Capítulo 3
Seraphina
Las pesadas puertas se cerraron con un golpe sordo que resonó por el enorme dormitorio y, por primera vez desde que enterré a mi hermana, me quedé sola.
Debería haber sido un alivio después de pasar la tarde y la noche en guardia, pero una extraña parte de mí había deseado seguir a Alaric por aquel pasillo y se preguntaba cómo sería yacer entre sus brazos.
Sacudí la cabeza, avergonzada. Estaba destinado a mi hermana, no a mí. Simplemente resultaba más fácil distraerme con esos pensamientos que enfrentarme a la tormenta de emociones que me aguardaba.
Me quedé en el centro de la habitación, sin ser capaz de dar un paso. Aquella tendría que haber sido la habitación de Lyra.
La luz de la luna entraba a raudales por los altísimos ventanales y bañaba el mármol pulido del suelo.
El fuego crepitaba en la chimenea a pesar de lo templado de la noche y calentaba una estancia más grande que toda nuestra casa.
Unas cortinas de seda enmarcaban una cama de ébano tallado con dosel, vestida con tela de color marfil, y unas estanterías cubrían toda una pared, ya repletas de libros escogidos para su nueva reina.
Unas flores frescas perfumaban el aire. Peonías, las favoritas de Lyra. Todo era perfecto.
Y todo estaba mal, terriblemente mal. Aspiré una bocanada entrecortada y el aroma intenso de las flores favoritas de Lyra me revolvió el estómago con una oleada de náuseas. Los ojos me escocieron de lágrimas que me obligué a tragar.
No podía permitirme venirme abajo. Había superado la boda sin que me descubrieran, pero no podía bajar la guardia.
Si alguien averiguaba mi verdadera identidad, estaría muerta antes de vengar a mi hermana.
Y esa no era mi única preocupación. Quien hubiera matado a mi hermana podía intentarlo de nuevo.
Una criada había guardado la poca ropa que había traído de casa, y mi bolsa reposaba pulcramente sobre un escritorio con marquetería.
Dentro había una caja cerrada con llave que contenía mi poción para ocultar el olor, algunas pociones sedantes por si las necesitaba y unos cuantos materiales para elaborar pociones.
Fue lo primero que comprobé. Nadie la había tocado.
Mi cuaderno de cuero estaba en el fondo de la bolsa.
Lo abrí en la última página, destapé la pluma y empecé a escribir en la taquigrafía cifrada que Lyra y yo habíamos inventado de niñas.
Habíamos empezado a usarla para pasarnos notas en las narices de nuestra institutriz.
Era algo que solo nosotras dos podíamos descifrar. Ahora… solo yo podía.
Escribí «sospechosos» en la parte superior de la página y enumeré todas y cada una de las posibilidades.
Tenía que ser alguien de la corte real, porque allí tenían acceso a la piedra de luna.
Aún no sabía quién podía conseguir Ruda del Crepúsculo, y esa sería mi primera línea de investigación.
Anoté todos los nombres de la corte real que fui capaz de recordar, incluidos los de la reina viuda Arabella y el rey Alaric.
Me detuve y golpeteé la página con la pluma. ¿Qué motivo tenía Alaric?
Si el rey hubiera querido evitar este matrimonio, matar a Lyra lo habría conseguido, pero la boda se había celebrado exactamente como estaba previsto. Si esperaba echarse atrás en su promesa, había fracasado, y no daba la menor muestra de sentirse frustrado.
La única rareza era su insistencia en que se trataba de un matrimonio solo de nombre. El alivio me aflojó el nudo del pecho, pero la culpa ocupó su lugar de inmediato. Nada de esto debería haber sido mío. Ni esta habitación, ni el título de reina, y desde luego, él tampoco.
Se suponía que iba a ser mi cuñado. La simple idea de compartir el lecho matrimonial con el hombre con el que mi hermana se preparaba para casarse debería haberme revuelto las entrañas.
Y, sin embargo… no podía fingir que no me había fijado en él.
Ninguna mujer con ojos en la cara pasaría por alto a un hombre con el cuerpo de una fortaleza.
Me sacaba más de una cabeza y los músculos se le marcaban incluso bajo la ropa oscura.
Su rostro anguloso, endurecido por la batalla, resultaba atrayente, y más aún esos ojos de un dorado pálido que parecían encerrar tantísima profundidad.
Aún notaba el tacto de sus manos sobre las mías durante la ceremonia nupcial.
Todo había transcurrido entre una neblina mientras esperaba que el asesino de Lyra hiciera otro intento de detener la boda, pero aquel instante me había anclado a la realidad.
La piel aún me quemaba allí donde me había tocado ante el altar, un hormigueo extraño y eléctrico que pasó de largo por mi duelo y se concentró en el vientre.
Me odié por haber notado cómo se movían sus músculos bajo la ropa oscura, por la forma en que mis pulmones ansiaban inhalar su aroma…
Solté el aire con brusquedad, molesta conmigo misma. Que fuera apuesto u horrendo no cambiaba nada. Seguía siendo sospechoso. Y, hasta que demostrara lo contrario, no confiaría en él más que en cualquier otra persona de este palacio.
Pestañeé despacio, con los párpados pesados de cansancio.
No iba a resolver esto esa noche. Las puertas no tenían cerradura, así que me llevé una daga de plata a la cama.
Lyra había insistido en que tuviera una, ya que mi lobo era débil y me costaba transformarme.
La apreté contra el pecho como una niña abraza su mantita.
En una cama desconocida, en una habitación demasiado grande, con el cuerpo de mi hermana abandonado en el jardín de nuestra casa, pensé que el sueño nunca llegaría, pero el agotamiento acabó alcanzándome.
La mañana llegó demasiado pronto. Un golpe suave sonó poco después del amanecer.
—¿Mi reina? —llamó una voz tímida al otro lado de las puertas—. ¿Podemos entrar?
—¡Un momento! —respondí.
Salté de la cama y me vestí a toda prisa; me até la daga al muslo, oculta bajo uno de los vestidos de Lyra. Yo prefería los pantalones, pero allí no podía llevar mi propia ropa. El vestido de Lyra me quedaba un poco holgado.
Me inyecté la poción para ocultar el olor y apreté los dientes para amortiguar el siseo de dolor mientras me abrasaba las venas; luego escondí deprisa mis utensilios y la poción de nuevo en la caja. Necesitaba encontrar un escondite mejor, pero eso tendría que esperar.
—Eh… —dije, sin saber cómo se suponía que debía hablarle a la persona al otro lado de la puerta—. Ya estoy lista.
Las puertas se abrieron y la habitación se llenó de gente. Las criadas entraron con bandejas de comida mientras otros sirvientes abrían las cortinas y empezaban a hacer mi cama. Eran tantos que apenas lograba retener una cara antes de que entrara otro. Todos eran Omegas.
Incluso sin el olor, habría reconocido la sutil sumisión en su postura y el cuidado con que evitaban el contacto visual.
Permanecieron a un lado, en silencio, mientras yo picoteaba la comida, pues el apetito me había abandonado desde la muerte de Lyra.
Cuando dejé claro que no comería más, una criada me cepilló el pelo y yo me aparté de un respingo al notar su mano.
A las Omegas no las atendían de ese modo, solo a los Betas y a los Alfas.
Tenía que recordarme constantemente que debía interpretar mi papel.
El engaño ya me agotaba.
Después del desayuno, me llevaron por los serpenteantes pasillos del palacio hasta uno de los salones de recepción.
Había varias personas allí, pero la única a quien reconocí fue Arabella.
Me saludó con la misma sonrisa que había lucido en el banquete nupcial.
Igual que Alaric, era una Alfa y, aun con la barrera de mi poción ocultadora apagando mis tendencias Omega, su poderosa aura resultaba opresiva.
—Querida mía. —Me abrazó levemente, con las manos apenas posadas sobre mí—. Espero que hayas conseguido dormir.
—Sí, Su Majestad. —Incliné la cabeza.
Arabella tomó asiento y yo la imité.
—¿Nos acompañará el rey? —pregunté. Su ausencia pesaba casi tanto como su presencia.
—No, tiene otros asuntos que atender —dijo ella con un gesto desdeñoso de la mano.
—Ah —dije, a falta de una respuesta mejor.
¿Así habría sido la vida de casada para mi hermana? Un marido esquivo y días enteros rodeada de sirvientes y bebiendo té.
—Hoy tenemos mucho que hacer —dijo—. Armand, el joyero real, debe tomarte medidas para tu nueva tiara. —Señaló a un hombre encorvado de unos cincuenta años con un bigote bien cuidado, que se inclinó—. Y esta es Eliza, tu secretaria personal.
Eliza hizo una reverencia.
—Me encargaré de su correspondencia, sus citas y su agenda diaria.
Apenas tuve tiempo de saludar a ninguno de los dos antes de que me llevaran al centro de la sala, donde Armand me midió la cabeza para la tiara real y sostuvo distintas gemas junto a mi piel para compararlas.
—Los zafiros resaltan el color de sus ojos —comentó Arabella.
—Los diamantes quedarían mejor con su cabello —respondió el joyero—. Y, por supuesto, piedra de luna para las piezas ceremoniales de los actos de Estado.
Me volví hacia el joyero.
—¿Piedra de luna?
Él sonrió.
—La realeza rexiana la ha llevado durante generaciones.
El pulso se me aceleró.
—¿Fue usted quien hizo mi tiara de boda?
Arabella resopló.
—Te hablé de la historia de las joyas de la Corona cuando nos vimos antes de la boda. ¿Te encuentras bien, querida? Pareces muy olvidadiza.
Tragué saliva; un sudor frío me erizó la nuca. Tenía que andarme con más cuidado.
—Mis disculpas, Su Majestad. Después de la conmoción de ayer, parece que he perdido la cabeza.
Asintió y dio la impresión de aceptar mi explicación, pero sabía que no podría recurrir a esa excusa eternamente.
—¿Se encarga usted del mantenimiento de las joyas de la Corona? —pregunté al joyero mientras buscaba en su rostro algún rastro de malicia. No tenía ni idea de por qué querría matar a mi hermana, pero debía tener en cuenta a cualquiera que hubiera tenido la oportunidad.
—Yo hago las reparaciones, pero los sirvientes limpian las joyas cuando hace falta —dijo él.