La novia del Rey Cuervo EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

Aveline había llegado a Nocthar ciento nueve años atrás.

Su casa ya no existía y el apellido de su familia pertenecía ahora a unos comerciantes que no sabían quién era ella.

Nadia encontró descendientes de una hermana a la que recordaba con once años.

Liora escuchó instrumentos que no conocía.

Odelle descubrió que su reino natal había cambiado de frontera dos veces.

Sera pidió agujas. Danah le entregó una caja completa.

Danah le devolvió también la caja que habíamos encontrado bajo las flores azules. Esta vez nadie intentó abrirla por ella.

Sera pasó tres días cosiendo sin hablar demasiado. El cuarto apareció en el comedor con una chaqueta que había modificado para Dunia porque, según ella, la ropa moderna de Nocthar tenía una obsesión absurda con los botones.

Elin empezó a pasar tanto tiempo con Dunia que acabé esperando el anuncio de un viaje.

—Quiero irme una temporada —anunció una mañana.

Estábamos desayunando en una sala pequeña porque el comedor principal se había convertido en lugar de reunión de las antiguas novias, los miembros del consejo, arquitectos, escribanos y cualquier persona que tuviera la mala suerte de necesitar hablar con Ravian.

Dejé la taza sobre la mesa.

—¿Adónde?

Elin me observó con cautela.

—Dunia quiere viajar a Velaria. Hay un observatorio nuevo cerca de la costa y una biblioteca que conserva copias de mapas de su época.

Esperó.

Yo también.

Podía escuchar mi antigua respuesta dentro de la cabeza.

Quién os acompaña. Cuánto vais a tardar. Qué camino pensáis tomar. Quién va a protegerte.

Preguntas razonables si no se utilizaban como esposas.

—¿Cuándo te vas? —pregunté.

Elin levantó las cejas.

—Dentro de seis días.

—Es poco tiempo.

—Podría haber dicho mañana para ver qué cara ponías.

—Agradezco tu moderación.

—Estoy creciendo.

—Parece que sí.

Se inclinó sobre la mesa.

—Puedes preguntarme si tendremos escolta.

—¿La tendréis?

—Dos personas hasta la frontera. Edrik lo organizó.

—Entonces no tengo nada que añadir.

Elin tardó un momento en responder.

—Eso ha sido decepcionantemente maduro.

—No te acostumbres.

Se levantó y me abrazó. La dejé marcharse seis días después. Lloré cuando el carruaje desapareció por el camino. No envié a nadie detrás.

Danah continuó en el castillo porque, según ella, después de dedicar media vida a cuidar de mujeres convertidas en aves, pensaba cobrar todos los años de descanso que le debían sin moverse de su habitación.

Sereth se instaló cerca. No sabía qué quería hacer todavía.

Había días en que caminaba durante horas por la ciudad y otros en los que no salía del invernadero. Ravian y ella hablaron mucho al principio.

Yo no pregunté qué se decían.

Una tarde Sereth me encontró allí, intentando salvar una planta que Danah aseguraba que yo había regado demasiado.

—La estás ahogando —dijo.

—Danah opina lo mismo.

—Danah suele tener razón en cosas irritantes.

Sereth se acercó y tocó una hoja.

Había recuperado casi todo su aspecto anterior. Solo conservaba una línea oscura junto al omóplato y pequeñas cicatrices en los dedos.

—Ravian me ha contado que vais a marcharos.

—Durante una temporada.

—Me parece bien.

—Esperaba una conversación más incómoda.

Sereth me miró.

—¿Sobre qué?

—Sobre vosotros.

Se echó a reír.

—Eres más valiente enfrentándote a una diosa que preguntando esto.

—La diosa era más fácil.

Sereth apoyó las manos en la mesa de cultivo.

—Ravian fue muy importante para mí y yo para él. Hubo cariño, deseo y días en los que nos agarramos el uno al otro porque aquella situación nos estaba matando. Nunca tuvimos tiempo de averiguar qué habría sido de nosotros fuera de la maldición.

Esperé.

—¿Eso te molesta? —preguntó.

Pensé en Ravian hablando de ella sin rebajar lo que habían compartido para hacerme sentir segura.

—Me habría molestado más que fingierais que no significó nada.

Sereth asintió.

—Entonces quizá podamos llevarnos bien.

—Ya veremos.

—Me gusta más esa respuesta.

La planta sobrevivió gracias a ella.

Mi retrato fue lo último que nos atrevimos a mirar.

Lo evitamos durante semanas.

La galería estaba abierta y cualquiera podía entrar, pero ninguno de nosotros tenía ganas de descubrir qué había ocurrido con el lienzo número trece.

Una mañana me desperté antes que Ravian.

Dormía boca abajo, con un brazo ocupando mi mitad de la cama y el pelo revuelto de una forma que el antiguo Rey Cuervo jamás habría permitido que viera nadie fuera de aquellas habitaciones.

Le aparté el brazo.

—Estás invadiendo territorio extranjero.

Abrió un ojo.

—No reconozco tus fronteras.

—Eso suena peligrosamente parecido al antiguo Ravian.

—El antiguo Ravian tenía una cama más grande.

—El antiguo Ravian vivía solo.

—Empiezo a comprender algunas ventajas.

Le lancé una almohada. Media hora después atravesamos juntos la galería. El lienzo estaba allí. Me acerqué despacio.

La figura cubierta de marcas y plumas había desaparecido.

En su lugar aparecía yo delante de una ventana abierta. Reconocí el vestido que había llevado una mañana cualquiera, uno sencillo que Danah consideraba demasiado gastado para una futura reina y que ahora nadie podía prohibirme usar.

Fuera de la ventana pintada había cielo. Cuervos negros volaban a lo lejos. Ninguno miraba hacia mí. Ravian se colocó a mi lado.

—Te favorece bastante no estar muriéndote.

—Siempre sabes qué decir.

—He perdido la corona, no mis talentos.

Miré los doce retratos anteriores.

Danah había pedido permiso a cada mujer antes de decidir qué hacer con ellos.

Aveline quiso conservar el suyo. Sera pidió que cambiaran el vestido pintado.

Nara ordenó quemar el suyo y se quedó mirando hasta que solo quedaron cenizas.

Cada una eligió.

Danah había conseguido además que dejara de llamarse galería de las esposas. En los documentos nuevos figuraba como Galería de las Trece, un nombre que Sera seguía considerando demasiado solemne.

Junto a los retratos colocaron una copia del único dibujo conservado de Eira, con su nombre completo y una explicación escrita por las propias mujeres.

Ya no aparecía como una novia maldita ni como una sacerdotisa que condenó un reino por despecho.

Era una mujer a la que obligaron a entregar algo que había ofrecido con condiciones claras.

La historia resultaba menos elegante y bastante más cierta.

Con la verdad escrita por fin, Ravian y yo partimos dos días más tarde. No teníamos una ruta cerrada.

Queríamos llegar al sur, quizá visitar Velaria y buscar a Elin si ella tenía ganas de vernos. Ravian quería conocer un mar que nunca había visto. Yo quería dormir en una posada donde nadie inclinara la cabeza al verlo entrar.

Edrik nos acompañó hasta la puerta del castillo.

—Volved antes de que el consejo descubra que os necesita para algo.

—Esa frase debería animarnos a no volver —dijo Ravian.

—También puede funcionar así.

Danah me abrazó con fuerza y luego fingió que había sido idea mía.

Sereth se quedó unos pasos atrás. Lysandra levantó una mano desde una ventana. Dunia ya se había marchado con Elin.

Cuando bajamos por el camino, miré el castillo. Nocthar seguía pareciendo enorme desde allí, oscuro, difícil y lleno de gente empeñada en discutir cómo debía ser el futuro.

Me gustaba bastante más así. Ravian me tendió la mano.

—¿Adónde quieres ir?

—Todavía no lo he decidido.

—Tenemos un problema grave.

—¿Cuál es el problema?

—Me habías prometido que ibas a aprender a elegir.

—He aprendido. También he aprendido que puedo cambiar de opinión.

—Eso explica muchas cosas.

Lo empujé con el hombro.

Un movimiento blanco entre las ramas llamó mi atención.

El cuervo se posó sobre un árbol junto al camino.

Ravian también lo vio. Nos quedamos quietos. El animal era completamente blanco.

Durante años, aquella imagen había significado miedo, elección y condena.

Esperé la voz, el tirón bajo la piel y la sensación de sus ojos como si fueran los míos.

Solo escuché el viento entre las ramas. El cuervo inclinó la cabeza.

Después abrió las alas y emprendió el vuelo hacia el sur.

Ravian apretó mi mano.

—¿Lo seguimos?

Miré el camino.

—Podemos hacerlo mientras nos apetezca.

Y seguimos andando.