy buena razón. Nadie podía saber que el rey Alfa de Rexian era débil.

—¿Estás seguro de eso? —preguntó, con una desconfianza justificada, aunque mal encaminada.

—Sí. —La miré fijamente, para que quedara claro el peso de mis sentimientos y de mi confianza—. Le confiaría mi vida a mi esposa.

Apartó la mirada.

—Entonces esperemos que tengas razón.