La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Seraphina

Durante unos minutos de dicha, floté en la neblina del placer. Solo existía el calor, el brazo de Alaric rodeándome, su enorme cuerpo curvado sobre el mío para protegerme y el rastro persistente de sus feromonas de Alfa, que me dejaban los pensamientos blandos y agradablemente confusos.

Jamás había imaginado que un cuerpo pudiera sentir algo así. Jamás había imaginado que entregarme a otra persona pudiera dejarme tan extrañamente completa.

Apoyé la mejilla en su pelo húmedo; él tenía la nariz enterrada en mi cuello.

Tenía el cuerpo tan relajado. Incluso dormido se mantenía tenso mientras la plaga de sombras seguía cobrándose su terrible precio, pero ahora yacía desmadejado contra mí.

Escuché los latidos de su corazón. Firmes. Poderosos. Me encantaba ese sonido.

Se me cortó la respiración.

En algún punto entre descubrir que este poderoso rey Alfa padecía una enfermedad terrible, ayudarlo a soportarla y el momento en que sus feromonas habían encendido en mí un fuego que solo su cuerpo podía apagar, Alaric había llegado a importarme.

Era algo que iba mucho más allá de mi deseo de ayudarlo.

Había visto sus luchas, su vulnerabilidad y su valentía.

Alaric era mucho más que su reputación, y el que me hubiera defendido una y otra vez no hizo más que ahondar mis sentimientos.

Respiró hondo, con la cara aún pegada a mi cuello. Me apretó la cadera con la mano. Volvió a inspirar, rápido.

Se quedó rígido. Me apretó con el brazo antes de echarse hacia atrás.

—¿Quién eres?

El calor se esfumó de la habitación y mi satisfacción brumosa huyó con él. Lo miré fijamente, con el corazón desbocado y la boca seca, incapaz de articular palabra.

Su rostro se transformó: el hombre que me había abrazado con tanta dulzura desapareció y en su lugar quedó el rey al que había temido durante días.

Salió de la cama y eché de menos su calor al instante.

Se irguió en toda su estatura y la luz del fuego dibujó sombras sobre su figura, resaltando sus músculos poderosos y su pecho lleno de cicatrices.

Recogió su ropa y se vistió sin apartar la vista de mí, los ojos ámbar llenos de fuego y rabia.

—Hueles a Omega —gruñó—. Eres una impostora.

Se me heló la sangre. Este era el momento que había temido desde que me inyecté la poción para ocultar mi aroma a escasos pasos del cadáver de mi hermana.

Me agarré a las sábanas para cubrir mi desnudez ante el hombre que acababa de convertir mi primera vez en una experiencia increíble, trascendente.

—Yo… —Tenía la garganta cerrada por el miedo y apenas oía mi propia voz por encima del latido del pulso en los oídos—. Siento haber mentido, pero…

—Vístete —ladró mientras me lanzaba uno de los vestidos de Lyra. El traje que había llevado al banquete yacía hecho jirones alrededor de la cama.

Me levanté y me puse el vestido a toda prisa, con las mejillas ardiendo de vergüenza mientras su semilla me resbalaba por la cara interna de los muslos.

Todo estaba mal. Minutos antes había estado en el paraíso.

No me había dado cuenta de que la poción para ocultar mi aroma hubiera fallado, pero el inmenso poder Alfa de Alaric debía de haber destrozado la magia.

No podía terminar así, no cuando todavía tenía que encontrar al asesino de Lyra.

—Debería hacer que te arrojaran a las mazmorras del palacio. —Su voz hizo temblar la habitación.

—Puedo explicártelo —dije con la voz y las manos temblorosas—. Soy Seraphina. El día de la boda envenenaron a Lyra; quien la mató puso el veneno en la tiara que iba a llevar. —Tomé aire para serenarme, y el dolor y la rabia se impusieron al miedo—. Ocupé su lugar.

—¿Pensaste que te quedarías con el cómodo papel de reina? —se burló, con el rostro convertido en una máscara de furia y desconfianza.

—Pensé que era mi única oportunidad de encontrar a su asesino —lo corregí, alzando el mentón.

Si iban a encarcelarme y ejecutarme, afrontaría mi destino con dignidad y con toda la verdad al desnudo—.

Nunca quise nada de esto. Todo esto tenía que ser de Lyra y alguien se lo arrebató.

Sabía que nadie me creería. Solo soy una Omega.

Preparé una poción para enmascarar mi aroma y vine aquí a encontrar al asesino de mi gemela.

—Lo único que creo ahora mismo es que eres Seraphina —dijo sin inflexión alguna. Me agarró del brazo y empezó a arrastrarme hacia la puerta—. El resto lo averiguaré mientras estés encerrada en las mazmorras.

El terror me recorrió entera. Mi oportunidad de llevar al asesino de mi hermana ante la justicia se me escapaba de las manos, aunque Alaric verificara mi versión.

Si me encarcelaban y quedaba al descubierto, la persona que había matado a Lyra lo sabría y podría borrar cualquier prueba de su implicación. Perdería la única ventaja que tenía.

Clavé los talones en el suelo.

—Por favor, tienes que escucharme.

—¡Ya no quiero oír más mentiras tuyas! —rugió, y el poder brotó de él en una descarga brutal.

Gemí al unísono con mi loba, temblando con el deseo primitivo de ofrecer el cuello y aceptar mi destino. Luché contra mis instintos de Omega, que me pedían someterme. Tenía que hacerle entender a Alaric antes de que fuera demasiado tarde.

Forcejé en vano contra su mano de hierro.

—Por favor, confía en mí…

—¿Confiar? —rugió, y me apretó el brazo con tanta fuerza que me hizo daño.

Me empujó contra la pared, con los ojos ámbar relampagueando de rabia violenta.

Se acercó más, sin soltarme el brazo, y su aroma especiado se volvió afilado y acre, como el aliento de un borracho después de las fiestas de pleno invierno—.

Eres una mentirosa. Aquí no hay confianza.

Todo esto fue pura manipulación. ¿Te enteraste de algún modo de mi plaga de sombras?

¿Por eso te colaste en mis aposentos aquella primera noche?

Alcé la vista hacia sus ojos enloquecidos, más de lobo que de hombre, con el blanco devorado por el fuego de su furia. Las rodillas se me aflojaron de miedo y el pulso me retumbaba como un tambor ensordecedor. Incliné la cabeza y le mostré el cuello a Alaric.

—No sabía nada y no me colé en tus aposentos. —Unas pocas lágrimas sueltas me resbalaron por las mejillas—. La puerta estaba abierta. Fuiste tú el que estuvo a punto de atacarme.

Respiraba con el jadeo desgarrado de un animal salvaje al límite de sus fuerzas. Las ojeras se le habían oscurecido aún más. El episodio de la plaga de sombras de esa noche había sido extremo y sus poderes de Alfa apenas lo habían dominado un instante.

Le puse la mano temblorosa en el brazo y no la retiré ni cuando él se crispó.

—Aquella noche pensaste que estaba allí para atacarte… ¿Por qué?

Sus hombros se tensaron.

—No estás en posición de hacerme preguntas —gruñó.

—Tienes razón, no lo estoy. —Mi voz sonaba áspera por el miedo—. Estoy completamente a tu merced y no podría hacerte daño ni aunque lo intentara.

—Me he tomado tus pociones sedantes… Has tenido todas las oportunidades del mundo para envenenarme.

Se acercó aún más, pero no se sacudió mi mano del brazo.

—Pero no lo hice. Solo quería ayudar.

Tragué saliva con el nudo que tenía en la garganta. Creía haber visto hasta dónde llegaba la vulnerabilidad de Alaric: el gran rey Alfa doblegado por una terrible enfermedad maldita. Pero iba más hondo todavía.

—¿Por qué pensaste que era una amenaza?

—A mi padre lo asesinó alguien en quien confiaba —su voz sonó más fría ahora—. Alguien a quien consideraba un aliado.

Había visto a este hombre en su peor momento y lo había cuidado en sus horas más oscuras, pero no le había entregado nada de mi verdadero yo. Él no podía confiar en alguien que se escondía de él. Le sostuve la mirada, me despojé de mi máscara de cautela y dejé que el dolor me diera fuerzas.

—Entonces, ¿de verdad resulta tan difícil creer que tu novia también fue asesinada?

Tomó aire de golpe. Vi en la línea tensa de su boca y en la dureza de sus ojos que no quería creerme, pero estaba escuchando. Quizá porque comprendía de qué modo la muerte de Lyra lo afectaba también a él.

—Tú querías venganza por tu padre.

Me obligué a respirar, en busca de algo de calma.

—Yo quiero lo mismo por mi hermana. Si hubieras estado en mi lugar, ¿qué habrías hecho?

Aflojó la presa lo justo para dejar de hacerme daño.

Le rogué con los ojos que viera la verdad.

—Confiaste en mí para que te ayudara y lo hice. No quiero hacerte ningún daño; solo quiero respuestas y justicia. Tú conoces el dolor de perder a alguien. Lyra era mi gemela, mi corazón entero. No podía quedarme de brazos cruzados.

No respondió. Se limitó a mirarme un momento antes de inclinarse hacia mí. Su nariz me rozó el pelo, pero sin la calidez de la intimidad que habíamos compartido en su cama. Inspiró profundamente.

—¿Puedes oler si miento? —pregunté.

El engaño era algo complicado de detectar; dependía de la personalidad del mentiroso y de las emociones que la mentira le despertara, pero Alaric era un Alfa y sus poderes superiores deberían haberle facilitado la tarea.

Inhaló mi aroma y la tensión fue abandonando su cuerpo a tirones, como si su mente luchara contra sus instintos. Ganó la mente. Cuando se echó hacia atrás, tenía el rostro endurecido.

—No hueles a mentira. —Sus ojos escrutaron los míos—. Pero me has ocultado tu aroma de Omega. Podrías haber preparado algo para esconder esto también. Y para oler como mi compañera.

Se me cortó la respiración y el mundo giró un instante.

«Compañera», susurró mi loba, como si ya lo supiera.