La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¿Dónde te duele más? —preguntó mientras me quitaba la chaqueta y la camisa. Había vuelto a empapar la tela de sudor a medida que el dolor avanzaba.

—En las caderas y las piernas —dije. El espasmo de la espalda había cedido durante el día, pero el dolor se había trasladado más abajo.

—Entonces será mejor que te quites también los pantalones —dijo, sin reconocer lo sugerente de su petición.

Con los miembros rígidos, me desnudé hasta quedarme en ropa interior. Moverme se había vuelto difícil y solo pude sentarme con la espalda apoyada en el cabecero.

Lyra me siguió a la cama y se sentó a mi lado.

Empezó por la parte inferior de las piernas y fue subiendo: espinillas y pantorrillas, rodillas y después muslos.

Su tacto fresco y sus dedos ágiles aliviaron lo peor del dolor, pero, a medida que los nudos y los espasmos cedían, fui cada vez más consciente de la intimidad de aquel contacto.

Como ocurría a menudo cuando Lyra me atendía, mi miembro se despertó.

—¿Dónde aprendiste esto? —pregunté, para distraerme del deseo creciente.

—De mi madre —respondió, y se acercó lo bastante para que percibiera su aroma fresco y vivificante—. Estuvo enferma muchos años.

—Ah.

Recordé que su padre había mencionado una vez que su esposa había sufrido las consecuencias de llevar en el vientre a unas gemelas Beta y Omega, pero no me había imaginado hasta qué punto.

—Lo siento.

—Yo también.

No me miró a los ojos mientras subía a los hombros y me trabajaba los puntos de presión de la zona. Curiosamente, también aliviaron el dolor de las caderas.

Durante varios minutos, el único sonido fue el crepitar suave del fuego en la chimenea. Cuando terminó, apoyó la mano en mi hombro para mantener el equilibrio, se estiró por encima de mí y cogió el frasco de sedante de la mesilla que había junto a la cama.

Su mano fue un bálsamo fresco contra mi piel febril por el dolor.

Su cuerpo rozó el mío y su aroma volvió a llenarme la nariz, como un tónico que calmaba y vigorizaba a la vez.

A pesar de su figura delgada, había en su cuerpo una suavidad que me hacía temblar las manos por el impulso de agarrarle las caderas y acariciarle los costados.

La luz del fuego la rodeaba como un halo y le encendía el pelo, que brillaba casi blanco en aquel resplandor cálido.

Cuando se echó hacia atrás, nuestros ojos se encontraron; su mirada azul hielo, habitualmente afilada y evaluadora, estaba ahora suave.

Se quedó quieta a medio camino, atrapada en el mismo hechizo que aquel instante tejía para nosotros, embrujada por una intimidad que trascendía su tratamiento.

Respirábamos el mismo aire: su exhalación se convertía en mi inhalación.

Estaba lo bastante cerca para que distinguiera los diminutos hilos plateados escondidos entre su cabello pálido. Lo bastante cerca para sentir cómo se le cortaba el aliento, con un pequeño y agradable temblor del pecho allí donde se apoyaba en mi hombro.

Mi lobo ronroneó complacido en mi pecho y la mano se me alzó casi sin permiso. Le acaricié la mejilla con los dedos. Tenía la piel muy suave.

Sería tan fácil salvar la escasa distancia que nos separaba y capturar esos labios rosados y perfectos con los míos, mostrarle cómo me afectaba. Sus labios se separaron y olí en el aire el dulce inicio de su excitación.

Y, sin embargo, ella se apartó de golpe. Los pocos centímetros que nos separaban bien podían haber sido kilómetros y, aunque mi lobo me instaba a cerrar la distancia, me resistí. No la forzaría.

Bajé la mano.

—Te pido disculpas.

Ella negó con la cabeza rápidamente, pero puso más distancia entre nosotros.

—No, no tienes por qué disculparte.

—Sí —dije, y miré hacia el fuego—. Le hice una promesa a tu padre, pero tú no elegiste esto.

Le lancé una mirada a Lyra. Se estaba mordiendo otra vez el labio inferior, sin ser consciente de lo loco que me volvía.

—¿Habló de nosotras? —preguntó ella con dolor en los ojos.

—Sí. —Una leve sonrisa me curvó los labios—. Habló maravillas de ti. Estaba muy orgulloso de la mujer en la que te habías convertido.

Se le tensó la mirada y el azul hielo se volvió aún más frío.

—¿Y de Seraphina? ¿Qué dijo de ella?

Caí en la cuenta de todo lo que Lyra había perdido. Su madre en la infancia, después su padre hacía unas semanas y, por último, su gemela.

—Os quería a las dos. Lo siento, sé que el dolor debe de seguir en carne viva.

Agarró el frasco del sedante con tanta fuerza que los dedos se le quedaron blancos. La pena se le marcaba en las líneas tensas del rostro, pero en los ojos le relampagueaba una ira profunda. Apretó la mandíbula mientras luchaba por mantener la compostura.

No podía culparla; le habían arrebatado todo. No solo a su familia entera, sino también su futuro. La habían atado a mí sin su consentimiento, a un hombre debilitado por la enfermedad al que se veía obligada a hacer de enfermera.

—Lo siento, merecías algo mejor de lo que puedo darte —dije.

Dejó el frasco del sedante a un lado con manos temblorosas.

—Cuando le prometiste a mi padre que te casarías conmigo —dijo con la voz tomada por la emoción—, ¿tuviste alguna vez la intención de amarme?

La pregunta me pilló completamente desprevenido. El amor. Nunca me lo había planteado.

—Yo…

No tenía respuesta.

Me sostuvo la mirada con un desafío digno de un Alfa.

—Si no te hubiera resultado útil para tu enfermedad —dijo con voz ya firme—, ¿me habrías condenado a una vida de soledad y aislamiento?

Me quedé mirándola. Había creído que honraba al comandante Vane al darle a su hija seguridad, protección y comodidad. Todo lo que una reina necesitaba. Ni una sola vez me había detenido a pensar si algo de eso bastaría para la propia mujer.

Lyra tenía razón; la habría condenado a esa vida. Era la misma vida que yo llevaba. Toda mi atención estaba puesta en mi deber con el reino y en la batalla interminable que libraba contra una enfermedad que amenazaba mi capacidad de servir y gobernar.

Sus hombros frágiles y hundidos soportaban un peso que yo no había sabido ver. Bajo sus hermosos ojos tenía unas ojeras que rivalizaban con las mías. Ella también cargaba con una losa. Toda su familia muerta, su vida transformada por completo, encadenada a un marido al que nunca había visto.

La llevaba con tanta elegancia que se me había pasado por alto del todo: había estado tan ciego ante ella como me dejaba el mal de las sombras en sus peores momentos. Y la habría dejado en esa oscuridad si ella no hubiera entrado en la mía para mostrarme la luz.

—Lo habría hecho —respondí, porque como mínimo merecía la verdad—. Y habría sido un error.

Abrió los ojos de par en par, conmocionada. Mi lobo presionó en mi mente, instándome a atraerla a mis brazos y demostrarle que la deseaba más allá de lo que pudiera hacer para aliviar mi sufrimiento. Me costó un gran esfuerzo reprimir el impulso, aunque nunca llegó a desaparecer del todo.

Incluso después de tomar el sedante y de cubrir el cuerpo de Lyra con el mío para dormir, seguía vibrando de deseo.