La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Eso no me ayudaba a reducir la lista de sospechosos, y no estaba segura de poder insistir sin despertar sospechas.

Por la tarde, la conversación con Arabella y Eliza derivó hacia apariciones benéficas, fiestas de la cosecha, cenas diplomáticas y reuniones con familias nobles.

—¿Preferiría prestar su nombre al monumento conmemorativo o al orfanato? —preguntó Eliza, como si yo supiera a qué se refería.

—Em…

Arabella dejó la taza de té con fuerza suficiente para hacer tintinear el platillo.

—¿Las obras de caridad que querías apoyar? —me apuntó.

—Por supuesto —dije enseguida, y enredé los dedos en la tela suave del vestido. Lyra había dicho algo al respecto, pero yo tenía la nariz metida en un libro de pociones y solo escuché la mitad—. El orfanato.

—Yo creía que el monumento a los caídos era mejor opción, dado el sacrificio de tu padre, pero es tu decisión —comentó Arabella. Me sostuvo la mirada en un claro desafío.

Mi instinto de Omega me empujaba a encogerme, pero me esforcé por enderezar la espalda.

—Es mi decisión, y no quisiera parecer interesada.

Arabella lo consideró y asintió despacio.

—Muy bien. Os dejo a Eliza y a ti con los detalles.

Salió de la sala y, al retirarse su aura de Alfa, el alivio me hundió en el asiento. Tuve que esforzarme para controlar la respiración y mantener la calma, pero la carga de fingir ser mi hermana me pesaba como una losa.

—¿Mi reina? —Eliza me miró con preocupación—. Está muy pálida.

Necesitaba estar sola e investigar.

—Mi hermana… —Me falló la voz con naturalidad; no tuve que fingir—. Todo me la recuerda.

La comprensión suavizó sus rasgos.

—Por supuesto.

—Me preguntaba… —Bajé la mirada—. ¿Sería terriblemente inapropiado que pasara esta noche a solas?

Apretó los labios, vacilante.

Dejé que asomara parte de mi dolor.

—Solo necesito un poco de tiempo para llorarla.

—Informaré a Su Majestad.

No pregunté por qué no había visto a Alaric en todo el día ni por qué todas mis citas habían sido con su madre. Era mejor que me dejaran en paz. Él había querido un matrimonio solo de nombre; al parecer, eso significaba no verme ni una sola vez.

Aquella noche esperé hasta que el palacio quedó en silencio y todos se retiraron.

Solo entonces me puse uno de los vestidos sencillos de Lyra, me envolví en una capa oscura y salí al corredor sin hacer ruido, con el cuchillo de plata a mano y una poción sedante en el bolsillo por si tenía que dejar inconsciente a algún guardia.

El palacio de noche era una criatura completamente distinta.

Las antorchas ardían mortecinas, las conversaciones resonaban débilmente por los interminables pasadizos de piedra y solo unos pocos sirvientes recorrían los corredores con sigilo.

El efecto secundario de la poción enmascaradora de olores me embotaba los sentidos, pero resultaba bastante fácil evitar a los sirvientes si me pegaba a las sombras y me mantenía alerta.

Solo tenía dos pistas de las que tirar. Piedra de luna molida y Ruda Crepuscular. Una era un mineral de lujo reservado al uso de la corte real; la otra, una hierba venenosa excepcionalmente rara.

Alguien dentro del palacio tenía acceso a ambas, y esa persona había asesinado a mi hermana.

Intenté mantener la orientación, pero al salir del ala este y bajar por corredores desconocidos acabé desorientada.

Fruncí el ceño. Me dirigía a los talleres del palacio, con la esperanza de encontrar el origen del polvo de piedra de luna, pero solo contaba con unas descripciones vagas.

Aun así, creía que ya debería haber llegado.

En cambio, cada giro parecía conducir únicamente a otro pasillo largo flanqueado por retratos oscuros y ventanas con los postigos cerrados. Maravilloso. Estaba perdida.

Volví sobre mis pasos y conté cruces y puntos de referencia como Padre nos había enseñado a Lyra y a mí para orientarnos en los bosques. Las tierras salvajes resultaban, de algún modo, más sencillas que aquel laberinto de palacio.

Un cruce. Dos. Debería haber visto más adelante el retrato de la reina Arabella en su juventud, pero en su lugar me topé de frente con una armadura que no había visto antes.

—Maldita sea —murmuré para mí misma.

Un gruñido grave me respondió desde algún punto del pasillo.

Me quedé inmóvil, con el corazón desbocado. Al principio temí que alguien me hubiera pillado husmeando, pero, cuando aquel gruñido áspero volvió a flotar por el corredor, distinguí que venía del otro lado de la puerta.

Sonaba… dolorido, como si lo arrancaran a la fuerza de unos pulmones agarrotados. Siguió otro, con una angustia tan honda que la sentí en mi propio cuerpo y me quedé un instante sin aliento.

Un cristal estalló en pedazos y di un brinco, sobresaltada. Debería haber huido. No tenía nada que hacer allí y, por mucho dolor que transmitieran aquellos gruñidos, también prometían violencia. Pero nunca había sido capaz de dar la espalda a quien necesitaba ayuda. Y sonaba como si la necesitara.

Avancé a hurtadillas, cautelosa pero decidida.

Al otro lado de la gruesa puerta de hierro oía gruñidos más apagados y una respiración trabajosa.

Recordaba haber oído algo parecido en mi madre durante sus últimos días, aunque estos eran inconfundiblemente masculinos.

Aquel sonido profundo me llegó al estómago y lo estrujó.

Puse la mano en el picaporte, casi esperando que estuviera cerrado con llave, pero la puerta se abrió con sorprendente sigilo.

Dentro, la oscuridad se tragaba casi toda la habitación.

Solo un puñado de lámparas ardía a media luz y proyectaba sombras alargadas sobre los muebles volcados.

Alguien estaba de pie, con una mano apoyada en la pared y los cristales de una copa rota esparcidos a sus pies.

El olor penetrante de las hierbas medicinales me llegó a la nariz e identifiqué de inmediato los ingredientes de un tónico para el dolor nervioso.

El hombre que me daba la espalda era enorme. Los anchos hombros le subían y bajaban con una respiración brusca y desigual. Lo reconocí sin necesidad de verle la cara.

El rey Alaric.

Había tirado la chaqueta ceremonial en algún rincón, a su espalda. La camisa se le pegaba a la espalda por el sudor y todos los músculos de su cuerpo parecían dolorosamente rígidos. Otro temblor lo atravesó y los músculos se le contrajeron en espasmos.

Estrelló el puño contra el muro de piedra. El crujido seco resonó en la estancia. La sangre le corría por los nudillos. No pareció darse cuenta.

Las descripciones de los tratados médicos que había devorado de niña me volvieron en tromba. Los síntomas, el tónico para los nervios.

Plaga de Sombras.

Los ataques en fase avanzada, que solían llegar de noche o en momentos de gran emoción, provocaban a menudo ceguera temporal, espasmos musculares y un dolor nervioso devastador.

El pulso se me aceleró. Los médicos nunca habían dado con una cura, solo con formas de sobrevivir a los episodios.

Una tabla crujió bajo mi pie. La cabeza de Alaric giró de golpe hacia mí.

Sus ojos dorados, desenfocados, me buscaron y se detuvieron un poco a un lado.

No me veía. Se le dilataron las fosas nasales al captar mi olor y, por la forma en que inclinaba la cabeza, supuse que aguzaba el oído por si captaba algún otro ruido.

—¿Quién anda ahí? —Su voz brotó ronca.

Debería haber contestado. En lugar de eso, el instinto me hizo retroceder un paso. Un error.

Se movió con la velocidad de un latigazo y cruzó la habitación en un borrón.

Sus manos enormes me estamparon contra la pared con tal fuerza que me robaron el aliento.

Me aplastó la garganta con el antebrazo y respirar se volvió casi imposible.

El poder Alfa en estado puro se abatió sobre mí; aquella presión asfixiante me aflojó las rodillas.

Todos mis instintos me gritaban que me sometiera, que ofreciera el cuello o me dejara caer al suelo y me postrara, y, si eso fallaba, que corriera. Que sobreviviera. Luché contra él.

Respiraba en ráfagas quebradas a escasos centímetros de mi cara.

—¿Has venido a matarme a mí también? —gruñó—. ¿Igual que mataste a mi padre?

Tenía las pupilas dilatadas. No estaba allí. La enfermedad lo había atrapado en un recuerdo.

Apretó más fuerte.

—Te mataré antes de dejar que hagas daño a nadie más.

Aquello me dejó helada. Quienquiera que creyera tener delante, le preocupaban más los demás que él mismo.

—Su Majestad —logré articular con un jadeo.

Ninguna respuesta.

Forcé la voz para que sonara serena, aunque me saliera rasposa por la presión en la garganta.

—Está sufriendo un ataque de la Plaga de Sombras.

Apretó la mandíbula y otra oleada de dolor lo desgarró.

Su presa flaqueó un instante fugaz. Fue suficiente.

Deslizé una mano entre nuestros cuerpos y le presioné con firmeza dos dedos en el hueco bajo la clavícula.

Había aprendido ese punto de presión cuidando a mi madre durante una de sus peores fiebres.

Alaric se estremeció con violencia; el dolor aumentó un momento antes de llegar el alivio. Se quedó quieto y yo subí el pulgar hasta encontrar otro punto en la base del cuello. Los músculos bajo mi mano se contrajeron antes de ceder.