La Novia Escondida del Heredero Italiano 10 - No Quiero que Me Protejas Así
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10 - No Quiero que Me Protejas Así

Enzo Ferraro encontró la maleta a las seis y veinte de la mañana.

Despertó solo, extendió la mano hacia el lado de Lara Monteiro y encontró únicamente la sábana fría.

Imaginó que estaría preparando café hasta que oyó el leve sonido de un cajón cerrándose en la habitación más pequeña.

Se levantó, se puso la primera camisa que encontró y caminó por el pasillo todavía adormilado.

Se detuvo en la puerta. Lara estaba de espaldas a él, doblando una blusa sobre la cama auxiliar.

La maleta permanecía abierta frente a ella, ya ocupada por ropa, libros y pequeños objetos que Enzo se había acostumbrado a ver repartidos por el apartamento.

Durante unos segundos, no consiguió comprender la escena.

Entonces vio el pasaporte sobre la mesa.

—¿Qué estás haciendo?

Lara se detuvo.

No pareció sorprendida al oír su voz.

—Recogiendo mis cosas.

Enzo entró en la habitación.

—Ya lo veo. ¿Por qué?

Ella colocó la blusa dentro de la maleta y alisó la tela con la palma de la mano.

—Voy a volver a Brasil.

El último rastro de sueño desapareció inmediatamente de su rostro.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—¿Mañana?

Lara asintió.

—Compré el billete durante la madrugada.

Enzo miró la maleta como si pudiera deshacer la decisión simplemente cerrándola.

—No.

Lara levantó los ojos.

—¿No?

—No hemos terminado de hablar.

—Ese es precisamente el problema, Enzo. Hemos hablado muchas veces.

Él se pasó una mano por el cabello y respiró profundamente, intentando ordenar sus pensamientos.

—Son dos semanas.

Lara cerró los ojos por un instante.

—Por favor, no vuelvas a decir eso.

El cansancio de aquella petición hizo que guardara silencio.

Ella dejó la ropa a un lado y se sentó en el borde de la cama.

Enzo permaneció de pie, unos pasos frente a ella.

La luz de la mañana empezaba a atravesar las cortinas, revelando la habitación parcialmente desmontada.

Algunos libros ya habían desaparecido de la pequeña estantería.

El neceser que solía permanecer en el baño estaba sobre la mesa.

Un par de zapatos esperaba junto a la maleta.

Aquello no era una amenaza lanzada durante una discusión.

Lara había tomado una decisión en silencio mientras él dormía.

—Quiero que me escuches hasta el final —dijo ella.

Enzo asintió.

Lara juntó las manos sobre el regazo.

—No voy a hablar de Giulia.

Él pareció sorprendido.

—Porque nunca se trató realmente de ella. Ni de tu madre. Ni de los Bellandi.

Lara respiró profundamente.

—Se trata de nosotros.

Empezó por las pequeñas cosas. Contó cómo se había sentido la primera vez que tuvo que quitarse la alianza antes de acompañarlo a un evento.

En aquella ocasión, Enzo le había besado la mano y prometido que sería solo una vez.

Después llegó otra. Y otra. Lara explicó cómo había aprendido a reconocer los lugares donde podía tocarlo y aquellos donde debía mantener la distancia.

Había aprendido qué empleados conocían el matrimonio y ante cuáles debía comportarse como una simple conocida.

Había aprendido a entrar por separado en los eventos, a evitar determinadas zonas de los hoteles y a no publicar fotografías de los viajes que hacían juntos.

Cuando Enzo le enviaba flores, ella no podía mostrar la tarjeta.

Cuando viajaban, no podían ser vistos llegando juntos.

Hasta los recuerdos más bonitos tenían que permanecer ocultos.

—¿Sabes cuántas fotografías nuestras tengo en el teléfono? —preguntó.

Enzo negó con la cabeza.

—Cientos.

Lara tomó el aparato que estaba sobre la mesa.

—¿Y sabes cuántas puedo enseñarle a alguien sin tener que inventar una explicación?

Él no respondió.

—Casi ninguna.

Su voz no se elevó.

—Me casé y no pude contarlo. Hubo cumpleaños en los que mi familia preguntaba si tú y yo seguíamos siendo solo novios.

Mi madre se dio cuenta de que algo había cambiado, pero tuve que mentir.

Cuando me preguntaban por ti, medía cada palabra.

Cuando alguien decía que había visto una fotografía tuya con otra mujer, tenía que fingir que aquello no me afectaba de una manera diferente.

Enzo se sentó en la silla frente a ella.

—Nunca quise que fuera así.

—Lo sé.

—Entonces sabes que intenté protegerte.

Lara sostuvo su mirada.

—Precisamente de eso tenemos que hablar.

Enzo se inclinó hacia delante.

—No conoces a la prensa que rodea a mi familia. Investigan todo. Habrían buscado a tu familia. Habrían examinado tu vida en Brasil. Podrían haber aparecido personas en tu trabajo. Todo lo que has hecho podría haberse convertido en noticia. Quería evitarlo hasta conseguir controlar la situación.

Lara escuchó sin interrumpir.

—Y mi madre...

—Sé lo de Vittoria.

—Ella habría hecho que todo fuera aún peor.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué hablas como si te hubiera escondido porque me avergüenzo de ti?

—Nunca dije que te avergonzaras de mí.

Enzo se detuvo.

Lara se acercó un poco.

—Esa quizá sea la parte más triste. Sé que no te avergüenzas. Sé que me amas. Sé que, cuando cierras esa puerta, harías cualquier cosa para verme feliz.

Señaló el pasillo.

—Pero el amor no puede existir únicamente cuando esa puerta está cerrada.

Enzo bajó los ojos.

Lara continuó.

—Lo llamas protección porque tu intención era evitarme sufrimiento.

Pero yo nunca te pedí que me protegieras de esta manera.

Decidiste tú solo que yo no sería capaz de enfrentarme a tu familia.

Decidiste que no debía lidiar con la prensa.

Decidiste que era mejor que no conociera los problemas de los negocios.

Decidiste cuándo podía llevar mi alianza, dónde podía aparecer a tu lado y cuánto tiempo debía esperar.

Su voz vaciló ligeramente.

—¿En algún momento te diste cuenta de que proteger mi vida significó impedirme vivirla?

Enzo levantó los ojos.

No había acusación en el rostro de ella.

Solo dolor.

—Lara...

—No quiero que me protejas así.

Las palabras permanecieron entre los dos.

Enzo intentó encontrar una respuesta, pero por primera vez no había reunión, contrato, negociación o amenaza externa que pudiera utilizar como explicación suficiente.

Empezó a recordar situaciones que, por separado, había creído poder justificar.

Lara atravesando la cocina del hotel en Roma.

Lara quitándose la alianza antes de un evento.

Lara observando a Giulia posar a su lado.

Lara sentada sola en el apartamento mientras él asistía a cenas.

Lara descubriendo meses después información que todos a su alrededor ya conocían.

Siempre había considerado cada episodio un problema temporal.

Nunca los había colocado uno al lado del otro.

Ahora veía el conjunto.

Y no le gustaba el hombre que aparecía en aquella imagen.

—Creí que estaba haciendo lo correcto —dijo.

Lara asintió.

—Lo sé.

—Eso no mejora nada, ¿verdad?

—No.

La respuesta sencilla dolió más que cualquier reproche.

Enzo se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, Florencia comenzaba otra mañana normal. La gente cruzaba la calle, una bicicleta pasó por la acera y el propietario de la cafetería de la esquina colocaba mesas en el exterior. Todo parecía absurdamente normal.

—Puedo anunciarlo hoy —dijo de repente.

Lara permaneció en silencio.

Enzo se volvió.

—Puedo llamar al equipo ahora mismo. Lo confirmo todo. Cancelo el acuerdo si es necesario.

Ella cerró los ojos.

—No lo hagas.

—Es lo que querías.

—No así.

—¿Cuál es la diferencia?

Lara se levantó.

—La diferencia es que ahora lo harías porque tienes miedo de que me vaya.

Enzo se quedó inmóvil.

—Y yo necesito saber que algún día serás capaz de hacerlo porque entendiste por qué debías hacerlo.

Él se pasó las manos por el rostro.

—Entonces, ¿qué quieres de mí?

Lara tardó unos segundos.

—Nada ahora.

La respuesta pareció asustarlo más que cualquier exigencia.

Enzo se acercó.

—No vuelvas a Brasil.

—Necesito volver.

—Quédate unos días. Hablamos. Yo lo arreglo...

Lara soltó el aire y lo miró.

—¿Te das cuenta? Incluso ahora estás intentando arreglarlo.

Enzo interrumpió la frase.

—No necesito que arregles algo por mí. Necesito descubrir qué quiero después de todo esto.

Ella tocó suavemente su pecho.

—Y tú necesitas descubrir quién eres cuando no estás intentando satisfacer a tu madre, a tus inversores, a los Bellandi o incluso a mí.

Enzo sujetó su mano.

—¿Estás terminando nuestro matrimonio?

Lara sintió que le ardían los ojos.

—No lo sé.

La sinceridad hizo sufrir a ambos.

—Todavía te amo —continuó—. Tal vez sea precisamente por eso por lo que necesito irme antes de que este amor se convierta en algo que ya no reconozca.

Enzo llevó la mano de ella a sus labios.

—¿Cuánto tiempo?

Lara casi sonrió ante la ironía.

—No lo sé.

—¿Puedo ir a Brasil?

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Ahora no.

—Lara...

—Por favor.

Enzo cerró los ojos.

—No me sigas inmediatamente. No aparezcas en casa de mis padres. No compres un billete para mañana. No conviertas esto en otra situación que necesitas solucionar antes de que termine el día.

Él respiró profundamente.

—¿Y qué hago?

Lara retiró suavemente la mano.

—Piensa.

El resto de aquel día fue dolorosamente normal.

Lara terminó de hacer la maleta. Separó algunas cosas que permanecerían en Italia y guardó otras en cajas.

Enzo canceló todos sus compromisos y permaneció en el apartamento, pero respetó su espacio.

Almorzaron juntos sin hambre. Por la tarde, Lara regó las pequeñas macetas del balcón y explicó cuáles necesitaban más agua, como si aquello fuera importante.

Enzo escuchó cada instrucción. En determinado momento, encontró la alianza todavía sobre el tocador.

—¿Vas a dejarla?

Lara miró la joya.

Caminó hasta ella y la tomó.

—No.

Enzo observó mientras Lara guardaba la alianza dentro de una pequeña caja en su bolso.

No se la puso en el dedo.

A la mañana siguiente, Enzo llevó a Lara al aeropuerto.

Ningún chófer los acompañó. Él mismo condujo.

El trayecto transcurrió casi completamente en silencio.

Lara observaba la ciudad por la ventana mientras los lugares conocidos desaparecían detrás de ellos.

Pasaron cerca de una calle por la que habían caminado juntos durante los primeros meses.

Después, junto a una cafetería que solían frecuentar.

Cada lugar parecía conservar una versión más sencilla de los dos.

Cuando llegaron al aeropuerto, Enzo sacó las maletas del maletero y acompañó a Lara hasta la entrada.

Esta vez, no intentó decir que aquello no terminaría allí.

Tal vez porque finalmente había comprendido que las promesas no eran suficientes.

—Avísame cuando llegues —pidió.

Lara asintió.

—Te avisaré.

Enzo la miró durante unos segundos.

—Te amo.

Los ojos de Lara se llenaron de lágrimas.

—Lo sé.

Él esperó.

Lara se acercó y lo abrazó.

—Yo también te amo.

Enzo cerró los brazos a su alrededor y permaneció así unos segundos más de lo necesario. Cuando finalmente se separaron, Lara le tocó el rostro.

—Pero ahora eso tiene que significar algo diferente.

Enzo asintió.

Lara tomó la maleta.

Esta vez, fue ella quien recorrió sola la distancia que los separaba.

Enzo permaneció inmóvil hasta que dejó de verla. No hizo llamadas. No movilizó a sus empleados. No pidió a nadie que averiguara si había otro vuelo a Brasil. Por primera vez en su vida, resistió el impulso de transformar una pérdida en un problema administrativo.

Horas después, regresó al apartamento.

El silencio parecía enorme.

En la cocina estaba la taza que Lara solía usar.

Sobre el sofá permanecía la manta que ella había elegido.

Las macetas estaban alineadas en el balcón.

Un marcapáginas había quedado olvidado sobre la mesa.

Enzo recorrió lentamente las habitaciones y comprendió que podría comprar aquel edificio entero si quisiera.

Podría reservar un avión aquella misma noche, movilizar abogados, cancelar contratos y hacer que su apellido abriera prácticamente cualquier puerta.

Pero ninguna de esas cosas haría que Lara regresara.

Enzo se sentó solo en el borde de la cama.

Por primera vez, el heredero Ferraro comprendió cuánto poder poseía sobre casi todo lo que lo rodeaba.

Y lo absolutamente inútil que era aquel poder ante la única mujer que no quería perder.