La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Estaba casado. Probablemente debería haberme parecido algo más trascendental.

Bajé la mirada hacia mi nueva esposa y hacia la forma en que se mordisqueaba el carnoso labio inferior.

Era más de una cabeza más baja que yo y su mano parecía diminuta en la mía.

Mi promesa de protegerla había nacido de mi propio sentido del honor, pero ahora la sentía con mucha más intensidad.

Extraño.

Los invitados allí reunidos, cientos de nobles, nos aplaudieron mientras nos retiraban el cordón anudado de las manos. Lo colgarían en la pared del gran salón, bajo el cordón de mis padres y los de todos los antepasados que me habían precedido.

Pasamos al banquete y fue exactamente como había previsto.

Las copas de cristal tintineaban mientras los invitados brindaban a gritos, y cada sonido era como un martillazo dentro de mi cráneo.

El incienso que aún flotaba en el aire, mezclado con el aroma intenso de las carnes grasas y los platos copiosos, me revolvió el estómago con una náusea creciente.

Noté cada uno de aquellos minutos interminables, dispuesto a marcharme si mi estado empeoraba, antes de que fuera demasiado tarde.

Todos los nobles de Rexian parecían decididos a felicitarme por un matrimonio que, en privado, consideraban una alianza desperdiciada.

Acepté sus reverencias, sus cumplidos y sus bendiciones.

Nada de ello requería más que un asentimiento.

Y en cada uno de los tediosos momentos de pompa y ceremonia, mis ojos buscaban a Lyra.

Permanecía callada, con esos ojos pálidos que no perdían detalle.

Su pecho subía y bajaba, oprimido contra el corpiño encorsetado del vestido, y me retaba a imaginar lo que había debajo.

Seguimos sentados a la cabecera de la mesa del banquete y sentí cada centímetro de distancia que separaba nuestras sillas forradas de terciopelo.

Me irritaba el desfile incesante de nobles; mi lobo se paseaba inquieto por su jaula mientras ellos me impedían hablar con mi novia.

Cuando la fila de felicitaciones se redujo, la miré. Tenía los hombros rígidos. Lo estaba soportando. Conocía bien esa sensación.

Me incliné hacia ella.

—¿Lyra?

El pulso le latía errático en la clavícula.

Me sostuvo la mirada, cautelosa como una cierva que duda si echar a correr.

Mi lobo, siempre tan rápido en lanzarse a la caza, no deseaba otra cosa que ofrecer el cuello y demostrarle que no éramos una amenaza.

Era una sensación nueva y no sabía qué hacer con ella.

La aparté junto con todos los demás impulsos que mi nueva esposa había despertado en mí.

—Mi rey —dijo, e inclinó la cabeza.

—Mis condolencias.

Sonó insuficiente.

—La muerte de tu hermana fue… desafortunada.

La muerte rara vez era elocuente, y el lenguaje florido no iba conmigo.

Me estudió como si sopesara cada palabra y cada gesto míos, tratando de decidir algo.

Bajó la mirada con el mentón tembloroso.

—Gracias.

Su voz sonó suave y contenida, pero hueca. Agarraba la copa de cristal con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos y no había probado un solo bocado del opíparo banquete que se extendía ante nosotros.

—Le agradezco su amabilidad.

Estuve a punto de corregirla. Mis palabras habían sido corteses, como mucho. No expresaban la profundidad del dolor que sabía que ella debía de estar sintiendo.

Antes de que pudiera responder, mi madre apareció junto a nosotros. Le sonrió a Lyra.

—Querida, no puedo imaginar lo difícil que ha sido este día para ti.

—Gracias, Su Majestad —respondió ella con otra inclinación respetuosa de cabeza.

Aún no se había dado cuenta de que ahora era la reina y que su rango estaba por encima del de mi madre. Me aseguraría de que una de sus doncellas le explicara el protocolo.

Mi madre posó con delicadeza una mano sobre la de Lyra. No solía ser tan afectuosa.

—He estado pensando en nuestra reunión con el consejo de hace unos días.

Lyra alzó los ojos con esa misma neutralidad serena que había mantenido al recorrer el pasillo.

—Quería continuar nuestra conversación —dijo mi madre—. La encontré muy… estimulante.

Los dedos de Lyra se cerraron con más fuerza alrededor de la copa y los tendones de su muñeca pequeña y delicada se marcaron. Quise cubrirle la mano con la mía. Tardó un momento en responder.

—Me… me temo que… —Se removió, incómoda—. Todo lo que ha ocurrido hoy ha vuelto bastante borroso el recuerdo de esa reunión.

Mi madre inclinó la cabeza, como hacía a menudo cuando tomaba nota de algo.

—¿Ah, sí?

—Mi hermana y yo nos pusimos con los preparativos casi de inmediato. —Esbozó una sonrisa de disculpa por cuyos bordes se colaba la pena—. Temo que no estuve tan atenta como debería.

Extraño. Después de aquella reunión, Madre había comentado que Lyra tenía una memoria excelente y que había hecho preguntas muy atinadas.

Madre, hay que reconocérselo, no insistió.

—Por supuesto —dijo—. Tienes asuntos más urgentes en la cabeza.

Un destello de alivio cruzó el rostro de mi esposa y se borró casi al instante.

La conversación derivó hacia otros asuntos, pero me descubrí observándola de vez en cuando a lo largo de la velada.

Respondía a las preguntas con educación y nunca hablaba más de lo necesario.

Aun así, había momentos en que parecía estar observando todo cuanto la rodeaba en vez de participar.

Su mirada se detenía en los consejeros más tiempo del necesario.

Observaba a los sirvientes que se movían entre las mesas.

Parecía catalogar detalles, no muy distinta de un explorador que entra en territorio desconocido.

Quizá el duelo la había vuelto desconfiada. Sabía bastante de pérdidas para creer que podía ser así.

Pasaron las horas. Comimos más platos de los que pude contar.

El vino corrió. Los nobles se volvieron más ruidosos y mi paciencia se fue agotando.

Un dolor sordo se extendió por mi nuca. Intenté aliviarlo con un masaje, pero se extendió como una mancha en una tela fina, siguiendo los hilos de mi cuerpo.

El dolor me alcanzó los hombros. Me hormiguearon las puntas de los dedos.

No ahora.

Flexioné la mano bajo la mesa. La sensación cedió solo un instante antes de volver. Reconocí la advertencia. Tenía media hora, tal vez. Menos aún si la fortuna seguía en mi contra.

Me puse en pie y la sala quedó en silencio casi de inmediato.

—Mis señores y señoras.

Todas las miradas se volvieron hacia mí.