La novia impostora del alfa maldito (Maldecidos y reclamados 1) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Es el entierro de una Omega. Tiene un reino al que servir, lady Lyra. No le haga perder el tiempo al rey por una loba débil.

Me mordí el interior del carrillo con tanta fuerza que noté el sabor de la sangre.

La rabia me ardía dentro con tal violencia que amenazaba con derretir el gélido entumecimiento de la poción.

Si les gritaba ahora, si revelaba mi secreto, todo acabaría.

El asesinato de Lyra quedaría impune y a mí me ejecutarían por traición.

Así que me quedé paralizada mientras los guardias bajaban a mi hermana por las escaleras.

Los seguí hasta el aire húmedo de la tarde como un cadáver andante. Los soldados hundieron las palas en el barro con la fuerza bruta y aterradora de los cambiaformas y desgarraron con violencia la tierra y las raíces. En menos de veinte minutos habían abierto una fosa estrecha y poco profunda.

La bajaron sin ceremonia alguna, sin oraciones.

—Que la Diosa de la Luna se encargue de ella —murmuró uno entre dientes, mientras echaba ya tierra mojada sobre su rostro.

Vi cómo la tierra se la tragaba. Vi cómo el barro oscuro cubría las manos que habían sostenido las mías desde antes de que tuviera memoria.

La hermana que me había protegido de un mundo que despreciaba mi existencia quedó borrada bajo un montón de tierra fría y pesadas piedras de río.

Me mordí el labio hasta hacerlo sangrar para que mi loba no aullara con un dolor desgarrador.

Cuando aplanaron el último montículo de tierra, uno de los soldados clavó en el suelo una tosca señal de madera. Ni siquiera pude poner en ella su verdadero nombre.

«Averiguaré quién te hizo esto y haré que lo pague», le juré en el silencio de mi mente. «Hasta el último de ellos».

—Partimos. Ahora —ordenó el capitán.

No discutí. Lancé una última mirada a la tierra recién removida, le di la espalda a mi propia tumba y subí al interior de terciopelo negro del carruaje real.

Las dos horas de viaje hasta la capital fueron una pesadilla de silencio y agonía física. Con cada kilómetro, la poción para enmascarar el aroma me quemaba las venas como hielo líquido y hundía a mi loba cada vez más en la represión, hasta que me sentí completamente vacía.

Un dolor agudo latía bajo el entumecimiento que me mantenía cuerda. No dejaba de ver el rostro sin vida de Lyra desapareciendo bajo la tierra, sometida a la indignidad de un entierro de Omega.

Quería justicia, pero cuanto más me acercaba al palacio, más claro veía lo que tendría que hacer para conseguirla. Pensara lo que pensara Lyra, el rey Alaric tenía una reputación brutal dentro y fuera del campo de batalla.

Se me encogió el estómago de miedo. ¿Quién era yo para creer que podía enfrentarme al Alfa más poderoso del continente?

La poción podía ocultar mi aroma, pero no cambiaba quién era.

No me daba fuerza física, ni poder, ni ninguna clase de autoridad.

¿De qué servían unas dotes para las pociones y una sed de conocimiento frente al poderío de un hombre como Alaric Rexian?

Aunque mi poción lo engañara, mi interpretación de mi querida hermana tendría que ser igual de buena.

Estaba decidida a llegar hasta el final, costara lo que costara, pero eso no aflojaba la garra helada del terror que me apretaba la garganta, ni calmaba la devastación que sentía por la pérdida de mi hermana.

Al caer la tarde, el palacio real se alzó en el horizonte: una fortaleza irregular de piedra blanca y agujas de hierro que se alzaban hacia el cielo oscuro como dientes al descubierto.

Me hicieron pasar. Apenas unas horas antes había estado arrodillada junto al cuerpo de Lyra. Ahora los criados acudían en tropel y se alarmaban ante mi falta de maquillaje y de joyas, y buscaban a toda prisa con qué sustituir lo que había dejado en el dormitorio de mi hermana.

Me movía como una marioneta hasta que la música inundó el gran salón y las enormes puertas de roble se abrieron de par en par.

—Presentamos a lady Lyra Vane —anunció el heraldo.

Los pies se me movieron antes que la mente. Un paso. Luego otro. El largo pasillo se prolongaba interminable ante mí. Al fondo aguardaba el rey Alfa. Cuanto más me acercaba, más enrarecido se volvía el aire. Su presencia de Alfa se desplegaba por el salón y hacía callar a los invitados congregados.

El rey Alaric. El soberano más temido del mundo.

Alto. De hombros anchos. Cubierto de cicatrices de batalla.

Incluso a esa distancia notaba el peso de su presencia.

Y aun con el enmascarador de olor adormeciendo a mi loba Omega, se me erizó el vello de la nuca: una advertencia de que estaba ante un depredador.

Al acercarme, sus fríos ojos ambarinos se clavaron en mí con una intensidad inquietante.

No logré descifrarlos. No logré descifrarlo a él.

Pero, mientras avanzaba hacia el hombre que iba a convertirse en mi marido, un solo pensamiento ahogaba todos los demás.

Hoy mismo, alguien de su corte había asesinado a mi hermana. Y si los rumores sobre el despiadado rey Alfa eran ciertos…

Puede que estuviera caminando derecha hacia su asesino.