La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Su cuerpo inmenso seguía apretado contra el mío, pero me soltó la garganta.

Sentía cada músculo poderoso bajo la camisa, tenso y abultado.

Su aroma era denso y embriagador, una mezcla intensa de clavo, canela, bayas secas y algo profundamente masculino.

Me recordó a la bebida tradicional de las fiestas de pleno invierno, aunque de algún modo más oscura y mucho más seductora.

Mi loba, reprimida y sepultada bajo la poción que ocultaba mi olor, debería haberse acobardado ante la amenaza que él suponía, pero, por debajo de aquella niebla, soltó un gruñido sordo de interés.

Despacio… tan despacio que me pregunté si servía de algo, su respiración se fue alargando. Pero el alivio no bastaba para calmar su agonía. Metí la mano en la bolsita oculta bajo la capa. El pequeño frasco de cristal con el sedante seguía allí. Lo descorché.

—Beba —lo animé.

No se movió.

—Sé que no puede verme —dije con voz suave—. Soy… su esposa. Puede confiar en mí. Puedo ayudarle.

Encontré otro punto de presión en la base del cráneo y apoyé allí las yemas de los dedos, con pequeños círculos de masaje. Tenía el pelo oscuro húmedo de sudor, pero suave como la seda.

Dejó escapar un suspiro de alivio y apretó el cuerpo con más fuerza contra el mío.

Su virilidad se agitó contra mí y se me escapó un leve jadeo.

El pulso me dio un brinco y algo muy dentro de mí se contrajo.

Nunca había visto ni sentido a un hombre excitado, solo lo había leído en mis libros.

Nunca esperé que algo dentro de mí respondiera con el mismo calor.

Mi loba luchó contra la poción, con el deseo dándole fuerzas, mientras a mí me bañaba una vergüenza al rojo vivo.

No tenía ningún derecho a sentir aquello por el hombre que debería haber pertenecido a mi hermana.

Y aun así, el gruñido hambriento de mi loba resonó en lo más hondo de mi mente.

—Por favor —susurré—. Déjeme ayudarle.

No tenía ningún motivo para confiar en mí, pero cogió el frasco de mi mano. Sus dedos rozaron los míos y una oleada de calor me recorrió el brazo. El mismo hormigueo extraño que había sentido en la boda, pero más fuerte, más agudo.

Algo tembló en su expresión. Casi… reconocimiento. Bebió; la garganta le subía y bajaba, y unas gotas de sudor le resbalaban por el cuello. ¿Por qué quería enterrar la cara justo ahí?

Noté que el sedante empezaba a surtir efecto y que su cuerpo se relajaba.

Salvo una parte, que solo se endureció más.

Tragué saliva mientras lo empujaba con suavidad y me alegró que respondiera a mis manos.

Lo guie hacia el borde de la enorme cama antes de que la medicina hiciera pleno efecto y acabara desplomado en el suelo.

Se dejó caer sentado con todo su peso. Seguía respirando de forma irregular. El dolor no había desaparecido, nunca desaparecería tratándose de la Plaga de Sombras, pero lo peor empezaba a aflojar las garras.

Me arrodillé a su lado y le masajeé en círculos suaves los puntos de presión de los antebrazos. La piel le ardía bajo mis dedos. Bajo mis manos, cicatrices de guerra le cruzaban los brazos. Heridas antiguas. Incontables.

El temido rey Alfa ya no parecía un tirano, sino un hombre que llevaba demasiado tiempo librando una batalla en solitario.

Al final, los hombros se le relajaron y la respiración se le fue acompasando; las líneas de agonía se le borraron del rostro. Se dejó caer hacia atrás en la cama y los párpados se le entreabrieron con un temblor. Esta vez lograron enfocar. En mí.

—…¿Lyra? —Su voz era apenas un susurro. El corazón se me encogió al oír el nombre de mi hermana en su boca—. Me has ayudado.

Asentí.

—Debería descansar.

Me observó como si intentara resolver un acertijo.

—Yo…

El sedante se llevó el resto de la frase. Cerró los ojos. A los pocos instantes, su respiración se volvió profunda, la de un sueño agotado.

Me puse en pie sin hacer ruido, miré hacia la puerta y luego otra vez al rey dormido.

Si había asesinado a Lyra, era el mejor actor que había conocido en mi vida. O… no la había matado él.

Salí de la habitación con el mismo sigilo con el que había entrado y, tras dar marcha atrás y desandar lo andado, encontré el camino de vuelta a mi cuarto, pero mis pensamientos no se despegaron del hombre que había encontrado retorciéndose de dolor, ni del confuso enredo de sentimientos y sensaciones que despertaba en mí. Caí en un sueño intranquilo.

A la mañana siguiente, los golpes en las puertas de mi alcoba me hicieron incorporarme de golpe en la cama, con el corazón desbocado. Las puertas se abrieron de par en par y el rey Alaric entró a grandes zancadas, el rostro convertido en una máscara fría y severa.

Se me tensó el estómago y el pavor me fue calando por dentro. ¿Iba a castigarme por haber entrado en sus aposentos y desobedecer sus órdenes? ¿O había descubierto de algún modo que era una impostora?

—Le pido disculpas por haber entrado en su ala, Su Majestad…

Sus ojos ambarinos se clavaron en los míos y su aura de Alfa, imponente, me arrancó las palabras de la boca.

—A partir de esta noche, dormirás en mis aposentos.