La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Había creído que el extraño tirón entre nosotros era simple atracción.

La necesidad abrumadora, la manera en que mi cuerpo parecía reconocerlo antes que mi mente…

Había estado demasiado asustada para cuestionarlo.

Demasiado embriagada por él para comprenderlo.

Demasiado aterrada después de que descubriera mi secreto.

Mi poción había mantenido a mi loba encerrada y, aun cuando las feromonas de Alaric rompieron la magia y el corazón me echó a volar, lo atribuí al vértigo de acostarme con alguien por primera vez.

El corazón me latía desbocado y mi loba quería hundirse en el pecho de Alaric, pero no podía pararme a pensar en lo que eso significaba. Necesitaba que me creyera; todo lo demás podría resolverlo después.

—No preparé ninguna poción para eso —dije—. No sabría ni por dónde empezar.

Apretó la mandíbula.

—¿Cómo puedo fiarme de eso?

—Porque tus feromonas vencieron a mi poción. —Di un paso adelante pese al miedo que me retorcía el estómago—. Todo lo que has estado percibiendo es real.

Su expresión siguió siendo recelosa y me estudió durante un largo rato. El corazón y los pensamientos me iban a mil. Necesitaba una manera de convencerlo de que podía confiar en mí, pero ¿cómo iba un rey Alfa a confiar en una Omega impostora?

—¿Y si pudiera curarte? —pregunté con la boca seca.

Su rostro se quedó inexpresivo.

—He contratado a los mejores médicos de este país. No existe cura para la Plaga de Sombras.

—Todavía —lo corregí—. Pero una poción para enmascarar el aroma de una Omega tampoco existía antes de que yo la creara. Por favor, déjame intentarlo a cambio de mi libertad y de tu ayuda para encontrar al asesino de Lyra.

Entrecerró los ojos.

—¿De verdad crees que puedes curarme?

—Creo que soy tu mejor oportunidad. —Asentí—. ¿Tenemos un acuerdo? Encontrar a quien hizo esto también te beneficia. Tienes un traidor en tu corte.

Frunció el ceño.

—¿Por qué dices eso?

—El asesino usó polvo de piedra de luna finamente molido para ocultar el veneno. Ruda del Crepúsculo. Lo compactaron en el interior de la tiara —expliqué.

No le conté que el aceite de rosas había ayudado a que el veneno actuara con rapidez, pero el recuerdo de mi ayuda involuntaria me quemaba el estómago.

—Solo alguien de dentro del palacio podría haberlo hecho.

Apretó los labios mientras pensaba. No añadí nada más. No podía presionarlo y no quería manipularlo. Probablemente no habría podido ni queriendo. Mi destino estaba en sus manos.

Me soltó el brazo. Casi me desplomé de alivio.

—No te meteré en la cárcel. Por ahora. —Dio un paso atrás. Sus ojos seguían fríos—. Pero si encuentro la menor prueba de que conspiras contra mí, no dudaré en acabar contigo.

Asentí, sin atreverme a confiar en mi voz. Le había mentido desde el momento en que entré en su palacio. Si quería sobrevivir y descubrir quién había matado a Lyra, tendría que demostrarle mi valía.

❦ ❦ ❦

A la mañana siguiente, Alaric fue convocado a una reunión del consejo para tratar lo sucedido en el banquete. Yo pasé el día en el laboratorio, moliendo hierbas hasta convertirlas en polvo fino y midiendo cada ingrediente dos veces.

Mi libertad dependía de lo que creara allí. Si la Plaga de Sombras podía curarse, yo encontraría la manera. Como mínimo, podía dar con un tratamiento mejor con el que ganar algo de tiempo y demostrarle que no pretendía hacerle daño.

Llevaba tiempo trabajando en ello en un rincón de mi cabeza, estudiando sus síntomas y catalogando lo que podría servir.

Mientras ordenaba el laboratorio, había encontrado las notas de sus médicos y los tónicos en los que trabajaban.

Sabía qué no funcionaba y por qué. También me quedó claro que se habían centrado en lo equivocado: lo trataban más como una maldición que como una dolencia fisiológica.

Pero mientras destilaba y purificaba ingredientes, no conseguía mantener la cabeza en el problema que tenía entre manos.

Se me escapaba hacia la noche anterior, hacia los momentos de dicha que había compartido con Alaric antes de que todo se derrumbara.

Todavía no lograba asimilar que él fuera mi pareja destinada y, con la poción enmascaradora de olor corriendo de nuevo por mis venas, el anhelo de mi loba por él se había amortiguado.

Me quité el anillo de boda para ponerme unos guantes de cuero y me quedé mirando la alianza de oro sobre la mesa de trabajo.

Me había acostado con su marido. Fuera mi pareja destinada o no, él tenía que haber sido suyo. El hombre con quien ella debería haber compartido esta vida. Me sentía tan impostora como Alaric me veía.

Removí el caldero de cobre y calenté despacio los ingredientes de mi poción contra la Plaga de Sombras. Ahora Alaric sabía que era una Omega. No podía dejar de preguntarme qué pensaría de ello.

Las Omegas no éramos reinas. No habitualmente.

Si no estábamos para servir, éramos instrumentos de cría.

Juguetes. Algo para el placer y la comodidad de un Alfa, para desecharnos después, cuando ya habíamos cumplido nuestro propósito.

Era raro que un rey Alfa se casara formalmente con una Omega.

Más raro aún que sentara a una en su trono.

Puede que lo de la noche anterior solo hubiera sido la confusión del vínculo de pareja destinada y de la enfermedad. Cuando Alaric tuviera tiempo de pensar con claridad, se arrepentiría. Me miraría y vería lo mismo que todos los demás. Una Omega. Una debilidad.

Machaqué la última hierba con la mano del mortero y vertí el polvo en la mezcla que hervía a fuego lento.

Si pensaba deshacerse de mí en cuanto se recuperara, no podría reprochárselo. Solo esperaba encontrar al asesino de mi hermana antes de que eso ocurriera. Pero hasta entonces, encontraría una cura. Por él. Por el reino. Y quizá, en cierto modo, por la hermana a la que le había robado el marido.

Cuando Alaric regresó a sus aposentos aquella noche, el agotamiento se le había grabado en cada línea del rostro.

El banquete le había costado mucho más que unas negociaciones arruinadas.

Sus consejeros habían pasado el día entero intentando reparar el daño y, a juzgar por su mirada, ninguno lo había conseguido.

Dejé el pequeño frasco de cristal sobre la mesa, entre los dos. Bajó la mirada hacia la poción.

—¿Qué es?

—Un comienzo. —Empujé el frasco hacia él—. No te curará. Todavía no. Pero debería aliviar los síntomas en lugar de limitarse a sedarte.

Lo cogió y examinó el líquido oscuro.

—¿Y cómo sé que no es alguna artimaña para envenenarme ahora que te han descubierto?

Le sostuve la mirada.

—Si quisiera hacerte daño, he tenido oportunidades de sobra mientras estabas sedado. Solo quiero ayudar.

Descorchó el frasco y olfateó el contenido.

—Pruébala tú primero —dijo, y me tendió el frasco.

Recuperé el frasco y me vertí una gota en el dedo. Lamí la poción amarga mientras notaba encima el peso de la mirada de Alaric.

—¿Ves? —dije al cabo de un momento.

Su mirada se volvió aún más pesada, pero un instante después asintió, lo cogió y vació el frasco.

No ocurrió nada de inmediato.

—Dale tiempo —le aseguré—. Déjame trabajarte los puntos de presión.

Entornó los ojos.

—¿De verdad crees que las cosas pueden volver a ser como antes de que descubriera quién eres en realidad?

—Si no puedes creer que de verdad quiero ayudarte, ¿puedes al menos confiar en que hacerlo es lo que más me conviene? —pregunté.

Se frotó la barba incipiente con el cansancio en los ojos. La mayoría de la gente veía su título y su merecida reputación, pero yo veía cada vez más al hombre que había debajo. Deseé con todas mis fuerzas que me creyera.

Después de un largo momento, asintió, se quitó la camisa y se tumbó en la cama.

Me uní a él y mis dedos encontraron los puntos exactos con la soltura que da la práctica.

Sus músculos se tensaron bajo mis manos, como solían hacer antes de ceder.

Pero esta vez sabía exactamente qué se sentía al tener esos músculos contra mi cuerpo, desnudos y pegados a mi piel.

Sus músculos se relajaron más rápido que otras veces, pero él mantenía el cuerpo en tensión de forma deliberada.

La poción funcionaba, y sin embargo se resistía, luchando contra el impulso químico de relajarse.

Flexionó las manos. Me quedé mirándole los dedos.

Sabía lo que podían hacer, lo que se sentía al tenerlos dentro de mí.

Ya no podía acercarme a él desde un punto de vista puramente clínico. Cada parte de su cuerpo, cada suspiro relajado y cada ondulación de sus músculos me recordaban al sexo.

La poción bloqueadora de olor debería haber amortiguado la fuerza que tiraba de nosotros. En cambio, el calor empezaba a acumularse bajo mi piel. Ahora notaba ese vínculo, la manera en que mi loba lo anhelaba, mucho más allá de la simple atracción a la que lo había atribuido.

Tenía todos los motivos del mundo para temerlo, pero mi loba no me advertía de nada. Éramos pareja destinada y ella confiaba en él.

—Date la vuelta, déjame trabajarte la parte de delante —dije.

—No —contestó, con la voz amortiguada por las sábanas—. Así está bien.

Volvió a tensarse, un movimiento intencionado que deshacía mi trabajo.

—Por favor. —Le puse la mano en el hombro y él se apoyó en ella—. Solo quiero ayudar.

Soltó un largo suspiro que terminó en una maldición entre dientes.

Al cabo de un momento se giró despacio, con los miembros laxos y relajados.

La tensión en torno a sus ojos había desaparecido, señal de que el dolor cedía, pero su mirada seguía siendo dura y evaluadora.

Asomó la lengua y se humedeció los labios mientras yo trabajaba a lo largo de sus clavículas.

Su respiración cambió, se le cortó varias veces y se aceleró.

Me atrapó la muñeca y me detuvo cuando intenté subir hacia su cuello. Pero su agarre se suavizó al instante y me acarició con el pulgar el punto donde latía el pulso.

—Esta poción… —Apretó la mandíbula—. ¿Qué le has puesto exactamente?