La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Cada vez que me llamaban por el nombre de mi hermana, el corazón se me encogía dolorosamente. Luché por no reflejarlo en mi rostro. Siguiendo las lecciones de Eliza, no les estreché la mano, sino que me limité a inclinar la cabeza.

La reina Arabella se deslizó hasta situarse junto a nosotros, y su fuerte presencia atrajo la atención de todos.

Un brillo plateado y opalescente alrededor de su cuello me llamó la atención.

Ella también llevaba un collar con docenas de piedras de luna en forma de lágrima colgadas de una gruesa cadena de platino. Se me tensó el estómago.

—Esta es una ocasión histórica —dijo, señalando a los dos reyes—. Vengan, bebamos y hablemos.

Alaric se despidió de mí con un leve asentimiento antes de darse la vuelta.

Cassian y Arabella lo siguieron. Me volví hacia Zinnia, esperando hacerle compañía, pues Eliza me había informado de que ese era mi papel esa noche.

Para mi sorpresa, Zinnia también se marchó y entabló de inmediato conversación con un noble lunetrano.

Quizá pudiera considerarse un desaire, pero yo estaba más que contenta de que me dejaran a mi aire. Mi investigación no avanzaba demasiado, pero aquella era una oportunidad perfecta para mezclarme con la corte del palacio y evaluar si alguno de ellos podría haber asesinado a mi hermana.

El salón de banquetes estaba decorado con la misma suntuosidad que el día de la boda. Enormes estandartes de color púrpura oscuro cubrían las paredes, con el lobo plateado de Rexian estampado, y guirnaldas de frondosa vegetación rodeaban las columnas y adornaban las mesas.

Cerca del enorme hogar central, encontré a un grupo de nobles enfrascados en una conversación sobre posibles acuerdos comerciales con Lunethra.

Por lo que capté, las tierras de cultivo del norte de Rexian daban ya los primeros síntomas de sequía.

Sabía que las zonas más frías del reino eran idóneas para cultivar ingredientes de pociones, especialmente venenos. Quizá, incluso Ruda del Crepúsculo.

Uno de los nobles se dio cuenta de que estaba escuchando y se puso más derecho.

—Reina Lyra —dijo—. Qué placer volver a verla.

Sonreí con cortesía. Me sonaba su cara de la boda, pero me costaba recordar su nombre.

—Sí, el placer es mío. No he podido evitar oír su conversación.

—No deje que Penroy la aburra con los detalles —intervino otro de los nobles—. Le comerá la oreja con los rendimientos de las cosechas.

Se rio de buena gana mientras el otro hombre, Penroy, negaba con la cabeza.

—Brenner cree que todo se resuelve con violencia.

Levanté las cejas mientras estudiaba a Brenner.

Tenía aspecto de curtido en mil batallas, aunque sin tantas cicatrices como Alaric.

Rondaba los sesenta y, por su postura firme, estaba claro que había sido un poderoso guerrero en su juventud.

Penroy, que parecía de una edad similar, tenía más barriga.

¿Llegaría su afición a la violencia hasta el punto de asesinar a una novia que no aprobaba?

—Perdonen mi ignorancia, pero creía que la mayoría de nuestros cultivos se daban en el sur —dije.

Penroy sonrió y se dio un golpecito en la nariz.

—Es usted lista. Aunque, conociendo el historial del comandante Vane, no sorprende que haya salido a él.

—¿Conoce a mi padre? —pregunté, con un hormigueo en la nuca y la loba inquieta bajo la niebla de la poción.

—Solo de oídas —dijo Penroy. Le dio una palmada en el hombro a Brenner—. Tú sí lo conocías, ¿verdad?

—Sí, tratábamos a menudo —confirmó Brenner—. Solo por asuntos de trabajo.

Asentí. Mi padre nunca hablaba de su trabajo en el ejército, pero también es cierto que rara vez estaba en casa después de la muerte de mi madre.

Espanté los sentimientos negativos que brotaban en mí centrándome en la anomalía que no me podía quitar de la cabeza.

—¿Iba a contarme algo sobre las tierras de cultivo del norte?

—Allí cultivamos algunas plantas medicinales clave para el ejército —dijo Brenner—. Nada de lo que deba preocuparse.

Asentí, consciente de que no iba a sacarles más información. Miré hacia donde estaba Alaric, al otro lado de la sala. Estaba inmerso en una conversación con el rey Cassian, con el rostro grave.

Me disculpé con los dos hombres y, sumida en mis pensamientos, me acerqué sin prisa a donde los criados servían las bebidas.

No tenía pruebas de que el ejército cultivara la Ruda del Crepúsculo, ni de que Lunethra también la cultivara, pero contaba con más información y más sospechosos que al principio.

Una cosa sí sabía con certeza: la Ruda del Crepúsculo no se cultivaba en los climas más cálidos del sur.

Me entretuve con mi bebida, un zumo caliente de frutos rojos, espeso y cargado de especias que me recordaba a Alaric.

Me quedé junto a una de las columnas de mármol, contemplando a los asistentes.

Alaric y Cassian seguían conversando y, desde aquel punto, podía ver a Arabella con ellos.

Alaric parecía pálido y rígido, incluso desde el otro extremo de la sala.

Temí que su enfermedad lo estuviera consumiendo. Siempre empeoraba de noche.

Seguí recorriendo la sala con la mirada, buscando destellos de plata y ópalo. Nadie, aparte de Arabella y de mí, parecía llevar piedra de luna. Zinnia emergió de entre la multitud y se acercó a mí con paso indolente. El resto de la investigación tendría que esperar.

—¿Está disfrutando de la velada, princesa Zinnia? —pregunté cuando se detuvo a mi lado.

No era ni de lejos tan alta como Alaric, pero aun así me sacaba más de una cabeza. Su aura de alfa resultaba oscura y espinosa, como un zarzal. Mi loba gruñó en mi mente.

—Estoy aquí para servir a mi reino, no para divertirme —dijo arrastrando las palabras.

Su llegada despertó el interés de los nobles que nos rodeaban; varios se volvieron hacia nosotras y otros tantos fingieron no escuchar, aunque los delataba esa postura tiesa y calculada de quien no se pierde una palabra.

Me recorrió con los ojos. Luego hacia abajo. Luego otra vez hacia arriba.

—Confieso —dijo, haciendo girar el vino en su copa— que no esperaba que la reina de Rexian fuera tan… pequeña y frágil.

Su aura palpitaba con las mismas púas que sus palabras. Un movimiento por el rabillo del ojo me llamó la atención. Alaric había levantado la cabeza de golpe y nos miraba fijamente. Zinnia continuó:

—Aunque supongo que no debería sorprenderme. Incluso una beta parece poco partido para un rey alfa.

La conversación a nuestro alrededor se apagó.

Mis dedos se cerraron con fuerza en torno a la copa.

Había soportado insultos mucho peores en casa, donde todos me conocían no solo como una omega, sino como el bebé frágil cuya sangre se había vuelto contra la de mi hermana y, al final, le había costado la vida a mi madre.

Una pulla por mi estatura no era nada comparada con aquello, pero tampoco iba a tragarme el insulto.

Le dediqué mi sonrisa más dulce.

—Siempre he pensado que quienes están seguros de su propia fuerza rara vez necesitan medirla con la de los demás.

Unos cuantos nobles cercanos tosieron sobre sus copas.

La expresión de Zinnia se endureció.