La Novia Escondida del Heredero Italiano 9 - La Fotografía
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9 - La Fotografía

La fotografía había sido tomada casi tres meses antes, en una tarde que Lara Monteiro apenas podía recordar como extraordinaria.

Ella y Enzo Ferraro habían salido de una pequeña cafetería en las afueras de Florencia después de pasar algunas horas lejos de reuniones, chóferes y compromisos.

Llovía ligeramente, y Enzo sostenía un paraguas sobre ambos mientras Lara se reía de algo que él acababa de decir.

En la imagen, ella tenía una mano apoyada sobre su pecho.

Enzo la miraba a ella en lugar de mirar la calle.

No había ningún beso, abrazo comprometedor ni gesto que necesariamente revelara una relación.

El problema estaba en la mano izquierda de Lara.

La manga del abrigo había retrocedido unos centímetros, dejando la alianza completamente visible.

La fotografía llegó primero a un periodista que mantenía contactos frecuentes con personas vinculadas a los círculos empresariales de Milán.

No la publicó de inmediato. Buscó información.

Lara no sabía nada de eso cuando despertó aquella mañana, preparó café y abrió las ventanas del apartamento para dejar entrar el aire fresco.

Enzo ya había salido para una reunión. Poco después de las nueve, su teléfono comenzó a sonar sin parar en las oficinas de los Ferraro.

Un responsable de comunicación había recibido una pregunta aparentemente sencilla de un periodista: ¿quién era la mujer fotografiada repetidas veces en encuentros discretos con Enzo Ferraro y por qué llevaba una alianza mientras estaba junto a él?

La pregunta venía acompañada por tres fotografías.

La última mostraba el rostro de Lara con claridad.

Enzo llegó al apartamento poco antes del mediodía. Lara supo que algo había ocurrido en cuanto se abrió la puerta. Él no se quitó el paletó, no preguntó si ella había almorzado y ni siquiera dejó el teléfono sobre la mesa, como solía hacer. Simplemente entró en el salón y se quedó mirándola.

—¿Qué ha pasado?

Enzo se acercó.

—Han encontrado una fotografía nuestra.

Lara frunció el ceño.

—¿Quién?

—Un periodista.

—¿Y?

Él desbloqueó el teléfono y le mostró la imagen.

Lara tardó unos segundos en darse cuenta del problema. Entonces vio su propia mano.

—La alianza.

—Sí.

Ella le devolvió el teléfono.

—Quizá por fin ya no tengamos que escondernos.

Enzo no respondió.

La esperanza desapareció incluso antes de que Lara preguntara.

Dos horas después, se dirigían a la residencia principal de los Ferraro.

Vittoria había convocado una reunión urgente con sus hijos, dos abogados y el responsable de comunicación de la familia.

Inicialmente, Lara no iba a ser incluida.

Enzo insistió. Cuando el coche atravesó las puertas de la propiedad, ella contempló la imponente construcción y sintió una extraña sensación de no pertenecer a aquel lugar.

Ya había estado allí algunas veces, siempre de manera discreta, pero nunca había participado en una reunión familiar.

Vestía pantalones oscuros, una blusa sencilla y el mismo abrigo que aparecía en la fotografía.

La alianza seguía fuera de su dedo desde la discusión anterior.

Irónicamente, la imagen que amenazaba con revelar su matrimonio mostraba una joya que ella ya no conseguía llevar.

La biblioteca había sido transformada en una pequeña sala de crisis.

Había carpetas abiertas sobre la mesa, dos ordenadores mostraban artículos relacionados con los Ferraro y un teléfono permanecía en el centro, preparado para recibir llamadas.

Vittoria estaba de pie junto a la ventana.

Marco ocupaba una silla en uno de los extremos de la mesa.

Los abogados hablaban en voz baja. Lara entró junto a Enzo y se dio cuenta de que todos sabían exactamente quién era. Nadie necesitó presentarla.

—Tenemos poco tiempo —comenzó Vittoria.

No hubo saludo.

Uno de los responsables de comunicación explicó que el periodista todavía no tenía confirmación del matrimonio.

Hasta ese momento, solo disponía de fotografías e información de que Lara permanecía con frecuencia en propiedades o apartamentos vinculados a Enzo.

Los registros de la ceremonia eran legales, pero no aparecían inmediatamente en una búsqueda superficial.

Sin embargo, si alguien investigaba con suficiente profundidad, llegaría a la verdad.

La recomendación inicial era no responder preguntas personales e intentar desviar la atención hacia los negocios.

Lara escuchaba todo en silencio.

—O podemos confirmarlo —dijo Marco.

Vittoria se volvió hacia él.

—No.

—Es la verdad.

—La verdad no es el único elemento que importa en este momento.

Lara sintió que la frase la atravesaba.

Enzo percibió su reacción.

Vittoria abrió una carpeta y explicó que los Ferraro estaban a menos de dos semanas de concluir una etapa decisiva del acuerdo con el fondo vinculado a los Bellandi.

Cualquier especulación sobre un conflicto entre las familias podía provocar dudas entre inversores y bancos.

La asociación pública entre Enzo y Giulia, aunque nunca oficialmente romántica, había contribuido a transmitir una imagen de cercanía y estabilidad entre ambos grupos.

Descubrir que Enzo había estado casado en secreto durante todo aquel período podía hacer parecer que ambas familias habían manipulado deliberadamente a la prensa.

—Porque eso es exactamente lo que hicieron —comentó Marco.

—Marco —advirtió Enzo.

—¿Me equivoco?

Nadie respondió.

Lara miró a Vittoria.

—¿Qué pretende hacer exactamente?

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

Vittoria mantuvo la expresión controlada.

—Nada contra ti, Lara.

—Eso no es lo que he preguntado.

Por un instante, Marco casi sonrió.

Vittoria juntó las manos sobre la mesa.

—Tenemos que impedir que una fotografía se convierta en una historia mayor antes de que concluyan las negociaciones.

—¿Cómo?

El responsable de comunicación respondió en su lugar.

Podrían informar que Lara era una conocida de Enzo vinculada a proyectos culturales patrocinados por los Ferraro.

No sería necesario explicar la alianza. No se haría ninguna declaración sobre su vida personal.

Si le preguntaban, Enzo se limitaría a decir que no comentaba especulaciones.

Lara se quedó inmóvil.

—Una conocida.

Enzo intervino.

—Nadie va a decir eso.

El responsable dudó.

Vittoria miró a su hijo.

—Es la opción más segura.

—Es mi esposa.

—Precisamente por eso tenemos que actuar con cuidado.

Lara casi se rio ante la contradicción.

Durante los cuarenta minutos siguientes, escuchó cómo discutían su matrimonio en términos que jamás habría imaginado.

Exposición. Riesgo reputacional. Cronograma.

Impacto financiero. Narrativa. Estrategia de contención.

Nadie en la sala cuestionaba si el matrimonio existía o si Enzo amaba a Lara.

Eso parecía irrelevante frente a la cuestión considerada realmente importante: cuándo podía revelarse su existencia sin causar perjuicios.

En cierto momento, uno de los abogados sugirió preparar de antemano una declaración sobre la ceremonia por si encontraban los registros.

Lara se dio cuenta de que había personas planeando cómo explicar su matrimonio al mundo antes incluso de que alguien le preguntara cómo quería que se contara su historia.

—Basta —dijo.

La conversación se detuvo.

Lara se levantó.

—Necesito aire.

Enzo hizo ademán de acompañarla.

—No.

La palabra salió baja, pero firme.

Marco se levantó en su lugar.

—Voy yo.

Los dos salieron.

En el jardín, Lara caminó hasta una hilera de árboles y se detuvo. El aire estaba frío y las hojas secas se movían por el sendero de piedra. Marco permaneció unos pasos detrás, respetando el silencio. Después de unos minutos, Lara cruzó los brazos sobre el cuerpo.

—¿Siempre es así?

—¿Cómo?

—¿Todo se convierte en negocios?

Marco metió las manos en los bolsillos.

—Casi todo.

—¿Incluso las personas?

Tardó en responder.

—Sobre todo las personas, si lo permiten.

Lara volvió el rostro hacia él.

—¿Enzo es igual?

Marco respiró profundamente.

—No.

Ella esperó.

—Pero ha pasado toda su vida aprendiendo de ellos. A veces tarda en darse cuenta de cuándo está repitiendo las mismas cosas.

Lara asintió.

Era exactamente lo que temía.

Giulia llegó a la propiedad al final de la tarde.

Lara ya había regresado a la biblioteca cuando oyó que anunciaban su nombre.

No sabía que participaría en la reunión.

Vittoria explicó que los Bellandi también habían sido informados sobre la posible publicación y que necesitaban coordinar sus respuestas.

Giulia parecía menos segura que durante la recepción.

Seguía impecablemente vestida, pero estaba seria.

Saludó a Lara con un discreto movimiento de cabeza antes de sentarse.

—Mi padre está preocupado —dijo.

—Todos lo estamos —respondió Vittoria.

Giulia miró a Enzo.

—Si esta historia sale ahora, interpretarán las últimas apariciones como una puesta en escena.

Lara la observó.

—¿Y no lo fueron?

Giulia volvió los ojos hacia ella.

Durante unos segundos, nadie habló.

—No por mi parte —respondió.

Lara le creyó.

Eso no mejoró la situación.

Cuando terminó la reunión, Giulia pidió unos minutos a solas con Enzo.

Lara no escuchó toda la conversación, pero permaneció lo suficientemente cerca como para oír algunas partes mientras esperaba a Marco en el pasillo.

Giulia hablaba en voz baja. Explicó que no pretendía interferir en el matrimonio, pero que cientos de millones estaban vinculados a la operación entre ambas familias.

Le pidió a Enzo que mantuviera la situación tal como estaba únicamente hasta la firma definitiva.

—Dos semanas —dijo Giulia—. Después haz lo que quieras.

Enzo se pasó una mano por la nuca.

—Lara ya ha esperado demasiado.

—Entonces no le pidas meses. Pídele dos semanas.

Lara cerró los ojos.

Dos semanas.

Siempre había un nuevo plazo.

De camino al apartamento, Enzo apenas habló. Lara contemplaba la ciudad por la ventana mientras las luces pasaban al otro lado del cristal. Cuando llegaron, se quitó el abrigo y caminó directamente hacia la cocina. Enzo la siguió.

—Quiero hablar contigo.

Lara abrió el frigorífico y sacó una botella de agua.

—Habla.

—Si conseguimos contener esto hasta la firma...

Ella cerró los ojos.

Enzo se detuvo.

—¿Qué?

Lara sirvió agua en un vaso.

—Continúa.

—Son menos de dos semanas.

Ella bebió un sorbo.

—De acuerdo.

—Después de eso, lo anunciaré.

Lara dejó el vaso sobre la encimera.

—De acuerdo.

La tranquilidad de ella empezó a asustarlo.

—Lara, mírame.

Ella lo miró.

—Te estoy pidiendo unos días más.

Durante unos segundos, Lara vio superpuestos todos los momentos en los que había escuchado versiones de aquella frase.

Después de la reunión. Después del viaje.

Después de la reorganización. Después del acuerdo.

Después del evento. Unas semanas más. Un poco más de tiempo.

Solo hasta que determinada situación estuviera resuelta.

Enzo siempre parecía sincero cuando prometía.

Tal vez precisamente por eso ella había seguido creyéndole.

—Lo sé —respondió.

—¿Entiendes por qué?

Lara tardó en contestar.

—Lo entiendo perfectamente.

Enzo se acercó y le tocó el brazo.

—Entonces, ¿puedes esperar?

Ella miró la mano de él.

—Estoy cansada, Enzo.

—Lo sé.

No lo sabía.

Lara se apartó con delicadeza.

Aquella noche, esperó a que Enzo se durmiera.

Permaneció acostada a su lado durante casi una hora, contemplando el techo mientras escuchaba su respiración.

El hombre que amaba estaba a pocos centímetros.

Lara podía extender la mano y tocarle el cabello.

Podía acercarse, sentir el calor de su cuerpo y fingir que todavía existía únicamente aquel pequeño mundo construido dentro del apartamento.

Pero ya no conseguía olvidar todo lo que había al otro lado de la puerta.

Se levantó sin hacer ruido.

Fue hasta la habitación que utilizaba como despacho y encendió únicamente la pequeña lámpara sobre la mesa.

La maleta estaba guardada en la parte superior del armario.

Lara la bajó.

El sonido de las ruedas al tocar el suelo pareció demasiado fuerte.

Colocó la maleta sobre la cama auxiliar y abrió lentamente la cremallera. Durante unos segundos, se limitó a contemplar el interior vacío.

Entonces tomó la primera prenda.

La dobló.

La colocó dentro.

Después otra.

Y otra.

En la habitación de al lado, Enzo seguía durmiendo, convencido de que había conseguido dos semanas más.

Lara, por primera vez, ya no estaba segura de seguir allí cuando terminaran.