La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Seraphina

Entré en el dormitorio del rey aquella noche con el corazón en la garganta.

Alaric estaba de pie junto al fuego, vestido con un uniforme oscuro.

Tenía los hombros rígidos y una mano apoyada en la repisa de piedra.

Mientras esperaba a que reparara en mi presencia, solo podía pensar en cómo me había acorralado contra la pared y en cómo había notado su miembro endurecerse contra mí.

El recuerdo me encendió la piel y, a la vez, el pulso se me desbocó.

No me miró de inmediato.

—Debí de olvidar echar el cerrojo anoche.

—No debí entrometerme —respondí, odiando el temblor de mi voz.

La habitación, ahora iluminada por el fuego, resultaba más íntima que la noche anterior, cuando estaba muerta de miedo.

Los libros cubrían una pared; los mapas, otra.

No había lujos innecesarios, solo lo práctico.

Parecía menos el dormitorio de un rey y más el cuartel general de un comandante en el que, por casualidad, había una cama.

El pulso se negaba a calmarse. ¿Era por eso por lo que me había hecho llamar? ¿Para reclamar por fin la noche de bodas que había postergado? Si aquella noche también había sufrido un ataque de plaga de sombras, no era de extrañar que no hubiese querido compartir el lecho.

Al pensarlo, el calor me subió a las mejillas, pese al nudo de culpa que se me apretaba bajo las costillas.

Giré el anillo de boda en el dedo; la ligera holgura me recordaba que había sido hecho para la mano de Lyra y que era ella quien debía estar unida a este hombre.

Y, sin embargo, cada vez que él entraba en una habitación, algo dentro de mí se inclinaba hacia él en contra de todo sentido común.

Odiaba que a mi cuerpo no parecieran importarle el bien ni el mal.

Alaric se volvió al fin. Sus ojos ambarinos estaban más despejados que la noche anterior, pero el agotamiento le había cavado sombras profundas debajo.

Se llevó la mano al cierre del cuello y lo abrió. Uno por uno, fue desabrochando los botones hasta dejar al descubierto la camisa que llevaba debajo. Cuando la casaca quedó abierta, se la quitó y empezó también con la camisa.

Me quedé inmóvil, atrapada en su mirada, con el corazón latiéndome como el de un conejo perseguido.

Nunca me había acostado con un hombre y, aunque mi cuerpo le respondía como a ningún otro, el miedo y la vergüenza me atenazaban.

Las chicas del pueblo susurraban que dolía, que los hombres podían ser brutales y egoístas, y aunque él no lo fuera, debía ser de Lyra.

—El dolor empezó hace una hora —dijo—. Prefiero atajarlo antes de que se convierta en otro ataque completo.

No se estaba desnudando porque me deseara. Se estaba preparando para el tratamiento. El alivio llegó acompañado de una dosis vergonzosa de decepción.

Cuando dejó caer la camisa al suelo, se me cortó la respiración. Las cicatrices que había vislumbrado en la boda no eran nada comparadas con esto. Viejas heridas de arma blanca, marcas de mordiscos y zarpazos le cruzaban el pecho y los hombros, pero no era eso lo que me tenía absorta.

Unas venas oscuras se extendían bajo la piel, venas que nacían de una cicatriz irregular en el vientre firme. Trepaban por las costillas y a lo largo de un costado de la espalda, ramificándose como tinta derramada bajo la carne. Por eso la llamaban plaga de sombras.

Cada pocos segundos, los músculos de alrededor se contraían con violencia y se tensaban tanto que todo su cuerpo se estremecía. Tenía que ser una agonía.

—¿Se extiende? —pregunté, dando un paso vacilante hacia él.

—Despacio. —Otro espasmo lo recorrió—. La mayoría de los médicos prefiere no mirar.

—Yo no soy médica —señalé.

—No. —Por primera vez desde que había entrado, algo más suave le cruzó el rostro—. Pero ellos tampoco consiguieron ayudarme nunca. —Se sentó con pesadez en el borde de la cama—. Tú sí. Quiero que uses las mismas técnicas de anoche.

Vacilé solo un instante antes de cruzar la habitación.

Me arrodillé a su lado y le puse las puntas de los dedos sobre los músculos tensos bajo la clavícula.

Él inspiró con brusquedad. El músculo bajo mi mano estaba duro como piedra tallada.

Puede que la enfermedad no le hubiera robado la vista esa noche, pero debía de estar sufriendo un dolor atroz.

Hundí los dedos con cuidado en el punto de presión y luego en otro, en el costado del cuello. Su respiración se estabilizó durante dos inhalaciones lentas y los músculos empezaron a ceder.

Entonces se le bloqueó el cuerpo entero: todos los músculos se contrajeron a la vez.

Soltó un gruñido estrangulado y me cerró la mano en torno a la muñeca.

Antes de que pudiera reaccionar, el mundo se inclinó y mi espalda dio con el colchón.

Su peso me inmovilizó mientras una mano enorme me atrapaba ambas muñecas por encima de la cabeza.

La otra se apoyó junto a mi hombro mientras él respiraba a bocanadas desgarradas.

Cada músculo le temblaba por el esfuerzo de mantenerse entero.

Mostró los dientes y el ámbar de los iris le inundó los ojos por completo. Estaba preso del instinto más primario y temí que, si perdía el control del todo, no fuera capaz de detenerse.

—Su Majestad.

Apretó más fuerte. Un dolor me atravesó el brazo. Me obligué a quedarme quieta. Si intentaba huir, solo conseguiría que me persiguiera.

—Me has traído aquí porque te ayudé.

Su respiración seguía siendo irregular.

—Alaric —dije. Él dio un respingo—. Escucha mi voz. Estás a salvo.

Cerró los ojos con fuerza durante una fracción de segundo, mientras otra oleada de dolor le cruzaba el rostro.

—Sé que duele —murmuré—. Solo respira.

Despacio, de forma deliberada, acomodé mi propia respiración al ritmo que quería que él siguiera.

—Inspira.

El pecho se le alzó.

—Espira.

Se le escapó un estremecimiento. Aflojó la presa lo más mínimo. Fue suficiente. Saqué una mano con cuidado y encontré el punto de presión bajo la mandíbula. Todo su cuerpo dio una sacudida antes de que la tensión rígida cediera un poco.

—Voy a ayudarte —susurré—. Como anoche.

Con la mano libre, busqué en la bolsita que llevaba bajo la manga y saqué el frasco de sedante. No se resistió cuando se lo acerqué a los labios. Tragó.

Minuto a minuto, la resistencia lo fue abandonando. Dejó caer la frente contra mi hombro y su peso aplastante dejó de parecerme una amenaza.

—Te tengo —me oí decir antes de poder pensarlo mejor.

Su respiración se fue calmando. Los temblores seguían llegando, pero más espaciados. Al final, levantó la cabeza lo justo para mirarme. La furia había desaparecido y solo quedaba el agotamiento.

Alcé las manos y le trabajé los puntos de presión del cuello hasta que lo peor de los espasmos cedió. Se quedó inerte sobre mí, con el rostro hundido en mi cuello. El brazo que me rodeaba la cintura se acomodó con una suavidad sorprendente para la fuerza que tenía.

—Quédate.

La orden le salió por instinto.

Se movió lánguidamente contra mí; su cuerpo entero cubría el mío sin esfuerzo.

Su aroma cambió: el filo se fue con el dolor y el intenso olor especiado de Alfa se volvió más fuerte.

El poder que siempre irradiaba de él también cambió, y la presión opresiva dio paso a un pulso primitivo.

Su miembro volvía a endurecerse, como la noche anterior, y se apretaba contra mi vientre.

Su nariz me rozó el cuello y un cosquilleo delicioso me bajó por la espalda y me hizo estremecer.

—Si vuelve a empezar… —murmuró, ya medio dormido—, puedes ayudarme. Incluso cuando consigo dormir de noche, el dolor me despierta varias veces.

No fui capaz de protestar. Me gustaba el peso macizo de su cuerpo y el roce suave de su rostro contra mi cuello.

Hasta me gustaba la gruesa dureza atrapada entre los dos.

Pero cuando el reflejo del fuego tembló en mi anillo, allí donde mi mano descansaba sobre las sábanas de Alaric, la culpa me cayó en el estómago como si me hubiera tragado una piedra.

Aquel tenía que haber sido el lecho nupcial de ella, y aquel, su marido.

Me quedé rígida debajo de él, escuchando cómo su respiración se serenaba poco a poco.

El sueño no debería haber llegado con facilidad, pero llegó.

Solo una vez me despertó, gruñendo de dolor y apenas consciente.

Usé mis conocimientos sobre los puntos de presión para aliviarle el dolor lo suficiente como para que los dos volviéramos a dormirnos en cuestión de minutos. No se movió de su sitio, encima de mí.

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La luz de la mañana que se filtraba entre las cortinas apenas alivió la vergüenza que se apoderó de mí cuando, al despertar, me di cuenta de que seguía acurrucada contra el costado de Alaric.

Se removió, y un destello de dolor le cruzó el rostro, aunque nada comparable a la agonía de la noche anterior.

Si su erección había bajado en algún momento de la noche, había vuelto con toda su fuerza y se apretaba contra mí de un modo enloquecedor.

Se me cortó el aliento, el cuerpo se me encendió y me humedecí entre las piernas.

No tenía ningún control sobre la reacción de mi cuerpo.

Sus ojos ámbar encontraron los míos; carraspeó, se apartó de mí rodando y se cubrió el regazo con las sábanas.

—La poción. —Tenía la voz ronca de sueño—. ¿De dónde la sacas?

—¿El sedante? —pregunté.

¿Podía arriesgarme a decir la verdad? Nunca nos había conocido a ninguna de las dos.

—Lo preparo yo.

Una ceja oscura se arqueó.

—¿Lo has preparado tú?

—Sí.

Me estudió durante un largo instante.

—Ven conmigo.

Se levantó de la cama con esfuerzo y al instante eché de menos el calor pesado de su cuerpo. Aparté la mirada mientras se ponía una camisa limpia y la chaqueta. Yo no necesitaba vestirme: la noche anterior no me había dejado cambiarme antes de inmovilizarme contra la cama.

¿Me habría descubierto? Si sabía algo de Lyra, sabría que ella no era la gemela experta en pociones.