Capítulo 8 #3
—Analgésicos conocidos, ingredientes para relajar los músculos y estimular el flujo sanguíneo, y algo para aumentar tu fuerza, ya que anoche conseguiste anular temporalmente los síntomas usando tu poder —expliqué, con la piel erizada por los nervios.
Dependía tanto de que aquella poción funcionara… y aun así resultaba difícil ignorar los recuerdos de nuestra noche juntos.
No apartó los ojos de mi cara, en busca de algún engaño. Tenía las pupilas dilatadas.
—¿Estás bien? —pregunté, temiendo haber estropeado de algún modo mi primer intento de poción.
Asintió despacio, con la cabeza oscilante.
—Me siento… —Soltó un suspiro pesado—. Mejor.
—¿El dolor ha desaparecido? —El corazón me dio un brinco de emoción.
—No. —Se le volvió a cortar la respiración—. Pero eso ya no importa tanto.
Su aroma especiado y seductor se volvió más denso, y concentrarme empezó a costarme un esfuerzo.
—¿Puedo continuar? —pregunté.
Asintió despacio.
Fui subiendo poco a poco por su cuello; el pulso se le aceleraba bajo mis dedos.
Cerró los dedos en torno al borde del colchón.
—Tus dedos hacen maravillas.
Se removió en la cama, arqueó un poco la espalda y movió las caderas en círculos.
Bajé la mirada y vi la dureza bajo sus pantalones.
Era lo habitual cuando lo trataba y el dolor empezaba a cederle, pero nunca había sido tan evidente.
Empujó la pelvis hacia arriba; la excitación había dejado una pequeña mancha húmeda en la punta de la tela.
Inspiré con un estremecimiento y el calor se me concentró en el centro del cuerpo. Incluso bajo el embotamiento de la poción ocultadora de aromas, mi loba gimoteaba de necesidad.
—Alaric…
Una sonrisa leve y peligrosa le curvó la boca.
—Te deseo —jadeó, y alargó las manos hacia mí. Las movía con lentitud y torpeza, nada que ver con la noche anterior. Era como si actuara por puro instinto, movido por un deseo feroz.
Cerré los ojos. La poción. Para contrarrestar los efectos sedantes había incluido un estimulante. En lugar de mantenerlo alerta, actuaba como un afrodisíaco.
Me aparté y me levanté para marcar distancia entre nosotros.
—Lo siento, la poción te está afectando de formas que no había previsto.
Pero, mientras lo decía, ya sabía que mi poción no tenía toda la culpa. Alaric se habría librado de un simple afrodisíaco sin esfuerzo; su biología de alfa jamás sucumbiría a algo así sin ingredientes y magia más potentes. El vínculo de destinados lo estaba amplificando.
Parpadeó despacio; las manos se le fueron solas hacia el bulto de los pantalones, pero se contuvo.
—¿Tú no lo sientes? —Se frotó el pecho—. La atracción… Está ahí desde el momento en que te vi. Tu poción ocultadora puede borrar las señales evidentes, pero lo que me arrastra hacia ti…
Cerró los ojos, como si percibiera algo.
Sí que lo sentía. Todo mi cuerpo me gritaba que fuera con mi compañero destinado.
Me costaba resistirme, incluso con la poción bloqueando mi conexión con mi parte más primitiva.
Solo podía imaginar lo intenso que debía de ser para Alaric, con su poderoso lobo alfa y mi poción contra la plaga de sombras, que al parecer le estaba borrando las inhibiciones.
Sacaba a la luz lo que ya estaba ahí y rebajaba por un rato su desconfianza.
Aquellos eran sus verdaderos sentimientos hacia mí, lo que quería su lobo.
Apreté los labios. Sería tan fácil volver a meterme en la cama con él, perderme en el placer que sabía que podía darme.
—No puedo volver a acostarme contigo —dije.
Mi loba me arañó el pecho por dentro, con dolor. Lo deseaba mucho más allá de la simple atracción y se rebelaba contra mi negativa.
La sonrisa se le borró y el lobo relampagueó en sus ojos.
—¿Por qué?
—No está bien. —Negué con la cabeza—. Tú tenías que casarte con Lyra.
Se incorporó sobre los codos y la mirada se le fue despejando mientras luchaba contra la poción y contra su propio impulso primario.
—Eres mucho más noble de lo que tu engaño haría pensar.
Su mirada intensa me dejó clavada en el sitio. Olfateó el aire y los hombros se le relajaron.
—Puede que todo lo que has dicho sea cierto. Mi lobo confía en ti.
Un breve destello de sorpresa le cruzó el rostro, como si no hubiera pretendido decir esa última parte en voz alta.
—Es cierto —dije, retorciéndome las manos—. Nunca quise hacer daño a nadie.
Asintió, pero sin apartar aquella mirada intensa.
—Aunque en una cosa te equivocas. —El ámbar de sus ojos se oscureció—. Yo no tenía que casarme con tu hermana. Mi compañera destinada eres tú.
Aparté la mirada; se me cerró la garganta y me escocieron los ojos por las lágrimas.
—No puedo volver a traicionarla así. Ya siento que le he robado su vida.
Guardó silencio unos segundos. Al final volví a mirarlo, esperando la ira que merecía.
Me miraba con expresión seria, a pesar de los efectos de la poción.
—No volveré a tocarte hasta que estés preparada.
—Gracias —dije, y se me hundieron los hombros.
—Pero seguirás durmiendo en mi cama.
—Alaric…
—La plaga de sombras empeora de noche. Sigo necesitando tu ayuda. Y… —bajó la voz—. Aquí, conmigo, estás más segura. Si quien asesinó a Lyra está de verdad en el palacio, puede que vuelva a ir a por ti.
Tragué saliva con el nudo que tenía en la garganta. No necesitaba el débil empujón de mi loba para aceptar, pero su satisfacción me reconfortó igualmente cuando asentí.
—Gracias.
Dio unas palmadas en la cama y volví a su lado; lo ayudé a meterse bajo las mantas y me tumbé en mi mitad del colchón. Pero, a diferencia de todas las noches anteriores, no me atrajo contra su pecho ni se echó encima de mí. Apretó la mandíbula, como si contenerse le costara un esfuerzo enorme.
Seguía cortándosele la respiración cada vez que se movía, y su aroma especiado estaba cargado de una excitación embriagadora. Sin llegar a tocarnos, la humedad crecía entre mis piernas y ansiaba volver a sentir el placer que él sabía darme.
Desearlo no significaba que estuviera preparada para perdonarme por haberme quedado con lo que debería haber sido de Lyra.
Cada vez que cambiaba de postura, el roce de las sábanas me lanzaba una punzada de calor directa al centro del cuerpo.
Su aroma especiado, cargado de excitación, asfixiaba la habitación y me envolvía como un peso físico.
Estábamos a unos centímetros el uno del otro.
Destinados. Hambrientos el uno del otro.
Y, mientras apretaba los ojos con fuerza para contener un gimoteo patético, supe que aquella cama iba a ser mi propia cámara de tortura.