La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Seraphina

Desperté sola. Me giré boca arriba y me quedé mirando el dosel.

Me llevé la mano a la mejilla, toqué el lugar donde habían descansado los dedos de Alaric la noche anterior y sentí el cosquilleo que aún me resonaba en la piel.

Mi anillo de boda atrapó la luz de la mañana; me quedaba grande, un recordatorio constante de que no lo habían hecho para mi dedo.

Casi lo había besado la noche anterior, y habría sido un error terrible, imperdonable. Alaric tenía que haber sido el marido de Lyra. Cada vez que recordaba lo cerca que había estado su boca de la mía, la culpa me retorcía por dentro.

Pero ni la vergüenza conseguía apagar mi deseo. No dejaba de pensar en el calor de su piel. En la fuerza de su mano. En cómo se me había acelerado el pulso cuando me tocó.

Había admitido que habría condenado a Lyra a una vida de aislamiento. Habría sido un marido horrible para ella. Solo eso debería haber bastado para apartarme de él. Y, sin embargo, hasta el recuerdo de su mano en mi mejilla bastaba para que el deseo me vibrara en las venas.

Aparté las mantas de un tirón y me levanté de la cama; necesitaba huir del aroma oscuro y especiado de Alaric, que me nublaba la cabeza y el juicio. Tenía que dejar de pensar en él. Tenía que encontrar al asesino de Lyra. Para eso estaba allí.

Pensaba pasar la mañana explorando más zonas del palacio, pero después del desayuno Eliza me informó de que se celebraría un banquete para dar la bienvenida al rey de Lunethra y a su delegación.

Pasé el día preparándome. Aquella noche me puse delante de un espejo de cuerpo entero.

El vestido de seda color lavanda que me habían entregado para la ocasión llegaba hasta el suelo, con un corpiño ajustado que se abría a la altura de las caderas y caía en capas de falda que se mecían y ondeaban como el agua.

Pero no podía disfrutar de aquel vestido precioso. Mi loba estaba inquieta; la luna llena la arrastraba a la superficie.

—¿Podría dejarme un momento a solas? —le pregunté a Eliza, que me había traído el vestido y se había quedado para asegurarse de que entendía la etiqueta que exigía la velada.

Me lanzó una mirada evaluadora, como una profesora que intenta decidir si una alumna está realmente lista para graduarse.

—Sí, mi reina —dijo al fin—. Pero no tendrá mucho tiempo. Enviaré a una doncella dentro de unos minutos para que se ocupe de los últimos detalles.

En cuanto me quedé sola, fui al armario y aparté la ropa para sacar la caja que había traído de casa.

Me había tomado la dosis matutina de la poción para enmascarar mi olor, pero temía que no fuera suficiente.

Mi loba paseaba sin descanso por la celda en la que la poción la encerraba.

No podía permitirme un desliz, y mucho menos delante de la realeza Alfa extranjera.

Me inyecté otra dosis y apreté los dientes para soportar el ardor abrasador de la poción al recorrerme las venas. Me dio vueltas la cabeza, pero no podía quedarme esperando a que pasaran los efectos secundarios. Cualquiera podía entrar en cualquier momento.

Guardé los instrumentos a toda prisa en la caja y la cerré con llave. Apenas acababa de devolverla a su escondite y cerrar las puertas del armario cuando entró una doncella.

—Su Majestad, me ha enviado Eliza.

Asentí y, cuando me lo pidió, me coloqué delante del espejo mientras ella me ajustaba la parte de atrás del vestido.

Las puertas de mi habitación se abrieron de nuevo y pensé que volvería a ver a Eliza, probablemente para repetirme que debía entretener a la princesa de Lunethra con conversación ligera y evitar cualquier asomo de política. En cambio, en el espejo vi entrar a Alaric.

Llevaba su uniforme de gala negro y plata, cuyo corte elegante le resaltaba los hombros anchos y el cuerpo fuerte.

Le daba un aire de rey y de general a la vez, pero no fue su poder lo que me cortó la respiración.

Fueron las líneas largas de sus piernas musculosas, la forma en que los brazos se le marcaban bajo la tela de la chaqueta y la intensidad de su mirada.

Cruzó la habitación con determinación y se detuvo detrás de mí.

—¿Su Majestad? —dijo la criada con una inclinación de cabeza y una reverencia.

—Déjanos —ordenó él, y la mujer salió de la habitación a toda prisa y nos dejó solos.

—¿Alaric? —pregunté.

Como me sacaba más de treinta centímetros, podía verle la cara sin esfuerzo aunque estuviera detrás de mí, con el calor de su cuerpo templándome la espalda.

No dijo nada durante un momento, con los ojos puestos en mi reflejo.

Me recorrieron como una caricia, me pasaron por las caderas y la curva de la cintura y terminaron por detenerse en mi cuello.

El ámbar de sus ojos destelló con hambre.

Se llevó la mano al bolsillo y sacó una caja de terciopelo.

—No te muevas.

Antes de que pudiera preguntar por qué, la abrió. Dentro brillaba un collar. Los diamantes y las pálidas piedras de luna atrapaban la luz.

Se me cortó la respiración al ver las piedras que habían servido para esconder el veneno que mató a Lyra.

Las piedras de luna eran como grilletes fríos de muerte en mi cuello, pero el contacto cálido de Alaric impidió que aquel frío me llegara al corazón.

Sus dedos me rozaron la piel al cerrar el broche y un estremecimiento me recorrió la espalda.

Su contacto se demoró, suave e íntimo, y me hizo olvidar cómo se respiraba.

—Esta noche es un campo de batalla —murmuró mientras me acariciaba con el pulgar el hueco de la garganta—. Llévalas puestas. Que sepan que tu lugar está a mi lado.

Nuestros ojos se encontraron en el espejo y no pude apartar la vista, atrapada en su mirada intensa.

Hoy sus ojos ámbar estaban más encendidos.

Quizá porque esa noche había luna llena.

Todos los lobos sentían el poder de la luna en su punto más intenso, pero a los Alfas les afectaba más que a nadie.

El pulso me palpitaba desbocado bajo sus dedos. Y, a juzgar por el leve temblor de sus labios, él se había dado cuenta.

Cuando retiró la mano y dio un paso atrás, sentí frío.

Toqué el collar. Descansaba sobre mi pecho en finos lazos de cadena de platino, y las gemas brillaban sobre mi piel pálida como estrellas.

—Gracias.

—Es lo mínimo que mereces —murmuró. Me ofreció el brazo—. Ven, ya es hora de cumplir con nuestro deber.

Rodeé con la mano su brazo fuerte y dejé que me guiara por el palacio. Su calor ayudó a ahuyentar el frío que las piedras de luna aún me dejaban en el cuello. En lo alto de la escalera que bajaba al gran salón, las trompetas ahogaron el bullicio de los invitados reunidos.

Más fuerte aún me retumbaba el pulso en los oídos.

Apreté la mano sobre el brazo de Alaric; los nervios me encogían el estómago.

Él se mantenía erguido, con la postura rígida y los hombros tensos.

Su aroma especiado era más pronunciado esa noche, pues la luna llena intensificaba su poder. Su cuerpo vibraba con ese poder.

—¿Estás lista? —preguntó, y ladeó la cabeza hacia mí—. Podemos tomarnos un momento antes de que nos anuncien.

El aroma a canela y clavo se hizo más intenso y me apoyé en él; los nervios se me calmaron ante aquella atención tan inesperada.

—Entiendo que esta noche es importante… —aventuré. No sabía mucho de los vericuetos de la política.

—Sí —asintió con rigidez—. Hemos mantenido una tregua tensa con Lunethra, pero si esta noche va bien, tendremos más posibilidades de alcanzar la paz.

—Eso significaría menos muertos en el campo de batalla —dije, pensando en mi padre. La batalla en cuestión había sido contra Nyxia, pero sabía lo suficiente para entender que una alianza haría más fuerte a nuestro reino y menos audaces a nuestros enemigos.

—Exacto —dijo él, con la boca convertida en una línea fina. Estaba claro que el deber le pesaba enormemente. No pensaba fallarle, ni a él ni al reino.

—Estoy lista —asentí.

Bajó las escaleras y se acercó a las grandes puertas dobles del salón de banquetes. Los guardias se pusieron firmes, saludaron a su rey y empezaron a abrirnos la puerta.

Respiré hondo para serenarme y apreté el brazo de Alaric. Él posó su mano sobre la mía, y aquel gesto íntimo me aceleró el corazón por un motivo completamente distinto.

El heraldo dio un paso al frente cuando la puerta se abrió del todo. Las trompetas sonaron de nuevo, reclamando la atención de los invitados reunidos.

—¡Sus Majestades el rey Alaric y la reina Lyra de Rexian! —anunció.

Todas las miradas se posaron en nosotros al entrar. Reconocí algunos rostros de la boda de los nobles rexianos, pero aquella noche había mucha más gente.

Un hombre alto, de unos cincuenta y cinco años, estaba al otro extremo del salón conversando con la reina Arabella.

Tenía el pelo oscuro, con canas en las sienes, y un aire severo.

Su aura de Alfa resultaba evidente incluso desde el extremo opuesto de la sala.

Supe de inmediato que debía de ser el rey visitante.

Lo acompañaba una mujer quizá solo uno o dos años menor que yo y, sin embargo, poseía toda la gracia y el poder propios de la realeza, mientras que yo me sentía, hasta la médula, la impostora que era.

Tenía el pelo negro azabache y los ojos ambarinos, afilados como los de un águila.

Era tan hermosa como aterradora. Cuando se acercaron, percibí que ella también era una Alfa, y que el resto de su séquito eran Betas.

Los únicos Omegas allí eran los sirvientes, además de mí. Aunque eso nadie lo sabía.

—Rey Cassian —saludó Alaric a su homólogo—. Nos honra su visita.

—Y a mí me honra la suya —respondió él con formalidad. Se dieron la mano—. Permítame presentarle a mi hija, Zinnia.

Ella también estrechó la mano de Alaric, aunque dejó la suya en la de él un segundo más.

—Es un placer conocerlo. Qué pena habernos perdido su boda.

Sus ojos se desviaron hacia mí y juré ver ira en ellos, aunque no entendía por qué.

—Mejor no mezclar la política con el placer —replicó Alaric—. Esta es mi esposa, la reina Lyra.