La novia del Rey Cuervo EPÍLOGO
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EPÍLOGO

La primavera llegó tarde a Nocthar.

Durante semanas, el invierno se resistió a abandonar las montañas. La nieve empezó a retirarse de los caminos bajos mientras las cumbres continuaban blancas y el lago seguía cubierto por una capa de hielo demasiado fina para caminar sobre ella y demasiado gruesa para dejar pasar las barcas.

A mí me gustó aquel cambio lento.

Después de todo lo ocurrido, desconfiaba un poco de las cosas que se transformaban de golpe.

El castillo también necesitó tiempo.

Danah comprobó la caja que había dejado en la biblioteca. El fragmento antiguo de la corona también se había convertido en polvo.

Repararon el techo del gran salón antes que las habitaciones de Ravian, decisión que provocó una discusión de tres días entre Edrik y los maestros de obra.

La torre occidental quedó abierta. Ravian insistió en que ninguna puerta relacionada con las antiguas novias volviera a cerrarse por orden de la casa Corven.

Ya no existía una casa Corven con autoridad sobre el reino, al menos no de la forma en que había existido.

El consejo tardó nueve jornadas en aceptar que Ravian hablaba en serio.

Durante esas nueve jornadas intentaron devolverle el trono seis veces.

La séptima propuesta llegó con otro nombre. Protector de Nocthar.

Ravian preguntó cuánto tardarían en convertir el cargo en hereditario.

Nadie respondió. La propuesta desapareció esa misma tarde.

El cambio de nombre fue el primero de muchos intentos por conservar, con otra etiqueta, lo que acababan de perder.

Una mañana propusieron que Ravian siguiera firmando los decretos durante cinco años.

Aquella misma tarde alguien redujo el plazo a dos.

Al día siguiente, un consejero sugirió que al menos conservara derecho de veto sobre las decisiones militares.

Ravian escuchó todas las propuestas sentado a un extremo de la mesa y fue rechazándolas con una paciencia que yo jamás le había visto mientras llevaba corona.

Edrik sostenía que la paciencia provenía de haber descubierto lo agradable que resultaba poder levantarse y marcharse de una reunión.

Danah decía que aquello demostraba únicamente que siempre había sido un maleducado con demasiada autoridad.

La discusión verdadera no estaba en los títulos.

Había que decidir quién respondía cuando se hundía un puente, quién negociaba el precio del grano con Velaria, quién podía movilizar soldados y quién pagaba a las familias de los hombres que habían muerto durante la entrada de Asteria.

La caída de una corona cabía en una noche.

Aprender a vivir sin ella ocupó semanas.

Yo asistí a varias reuniones y dejé de ir a otras.

Al principio algunos consejeros se dirigían a mí como si hubiese heredado el lugar que Ravian acababa de abandonar.

La decimotercera novia, la mujer que había roto el ciclo, la última Varen.

Cada fórmula parecía buscar un modo distinto de ponerme una silla más alta que las demás.

Acabé pidiendo que retiraran la silla.

Me senté con los representantes de los barrios, los comerciantes, los propietarios de los pasos de montaña y dos mujeres que habían perdido a sus maridos durante el ataque.

Escuché más de lo que hablé. Cuando una de ellas me preguntó qué autoridad tenía para estar allí, le contesté que ninguna que ella no tuviera también.

La mujer me estudió durante un rato y me hizo sitio en el banco.

Finalmente acordaron un Consejo de Gobierno formado por representantes de las siete casas, dos delegados de la capital y representantes de las regiones del norte y del sur.

Estaba lejos de ser un sistema perfecto.

Las grandes familias conservaban demasiado poder, las ciudades querían más representación y tres consejeros discutían sobre impuestos cada vez que coincidían en una habitación.

Me parecía un comienzo bastante humano.

Ravian siguió asistiendo a las reuniones durante la transición.

Se sentaba en una silla normal.

La primera semana todos miraban el espacio vacío donde había estado el trono.

La tercera ya discutían por encima de él. Eso le gustaba más de lo que admitía.

El juicio de Vaelor empezó antes de que terminara de derretirse la nieve.

Asistí únicamente a la primera sesión.

Quería escucharlo hablar sin la corona, sin soldados extranjeros detrás y sin una emergencia que pudiera utilizar para convertir cualquier objeción en irresponsabilidad. Vaelor llegó vestido de gris, escoltado por dos guardias que habían servido bajo sus órdenes durante años.

Aceptó haber negociado con Asteria. Aceptó haber ordenado vigilar a Elin. Negó que pretendiera entregar Nocthar.

Su defensa seguía siendo la misma: había intentado conservar aquello que protegía al reino.

Cuando el juez le preguntó por las doce mujeres, Vaelor tardó unos segundos en responder.

—Creí que ya no podían comprender lo que se hacía con ellas.

Sereth estaba sentada en la sala. Vaelor la vio.

Ella llevaba la cinta azul en la muñeca y todavía movía una mano con cierta rigidez. Había recuperado la voz, aunque algunas palabras seguían costándole.

—Pues comprendíamos —dijo.

Vaelor miró hacia el suelo. No volví al juicio.

Sereth sí asistió a todas las sesiones. También Talia y Nadia. Dunia abandonó al segundo día porque, según explicó, escuchar a hombres discutir durante horas sobre cosas que ella había vivido le parecía un uso absurdo de una vida recién recuperada.

Elin estuvo de acuerdo.

Yo empecé a pensar que aquellas dos viajando juntas iban a ser un problema para medio continente.

Vaelor fue juzgado por un tribunal designado por el nuevo consejo.

Los cargos ocuparon dos mañanas enteras: conspiración contra la corona cuando todavía existía, colaboración con fuerzas extranjeras, secuestro y sometimiento mágico de las doce novias, entrada ilegal de tropas y agresión a los guardias durante la toma de la Corona de Hueso Negro.

No pidió perdón ni cambió de argumento.

Según Vaelor, Nocthar descubriría tarde o temprano que él tenía razón.

Quizá alguna parte de sus cálculos sobreviviera al tiempo. Asteria continuaba al otro lado de la frontera. Las montañas ya no escondían criaturas capaces de destrozar un ejército. El miedo que había protegido las fronteras desaparecía con cada semana que pasaba.

Nadie utilizó aquello para devolverle la libertad.

El tribunal lo condenó a permanecer encerrado de por vida. El nuevo consejo todavía tendría que decidir cómo ordenar las leyes heredadas de una monarquía que ya no existía, pero la sentencia de Vaelor no dependía de aquel debate.

Edrik dijo que la ironía le parecía insuficiente, aunque aceptable.

El expediente de Edrik terminó de cerrar la red de vigilancia.

Karel Vos reconoció haber seguido a Elin y transmitido sus movimientos a través de un hombre de Deren.

Los pagos salían de un administrador de Velkar y el segundo escribano del consejo había falsificado el registro de guardia.

La pluma blanca encontrada junto al hombre muerto fue colocada después de la caída para desviar la investigación hacia Vaerra.

Ninguno conservaba una orden firmada por Vaelor, pero su propia admisión de haber ordenado vigilar a Elin terminó de unir los hechos.

Las doce antiguas novias tuvieron problemas más difíciles que un cambio de gobierno.

Recuperar el cuerpo no significó recuperar de golpe una vida.

Nadia despertaba algunas noches convencida de que todavía olía las hierbas de la botica de su padre.

Adria preguntó por una calle que había desaparecido hacía setenta años.

Liora encontró en los archivos el nombre de un sobrino que murió anciano.

Talia necesitó tres días para aceptar que el niño al que recordaba despidiéndose de ella había sido abuelo antes de morir.

Danah preparó una habitación distinta para cada una y se negó a llamarlas aposentos de novia.

Mandó sacar los vestidos ceremoniales de los armarios, abrió las ventanas y permitió que cada mujer decidiera qué quería conservar.

Algunas quemaron todo. Otras guardaron objetos que yo habría supuesto insoportables.

Sereth pidió su cinta azul.

Elin se la devolvió sin ceremonia. Sereth la sostuvo tanto tiempo entre los dedos que terminamos mirando hacia otro lado para darle intimidad. Luego se la anudó en la muñeca y fue a las cocinas.

Lessa lloró al verla entrar. Sereth también.

La escena terminó con Nira riñendo a las dos porque habían dejado quemarse una salsa, y durante un rato el castillo olió a cebolla, harina tostada y una comida que Sereth recordaba mejor que muchas palabras.

Yssara regresó una semana después. Al enterarse de que Sereth había recuperado su forma, había cabalgado desde Valder sin esperar a la siguiente comitiva. Las dejamos solas. Cuando Yssara salió de la cocina tenía los ojos rojos y Sereth seguía sujetando la cinta azul con una mano.

Dunia fue diferente. Necesitó un observatorio antes que ropa nueva.

Edrik consiguió que los carpinteros repararan la plataforma de la torre norte y ella pasó dos jornadas completas comparando mapas. El tercer día bajó con el pelo revuelto y una expresión furiosa.

—Han cambiado nombres que estaban perfectamente bien —protestó.

Elin la adoró desde ese momento.

Sereth decidió quedarse en Nocthar una temporada.

Danah jamás se lo pidió. Tampoco hizo falta.

Las vi pasear juntas por el invernadero una tarde, deteniéndose ante las plantas que Ravian había conservado durante años.

Sereth tocaba algunas hojas y preguntaba nombres que había olvidado. Danah se los daba sin añadir nada más.

Había cosas que podían recuperarse y otras con las que tendrían que aprender a vivir. El futuro de las doce mujeres planteó dificultades que ellas mismas llamaban problemas, aunque a mí me pareciera una palabra horrible.