La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 22 #3
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CAPÍTULO 22 #3

Las alas se encogieron con movimientos secos. Las plumas cayeron en grupos. Los dedos recuperaron forma humana. El rostro, todavía cubierto en parte por sombras, se hizo reconocible poco a poco.

Danah se arrodilló.

—Sereth.

La mujer abrió los ojos. Eran grises. Miró a Danah durante varios segundos.

—Has envejecido fatal.

Danah soltó una carcajada rota y la abrazó.

La carcajada y el abrazo quebraron la tensión del salón.

A nuestro alrededor, las otras novias estaban recuperando sus cuerpos. Algunas gritaban. Otras se aferraban al suelo. Aveline miró sus manos como si no las reconociera. Sera se tocó la cara. Dunia levantó la vista hacia el techo abierto y sonrió al ver la nieve.

Lysandra permaneció sentada con las piernas recogidas. Me encontró entre toda aquella gente.

—Mel Varen.

Su voz era áspera. Humana.

—Has tardado bastante.

Me reí. No pude evitarlo.

—Tenías cuarenta años para preparar algo mejor.

Lysandra inclinó la cabeza y sonrió.

—También es verdad.

Vaelor intentó levantarse. Edrik lo agarró del cuello de la chaqueta.

—Tú te quedas.

—Este reino va a caer —dijo Vaelor—. Habéis destruido su defensa.

Ravian se puso de pie con esfuerzo.

—Entonces tendremos que aprender a defenderlo sin esclavas.

Los soldados asterianos que quedaban dentro del salón se miraron entre ellos.

Uno dejó caer la espada. Después otro.

Edrik ordenó desarmarlos y encerrarlos hasta decidir qué hacer con ellos.

La retirada de Asteria no se resolvió con una amenaza grandiosa.

Orven recibió dos mensajes casi al mismo tiempo: las milicias de la capital habían cerrado los accesos interiores y una nevada fuerte estaba entrando por el paso de Helder.

Sus hombres tenían suministros para una incursión breve, no para una ocupación de invierno, y el acuerdo firmado por Vaelor solo autorizaba proteger a la delegación y asegurar los pasos durante una transición.

Edrik ofreció escolta hasta la frontera a cambio de que entregaran las armas dentro de las murallas.

El comandante asteriano protestó durante veinte minutos, pidió garantías y terminó aceptando cuando Orven se negó a convertir una misión diplomática en una guerra abierta sin órdenes de su corte.

Saldrían al amanecer. La salida tenía poco de victoria limpia o definitiva.

Habían pesado más la política, el frío y el cálculo de cuánto podía perder cada parte.

El consejo seguía sin saber si sentarse, huir o discutir la desaparición de una monarquía que había durado generaciones.

Me pareció un problema magnífico. Elin llegó hasta mí.

Se arrodilló y me examinó como si pudiera encontrar algo roto.

—¿Sigues viendo por sus ojos?

Miré al cuervo posado en una viga. Solo vi un pájaro.

—Ya no.

—¿Y te molesta?

Pensé la respuesta.

—Más de lo que esperaba.

Elin sonrió.

—Entonces supongo que ha funcionado.

La abracé.

Esta vez no intenté prometerle que todo estaría bien.

No tenía forma de saberlo. Ravian se quedó a unos pasos. Cuando Elin se apartó, fui hacia él.

—¿Sigues siendo rey?

Miró el trono tirado.

—Espero que no. He montado un escándalo considerable para conseguirlo.

—Me alegra que tengas prioridades.

—Mi prioridad ahora mismo es saber si puedo hacer esto.

Me tocó la mano. Esperamos otra vez.

Esperamos. No hubo dolor, la marca permaneció quieta y ningún cuervo gritó.

Ravian entrelazó los dedos con los míos.

Algo se me cerró en la garganta, aunque conseguí hablar.

—Podríamos probar con algo un poco más ambicioso.

—Llevamos meses poniendo en peligro un reino por tu curiosidad.

—No han sido meses.

—Se me ha hecho largo.

Lo besé.

A nuestro alrededor había un techo roto, doce mujeres aprendiendo a caminar otra vez, un consejo al borde del colapso, soldados detenidos y Vaelor insultando a media guardia.

Nada reaccionó a nuestro beso.

Y esa ausencia de magia fue lo más parecido a la libertad que había sentido en mi vida.

Cuando nos separamos, Ravian apoyó la frente contra la mía.

Ravian acabó sentándose en un escalón del estrado, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Miraba sus dedos como si acabaran de devolvérselos.

Me acomodé a su lado en el escalón.

—¿Sientes algo?

Movió una mano.

—Frío.

—Eso puede ser porque medio techo está en el suelo.

Me miró.

—También hambre.

—Eso parece bastante humano.

Ravian sonrió.

El vínculo había desaparecido. Ya no sabía dónde terminaba su dolor ni dónde empezaba el mío. No podía localizarlo con los ojos de ningún pájaro. No sentía su presencia bajo la piel.

Tuve que mirarlo para saber que estaba allí. Me pareció una forma mucho mejor de encontrarlo.

—Te quiero.

Las palabras llegaron sin dolor, sin plumas y sin voces ajenas.

Sonreí.

—Ahora sí te creo.

—Eso no es una respuesta.

—Te quiero, Ravian.

Elin carraspeó detrás de nosotros.

—Fantástico. ¿Podemos ocuparnos del golpe de Estado antes de que os pongáis insoportables?

Ravian cerró los ojos.

—Tu hermana tiene una habilidad extraordinaria para arruinar momentos.

—Lleva practicando diecinueve años.

Fuimos hacia los demás.

La nieve siguió entrando por el techo mientras amanecía sobre Nocthar.