La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Su máscara de poder cayó ahora que estábamos solos, y cerró con fuerza los ojos para defenderse de la luz de la tarde. Hoy el dolor de la plaga de sombras le había llegado antes de lo habitual, y aún teníamos que aguantar la cena para guardar las apariencias.

Alaric no habló durante el breve trayecto hasta la finca del noble, y yo le concedí el silencio que necesitaba. A medida que nos acercábamos a la gran casa, Alaric reunió su poder y lo usó para contener el temblor de las manos y ocultar el dolor del rostro.

El noble, lord Finner, recibió a Alaric con una profunda reverencia y apenas se fijó en mí. Nos dieron un momento para refrescarnos y nos instalamos en nuestros aposentos antes de que llamaran a cenar y nos reuniéramos con lord Finner en su opulento comedor.

Las lámparas de araña de cristal esculpían con trazos duros los planos del rostro de Alaric. Supuse que, para muchos, tenía el aspecto del rey poderoso y de puño de hierro que esperaban. Yo solo veía la demacración que delataba su dolor.

La sala estaba llena de nobles, entre ellos lord Meyne y lady Harrow, todos deseosos de hablarle al oído a su rey y ganarse su favor.

Alaric permaneció impasible y mantuvo la conversación al mínimo a pesar de sus intentos.

Estaba sometido a una tensión enorme, y yo apenas podía comer de lo preocupada que estaba por él.

No dejaba de cambiar de postura con disimulo para aliviar el malestar.

Tras el tercer intento de lord Finner de meter a Alaric en una conversación sobre un posible contrato de tala con la corona que a él le convenía, intervine para distraerlo y ahorrarle a Alaric el esfuerzo.

—Tiene una casa preciosa, lord Finner —dije, y deslizé la mano bajo la mesa para posarla en la pierna de Alaric.

El músculo estaba contraído en un espasmo tenso y doloroso. Me costaba creer que Alaric no se estuviera retorciendo de dolor. Encontré los puntos de presión para liberar el músculo y los masajeé mientras hablaba.

—¿Lleva mucho tiempo en su familia?

La mano de Alaric buscó la mía y la acarició con gratitud; por un instante, sus ojos se encontraron con los míos para darme las gracias.

—Solo doce generaciones —bufó el noble, como si la pregunta lo aburriera.

Seguí trabajándole la pierna a Alaric por debajo de la mesa y me invadió una cálida satisfacción cuando el músculo empezó a aflojarse.

—Qué afortunado debe de sentirse al vivir rodeado de la historia de su familia —continué.

Él entrecerró los ojos, como si yo fuera un mosquito pesado dándole la lata. Su aura de Alfa se erizó.

—No es la fortuna lo que mantiene a una familia como la mía en su posición, sino el trabajo incansable y una buena relación con el palacio. Pero quizá una plebeya como usted no lo entienda.

Alaric se levantó de golpe, me quitó la mano de la pierna de un manotazo y la silla se deslizó hacia atrás con un chirrido. Su poder llenó la sala, hizo chisporrotear las velas del candelabro y bajó la temperatura a pesar del fuego que rugía frente a la mesa.

—Mi esposa es tu reina —escupió, con un destello peligroso en los ojos ambarinos—. La tratarás con el respeto que merece.

Lord Finner bajó la mirada en señal de sumisión y retrocedió ante el poder arrollador de Alaric.

—Por supuesto, Su Majestad. Le pido disculpas.

—No es a mí a quien debes pedir disculpas —replicó Alaric con brusquedad, y su poder latió, amenazante.

El hombre miró a Alaric con los ojos muy abiertos, incrédulo ante semejante exigencia. Un gruñido brotó de la garganta de Alaric y lord Finner se achicó. Me miró; el miedo lo había dejado pálido.

—Le pido disculpas, mi reina. No debí hablarle de ese modo —chilló.

Alaric volvió la mirada hacia mí y sus ojos se suavizaron mientras esperaba mi respuesta. Me estaba dando el poder de aceptarlas o rechazarlas.

Entonces caí en la cuenta de que la reacción de Alaric no se debía solo a la falta de respeto hacia mi posición, sino hacia mí. Para él era algo personal. Se me cortó la respiración.

Miré a lord Finner. Le temblaba la mandíbula. Me dio lástima.

—Disculpas aceptadas.

Alaric replegó su poder y la calidez regresó a la sala. Solo yo noté cómo se tambaleaba y que, más que sentarse, se dejó caer en la silla con todo su peso.

Defenderme le había agotado las últimas fuerzas. Le veía el esfuerzo en la cara: las arrugas profundas que le surcaban la frente y la tensión de los ojos ambarinos.

—¿Nos retiramos, Su Majestad? —le pregunté—. Estoy bastante cansada del viaje.

—Confío en que mis criados hayan dispuesto la habitación a su gusto —dijo lord Finner con una sonrisa forzada.

—Todo está en orden —contestó Alaric, y se puso en pie.

La rigidez de su cuerpo no había hecho más que aumentar. Lo cogí del brazo y subimos juntos a la suite de invitados. Se apoyó en mí mientras subíamos la escalera, pero noté que seguía conteniéndose, tratando de no ser una carga para mí.

Dos semanas antes no había sido capaz de aceptar su declaración de que, al ser compañeros destinados, él jamás debió casarse con mi hermana.

Lo único que sentía entonces era mi propio dolor y mi culpa, pero cuanto más trabajábamos juntos y nos cuidábamos el uno al otro de maneras tácitas que iban más allá de la atracción, mejor entendía por qué el destino nos había entrelazado.