Capítulo 10
Seraphina
Una vez a salvo, con la puerta de la suite de invitados cerrada, Alaric se dejó caer en una postura cansada y encorvada, sin necesidad ya de mantenerse erguido. Se volvió hacia mí.
—Si estás demasiado cansada para atenderme esta noche, lo entiendo.
Sonreí y negué con la cabeza.
—Solo lo dije para ayudarte. Quería llevarte a algún lugar privado antes de que el dolor te superara.
Lo meditó con un leve ceño, como si no estuviera acostumbrado a que alguien cuidara de él. Lo cual parecía absurdo: aquel hombre había estado rodeado de sirvientes desde que nació, atentos a cada una de sus necesidades.
—Siento la forma en que te ha tratado lord Finner —dijo, con los ojos entornados por la preocupación.
—No pasa nada.
Le quité importancia. Me habían tratado peor, pero nunca antes me habían defendido con semejante entrega y ferocidad.
—Gracias por defenderme.
—¿Por qué no iba a hacerlo? —Parecía sinceramente desconcertado—. Eres mi compañera, mi reina, y has demostrado valer mucho más que gente como él.
Me quedé helada por la sorpresa. Incluso en privado, Alaric mostraba su aprecio. Por mí. No como una figura decorativa ni porque su propio orgullo lo exigiera. No supe cómo responder.
Alaric rotó los hombros tensos, y yo me distraje con asuntos más urgentes.
—Toma —dije mientras me acercaba a mi bolsa—. Preparé esta poción antes de salir. Es una fórmula nueva.
Saqué el frasco y se lo tendí. La cura seguía fuera de mi alcance, pero mis pociones le aliviaban los síntomas cada vez más.
—Gracias —dijo, antes de beberse la poción de un trago.
Ya no esperaba que yo probara las pociones primero: se las tomaba sin queja alguna. Suspiró y rotó los hombros.
—Fuera la camisa, a la cama —dije—. Deja que me ocupe de ti.
Obedeció sin más, y yo ignoré el cosquilleo que me provocó verlo quitarse la camisa. No entendía cómo seguía resultándome emocionante después de hacer esto cada noche durante semanas, pero mi cuerpo reaccionaba siempre. Igual que el suyo.
Me arrodillé en la cama y fui trabajando cada punto de presión mientras vigilaba la reacción de Alaric. Necesitaba saber qué efecto tenía mi poción. Había reducido los efectos afrodisíacos y estaba intentando contrarrestar el sedante.
—Pareces más despejado con esta poción —comenté al notar el brillo en sus ojos. Resplandecían como la miel.
—Lo estoy. Tengo la cabeza más clara —confirmó. Presioné un punto en la parte delantera del hombro y se tensó, inhalando de golpe—. El dolor es un poco peor.
A estas alturas Alaric ya sabía que yo quería los detalles de sus síntomas para poder ajustar la poción. Tomé nota mental de cambiar las cantidades del analgésico.
—Estás más tenso de lo normal —dije; me costaba más que de costumbre que aquellos músculos rígidos cedieran—. Un baño caliente podría ayudar. Sobre todo si añado lavanda, corteza de sauce y manzanilla al agua.
Alaric se incorporó y nuestros rostros quedaron frente a frente. Me eché un poco hacia atrás.
—Haré que los sirvientes lo preparen —dijo.
Se levantó, fue hasta la puerta y llamó a uno de los sirvientes que habíamos traído del palacio. En cuestión de minutos, una gran bañera de cobre, lo bastante amplia para más de una persona, se estaba llenando de agua caliente.
Me quedé a un lado con Alaric, observándolos trabajar.
No estaba segura de que alguna vez llegara a sentirme realmente cómoda con gente sirviéndome, pero ya no me resultaba incómodo ni aterrador.
Ayudaba que últimamente pasara casi todo el tiempo encerrada en mi laboratorio.
No había visto a Eliza, mi secretaria personal, en muchos días.
Tener un lugar que fuera solo mío hacía las cosas más fáciles.
Llegaron grandes recipientes de metal, llenos hasta el borde de la lavanda, la corteza de sauce y la manzanilla que yo había sugerido. Por el bien de Alaric, no fui tacaña con los ingredientes relajantes, y pronto la habitación se llenó del aroma más agradable.
Los sirvientes se retiraron, y Alaric y yo nos quedamos solos de nuevo.
—Te dejo tranquilo —dije, y fui a por mi bolsa con la intención de tomar más notas sobre mi investigación y distraerme de aquel Alaric que estaba a punto de quedarse desnudo.
—Acompáñame —dijo él.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—Digas lo que digas, sé que el viaje también te ha pasado factura. —Su voz era inusualmente suave—. Prometí no ponerte las manos encima y pienso cumplirlo, pero la bañera es lo bastante grande para dos y mereces relajarte.
La idea de meterme en una bañera caliente con aquel hombre me aceleró el corazón de emoción, y precisamente por eso era una idea terrible. Curiosamente, yo confiaba en Alaric. Era en mí en quien no confiaba ahora mismo.
Alaric interpretó mi vacilación al instante.
—Déjame cuidar de ti por una vez, Seraphina.
Una oleada de calidez me recorrió, tan intensa que casi me flaquearon las piernas. Nunca antes se había dirigido a mí por mi verdadero nombre. Lo hizo sonar suave y precioso. Fue eso, tanto como sus cuidados, lo que me hizo cambiar de opinión.
Asentí, y Alaric esbozó una de sus raras medias sonrisas. Se acercó a la bañera y se deshizo de los pantalones y la ropa interior.
Me dije que no mirara y fracasé al instante. Lo había visto completamente desnudo unas cuantas veces, pero nunca en un momento de relativa calma. Me había acostumbrado a los planos de su pecho, a las cicatrices que le cruzaban el torso y los brazos, a los músculos que se abultaban de pura fuerza.
Le había masajeado aquellas piernas fuertes como troncos.
Conocía la forma en que se contraían de dolor y se estiraban al ceder.
Esto era distinto. Mientras se metía en el agua caliente y humeante, no era mi paciente ni el rey, sino un hombre.
Y su virilidad era tan poderosa y atractiva como el resto de él.
Me mordí el labio, la piel me hormigueaba de deseo ardiente y mi centro se derretía de ese modo que solo él sabía provocar en mí.
—¿Y bien? —preguntó Alaric, reclinándose contra un extremo de la bañera.
Tragué saliva, nerviosa, pero el aroma del agua era demasiado tentador para echarme atrás.
Los perfumes florales no hacían más que realzar el aroma especiado natural de Alaric, suavizando sus aristas y volviéndolo aún más seductor.
Me desvestí con manos temblorosas. Sus ojos no se separaron de mí ni un instante, bebiéndose cada nuevo centímetro de piel expuesta como si fuera la primera vez que me veía desnuda.
Y lo era, me di cuenta. La Plaga de Sombras lo había dejado ciego la primera vez que nos acostamos.
Pero su mirada de admiración ahuyentó lo peor de mis inseguridades.
Era difícil sentirse la Omega débil y escuálida a la que nadie quería cuando un rey Alfa te miraba con fuego en sus hambrientos ojos ámbar.
Cuando me acerqué, se agarró al borde de la bañera hasta que los nudillos se le quedaron blancos. Metí la punta del pie en el agua: estaba caliente y reconfortante, y me sumergí con un suspiro de placer. Me apoyé en el borde opuesto, sin más remedio que mirar a Alaric.
Entre las ramitas de lavanda que flotaban en remolinos, las virutas de corteza de sauce y las flores de manzanilla, alcancé a distinguir su miembro erecto, enrojecido y rígido contra el vientre. Mi centro se calentó más que el agua que me rodeaba.
Pero Alaric fue fiel a su palabra. No alargó la mano, no me acorraló ni me presionó.
Se quedó allí sentado, paciente, dejando que el agua perfumada hiciera su trabajo.
De vez en cuando nuestros pies se tocaban bajo el agua, o se nos rozaban las piernas.
Cada vez, mi centro se contraía de necesidad y mi loba luchaba contra la poción que la mantenía lejos de él.
Esperé a que se abalanzara sobre mí, a que me abrumara con su aura Alfa y dejara que nuestros lados primitivos tomaran el mando.
Y lo habría recibido con los brazos abiertos, descubrí con sobresalto.
Quería que me llenara la cabeza de niebla de lujuria y me hiciera olvidar mis motivos para contenerme.
Era más fácil que enfrentarme al hecho de que lo deseaba.
De verdad, profundamente, hasta el fondo del alma.
Me atraía como la luna atrae a las mareas, una atracción ancestral dictada por los hados mismos. Era mi compañero, incluso cuando la poción bloqueaba mi verdadero ser Omega y me desconectaba de aquellos impulsos.
—¿Alaric? —Me acerqué un poco más. Ni siquiera sabía qué quería decirle; solo necesitaba conectar con él, porque de repente hasta el agua me parecía una barrera demasiado grande.
—¿Sí, Seraphina? —Ahí estaba mi nombre otra vez en sus labios, sonando tan dulce, tan acertado.
Salvé la distancia que nos separaba y apreté los labios contra los suyos. Me devolvió el beso como si hubiera estado esperando ese momento toda la noche, todo el día, toda la semana.
Me tomó la cara entre las manos y profundizó el beso; el roce sensual de los labios se intensificó con la caricia suave de su lengua. Cada parte de mi cuerpo lo anhelaba, y me apreté contra su cuerpo enorme, buscando acercarme más.
Reaccionó a mi necesidad: bajó las manos por mi espalda y me apretó el trasero para subirme a su regazo.
Ladeé la cabeza y dejé libres mis instintos Omega.
Me recorrió el cuello a besos, sin prisa, como si se deleitara en cada sensación.
Sus afilados colmillos me rasparon el punto donde latía el pulso.
Si me hubiera dado el mordisco de apareamiento, lo habría recibido encantada, pero al roce de los dientes siguió el de la lengua: me lamió la piel y me marcó con su aroma. Emití un sonido ahogado desde el fondo de la garganta.
Lo necesitaba dentro de mí. Necesitaba el placer que solo él sabía despertar en mi cuerpo.
—Tranquila, mi pequeña sanadora —ronroneó suavemente en mi oído—. Yo te llevaré hasta allí.
Sus dedos me rozaron el sexo. Le rodeé los hombros con los brazos y escondí la cara en su cuello, agarrada a él por miedo a salir flotando mientras me daba placer.
—Por favor —susurré—. Necesito más. Te necesito a ti.