Capítulo 10 #2
Sentí su gruñido posesivo tanto como lo oí: las vibraciones retumbaron por su pecho y se metieron directas en mí.
Metió la mano entre los dos y me guio las caderas hacia abajo hasta que la punta roma de su miembro quedó apretada contra mi sexo ardiente.
Mecí las caderas y me hundí sobre él con un grito ahogado mientras me llenaba; el estiramiento era intenso y profundamente satisfactorio.
Nos movimos juntos, despacio, y el agua nos volvió ingrávidos a los dos. Sus manos siguieron en mis caderas, guiándome arriba y abajo, adelante y atrás, incluso después de que encontrara el ritmo que nos arrancaba el aliento.
Como sus feromonas no me abrumaban, tenía la cabeza despejada.
Absorbí cada sensación, cada apretón de sus manos, cada palpitación de su miembro, el jadeo entrecortado de su respiración y el ondular de sus músculos.
Sentí el cuidado de sus manos y, cuando me besó el cuello, los hombros y los labios, me pregunté cómo había podido vivir sin aquello. Sin él.
Me entregué a él libremente, sin luchar más contra mi naturaleza.
No había nada de lo que defenderme ni nadie que me mirara con desprecio.
Me hizo suya, frotó la cara contra mi cuello y me marcó con su aroma especiado, con las manos acunándome y manteniéndome a salvo.
Su cuerpo, de fuerza Alfa y mucho más grande que el mío, me daba en lugar de tomar.
Cada embestida de sus caderas nos llevaba al éxtasis a mi loba y a mí. Estaba en comunión con mi ser primitivo, y eso me lo había dado Alaric.
En sus brazos, en su regazo, unidos tan estrechamente como pueden estarlo dos personas, ya no era la Omega frágil cuya debilidad innata había envenenado la sangre de mi madre; no era indeseada ni digna de lástima, ni simplemente útil ni demasiado lista para la comodidad de los demás.
Me querían, me deseaban, estaba completa. Adorada. Incluso por el rey Alfa.
Deslizó la mano entre los dos y encontró con la punta de los dedos aquel punto maravilloso de placer; trazó círculos suaves que me hacían contraerme, gemir y hundirme sobre él tan profundamente que me quedaba sin aire.
Sus dientes volvieron a rozarme el cuello y anhelé sentir el dolor exquisito de su mordisco.
Mis caderas se movían solas, mis manos se agarraban a su piel llena de cicatrices y mi loba aullaba nuestro placer dentro de mi cabeza.
La presión creció dentro de mí y, por un segundo, me resistí: no quería que aquel momento acabara nunca. Pero entonces Alaric me sujetó la nuca con la mano, con los dedos entrelazados en mi pelo, y me echó la cabeza hacia atrás lo justo para que pudiéramos mirarnos a los ojos.
No necesitó decir nada: me instó a seguir con su mirada ámbar, su aura Alfa me envolvió como una manta gruesa contra la crudeza del mundo y me dio la libertad de dejarme ir.
Grité cuando el placer estalló dentro de mí en oleadas cálidas y electrizantes que sacudieron mi cuerpo, me arquearon la espalda y me hicieron ondular las caderas. Sentí cada centímetro de su grueso miembro mientras me cerraba en torno a él; cada pulsación rítmica era otro estallido de euforia.
De pronto, Alaric empujó hacia arriba dentro de mí y gimió profundamente cuando su propio placer se apoderó de él.
Nos mecimos el uno contra el otro, cabalgando juntos las olas de dicha hasta que nos devolvieron a la orilla.
Seguimos unidos tanto tiempo que el agua se enfrió a nuestro alrededor y su miembro se deslizó fuera de mi cuerpo por sí solo.
Sin una palabra, me sacó de la bañera y me secó con una toalla suave y gruesa antes de llevarme a la cama. Se tumbó de espaldas y yo apoyé la cabeza en su pecho, escuchando el ritmo constante de su corazón.
Incluso a través del embotamiento de la poción, sentí el deseo de mi loba Omega de liberarse de su cárcel química para disfrutar plenamente de aquel momento con nuestro compañero.
Ninguna de las dos habíamos creído nunca que alguien nos cuidaría así.
Incluso después de la primera vez que me acosté con Alaric, el descubrimiento de mi engaño había cortado en seco cualquier momento de intimidad.
Recorrí con el dedo una de las cicatrices de su pecho musculoso, siguiendo la línea blanca que iba del esternón hasta el final de las costillas.
Era perfecto. La encarnación de un Alfa en todos los sentidos, desde su físico hasta su manera de conducirse.
Fuerte, protector, feroz y, según había descubierto, justo.
Nadie creería jamás que yo, Seraphina, la Omega inútil y vergonzosa, pudiera haber quedado unida por el destino a un rey Alfa como él.
Retiré la mano, me abracé el cuerpo y clavé la mirada en la pared.
—¿Tener una compañera Omega… te avergüenza? —pregunté; la calma que aún me duraba me había bajado la guardia.
Alaric se tensó y me preparé para los mismos insultos que había oído toda la vida.
—Mírame —ordenó.
Alcé la cabeza con cautela. Sostenerle la mirada ardiente me costó, pero me obligué.
Me tomó el rostro entre las manos y me pasó el pulgar por la mejilla.
—Jamás. ¿Cómo iba a avergonzarme, si el destino fue lo bastante sabio para unir nuestras almas?
Negué con la cabeza; tenía la garganta cerrada.
—Cada día demuestras una fortaleza de mente y de carácter que ni mis mejores consejeros ni mis comandantes pueden igualar —continuó, y deslizó la mano hasta mi nuca para sujetármela y atraerme hacia él—.
Eres un regalo, Seraphina. Nada de ti podría avergonzarme. ¿Cómo se te ocurre preguntar algo así?
Tomé aire con un estremecimiento.
—Me han tratado como basura toda la vida. Los médicos dijeron que mi sangre Omega luchó contra la de Lyra y envenenó a mi madre. Padre me culpó de su muerte. Y todo el pueblo también. Lyra… ella fue la única persona que me vio como alguien que valía algo.
Intenté tragar a pesar del doloroso nudo que se me había formado en la garganta. Me escocían los ojos por las lágrimas y el pecho se me contraía mientras intentaba respirar a pesar del dolor que amenazaba con devorarme.
—La echo muchísimo de menos.
No pude contener las lágrimas que me resbalaron por las mejillas, pero Alaric no me juzgó ni se apartó de mi dolor. Me atrajo contra su pecho y me rodeó con los brazos, y ese amparo me dio por fin la libertad de sentir el dolor que llevaba semanas conteniendo.
Su aura volvió a envolverme, protegiéndome del mundo y calándoseme en la piel. Le vibró el pecho con un retumbo tranquilizador que traspasó mi dolor y me relajó los músculos tensos.
—Eres más que digna —dijo en voz baja, y me besó la coronilla—. Y siento muchísimo tu dolor.
Su voz se volvió letalmente seria, con un filo de violencia, incluso mientras me acariciaba el pelo con mano suave.
—Te lo prometo: encontraremos a la persona que te la arrebató.
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El viaje de vuelta al palacio fue mucho más agradable que el de ida a Meadowyn. Me sentía más ligera que en semanas. La tensión entre nosotros dio paso a la pura pasión, y tuvimos más de un escarceo en el carruaje.
Cuando llegamos a casa, Alaric recibió un mensaje: lo necesitaban en la sala del consejo.
—Nos vemos en unas horas —dijo, y se llevó mi mano a los labios para besarme los nudillos.
Sonreí, con el corazón revoloteando.
—Estaré en mi laboratorio —le informé—. Tengo algunas ideas para mejorar la poción.
Hice ademán de marcharme, pero Alaric me sujetó la mano y me detuvo.
—No te he dicho lo agradecido que estoy. Ya me has ayudado más de lo que jamás podrían los mejores médicos del reino. Creo en tu capacidad para encontrar una cura.
Tenía los ojos tan llenos de fe que me quedé sin aliento. Le apreté la mano.
—Gracias.
Me soltó y sus dedos se deslizaron de mala gana sobre los míos. Caminé hasta el laboratorio como si flotara en una nube, aunque a la vez repasaba mis ideas para aliviar más los síntomas de Alaric. El truco no estaba solo en atacar el dolor o la ceguera, sino en conseguir que el efecto durara.
Abrí la puerta del laboratorio y me recibió el reconfortante olor a hierbas y a química. Pero, al entrar, noté que algo no encajaba.
Paseé la mirada por la sala. El mortero y su mano estaban en el estante en lugar de en la mesa de trabajo, donde los había dejado, y el hervidor de cobre que usaba para calentar ingredientes estaba un poco torcido en su soporte.
Alguien había estado aquí mientras estábamos fuera. Se me erizó la nuca.
Había empezado a pensar que quien hubiera matado a Lyra no iba a venir a por mí, que, al no lograr impedir la boda, tal vez se hubiera rendido. No debería haber bajado la guardia.
El problema era que, sin pruebas, no tenía ni idea de quién había entrado aquí, ni tampoco de por qué. Pero no volverían a pillarme desprevenida.
Fui al armario y saqué un frasco de Alga Luminosa, un alga marina con bioluminiscencia natural. Seca y en polvo era incolora y casi invisible, pero al activarse con agua salada emitía un brillo azul.
Tracé con cuidado líneas de Alga Luminosa en el suelo, primero delante de la puerta y después junto a mi mesa de trabajo y los armarios, y memoricé la posición de cada línea para no alterar el polvo yo misma.
Si la persona que asesinó a mi hermana creía que podía colarse en mi santuario sin ser vista, se equivocaba. El Alga Luminosa rastrearía cada uno de sus pasos y me llevaría directa al monstruo que se escondía en nuestros pasillos.