CAPÍTULO 22 #2
El salón dejó de importarme durante un instante porque cada cuervo de Nocthar estaba abriendo los ojos conmigo.
Eran cientos. Quizá miles. Sentí hambre en algunos, frío en otros, el cansancio de un pájaro escondido bajo una cornisa y la excitación de los que volaban sobre los soldados asterianos. Podía empujarlos hacia cualquier lugar.
Podía hacer caer a aquellos hombres desde las murallas.
Podía vigilar cada puerta. Podía impedir que nadie se acercara a Elin.
La idea era tan sencilla que me dio miedo.
«Pídelo.»
La voz de Vaerra sonó amable.
«No tendrás que perder a nadie.»
Elin se abrió paso entre los guardias.
—Mel, mírame.
La miré.
Tenía sangre en la cara y una expresión enfadada que conocía desde que era niña. A su lado, Danah parecía preparada para sujetarla si intentaba acercarse más.
—Estoy aquí porque he venido —dijo Elin—. Y si salgo de aquí será porque yo quiera salir. Déjame ser una persona, aunque te dé miedo.
Aquellas palabras dolieron más que la marca.
Vaerra me ofrecía una vida entera sin ese miedo.
Solo tenía que aceptar.
Me concentré en el cuervo que sobrevolaba el patio. Dejé de empujarlo. El animal cambió de dirección por su cuenta y desapareció detrás de una torre.
Otro hizo lo mismo. Luego otro. Uno a uno, fui soltándolos. La visión se contrajo hasta devolverme al salón.
—No voy a vigilarte —le dije a Elin.
Ella sonrió, aunque tenía ganas de llorar.
—Eso sonaba bastante más fácil cuando eras tú la que daba órdenes.
—Estoy descubriendo muchas cosas desagradables sobre mí.
—Ya era hora.
Danah le dio un golpe suave en el brazo.
El momento duró poco. Vaelor se lanzó hacia Ravian, pero Sereth se interpuso antes de que llegara hasta él.
El ala izquierda golpeó a Vaelor en el pecho y lo mandó contra una columna. Los guardias intentaron sujetarlo. Él empujó a uno con el hombro y metió las manos atadas entre los pliegues de su ropa.
Sacó una pieza negra.
El fragmento de la corona. Debió sacárselo a Ravian durante el forcejeo de la escalera.
Lysandra lanzó un chillido desde el centro del salón.
Vaelor apretó la pieza en el puño.
—Arrodillaos.
Las doce mujeres se doblaron a la vez. Sereth cayó sobre una rodilla.
La vi luchar contra su propio cuerpo. Sus dedos arañaron las losas. Levantó la cara hacia Ravian y sus ojos negros se llenaron de una expresión demasiado humana para pertenecer a una criatura sin voluntad.
Vaelor sonrió con sangre en los dientes.
—La corona todavía existe mientras quede una parte.
Ravian sacó la pieza principal de la bolsa. Las grietas recorrían la superficie.
—Entonces terminemos el trabajo.
Vaelor dio una orden. Las novias se levantaron.
Yo las sentí antes de que se movieran. Doce impulsos tirando en direcciones distintas, unidos por una cadena invisible que nacía del fragmento que Vaelor apretaba.
Sereth fue la primera en avanzar. Ravian no retrocedió.
—Sereth.
Ella alzó una mano terminada en garras.
—Ya sé que puedes oírme.
Los dedos se detuvieron a pocos centímetros de su garganta.
Vaelor gritó.
—¡Hazlo!
Sereth tembló. Ravian levantó la corona rota.
—Perdóname por haber tardado tanto.
Y la estampó contra el suelo. El primer impacto no bastó.
La corona rebotó y dejó una marca negra en la piedra.
Ravian la recogió.
Vaelor intentó acercarse. Elin se cruzó en su camino con la espada levantada.
—No tienes muy buena suerte con las hermanas de esta familia.
—Apártate, niña.
—Busca otra palabra.
Vaelor dio un paso y Elin apoyó la punta de la espada contra su cuello.
Esta vez se detuvo. Ravian golpeó otra vez.
La corona se partió por uno de los lados.
Todas las novias gritaron. Yo también.
Sentí la fractura dentro del cuerpo. Las plumas de mi espalda se erizaron y la marca se abrió como una herida. Caí de rodillas. La sala se llenó de cuervos que entraban por las ventanas rotas y giraban bajo el techo.
Vaerra apareció delante de mí.
Su cuerpo parecía incompleto, hecho de rostros que cambiaban, plumas, manos y recuerdos que no me pertenecían.
Vi a Eira. Vi a Aveline. Vi a Sera cosiendo con los dedos ensangrentados.
Vi a Dunia mirando las estrellas. Vi a Lysandra escondiendo papeles dentro de una pared.
Vi a Sereth encerrada en aquella habitación mientras Ravian golpeaba una puerta que ya no podía abrir.
La Madre del Último Vuelo extendió una mano.
«Tómalo.»
Detrás de ella apareció Nocthar entero, con cada pueblo, cada camino y cada persona que podía sufrir mientras yo tuviera poder para impedirlo.
«Ellos siempre elegirán mal alguna vez. Tú puedes evitarlo.»
Vaerra no me estaba ofreciendo convertirme en otra persona.
Me ofrecía llevar hasta el final la persona que ya había sido.
—No quiero.
La figura inclinó la cabeza.
«Mientes.»
—Quiero el poder. Eso sí es verdad.
Admitirlo me hizo respirar mejor.
—Quiero poder protegerlos. Quiero saber dónde está Elin cada vez que salga de casa. Quiero que nadie vuelva a tocar a Ravian. Quiero que ninguna decisión de otra persona tenga consecuencias que yo no pueda controlar.
Vaerra acercó la mano.
«Entonces acéptame.»
—Y también quiero que me quieran cuando puedan elegir no hacerlo.
La mano se detuvo. El ruido del salón regresó poco a poco. Ravian estaba de rodillas junto a la corona.
Elin continuaba frente a Vaelor. Danah sujetaba a una de las novias.
Edrik había vuelto con varios hombres y bloqueaba las puertas.
Todo podía salir mal. Eso formaba parte de vivir con otros. Me puse en pie.
—Renuncio.
Vaerra abrió la boca.
—Renuncio a tu vista. Renuncio a tus aves. Renuncio a cualquier poder que me permita obligar a alguien en tu nombre.
La marca ardió hasta volverme blanca la visión. Ravian se levantó al mismo tiempo.
—Y yo renuncio al derecho de mi sangre sobre Nocthar.
Los consejeros guardaron silencio. Ravian miró el trono caído.
—Renuncio a la Corona de Hueso Negro, a todo juramento que obligue a estas mujeres y a cualquier autoridad que dependa del pacto de mis antepasados. Cuando salgamos de esta sala, si salimos, ningún Corven será rey porque nació Corven.
Vaelor forcejeó.
—¡No puedes hacer eso!
Ravian lo miró.
—Acabo de hacerlo.
Golpeó la corona una tercera vez. La pieza central se abrió. El sonido fue pequeño.
Esperaba un trueno, una explosión, algo que estuviera a la altura de más de un siglo de sangre. Hubo un chasquido parecido al de una rama seca.
El fragmento de Vaelor se deshizo dentro de su mano.
Él gritó y abrió los dedos. Polvo negro cayó al suelo. Sereth se desplomó. Las demás también. Vaerra me agarró.
Sentí sus dedos dentro del pecho, alrededor de algo que no sabía nombrar. El salón desapareció. Durante un instante estuve en el bosque, bajo un cielo negro, frente a miles de cuervos quietos sobre las ramas.
Eira estaba allí, distinta de la mujer del recuerdo: una figura más sencilla, cansada y joven.
Me miró y después miró el relicario que llevaba al cuello.
Lo había encontrado entre las cosas de mi madre antes de partir. Dentro guardaba la lámina de Mareth, uno de los objetos que habían mantenido el vínculo con el poder de Vaerra. El collar con el retrato de nuestros padres descansaba a su lado, contra mi pecho.
Saqué el relicario con las manos temblorosas y pensé en mi madre, en Elin y en todo lo que aquel objeto había sobrevivido para llegar hasta mí.
Me costaba romperlo, aunque Eira no me pidió que lo conservara.
Eso terminó de convencerme.
Abrí la tapa, saqué la lámina doblada y la rompí por la mitad.
El bosque se llenó de viento. La partí otra vez. Y otra. Las letras antiguas se deshicieron entre mis dedos. Vaerra gritó.
La voz se quebró hasta parecer miles de alas golpeando una habitación cerrada.
Los árboles se inclinaron. Los cuervos levantaron el vuelo. Me cubrieron por completo.
Caí.
Cuando abrí los ojos estaba sobre las losas del gran salón.
El techo seguía roto. Nevaba dentro. Tardé un momento en reconocer mi propia respiración. Ravian estaba a mi lado.
—Mel.
Intenté incorporarme.
Él me sostuvo por los hombros y se detuvo antes de acercarme más.
Aquel detalle me hizo sonreír.
—Puedes tocarme.
Ravian me ayudó a sentarme.
Esperamos.
Los dos miramos mi brazo.
La marca seguía allí, pero el negro se estaba retirando. La línea dorada permaneció unos segundos y luego se apagó. Las plumas bajo mi piel comenzaron a desprenderse sin dolor. Cayeron sobre el vestido como pequeños trozos de carbón.
Ravian se miró las manos.
Las uñas recuperaban su forma. La piel oscura alrededor de los nudillos se aclaraba.
Al fondo de la sala alguien empezó a llorar.
Danah.
Nunca la había visto hacerlo. Sereth estaba en el suelo frente a ella. Su cuerpo cambiaba.